Viaje a Partagua seguido de La parvá | Punto de Vista Editores
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Viaje a Partagua seguido de La parvá

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-46-4
Nº de páginas: 212

18,90 

En Viaje a Partagua, un camión transporta a una multitud de inmigrantes a través de las ruinas de un país antiguo y caducado, como cualquiera de los nuestros, hacia la tierra prometida, donde solo una persona será liberada. Entre ellos viaja la cría y la deidad, lo nuevo y lo eterno, la esperanza y lo sagrado, el milagro de la vida.

En La parvá, la única dirigenta deportiva de la asociación de fútbol de Chile viaja en un tren nocturno rumbo a Santiago para convencer al relator, que puede controlar a los futbolistas con un poder especial en su voz, de que ayude a la selección chilena durante el Mundial de Fútbol de 1962.
Carlos Labbé revela en estas dos novelas cómo algunos temas de actualidad están en los ancestros de la especie humana, entre ellos el no-binarismo de l’andarín y l’cabayegu, o el feminismo desfigurado de las maxj y de su hija, la dirigenta. Las voces que protagonizan estos dos viajes buscan la disolución de sus individualidades en favor de una colectividad justa, permanente, inclusiva y celebratoria de la pluralidad.

«Su obra parece una respuesta a la inminente destrucción del mundo conocido».
Arturo García Ramos, ABC Cultural

«Los lectores en español reconocerán la intensa renovación técnica de Carlos Labbé».
Valerie Miles, Granta

«Vale la pena entrar en el juego de misterio, reflexiones y buena literatura de Labbé».
Andrea Ocampo, Zona de Obras

Viaje a Partagua

Las curvas del camino ascienden hasta perderse en cúmulos.
Acarrea su bulto, que adelante le cuelga entre trapos púrpura, verde, carmín y conchevino, los cuales cruzan sus hombros y espalda. Lleva una mochila, pasamontañas, guantes.
No deja de andar. Su ropa brilla, no es su ropa la que brilla.

En sentido contrario por el camino viene otra. Trae harina encima de toda la piel y en la cara, así que nadie sabe qué prejuicio sostener delante suyo. Huele bien, aun si no a perfume.
Se detiene ante l’andarín, arruga los ojos por su brillo y se queda mirándole el bulto. No se presentan, pero se detienen y se escuchan.
—He soñado dos veces con su bulto —dice la otra persona—. Ahora me doy cuenta de que es la casa suya, hecha de barro recién cocido. Yo venía a dejarle mis felicitaciones, me guiaba un intenso olor dulce. Un pan dulce que nunca he probado; me da gusto conocerla.
—No tengo casa —le responde—. No me importaría comer algo así de delicioso, pero esperaré hasta que me inviten al festín en la fortaleza donde me esperan con este bulto.
—Buena suerte.
No se despiden, pero los vellos apenas perceptibles de sus brazos se tocan al pasar.

Algunas le decían la fortaleza, otras el palacio, otras el acantilado, otras la arena.
Era porque cada vez que volvían de ofrecer ahí su bulto solo recordaban un destello, una recompensa y un corte.
Y porque ahí, recapitularían mucho después, una persona era liberada.

Cuando a las cinco de la madrugada sus papás y sus mamás decidieron tapar todas las luces, esperando que, después de amamantarla, de darle la otra leche, de mudarle el pañal, de desvestirla y vestirla, de limpiarla, de enrollarla, de mecerla, de cantarle, de acariciarla, de amamantarla de nuevo y así, la cría y deidad durmiera, esta se quedó mirando el haz de luz que entraba por la rendija, su mirada atenta a lo que venía.

En un puente se detiene a observarse en el arroyuelo. El vértigo del agua que corre, de lo que pasa y nunca más podrá ser recuperado, l’hace sentir la gravedad de su bulto.
Piensa en deshacerse del encargo.
El brillo del agua l’ciega. Ocupadas las manos en la baranda, en los ojos, el vaivén del peso l’hace seguir camino.

Al calor de la oscuridad, por la ceguera del estío, se ha acurrucado en el hueco de un árbol a dormir mientras la noche se alarga, suenan crepitaciones, metales, rugidos de poblados arrasándose, guerras que vuelven y se van.
Azota sus ropas un viento que en su sueño pudo ser también el eco de la batalla rasante donde, aun si por ahí mismo pasan los muertos, no es suya, pues la fortaleza, l’han dicho, se alza más lejos que las nubes.
El viento que l’registra se hace también un hueco entre sus trapos y se le queda en su bulto, palpitando. Escucha su bulto y su bulto l’escucha, paso, paso, paso.

Carlos Labbé (Santiago de Chile, 1977) es escritor, músico, guionista, crítico y editor. Tiene el título de magíster en Letras con una tesis sobre Roberto Bolaño. Su primera novela Libro de plumas (Ediciones B, 2004) lo convirtió en uno de los nuevos referentes de la literatura chilena. Sus obras Navidad y Matanza (Periférica, 2007), Locuela (Periférica, 2009), Caracteres blancos (Periférica, 2011), Piezas secretas contra el mundo (Periférica, 2014) y Coreografías espirituales (Periférica, 2017) lo han consagrado como uno de los autores más relevantes de la literatura latinoamericana, por lo que fue considerado por la revista Granta, en 2010, como uno de «los mejores narradores jóvenes en español». En 2008, fue uno de los fundadores Sangría Editora en Chile, de la que es coeditor.

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Ficha del libro: Descargar

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