Los Gondra (trilogía) | Punto de Vista Editores
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Los Gondra (trilogía)

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-53-2
Nº de páginas: 240

22,00 

Reunidas en un solo volumen, se presentan las tres obras de Borja Ortiz de Gondra que conforman un ciclo dramático donde se retrata la historia íntima de una familia vasca. El conflicto familiar que presenciamos, como en la tragedia griega, adopta una dimensión política al representarse en un contexto social marcado por la violencia y la represión.

Los Gondra (una historia vasca) explora cien años de una familia vasca, desde las guerras carlistas del siglo XIX hasta el pasado reciente. Durante años, Borja busca una respuesta a muchos interrogantes, pero cada una le remite a una nueva pregunta sobre la generación anterior. El odio y la culpa se repiten cíclicamente, pero también se abre la posibilidad del perdón y del olvido.

En Los otros Gondra (relato vasco), Borja mira desconcertado a su alrededor tratando de narrar hacia dónde se dirige la familia, y cómo poder cerrar aquellas heridas abiertas que la tragedia no pudo sanar y que la nueva generación deberá asumir. Transcurridos más de treinta años, intenta averiguar la verdad, pero nadie desea hablar de aquel tiempo de violencia y odio.

En Los últimos Gondra (memorias vascas), el drama se centra en la memoria de un Borja ya fallecido, y en el recuerdo imborrable y vívido de los dolores antiguos que aún perduran en la nueva generación: ¿serán los últimos miembros de la saga capaces de construir una memoria más sana o seguirán perpetuando eternamente los agravios que no vivieron?

Prólogo
Los Gondra (una historia vasca)
Los otros Gondra (relato vasco)
Los últimos Gondra (memorias vascas)

Los Gondra (una historia vasca)

Prólogo

Borja juega con una pelota de pelota vasca en las manos.

BORJA. Buenas noches. Mi nombre es Borja Ortiz de Gondra y soy el autor de la obra que van a ver. Este proyecto, Los Gondra, comenzó a gestarse en mi cabeza el 12 de mayo de 2015. Ese día yo cumplía cincuenta años y el teléfono sonó dos veces en mi casa de Nueva York.
La primera llamada es de [nombre del teatro donde se represente la función]. El director, [nombre del director del teatro], quiere leer alguna obra mía, me pregunta qué estoy haciendo. No me atrevo a decirle que llevo dos años bloqueado, intentando desesperadamente una novela sobre algo que he creído descubrir en el pasado de mi familia. Pero por las noches, cuando me siento a escribir, el sueño siempre termina por vencerme y en él aparecen misteriosamente dos llaves cruzadas, el armario que vino de Cuba en el siglo XIX y un antepasado bellísimo del que nadie en la familia quiere contarme nada. De hecho, dicen que ni siquiera existió.
La segunda llamada es desde Algorta. Mi madre me dice que acaba de fallecer mi hermano Juan Manuel, y «como siempre que ocurre algo, Borja, tú no estás aquí».
Mucho tiempo antes, el 12 de mayo de 1980, cumplo quince años. En Algorta, dos encapuchados disparan en la nuca a Ignacio Arsuaga en el «atajo del perro muerto», un callejón estrecho que lleva de la iglesia de Andra Mari al frontón. Como todas las tardes, yo voy caminando a jugar a pelota mano cuando una chica me avisa de que no pase por el atajo, que acaban de matar a uno: «Hartu beste kalea, ez pasatu lasterbidetik, baten bat hil berri dute eta». Doy entonces un rodeo para evitar el callejón y me encuentro para el partido de pelota con mi hermano Juan Manuel y nuestros primos. Ganamos nosotros: hogeita bi eta hamazazpi! Luego vamos todos a casa a celebrar mi cumpleaños.
Durante años, he tratado de escribir sobre aquella tarde. Qué familiares vinieron, qué cocinó mi madre, cuáles fueron nuestras conversaciones. Porque solo una descripción objetiva podría dar testimonio de la indiferencia. Porque solo un contar neutro y frío podría mostrar que nuestro silencio también mató, que yo también fui un asesino.
Pero el teatro no consigue dar cuenta del horror del mundo. El teatro solo puede añadir más ficciones al mundo, multiplicar el juego de espejos hasta anestesiar la culpa.
Ignacio Arsuaga era el hermano de Alberto Arsuaga, mi compañero de pupitre en el Colegio de los Jesuitas.

Borja hace un saque imaginario con la pelota. Escuchamos el ruido de esta al chocar contra la pared del frontón.

Acto I. 7 de junio de 1985

1
En la casa de don Alberto Arsuaga.
El dormitorio de Aurelia y Manuel.
Mientras Nuria le peina un complicado moño, Aurelia, en combinación, tararea «La ronda del amor», de la zarzuela María la O.
Manuel, a medio vestir, desmonta los cajones de la cómoda, buscando algo.

