Conjuro contra el olvido (Trilogía) | Punto de Vista Editores
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Conjuro contra el olvido (Trilogía)

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-96-9
Nº de páginas: 488

23,90 

Inspirada por el deseo de mantener viva la memoria de Colombia, Marbel Sandoval nos presenta la trilogía Conjuro contra el olvido, narrada a través de las voces de mujeres afectadas por hechos violentos que marcan sus vidas y las de sus familias.

En el brazo del río, inspirada en la masacre de Vuelta Acuña en los años 80, nos presenta a dos niñas cuya amistad se ve interrumpida por el viaje de una de ellas a la finca de su familia, en la que la será encontrada por la tragedia.

Joaquina Centeno es la historia de una mujer que durante treinta años no ha desistido en la búsqueda de su hijo menor, desaparecido por el estado tras presenciar un asesinato.

En Las Brisas, Rosa conversa con su patrona cada lunes y vuelve a darle vida a su historia familiar a partir de la vida de su madre, una mujer acompañada por la muerte y la desdicha.

«Corrupción, inequidad social, violencia y miseria son abordadas con profundidad y sencillez por la periodista y escritora bogotana Marbel Sandoval Ordoñez, quien ejecuta un contrapunto narrativo equilibrado y de un desarrollo notable.»
Camilo Rodríguez, Nexos

«Escribo para bucear en quiénes somos y para contarnos como una manera de romper el hechizo ante la barbarie»
Marbel Sandoval Ordóñez, El Espectador

En el brazo del río

Sierva María

El cuerpo de Paulina Lazcarro nunca fue encontrado. Yo pienso que quedó en el buche de los gallinazos o, por qué no, que se enterró en el fondo del río y alimentó a los coroncoros. De todas maneras hay noches en que siento que ella me llama. No es que me hable, propiamente dicho, pero me llama. Me empieza como una desazón y tengo que bajarme a la orilla del río, aparto con cuidado los chamizos y veo cómo el agua lame la arena gris. Aquí todo huele a petróleo, siempre ha olido, desde antes de que yo naciera. No me acuerdo de un solo día en que el olor no me sorprenda y de una sola noche en que no me haya quedado mirando las teas que botan fuego como los dragones. Antes le decía a mi mamá que los bagres y los coroncoros me sabían a petróleo y ella me regañaba. Ahora, con los años, he optado por callarme, a nadie parece importarle, y a mí se me pasó la idea porque lo que pienso es que me estoy comiendo en el sancocho de pescado un poco de Paulina, porque nunca la encontraron.

