Miseria y gloria de la crítica literaria | Punto de Vista Editores
Cart 0
miseria-y-gloria-cub-510x652

Miseria y gloria de la crítica literaria

Dimensiones: 13,5×22 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-75-4
Nº de páginas: 168

16,90 

«Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha».
Roberto Bolaño sobre Isabel Allende

«Eché una mirada a un par de sus libros y me aburrió espantosamente».
Isabel Allende sobre Roberto Bolaño

Este libro cobija un sinnúmero de juicios lapidarios y mordaces sobre grandes autores y encumbradas obras que, para tranquilidad de lectores, escritores y estudiosos, no fueron capaces de acabar con un buen libro o con un buen poeta. Algunas críticas, como nos advierte Constantino Bértolo, artífice de esta extraordinaria antología del error —o del acierto cruel—, harían ruborizarse a sus autores; otras, sin embargo, nos recuerdan que la transformación del placer privado de la lectura en una profesión supone una búsqueda y no solo un extravío.

Miseria y gloria de la crítica literaria nos ofrece una mirada sobre la literatura en la que los juicios subjetivos, el gusto personal, los prejuicios, los odios y las manías conforman un áspero y llamativo tejido donde la ironía, el sarcasmo o el simple insulto se mezclan con el rigor crítico y la más noble voluntad de conocimiento.