NURIA. No pinta nada aquí.
MANUEL. Todavía somos nosotros quienes tomamos las decisiones.
NURIA. ¿Le preguntaste a Juan Ignacio si quería invitarla?
AURELIA. Son parte de la familia, aunque no nos guste.
MANUEL. Si soy yo el que pago, soy yo el que invito.
AURELIA. (A Nuria.) Me estás haciendo daño.
NURIA. (A Aurelia.) Porque no te estás quieta. (A Manuel.) Pagas porque quieres.
MANUEL. Porque es mi obligación.
NURIA. Nosotros no te lo pedimos.
AURELIA. Ya sabemos en qué situación estáis.
NURIA. Es un bache.
AURELIA. Sí, hija, es un bache… que ya dura años.
NURIA. ¿Qué culpa tiene Xabier de que cerraran el astillero? ¿O es que es culpa suya la reconversión naval?
MANUEL. Si se hubiera ido cuando te lo dijimos…
NURIA. Xabier se quedó porque tenía decencia. No como los que agarraron las indemnizaciones y salieron corriendo.
AURELIA. Todos esos que cogieron las indemnizaciones han montado unos bufetes con los que les va estupendamente. ¿Y tu marido, qué tiene?
NURIA. Lo suficiente para haber podido pagar esta boda.
AURELIA. ¿Y después, qué?
NURIA. Después, nada.
AURELIA. ¿Otra vez a pedirnos dinero?
NURIA. Os lo vamos a devolver.
AURELIA. No te lo estamos reclamando.
NURIA. A mí me parece que sí.
AURELIA. Magdalena nos podría pedir lo mismo, es de justicia.
NURIA. Magdalena no tiene un marido en el paro.
MANUEL. Yo no hago distinciones entre mis hijas.
NURIA. Tratarnos por igual cuando no nos hemos portado de la misma manera no es ser justo.
AURELIA. No hables en ese tono a tu padre.
NURIA. ¿Quién viene a veros todas las semanas? ¿A quién llamáis cuando se estropea la caldera o cuando os habéis olvidado las llaves dentro?
AURELIA. Esas cosas no puedes cobrárnoslas, Nuria.
MANUEL. Eres la mayor, es lo que te toca. ¡Aquí están!

Manuel encuentra unas llaves escondidas bajo un cajón de la cómoda.

NURIA. ¿Se las vas a dar?
MANUEL. Hoy mismo.
NURIA. No sé si está preparado. Esa chica…
AURELIA. No empieces.
MANUEL. Puede que la etimología sea oscura, pero si Antxon dice que el apellido es vasco, nosotros no tenemos nada que añadir. Arraze arraze da.
NURIA. No es su apellido lo que me preocupa. Espera un poco.
MANUEL. Siempre ha sido el día de la boda del primogénito.
NURIA. Los tiempos cambian.
MANUEL. Por eso es importante que ciertas cosas no cambien.
AURELIA. Confía en tu hijo. Parece buena chica. A él se le ve feliz.
NURIA. Después de lo que le pasó, cualquiera le valía. Se quedó con la primera que le dijo que sí.
AURELIA. Su mérito tiene ella, sabiendo lo que sabía.
NURIA. ¿Y eso basta para entrar en esta familia?
MANUEL. Ahora ya es tarde para andar con dudas.
NURIA. Yo solo digo que esperes un poco antes de entregarle las llaves del armario de Cuba. No sé… hasta que tengan un hijo… hasta que veamos que la cosa dura.
AURELIA. Eso del divorcio es culpa de esta cochina democracia.
NURIA. Y encima, casarse en gananciales…
MANUEL. Porque está seguro de lo que hace.
NURIA. Si hubiera sido Bosco… (A Manuel.) ¿Me traes el tocado, por favor?

Manuel le acerca a Nuria una sombrerera que estaba en la cómoda.

MANUEL. Bosco no ha estado aquí todos estos años, cuando hacía falta. Ez da Arsuagatar petoa.
NURIA. Esté donde esté, Bosco me llama todos los domingos. Sé perfectamente lo que le pasa en cada momento. Juan Ignacio vive con nosotros y no sé quién es. Espero que con esa chica hable más que conmigo.
AURELIA. Deja de llamarla «esa chica». En unas horas se casa con tu hijo. Eta kito!

Nuria coloca el tocado a Aurelia. Al verla así arreglada, Manuel se arranca a cantar «La ronda del amor» y Aurelia se une a él. Cantan apreciablemente y hay entre ellos una complicidad de más de cincuenta años.
De pronto, se escuchan en la calle una explosión y ruidos de cristales rotos.
Los tres se miran alarmados. Nuria corre al mirador.

NURIA. ¡Creo que es el coche de Juan Ignacio!

[…]

Borja Ortiz de Gondra (Bilbao, 1965) estudió Dirección Escénica en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid (RESAD). Más tarde se trasladó a París, donde trabajó como ayudante de dirección en grandes teatros públicos franceses. Sus obras se han representado en teatros de España y América Latina; y algunas de ellas han sido traducidas al alemán, checo, finés, francés, húngaro, inglés, italiano, portugués o rumano, como Duda razonable, Memento mori, El barbero de Picasso o Dedos (vodevil negro). También es traductor de autores anglosajones y francófonos; entre otros, Eugene O’Neill, Joe Orton, Martin Crimp, Michel Azama y Fabrice Murgia. Ha ganado diversos premios: el Premio Calderón de la Barca, el Premio Marqués de Bradomín, el Premio Lope de Vega, el Premio Internacional de Teatro Carlos Arniches y el Premio Max a Mejor Autoría Teatral. Ha publicado la novela Nunca serás un verdadero Gondra (Literatura Random House, 2021).

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