(Preventa) Literatura Max Factor. Manuel Puig y los escritores corruptos latinoamericanos | Punto de Vista Editores
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(Preventa) Literatura Max Factor. Manuel Puig y los escritores corruptos latinoamericanos

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-55-6
Nº de páginas: 328


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

19,90 

Puede que Borges, Onetti, Vargas Llosa, Cortázar o García Márquez sean los nombres más famosos que ha dado la literatura latinoamericana, pero desde luego no bastan para explicar algunos fenómenos literarios posteriores. ¿Qué tiene la obra de Manuel Puig para atraer a creadores tan distintos como Murakami, Bolaño o Wong Kar-wai? ¿Por qué ha sido reivindicada por tantos escritores en las últimas décadas? ¿Qué motivos extraliterarios determinaron que fuera apartado de los círculos de prestigio de su época? El presente ensayo pretende responder a estas y otras preguntas.

Literatura Max Factor analiza además las especificidades de la obra literaria de Puig, que pasa por el reciclaje desprejuiciado de la cultura mainstream y el entertainment: las radionovelas, el cine de serie B, la publicidad, los talk shows y otros géneros corruptos ofensores del buen gusto; la mirada ambivalente sobre Estados Unidos; las manifestaciones de la tecnología; y la cuestión de género, donde se expresa el potencial desestabilizador de la loca y las distintas formas en que se manifiesta el control y los privilegios del discurso masculino sobre el femenino.

En la literatura latinoamericana del siglo xx hubo dos puntos de inflexión: uno en los años 60, con el rechazo que suscitaron la obra y la figura pública de Puig en la ortodoxia; el otro en los 90, cuando las estrategias de mercadotecnia de algunos escritores, de la industria editorial y de una España que buscaba renovar su contrato cultural con Latinoamérica se aliaron para buscar y lanzar al estrellato al relevo generacional del boom.

Puig diría en una ocasión: «Si pudiera, cambiaría todo lo que voy a escribir en la vida por la felicidad de esperar a mi hombre en el zaguán de la casa, con los rulos hechos, bien maquillada y con la comida lista». Afortunadamente, al menos para quienes vinieron después, eso no pasó.

«A Manuel Puig lo leí cuando estaba en el instituto. Me inspiró su manera de contar las historias, no el contenido sino la forma. Yo apenas utilizo un guión, tomo notas y luego hablo mucho con los actores, de la película y de la historia que quiero contar. En la literatura de Puig hay algo indefinible que me gustaría transmitir con mi cine».
Wong Kar-wai, director de cine

«Cuanto más serio me vuelvo en la vida real, más extrañas son las cosas que escribo. Por eso uno de mis escritores favoritos es Manuel Puig, con esa imaginación tan libre. Encuentro un punto en común muy fuerte entre su literatura y la mía».
Haruki Murakami, escritor

 

Prólogo, por Luisgé Martín

Introducción. Una confesión

1. Aduanas literarias

Los 60: crónica de una exclusión

El asentamiento literario
Un sin papeles en la ciudad letrada

Los 90: aterrizajes en grupo

El terreno: España y el V Centenario

Los grupos: el crack y McOndo

2. Manuel Puig, la amada madre. Cultura placer

La seducción del pop

La seducción del cine

Literatura caníbal

Imitación a la vida

Retrato de época

«Un cielo lleno de santas»

3. Alberto Fuguet, el hijo pródigo

La figura del escritor

Estados Unidos tras el escaparate

Cultura placer

Literatura caníbal
Imitación a la vida
Retrato de época
«Un cielo lleno de santas»

Tecnoliteratura

Cíborgs
Narradores electrónicos

Género

El padre represor: en persona y en metáfora
El amante vampiro

4. Pedro Lemebel, el hijo loca

La figura del escritor

Cultura placer

Literatura caníbal
Imitación a la vida
Retrato de época
«Un cielo lleno de santas»

Tecnoliteratura

La radio: realidad sintética
Modelar el espacio de seguridad

Género

Queer latinoamericano: la Loca y el amor
Traducciones del paradigma masculino-femenino

5. Alejandro López, el hijo renegado

La figura del escritor

Estados Unidos tras el escaparate

Cultura placer

Literatura caníbal
Imitación a la vida
Retrato de época
«Un cielo lleno de santas»

Tecnoliteratura

Homo technologicus
¿Quién narra aquí?