Paulina y yo nos conocimos en el bachillerato. Mi mamá, que todavía cose, dobló el tiempo ante la máquina para que yo pudiera educarme. A ella no le parecía que mi vida pudiera llegar a ser un retrato de la suya. Quiero decir que a mi papá nunca lo conocí, aunque sé que es un petrolero, quizá por eso es esta obsesión con el olor a petróleo, será para tener un pedacito de papá. Mi mamá llegó de lejos, de un lugar en el que nunca he estado y en el que su hermana era la costurera del caserío, que ella orgullosa llama pueblo. Se marchó de allí cuando llegó la noticia de que por estas tierras había trabajo en cantidades. Empacó los cuatro trapos que tenía en una caja de cartón, los moldes de los vestidos que había copiado en papel periódico, las tijeras y un metro, que en realidad era como de doscientos centímetros, para medir el busto y las caderas de las clientas. Con nada más llegó a este calor, ni siquiera máquina de coser tenía. Estuvo de suerte porque aunque al mediodía la gente se enterraba en el remedo de pavimiento que era la brea derretida por el sol con la que regaban las calles, el agua no era potable, como tampoco lo es ahora, y ya no se vivía la bonanza del petróleo, la plata todavía se veía y las señoras bien mandaban hacer aquí sus vestidos de popelina, que es fresca, y de raso y seda para las ocasiones especiales. Así que mi mamá consiguió empleo con una de las modistas cotizadas del momento que tenía una máquina de más y muchos vestidos para hacer. Ahí fue donde se desgració porque un día llegó a mandar hacer sus vestidos para las fiestas de diciembre la mujer de un obrero de la empresa, que venía a acompañarla porque a él no le gustaba que se la mirara nadie y creía que en una de esas, en una vestida y desvestida, de pronto se le quedaba prendada en los ojos de algún desventurado al que tendría que matar. A él no le gustaba que le miraran a su mujer, pero a él si le gustaba mirar mujeres ajenas y se quedó prendado de la muchacha de veinte años que era mi mamá. Desde esa tarde de sábado, recuerda ella, el hombre empezó a dejarse caer por la casa de la modista, en achaques de saber cómo progresaba el ajuar de su mujer. Y de paso para tratar de que mi mamá le aceptara una salida que en esta ciudad no es a otro sitio que a un bailadero donde entre cerveza y cerveza, por aquello del calor, pudiera bailar apretado y seducirla con voz aflautada. De tanto insistir, ella cayó, cayó no solo en sus brazos sino en la cama, una cama que me imagino muy sudada, de esas que usaban todos los obreros para sus citas ocasionales, en casas levantadas en la orilla más segura del río. El placer duró poco porque, como no se sabía cuidar, mi mamá quedó embarazada, y él tan pronto se dio cuenta decidió poner pies en polvorosa, desapareció el interés por los vestidos de su mujer y de allí en adelante hasta la obligó a cambiar de modista, porque nunca volvieron. Con toda seguridad si el hombre era de aquí todavía debe pisar estas calles que piso yo y alguna vez debemos habernos cruzado sin reconocernos, porque ella nunca me quiso decir quién es. Por eso es que tengo obsesión con el olor a petróleo, porque me digo que un poco de ese olor debe haberse quedado impregnado en mi papá y aspirarlo en las tardes, cuando me entra a bocanadas, hace más fácil imaginar cómo hubiera sido de haberlo conocido. Pero no es de mi papá que quiero hablar, es de Paulina Lazcarro, que era compañera de clase y de pupitre.

Nos conocimos en el bachillerato, como ya dije, cuando empezamos las dos en el mismo curso. Paulina ya andaba por lo trece años cuando las monjas la admitieron a primero de bachillerato y yo apenas arribaba a los doce. Mi mamá logró lo que quería: que yo estudiara en un colegio particular. El día en que me matriculó fue uno de los más felices de su vida y yo también lo estaba el primer día de clase con la faldita azul oscura y la blusa blanca, los zapatos negros y las medias blancas. El mismo día en que vi por primera vez a Paulina, cuando las monjas nos hicieron formar en el patio. Éramos como treinta las de primero, todas como de la misma estatura, con pequeñas diferencias, así que empezamos a sonreírnos al ver que una, que se destacaba por la altura, inició en la cabeza de la fila y empezó a retroceder en busca de su lugar. Entraba y se medía, comprobaba que la cabeza le sobraba y pasaba más atrás, así tres o cuatro veces hasta cuando tuvo que ponerse en el último lugar, a cerrar la fila, momento en el cual una monja empezó una oración: «Esclarece la aurora el bello cielo, otro día de vida que nos das, haced que lo acabemos santamente, Padre nuestro que en el cielo estás». Y luego, como si no se diera cuenta de que el sol empezaba a calentar, y de que las falditas azules hacían que hirviéramos, continuó con un rosario que se me hizo eterno, aunque solo fueron diez avemarías. En la escuela de la que venía las filas eran para la izada de bandera y las oraciones para iniciar algunas clases, dependiendo del maestro, pero a nadie se le ocurría desgranarse un rosario, a las siete de la mañana, mientras perlitas de sudor nos cubrían la cara y se deslizaban por las piernas, exactamente desde los calzones hasta donde empezaban las medias; hecho que no pareció alterar a la niña alta del curso. De atrás, del último lugar, me llegaba la voz de ella, bien marcada, pronunciando cada frase del avemaría como si fuera la única y la última que fuera a decir en su vida, mientras el resto de las niñas empezábamos la oración en un murmullo, para ir remontándonos en una carrerilla que nos llevaba a suprimir artículos y a terminar en una letanía, igual a la que se oye siempre repetir en los rezos de los muertos, en esta ciudad donde tantos me han tocado. Cuando al fin dieron la orden de entrar a los salones que estaban alrededor del patio protegidos por alerones, que soltaban sombra sobre el pasillo, la niña alta, que tal vez no quería repetir lo que le había sucedido en el patio, pasó de largo por todos los pupitres de dos puestos y se sentó en la última fila. Me di cuenta de que, tan pronto se sentó, lo primero que hizo fue quitarse los zapatos negros y poner los pies contra las baldosas frías. Seguro que ella, como yo, sabía que ese era un buen método para enfriarse cuando se estaba muy acalorada y eso me gustó. Luego, cuando la maestra del curso pasó la lista, en orden alfabético, supe que estábamos cerca por el apellido; ella era L, de Lazcarro, y yo M, de mamá y M del mismo apellido de mi mamá, porque a mi papá ya dije que no lo conozco y menos llevo su apellido.

