Los días con Felice | Punto de Vista Editores
Cart 0
los-dias-con-felice-cub-510x652

Los días con Felice

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-59-4
Nº de páginas: 224

19,90 

En un valle remoto en los Alpes suizos, cada mañana al amanecer, Felice sube los senderos de la montaña hasta llegar a una recóndita poza, donde se sumerge sin importar la estación ni la temperatura. El narrador entabla una profunda amistad con este anciano tímido y enigmático que, rodeado por la inmensidad de las cumbres y sumido en el encanto de sus silencios, comparte sus hábitos imperturbables y su relación con otros personajes duros, generosos, sinceros y leales, con los que convive día a día.

Los días con Felice, con una prosa apremiante y poética, inserta al lector en el encanto de este mundo salvaje que contrasta con la vida pacífica y armoniosa de los personajes, quienes poco a poco irán revelando los secretos enterrados durante demasiados años.

Galardonada con el Premio Terra Nova 2019, de la Fundación Suiza Schiller, y el Premio Gambrinus Giuseppe Mazzotti 2019.

«En esta novela, los dos personajes dan largos paseos redescubriendo una vida minimalista en la que la codicia consumista simplemente no encuentra espacio.»
Adriana Rigamonti, Vetrina

«Si quieres un libro que te recuerde los ritmos lentos y humanos de la vida cotidiana, que te hable de lugares, pueblos y montañas del Ticino, un libro de delicados sentimientos y emociones, Los días con Felice es para ti.»
Natascha Fioretti, Corriere del Ticino