Género

Traducciones del paradigma masculino-femenino

6. Dani Umpi, el buen hijo

La figura del escritor

Cultura placer

Literatura caníbal
Imitación a la vida
Retrato de época
«Un cielo lleno de santas»

Tecnoliteratura

Homo technologicus
¿Quién narra aquí?

Género

Traducciones del paradigma masculino-femenino

7. Cierre

De la cultura placer a la tecnoliteratura

De la tecnoliteratura al género

Del género a la cultura placer

Bibliografía

Prólogo

Debo comenzar con una confesión semejante a la que hace Manuel Guedán al inicio de Literatura Max Factor: yo también sufrí de niño algo parecido al bullying por tener gustos culturales poco sofisticados. Mientras que mis compañeros de clase se recomendaban unos a otros encarecidamente los últimos discos de Jethro Tull, Genesis o Pink Floyd, yo suspiraba de amor con las canciones de José Luis Perales o Pedro Marín y me avergonzaba de mi temperamento ñoño y afeminado.
El proceso de aceptación de ese placer fue muy duro y solo con el descubrimiento del bolero —y de la reivindicación que de él hacía Almodóvar— fue posible mi paz interior. El bolero es uno de esos géneros que están en tierra de nadie: intelectuales y barriobajeros pueden convivir bajo sus melodías.
Los sentimientos siempre han sido femeninos y lo femenino siempre ha sido menor (o débil, o inferior): esta es la gran confusión en la que se fundamenta buena parte de la crítica artística ortodoxa. Guedán recuerda que Borges —en atribución quizá apócrifa de Cabrera Infante— utilizó la expresión «literatura Max Factor» para calificar Boquitas pintadas, la segunda novela de Manuel Puig: literatura maquillada, llena de afeites, centrada en personajes femeninos y de clases bajas, dispuesta a abrazar «sus mismos referentes culturales». Ese es el territorio expresivo que explora Manuel Guedán en este libro formidable.
Y esa es la paradoja que el lector encontrará aquí: la de unos autores que, recurriendo a lo vulgar, a lo depreciado y menospreciado, a lo sentimental, consiguen ser transgresores. Unos autores que usan el folletín, el cine popular, la crónica policial o la música sensiblera para barrer prejuicios y afirmar una identidad desacomplejada. Julio Cortázar, uno de los autores a los que más he admirado en mi vida, hablaba despectivamente —con un machismo que hoy nos resulta revelador de lo que ha sido la historia reciente— del lector-hembra, el lector «que no quiere problemas sino soluciones, o falsos problemas ajenos que le permitan sufrir cómodamente sentado en su sillón, sin comprometerse en el drama que también debería ser el suyo». Los autores que retrata Guedán en este libro son autores orgullosamente hembra, pero no eluden los problemas ni sufren con placidez en su sillón, sino que abren en canal las vísceras de sus lectores. Empleando también una expresión popular, son autores que rompen y rasgan. Atragantan. Duelen.
Leyendo este libro he recobrado un recuerdo personal. Hubo una época de mi vida, entre los diecisiete y los veintimuchos años, en que me convertí en un adorador literario. Me fascinaban los libros, pero me fascinaban también los escritores y el aura mundana que desprendían. Como dirigía un par de fanzines culturales, usaba ese pretexto para acercarme a ellos. Les escribía cartas, iba a sus casas, acudía a sus presentaciones públicas. Cada día, además, examinaba la Agenda Cultural del diario El País y elegía uno o dos actos a los que ir con mi pandilla de amigos letraheridos o esnobs. Eran los tiempos del esplendor en la hierba y la gloria en los libros, y recuerdo algunas presentaciones —como la de La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa, que coeditaron Plaza y Janés y Seix Barral, si no me falla la memoria— que se parecían a las fiestas de la abundancia, con fuentes de miel y vino.
A Manuel Puig lo conocí en una de esas fiestas, que se celebró en la sala Bocaccio de Madrid para presentar una de sus novelas. Yo creo que era Sangre de amor correspondido, de la que conservo una primera edición y que se publicó cuando yo tenía veinte años y estaba en mi apogeo mitómano, pero algunos testimonios encontrados en internet —el del actor Pepe Martín, por ejemplo— me hacen pensar que tal vez se trataba de su última novela, Cae la noche tropical, que yo no leí hasta muy recientemente y que se publicó en 1988, mucho más tarde que la otra.