Ese primer día del bachillerato nunca se me va a olvidar. Pasadas las dos primeras horas de clase, en las que nos dieron los horarios y la lista de libros, y nos dijeron lo que podíamos y no podíamos hacer y nos recalcaron, además, lo que debíamos ser, tocaron la campana para el primer recreo del año. Fue entonces cuando me di cuenta de que Paulina y yo pertenecíamos al escaso grupo de niñas que no se conocían porque las otras venían juntas desde la primaria y salieron juntas como en remolino, así que la orfandad de amigas en que nos encontrábamos nos llevó a juntarnos. Yo ya sabía cómo era el timbre de su voz, esa que marcaba cada palabra del avemaría y ya tenía un dato que la acercaba a mí: se quitaba los zapatos para enfriarse cuando estaba acalorada; me asustaba, eso sí, que fuera la más alta del salón. Cuando a la voz de la campana, la campana es la voz de Dios, nos dijeron las monjas desde aquel día, todas salieron corriendo de sus puestos, me quedé sentada y me levanté solo cuando vi la última espalda de blusa blanca atravesar el marco de la puerta. Entonces volví la mirada y vi a Paulina poniéndose de pie en su puesto de la última fila.
—¿Usted también es nueva aquí? —le pregunté.
—Sí.
Fueron la primera frase y el primer monosílabo que intercambiamos.