Prólogo. La crítica literaria: quien tiene boca se equivoca

El libro que tiene usted en sus manos es, a su modo, una antología del disparate. Al menos, eso es lo que parece. Ciertamente escuchar —leer— cómo Zola pronostica en 1857, refiriéndose a Las flores del mal, que «Dentro de cien años, los libros de historia de la literatura francesa solo mencionarán esta obra como una curiosidad» o cómo Ortega y Gasset define a Paul Valéry como una mente pobre con un exiguo caudal de cosas que decir tiene mucho de crueldad, y sin duda los lectores podrán pasarse un buen rato viendo los errores y tonterías que el ejercicio de la crítica ha dado lugar en tantas ocasiones. Servirá también este repertorio de consuelo para muchos escritores que han visto, ven y verán cómo sus obras son descalificadas por los críticos que les han caído en fortuna. En ese sentido, es un libro consolador, pues al fin y al cabo, si Le Figaro de 1857 decía que monsieur Flaubert no era un escritor, no hay razón para no esperar que cualquier crítica negativa actual acabe con los años por ocupar su lugar en libros semejantes a este.
Muchos de los comentarios que aquí se reúnen harían enrojecer de vergüenza a sus autores y llenarán de satisfacción a todos los que piensan que la crítica literaria es, cuando menos, una estupidez. Personalmente, sin embargo, creo que los ejemplos de error que este libro reúne confirman las glorias y las miserias de la crítica: la miseria que supone el no acertar; la gloria que conlleva el atreverse a fallar.
La consideración global y social que la crítica y los críticos reciben no puede decirse que sea muy satisfactoria. Enanos, eunucos, impotentes, venales, burros, ignorantes, parásitos, escritores frustrados, amargados, rencorosos, resentidos, envidiosos, comemigajas literarias, chupababas, plumíferos, asnos eruditos, miopes, pelotas, bellacos, ratas de biblioteca, gacetilleros, burriciegos o analfabetos son algunos de los piropos que a lo largo de los siglos han estado mereciendo y en verdad que podría suponerse, a la vista de tales atributos, que quien se dedica a tal tarea debe hacerlo por no poder hacer otra cosa. A pesar de todo, los críticos y la crítica siguen existiendo, y este solo hecho parece demostrar que su tarea es todavía necesaria.
¿Qué es lo que hace un crítico literario? La respuesta es fácil y compleja al mismo tiempo. Lee un libro y opina sobre él. En ese sentido, hace lo mismo que cualquier lector. La diferencia reside en que su opinión es pública y tiene, por tanto, una repercusión distinta a la del comentario de un simple lector: su juicio llega a un público más o menos amplio según sea mayor o menor la difusión del medio en que lo emite; y su gusto o disgusto crean o pueden crear opinión.
La mayoría de la gente que conozco piensa que los críticos leemos —ya habrán adivinado que me encuentro entre ellos— de manera diferente a como lo hace el común de los mortales o el exquisito grupo de los inmortales: los escritores. Detrás de este pensamiento, hay algo cierto, y luego trataré de explicarlo, pero se esconde un juicio equivocado: la lectura que hace el crítico no tiene nada que ver con la que hacen los lectores. Leer es un acto cultural del que todos participamos —todos los que leemos, claro— de manera semejante. Abrimos un libro y entramos en lo que alguien nos cuenta. Según vamos leyendo nos va gustando, o no, lo que estamos leyendo. Si no nos gusta, podemos dejar de leer, o continuamos haciéndolo bien porque somos masoquistas o bien porque, a pesar de todo, tenemos interés en ver cómo acaba aquello. Cuando cerramos el libro, hacemos un juicio global: me ha gustado mucho, me ha gustado algo o no me ha gustado nada.
La diferencia entre un crítico y un lector normal está en que el lector común no necesita ir más allá de este primer juicio; mientras que el crítico, que debe hacerlo público, tiene que pasar de este primer juicio a una reflexión sobre sus causas: por qué me ha gustado mucho, poco o nada. En este segundo paso parece residir la diferencia que la gente encuentra entre la lectura de un crítico y la lectura común. Se tiende a pensar que el crítico busca a posteriori las razones, y que más que buscarlas acomoda a ellas su lectura. Creo que eso no es cierto. Imagínese el lector que cuando termina de leer un libro alguien le pregunta su opinión sobre él. Me ha gustado, responde, y su interlocutor le pregunta por qué. Si el lector cree que hablar o comunicarse con alguien merece la pena, no se limitará a contestar un mero porque sí o un cómodo «el gusto no puede explicarse». Tratará de buscar las causas de su juicio y para ello tendrá mentalmente que recordar y resumir sus impresiones sobre lo que estuvo leyendo. De alguna forma volverá mentalmente a releer el libro para encontrar esas razones y en razón de esa memoria de la lectura argumentará que los personajes le parecen muy bien construidos, las frases muy bonitas y el tema interesante. No hace otra cosa el crítico. La diferencia entre la lectura del crítico y la del lector no se encuentra ahí. La diferencia reside en que el crítico, ya durante la lectura, sabe que va a tener que hacer esa relectura que el juicio requiere y, por tanto, se fija más, es decir, a la lectura que llamaremos en principio pasiva o inocente superpone otra lectura crítica. La gente tiende a suponer que esa superposición anula la lectura común sin darse cuenta de que, en realidad, lo que hemos llamado lectura pasiva conlleva también una lectura