El recuerdo de aquella fiesta —llena de excesos, poblada de la misma fauna literaria que visitaba Bocaccio cada noche sin necesidad de excusas— es muy vago, de modo que no descarto que esté mixtificado, pero tengo dos o tres imágenes poderosas que no pueden ser inventadas. Una de ellas es la del propio Manuel Puig caminando por la sala de abajo rodeado de un grupo de seguidores serviles que le hacían reír a carcajadas. Él sostenía —con gesto amanerado, el brazo retorcido doblado sobre el codo— un cigarrillo interminable y humeante, y al reír echaba el cuerpo hacia atrás, encogía el cuello y cerraba los ojos.
Fue difícil acercarse a él. Solo me atreví a darle la mano y a felicitarle por sus libros. Uno de mis acompañantes, más entrenado en el trato periodístico, le pidió una entrevista, que él aceptó protocolariamente, emplazándonos a que nos pusiéramos en contacto con la editorial. La entrevista, por supuesto, nunca se realizó y yo no volví a ver a Manuel Puig. Me queda de él una imagen desagradable, de diva envanecida y caprichosa, de escritor que en realidad habría querido ser Rita Hayworth y celebrar fiestas memorables en mansiones de Hollywood.
Esta imagen es chismosa, pero no irrelevante, porque de lo que este libro habla —de lo que hablan los autores que en él se examinan— es del drama puro, del drama queen, en expresión gay que reúne con fortuna las dos caras de la moneda: el llanto y la burla. Manuel Puig, el pionero, y Pedro Lemebel, Alejandro López, Alberto Fuguet y Dani Umpi usan el sentimiento desbordado con un sentido a veces irónico y otras veces desgarrador. «Fuguet comparte con Puig la idea de que el chisme es la materia prima de la literatura», recuerda Guedán. El chisme, la literatura de cocina y de brasero, la confidencia secreta.
Lo que hay de relevante en estos autores —en todos, pero sobre todo en Puig y en Pedro Lemebel— es que convierten ese chisme en herramienta política. Desmontan las divisiones entre alta y baja cultura y desorganizan las jerarquías sociales del corazón. Todos son o han sido outsiders, todos han tenido vidas complicadas y en alguna medida marginales, todos han tratado, a través de su literatura, de quebrar los prejuicios de las sociedades en las que han vivido. Todos son o han sido gays o de género rebelde. Y una particularidad geográfica: todos nacieron en el Cono Sur americano.
Manuel Guedán es un escritor —un gran escritor— que habla de escritores. Y consigue, antes que nada, que deseemos leerlos. Literatura Max Factor es un ensayo literario, es un ensayo sociológico y es un ensayo político, pero es, sobre todo, un libro que alumbra caminos: los de otros y los suyos propios. El lector —el lector culto y el menos culto— encontrará en él sobre todo dudas, como siempre ocurre en los ensayos que merecen ser leídos. Yo he tratado de descubrir, a medida que avanzaba en sus páginas, por qué la literatura de Manuel Puig o de Pedro Lemebel me impresionó tanto y por qué algunos libros de Alberto Fuguet despertaron mis instintos creativos mayores. He tratado de actualizar mis conceptos de lo pop, lo kitsch, lo camp y lo cursi (conceptos que deben ser actualizados al menos cada década). He tratado de revisar mis ideas acerca de la cultura y el placer, de los lindes movedizos entre el arte y el entretenimiento. He tratado de decidir, a posteriori, si habría sido mejor o peor escritor escuchando a Pink Floyd que escuchando a los Bee Gees.
Leyendo Literatura Max Factor he pensado mucho en el melodrama, en el acto de llorar, que, a diferencia del acto de reír, tiene tan poco prestigio artístico. Y he inventado un recuerdo (que bien puede ser cierto, pero que probablemente no lo sea): aquella noche de la sala Bocaccio, cuando me acerqué entre su cohorte de admiradores a Manuel Puig, vi algo más que altivez y mundanidad banal. Vi los ojos de un hombre vulnerable que sabía que, igual que Rita Hayworth, detrás de aquel deslumbrante decorado de la vida, estaba la soledad de los hoteles, las noches vacías y el mal aliento del alcohol. Vi a un hombre maquillado de estrella, pero abandonado a la única suerte de sus palabras escritas.
Luisgé Martín

Manuel Guedán (Madrid, 1985) es doctor en Literatura latinoamericana por la Universidad Autónoma de Madrid. Ha impartido clases de literatura en distintas universidades y centros de escritura creativa. Ha trabajado como editor en Demipage y actualmente lo hace en Lengua de Trapo. Fue coordinador de la edición española de la revista literaria Buensalvaje. Es autor del ensayo Yo dormí con un fantasma (Aldus, 2014) y de la novela Los favores (La Palma, 2017).

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