Paulina

Hoy sé que sí existe la eternidad. Y no es este lugar desde el que estoy contando, sino las largas horas que transcurrieron entre la noche del martes doce de enero y el amanecer del miércoles trece. La eternidad es un grito que nunca fue escuchado, es la voz que no sale, es el corazón que late desbocado, son las piernas que tiemblan y no sostienen, es el miedo que seca la boca, es desear que todo termine de una vez y para siempre. La eternidad es lo contrario de la felicidad, como la que yo tenía la mañana de ese mismo martes cuando, madrugadas, llegamos a uno de los puertos de Barrancabermeja y afanosas buscamos la canoa con motor de Honorio Vélez para que nos llevara hasta La Vega, como se llamaba nuestra finca, en Vuelta Acuña. Hacía mucho tiempo que no íbamos, pero esta vez mi mamá lo pensó y se arriesgó a que pasáramos una semana entera en la casa en la que no vivíamos desde hacía casi tres años, parte de los cuales yo había pasado en el colegio. Por eso, ese martes por la mañana, en el puerto, el olor a pescado fresco y una brisa que llegaba desde el frente del río, me explayaron el corazón. El viaje se armó el lunes cuando mi mamá se encontró con Honorio en el mercado y él le contó que iba una o dos veces por semana hasta su tierra, que es vecina de la nuestra, para cosechar naranjas, mangos y plátanos, y que aprovechaba cada viaje para llevar a otros campesinos que se quedaban en las orillas y los brazos del río, y regresaban con él al atardecer. Así mantenía a su familia, con lo que se ganaba con la venta de las cosechas y los viajes por el río, completado con lo que le pagaban a su mujer que trabajaba en una casa de familia, igual que mi mamá, a quien desde que nos vinimos le tocó emplearse como muchacha en una de las casas de los petroleros del barrio El Rosario, atrás de la malla. Precisamente por ser inicio de año, y por estar sus patronos de vacaciones, es que pudo tomarse la semana, si no, tendría que repetir su recorrido de todos los días, sin derecho a descanso: salir a las cuatro y treinta de la mañana, aún noche, guiada por las teas de la refinería, y pedalear en su bicicleta por las calles regadas de aceite, para llegar al único barrio donde sí hay pavimento de verdad, y agua de verdad, y no esa porquería amarilla y olorosa que sale por las cañerías de las casas donde las hay, motivo por el cual en el comercio los vendedores de frescos gritan con una voz que alarga las vocales:
—Avena, avenaaaa helada, cubana, cubanaaaa, con agua de la Uso —y recalcan el estribillo:
—Con agua de la Uso.
Es decir, de la del edificio del sindicato que tiene una llave hacia afuera a donde llega la gente —a pie o en bicicleta o en moto porque esta es una ciudad de transporte en dos ruedas— con sus canecas y galones para llevarse el agua del día. Que sea agua de la Uso garantiza la venta, porque la otra lo que ofrece es un ataque de amebiasis, aunque yo creo que todos tenemos el estómago lleno de bichos. A ratos pienso que mi mamá, que se mantiene bajo aire acondicionado desde el amanecer hasta las seis o siete de la noche y que toma agua buena, va a perder sus defensas y se va a enfermar. Pero no este martes en el que regresamos a La Vega.

En el muelle ya había ajetreo a la hora en que llegamos. Los dos planchones que llevan a la gente de la empresa al frente, a los campos petroleros de Casabe, y más allá, a los de Cantagallo, ya habían partido muy sobre las cinco de la mañana. Lanchas voladoras, con puestos para Puerto Wilches, San Pablo, Simití, Morales y hasta Tamalameque, esperaban la llegada de pasajeros. Las casetas abrían sus puertas y los camiones cargados de gaseosa y cerveza aprovechaban el fresco de la mañana para descargar. Encontramos a Honorio tanqueando su nave con ACPM.
—Días, Honorio —saludó mi mamá.
—Buenos los tenga usted —contestó él mientras terminaba de vaciar el galón de combustible en el motor con el que había equipado su canoa.
—¿Salimos ya? —preguntó ella, mientras descendía por la rampa que nos acercaba a la ribera del río y a la embarcación.
—Tan pronto llegue Cruz Delina, la que contrataron en Aguas Claras para que le guise a los que están cogiendo la cosecha de cacao.
Las manos oscuras de Honorio enroscaron la tapa del tanque, antes de tendernos la mano derecha para ayudarnos a abordar. Me senté en la tabla pelada, al lado de mi mamá, y mirando correr las aguas del río pensé en mi papá: era alto y moreno, dicen que bien plantado y que me parezco a él, tenía el pelo negro y ondulado, como yo, y unos dientes blancos, que a mí me parecía que iluminaban el día cuando se reía. Me gustaba jugar a pararme a su lado, a la hora en que la sombra caía más larga, para mezclar nuestra sombras. La mía era más pequeña y la de él alcanzaba a cubrirla. Si se movía un paso, yo me movía otro para estar bajo la suya, adelante o atrás, a la izquierda o a la derecha, dependiendo de la hora. Sucedía pocas veces porque en semana él enrumbaba para la labranza y yo para la escuela, pero yo era feliz cuando jugábamos y sobre todo los domingos en que me pedía que lo acompañara al pueblo. Por eso sé que la felicidad es corta y contraria a la eternidad que dura para siempre y con dolor.