Uno

Es él quien está llamando a la puerta y me despierta. No son siquiera las cinco y media. Bajo las escaleras, le abro, y lo veo en medio de la oscuridad bajo el paraguas, con la camisa desabrochada, en pantalones cortos y descalzo. Entra aire frío y está lloviendo. Corro adentro a vestirme y salgo de nuevo. En la pared, colgado de un clavo, está el termómetro que me regaló Vittorina. Cinco grados. Bueno, me digo, tampoco es para tanto. Será que no estoy acostumbrado a levantarme tan temprano.
Ayer había visto pasar a Felice mientras estaba en el patio de mi baita. Era una tarde soleada, pero en las cumbres de las montañas se iban adensando las primeras nubes grises que oscurecerían el cielo ya antes del atardecer. Yo estaba barnizando la puerta de la leñera cuando pasó. Vestía igual e iba descalzo, como ahora, con una bolsa llena de caquis en la mano. Intercambiamos algunas frases convencionales, y luego le pregunté si me permitía acompañarlo durante el día, así, solo para vivir un poco como vivía él…
Bajamos los tres escalones de piedra a paso ligero y nos adentramos en la niebla, bajo la lluvia, por el sendero empedrado que zigzaguea entre las casas. Son baite antiguas, de hace siglos, imponentes como las piedras de sus paredes, con las vigas del techo combadas bajo el peso de las piode, las losas de piedra del tejado, y con sus ventanucos todavía mudos. La luz de alguna farola instalada por el Ayuntamiento nos alumbra un poco el camino.
En el pueblo, desde siempre, se murmura que Felice, cada mañana, antes de que cante el gallo, se encamina hacia quién sabe dónde y va a meterse en cueros en una poza de agua helada. Hay quien dice que lo lleva haciendo desde siempre; otros, que ha empezado a ir después de un viaje a Rusia en los años sesenta; y alguno, que empezó a hacerlo después de jubilarse. La poza, según unos, se encuentra en el curso del torrente Gurundin, por la zona del pinar de Selvaccia; según otros, en el torrente Altaniga, entre la alquería de Celso y el caserío de Tognola; e, incluso, hay quienes creen que está en la cima del Alpe de Gualdo, a mil seiscientos metros de altitud.
Dejando el pueblo atrás, enfilamos la carretera cantonal que desde Leontica asciende hacia el Nara. Nada más oír el chapoteo de los pies desnudos de Felice sobre el asfalto encharcado, el mulo de Vittorina empieza a relinchar en su cercado, un poco más adelante.
Cuando llegamos a la cerca, el animal ya está allí esperándonos, y Felice lo acaricia. Hago lo mismo durante un buen rato. Su pelo mojado y áspero se ha transformado ya en manto invernal. La lluvia repiquetea sobre la chapa del cobertizo.
Continuamos. Él, con ropa de verano, trata de protegerme de la lluvia arrimando su paraguas hacia mi lado. Pasamos junto a la casa de Floro y de su gato el Rasta, un chamizo casi invisible en la oscuridad que Floro acondicionó a la buena de Dios hará ya una veintena de años, con tejado de uralita, sin corriente eléctrica, sin cédula de habitabilidad, con agua traída hasta la casa por un tubo de goma desde un torrente y, por excusado, el vecino bosque de fresnos. Las ventanas están completamente a oscuras, Floro duerme todavía. Proseguimos.
Una vez, Floro me dijo que lo de la poza era una trola. Que sí, que era verdad que Felice andaba y andaba por el monte como un viejo lobo estepario y que, incluso, hacía años, mientras las fuerzas se lo permitieron, subía y bajaba corriendo, porque, como él decía, era el único deporte para el que no se necesitaba nada. Salía de casa y empezaba a correr. «Pero, muchas veces, ni siquiera él sabe adónde va
—añadió—. Como una vez que lo vieron merodear a las nueve de la noche en lo alto de Cancorì, con una bolsa en la mano, en las proximidades del restaurante Genzianella, y él decía que había ido a buscar espárragos silvestres».
Dejamos la cantonal en la curva del Viejo Alerce, un árbol centenario y solitario, y cortamos por una pista de montaña adentrándonos en la planicie de Sella. Sella es como una terraza de un kilómetro de lado que se extiende desde la margen superior del pueblo hasta la orilla inferior del escarpado pinar de Selvaccia. Está delimitada, por un lado, por la profunda garganta del torrente Gurundin y, por el otro, por una rampa que asciende con curvas de herradura hasta el Nara. Una planicie con pastizales, algunas granjas y dos o tres baite nuevas, de vacaciones. A lo lejos distinguimos la granja del campesino Sosto. Un farolillo en la fachada nos guía hasta su puerta.
En el pueblo también dicen que, en invierno, Felice ha de romper el hielo que se forma sobre la poza, y que lleva consigo jabón para lavarse. Y que temen que un día, antes o después, se quede en la poza helada, tieso como un garrote. ¿Y quién lo encontrará entonces? Lo devorarán las alimañas.
Sosto, cuarenta y cinco años, rostro curtido de montañés, barba y pelo desaliñados, y un Parisienne en la boca, anda maniobrando con la ordeñadora mecánica y masculla improperios sin cesar porque se le han doblado los tubos y no chupa nada bien. Lo dejamos a lo suyo y reemprendemos el camino.
Avanzamos casi a oscuras, oyendo el chapoteo de nuestros pasos en el barro. La luz amarillenta de un farol ilumina el puentecillo de madera sobre el torrente Altaniga. Si ya hemos empezado a subir bordeando el curso de agua, me pregunto dónde estará la poza. Pero continuamos.
Algo más adelante hay otro puentecillo, también este de madera, que atraviesa el torrente Gurundin. Lo cruzamos. Aquí la pista termina en una pequeña explanada que permite maniobrar a los coches, y la mortecina luz del último farol se refleja en los oscuros charcos trémulos. Ante nosotros aparece el sombrío pinar de Selvaccia.
Felice cierra el paraguas, se desvía a la derecha y desaparece engullido por la oscuridad. Trato de alcanzarlo, pero tras adentrarme unos pasos me detengo con un estremecimiento. No veo absolutamente nada. Espero a que mis ojos se acostumbren. Nada. Aguanto la respiración y escucho atentamente. Oigo que se mueve varios metros más allá. Bueno, me digo, al menos aquí estoy a resguardo de la lluvia.
Voy subiendo a paso lento por un sendero escarpado y resbaladizo que no consigo ver —tengo que imaginármelo—, y camino clavando el borde de las botas en el suelo, levantando las rodillas para no tropezar en una piedra o en la raíz de un abeto o en cualquier otra cosa, y con las manos delante de la cara, por miedo a que una rama se me clave en un ojo.
—¡Felice! —lo llamo.
—¡Eh! —responde su voz surgiendo de la oscuridad.
—Nada. Llamaba para saber dónde estás.
Son las primeras palabras que intercambiamos. Al cabo de un buen rato me suelta: «¡Ten cuidado, no sea que acabes con las pelotas por el aire!». Lo dice en voz baja. Será por respeto al silencio que reina en el bosque…
Como todos los habitantes de Leontica, Felice solo habla el dialecto del valle de Blenio, al que llaman también valle del Sole.
—¡Felice! —llamo de nuevo, también yo en voz baja.
—¡Eh!
—¿No tendrás una linterna?
—¿Una linterna? Creo que sí, una linterna debo de tenerla por algún lado.
Llevamos subiendo un cuarto de hora, calculando a ojo, cuando, de pronto, se oye un chasquido, como el de una rama rota, seguido del ruido de pasos pesados que se alejan velozmente. Me paro sorprendido.
—¿Ciervo? —pregunto.
—Eh, sí, será algún ciervo. Esto está lleno de ciervos
—me llega su voz tranquilizadora. Continuamos.
Por fin logro acercarme. Oigo su respiración y el leve rumor de sus pisadas. Minutos después, empiezo a distinguir sus pantorrillas grises ahí delante, a dos o tres metros, y los troncos negros a nuestro alrededor. La negra espesura del bosque sobre nuestras cabezas empieza a ralear. Quién sabe qué hora será, estará amaneciendo, me digo. Al poco oigo el tañido lejano de una campana, luego otro, y otro más. Son las campanas de Leontica que tocan el avemaría de las seis y media. Una melodía límpida y alegre. Felice se para, se gira en dirección al valle y se queda así, absorto, hasta que las últimas notas suspendidas en el aire se alejan lentamente y para siempre.
Una vez fuera del bosque la cuesta se atenúa y Felice acelera el paso. Caminamos por entre una miríada de oscuras matas de arándanos y de arbustos de rosas alpinas, quizá también algunas azaleas, en la penumbra todas se asemejan. Aquí y allá se vislumbran las siluetas negras y bajas del pino mugo, y las esbeltas de los abetos solitarios. Sigue lloviendo, y un viento insufrible sopla ásperamente azotando la cara. Me moquea la nariz, la limpio con la manga fría y mojada del jersey. Pero el resto del cuerpo está acalorado.
Ahora empieza a ser visible el sendero bajo mis pies. Es un surco de un palmo de profundidad y tres de ancho, como los que hacen las vacas en los pastos de altura. Oigo el rumor del torrente Gurundin a mi derecha, pero no logro verlo aún. Haciendo un cálculo aproximado, llegados a este punto, habremos ascendido a unos mil quinientos metros de altitud. Aunque no estoy muy seguro, porque todavía no consigo orientarme y he perdido la noción del tiempo. He dejado el reloj en casa y tampoco traje el móvil. Total, ¡quién iba a llamarme a estas horas! Tampoco Felice lleva reloj. Él camina ligero delante de mí, va descalzo a pesar del frío y no lleva más que unos pantalones cortos sacados de un par de tejanos, una camisa de franela de manga corta desabrochada y el paraguas abierto.
El pasado mes de septiembre Felice cumplió noventa años.