crítica, pues durante el proceso de lectura se van emitiendo juicios de manera continua. Es más: el hecho de pasar las páginas es en sí mismo un juicio, pues significa aceptar lo leído y suponer que lo que sigue también va a merecer la pena. El lector normal pasa las páginas, salvo que peque de masoquista o una fuerte presión exterior actúe sobre él, a partir de que sus juicios van siendo positivos. En el caso del crítico, la actitud es diferente porque, aun no siendo masoquista, está obligado a continuar hasta el final la lectura del libro aunque sus juicios durante la misma sean negativos. Que esté obligado a leer el libro entero no significa que esto siempre se realice. Personalmente creo que la lectura total es lo mínimo que se le debe exigir al crítico, pero no está mal recordar que cuando este reproche se le hizo con fundamento a Clarín este respondió cruelmente a su autor que, si uno va por el campo y detrás de una tapia ve un par de orejas peludas y escucha un rebuzno, no es necesario saltar la tapia para saber que se trata de un burro. Quiero decir, en todo caso, que la lectura que efectúa el crítico se distingue por una mayor intensidad —o debería distinguirse—, por una atención que nace de las exigencias de su propio trabajo pero que en definitiva no varía cualitativamente de la que hace cualquier lector, pues todo lector es un crítico aunque no ejerza públicamente. Al lector le basta con decir esto me gusta o no me gusta. El crítico está obligado a explicarse y a explicar por qué. Y en ese sentido la crítica al crítico no debería residir tanto en su acierto o no como en si ha sabido o no ha sabido fundamentar su opinión.
Otro problema latente que se advierte detrás de la desconsideración hacia el crítico proviene de la justa pregunta que puede hacérsele sobre quién le ha dado vela en este entierro y, en definitiva, quién es él para atreverse a opinar públicamente. Esta pregunta requiere una doble respuesta: el porqué de la crítica y el porqué del crítico concreto. Criticar es cosa de siempre. Caín criticaba a Abel y Yahvé criticó duramente a Caín. Sabemos que ya en el mundo griego los escritores se criticaban con pasión y denuedo. Todo el teatro de Aristófanes contiene críticas a sus contemporáneos y el buen Sócrates hubo de aguantar, en ese sentido, más de una rechifla, del mismo modo que el Sócrates de los Diálogos de Platón es básicamente un crítico: alguien que se cuestiona lo que dicen los otros. La recompensa final que se mereció el protocrítico bien sabemos cuál fue: la cicuta, un honor que muchos escritores o editores le otorgarían con gusto a muchos críticos de hoy. Pero la crítica literaria es un descubrimiento moderno.
Conviene, llegado este momento, distinguir entre unas clases de crítica y otras. Sin meternos en muchas zarandajas puede decirse que existen dos clases de crítica: la universitaria o académica y la de batalla o la que se ejerce en los medios de comunicación. La primera, dejando aparte a los clásicos, se remonta al mundo del Renacimiento y está ligada a la retórica, a la contemplación de las obras según los modelos de los clásicos, y desde siempre ha tendido más al comentario iluminador o revelador que al juicio concreto, lo cual no significa que, como puede comprobarse en alguno de los ejemplos que en este libro se recogen, esté libre de errores. Los académicos del siglo xviii opinaban y argumentaban que Shakespeare o Calderón o Lope de Vega eran unos mastuerzos que no sabían escribir y, desde su punto de vista, desde lo que ellos opinaban que era buena o mala literatura, no les faltaba razón. Podemos decir que no tenían ni idea y nos estaríamos equivocando nosotros. Precisamente porque tenían ideas se equivocaban. Podemos decir que sus ideas estaban equivocadas, pero no que ellos se equivocasen. Tener ideas previas sobre lo que es o no es buena literatura es otro de los defectos que, como veremos, se les imputa a los críticos.
La crítica de batalla nace ligada a los medios de comunicación y al mercado y, con más o menos flexibilidad, su nacimiento se remonta al siglo xviii. Es entonces cuando, con la expansión de la imprenta y la aparición de un público lector amplio, nace este extraño fenómeno que llamamos la crítica. Esta nace de una necesidad de poner orden y, como el orden es un concepto que cada uno rellena con el significado que quiera darle, la crítica emite juicios de valor que sirven para orientarse. Desde el momento en que la aparición de los libros deja de ser algo raro, las ediciones se acrecientan y en el mercado la oferta literaria se amplía; parece necesario que alguien diga qué es lo que merece la pena y qué es lo no. Ese alguien es la crítica.
[…]

Constantino Bétolo (Navia de Suarna, 1946) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad Complutense de Madrid. Durante años ejerció como crítico literario en diversos medios como El País, El Urogallo o El Independiente. Ha sido director de la editorial Debate entre 1990 y 2003, año en el que fue designado como director de la editorial Caballo de Troya (Random House Mondadori). En 2008 fue galardonado con el Premio Periodístico sobre la Lectura de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez. Entre sus obras más reconocidas se encuentran La cena de los notables (Periférica, 2008) y ¿Quiénes somos? 55 libros de la literatura española del siglo XX (Periférica, 2021).

Cubierta: Descargar

Ficha del libro: Descargar

Be the first to review “Miseria y gloria de la crítica literaria”