El ruido del motor al prenderse me devolvió a la canoa. Ya estaba sentada una mujer muy flaca, de piel rosada y colgándole de los cachetes, como si alguna vez hubiera sido gorda y estos se hubieran desocupado de grasa, quedándole solo los pellejos vivos y colgantes. Esa debe ser Cruz Delina, la que va para Aguas Claras, pensé. A su lado se acomodaba el sombrero un viejo con carriel terciado que había subido unos bultos de mercado. Era fácil saber qué llevaba, porque era lo que comprábamos todos: café, sal, manteca, azúcar, chocolate, arroz, una bolsa de pan, que luego colgábamos en un gancho sobre el fogón de leña, fideos, panela, algunas bolsas de color y cominos, pilas para el radio y la linterna, fósforos y jabón para la ropa y para lavarnos. Nosotras teníamos además otro costal, de los que usan para empacar harina, en el que habíamos enrollado dos vestidos para mi mamá, dos pantalones de sudadera con camiseta para mí, calzones y brasieres, una toalla, una sábana y un tendido para el frío de las madrugadas. Nadie más se acercó y Honorio puso su embarcación de lado para dirigirla al centro del río. Siempre me gustó viajar por el Magdalena. Mientras los pasajeros, conocidos o no, se saludaban y hablaban sobre el clima y las cosechas, para caer poco a poco en un silencio acunado por el ruido del motor, yo dejaba que mi pensamiento se deslizara con el agua. A veces miraba hacia las márgenes del río y veía a lo lejos las vegas y los platanales, pero casi siempre mi mirada iba más lejos de a dónde llegaban mis ojos. Este martes pensaba en el grupo de catequesis al que pertenecía desde hacía un año.
La llegada a Barrancabermeja no fue fácil porque nos tocó dejar la tierra y la casa de un día para otro, apenas un mes después de que mataran a mi papá. Todas la cosas importantes de mi vida suceden entre los finales y los principios de año. A mi papá lo mataron en noviembre, en Puerto Berrío, y no entendimos por qué, solo supimos que lo balearon un domingo de mercado. Lo velamos en el mismo pueblo y lo enterramos allá, después nos vinimos a nuestra casa en La Vega, y aunque siempre vivimos mi papá, mi mamá, mis cinco hermanos y yo, y nunca sentimos la casa vacía, ese día que llegamos sí había un silencio pesado. Era como si todo se hubiera callado en simultáneo: los pájaros no cantaban, el viento no movía las hojas, incluso el río parecía que bajaba más lento. El chalupero nos dejó, junto con los vecinos que fueron al velorio, y se regresó río arriba, mientras nosotros entrábamos a la casa, a prender el fogón y a poner una olla. Yo sentía como si me hubieran colgado todos los canastos cargados con cacao a la espalda. Las noches que siguieron sentía la casa desolada, aunque estábamos siete, más los peones. La sensación de que todo se había silenciado no se me había pasado, ni siquiera hoy que regresaba. Vivimos ese tiempo como entre brumas, aunque cada día nos levantábamos, prendíamos el fogón, donde yo reemplacé a mi mamá, mientras que ella asumió lo que hacía mi papá: se iba para el potrero a separar los terneros, a ordeñar las vacas, a llevarles la sal y el melao, ordenó quemar el rastrojo para sembrar yuca y que recolectaran la cosecha de cacao que estaba a punto. No quería dejar que nada se cayera, aunque nosotros, ella, mis hermanos y yo, estábamos cayéndonos. Hasta que los que cayeron fueron otros.