Acompañados por el murmullo del torrente Gurundin a nuestra derecha, a cada paso distingo mejor las formas y las distancias. Las nubes se están levantando y los perfiles oscuros de las montañas comienzan a recortarse contra el cielo, que poco a poco empieza a clarear.
Por fin, tras un interminable periodo de silencio, Felice se detiene y dice: «¡Bueno!». Me paro yo también para recobrar el aliento y entonces la veo.
Una mancha plomiza entre las rocas negras.
La poza.
Felice se desnuda. Su piel, en contraste con la oscuridad de alrededor, parece resplandecer. No lleva calzoncillos. Cuelga los pantalones y la camisa de una rama de abeto, allí al lado, y, sin pensarlo dos veces, se sumerge por entero en la poza desnudo completamente, tal como decían en el pueblo. Me quedo quieto, conteniendo la respiración, temeroso de que cualquier mínimo movimiento pueda distraerme de este momento.
Está sumergido en el agua, solo tiene fuera la nariz, que exhala vapor. Busco resguardo de la lluvia bajo el abeto, aunque esté empapado ya casi completamente, y espero allí. Pero, al poco, siento que se me enfrían los hombros y comienzo a tiritar. Sacudo el cuerpo con los brazos, me froto las manos, doy patadas en el suelo con las botas. Espero.
Él se incorpora, sale de la poza, se protege de la lluvia con el paraguas y, girándose de espaldas, se queda inmóvil como una piedra contemplando los puntitos blancos de las farolas allá en el fondo del valle. Entonces miro la oscura poza. Pero quién me mandaría a mí hacerlo, me digo. Tengo frío, llueve, está todo a oscuras… Pero he sido yo quien se lo ha buscado solo. Me desnudo y me meto pegando un salto y gritando no sé qué. Y me descalabro las rodillas contra el fondo pedregoso.
Quisiera dejar solo la nariz fuera como hacía él; pero no resisto, hace demasiado frío. De un salto me pongo a su lado. Aproxima un poco el paraguas y me tapa con él. Quedamos así, desnudos y en silencio, dejando que nos seque el aire.
Ahora se está abriendo el cielo, ya casi ha dejado de llover, y tras el Simano empieza a clarear. Una vez nos hemos secado y vestido, nos encaminamos hacia el sol naciente.
Lenguas de niebla se elevan veloces desde el fondo del valle y, flotando, se dejan rascar la panza por las puntas de los abetos. Después nos alcanzan y nos envuelven para acariciarnos, frías y húmedas, hasta que me impiden ver más allá de tres o cuatro metros alrededor. Y aquí arriba, en lo alto de la montaña, con una niebla así, uno se podría perder o se podría sentir todavía más solo.
Felice parte la punta tierna de una ramita de pino mugo que ha salido de la nada, se la mete en la boca y mastica sin tragarla. La mordisquea como si fuera un chicle. Después la niebla se aleja, las nubes se abren dejando que penetre un rayo de sol hasta nosotros y el valle se enciende.
[…]

Fabio Andina (Lugano, Suiza, 1972) se licenció en cine en San Francisco. Ha publicado el poemario Ballate dal buio (2005) y la novela Uscirne fuori (2016); además, varios de sus cuentos y poemas han sido recogidos en diversas antologías. En 2018, publicó su segunda novela, La pozza del Felice (Los días con Felice), la cual fue galardonada con el Premio Terra Nova 2019, de la Fundación Suiza Schiller, y el Premio Gambrinus Giuseppe Mazzotti 2019. También ha publicado los libros de cuentos: Sei tu, Ticino? (Rubbettino, 2020) y Tessiner Horizonte – Momenti ticinesi (Rotpunktverlag, 2021).

Cubierta: Descargar

Ficha del libro: Descargar

Be the first to review “Los días con Felice”