Una mañana de diciembre, al mes exacto de muerto mi papá, tempraneados empezaron a llegar los vecinos del otro lado de ese brazo del río, venían a pie limpio los maridos con sus mujeres y atrás los pelados, chiquitos, grandes y medianos. Contaron que en la noche entraron hombres armados por la finca de los Giraldo que, como las de todos nosotros, es de unas quince hectáreas, porque ellos, como mi papá, estuvieron entre los que tumbaron estos montes, hicieron potreros, echaron cultivos, establecieron sus familias y legalizaron sus tierras con la escrituración que hizo el Incora por allá en los años sesenta y setenta. Los Giraldo, que estaban dormidos, porque ya eran como las ocho de la noche, se levantaron al oír ladrar a los perros, y uno de ellos se echó por la parte de atrás para el monte. Ese fue el que oyó los tiros, el que vio cómo la paja del techo de la casa empezaba a prender y el que corrió para avisar a las otras familias, unas diez que vivíamos a lo largo de esas tierras. En la medida en que los invasores avanzaban, cubiertos por las sombras de la noche, y ellos mismos una sombra, se vieron más ranchos convertidos en teas, mientras sus habitantes iniciaban una huida masiva que los llevó a La Vega mañaneados. Atrás dejaron la noche iluminada por las hogueras y los caminos que se vieron transitados por seres espantados a los que les ofrecimos aguadulce y limonada y con los que mi mamá decidió que había que irse, aunque no se sabía qué había pasado con los Giraldo. A los dos hermanos que me siguen y a mí nos hizo recoger la ropa y guardarla en los costales que estaban listos para la cosecha de cacao, luego bajamos a la orilla del río y nos dedicamos a avistar chalupas que fueran hacia Barrancabermeja. Nadie lo dijo, pero todos sabían que lo único que no podíamos hacer era subirnos a Puerto Berrío, donde habían matado a mi papá. Su muerte había sido el aviso de lo que nos iba a pasar. A las once de la mañana, luego de bajar por ese río silencioso, nadie hablaba, empezamos a desembarcar en uno de los puertos de Barranca. Mi mamá, mis cinco hermanos y yo llegamos a la casa de mi abuela, en Versalles, en el nororiente; los otros no sabían para dónde coger, algunos tenían familiares o compadres, otros estaban solos, pero ahí, como se pudo, entre todos nos repartimos. Ese año no estudié. Por eso, cuando entré al colegio, era la más grande y la más alta de todas, porque me tocó esperar un año para volver a coger los libros. El año en que mataron a mi papá yo había terminado la primaria y él estaba orgulloso por mi logro, le gustaba pensar que sus hijos iban a saber leer y escribir para defenderse en la vida. Pobre papá, si supiera que por poco no vuelvo ni a oler los libros. Esos meses fueron duros. La casita de la abuela nos daba techo, pero ahora éramos siete bocas para alimentar. A La Vega no podíamos soñar en volver, mi mamá consiguió trabajo en la misma casa a la que todavía va, a mis hermanos los mandaron a la escuela del Policarpa y a mí un sacerdote me consiguió una beca para que pudiera empezar mi secundaria en el Santa Teresita. Allí conocí a mi mejor amiga, Sierva María Malagón, que se escribe con M de mamá, como ella dice, y allí empecé a hacer parte del grupo de catequesis, en el que ahora pensaba.

Marbel Sandoval Ordóñez (Bogotá, 1959) es periodista y comunicadora social de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín, Colombia, y egresada del Programa de Graduados Latinoamericanos de la Universidad de Navarra, España. Redactora del periódico El Tiempo, primero como corresponsal en Medellín y luego como reportera en la sección judicial en Bogotá, jefe de redacción del diario Vanguardia Liberal, de Bucaramanga, y jefe de la unidad investigativa de la Agencia de noticias Colprensa, en Bogotá, ejerció el periodismo en regiones y épocas en las que Colombia se hizo tristemente célebre por las masacres, desapariciones y constantes violaciones a los derechos humanos. Alimenta allí la narrativa de sus novelas Las Brisas, En el brazo del río y Joaquina Centeno, que conforman su ciclo Conjuro contra el olvido. En 1997, Editorial Planeta (Colombia) publicó Gloria Cuartas: por qué no tiene miedo —retrato de la alcaldesa de Apartadó que denunció las matanzas de los grupos de autodefensa en Urabá— y en 2002 Petróleo colombiano, más futuro que pasado, en coautoría con Alberto Calderón Zuleta.

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