Árboles de largo invierno. Un ensayo sobre la humillación | Punto de Vista Editores
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Árboles de largo invierno. Un ensayo sobre la humillación

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-50-1
Nº de páginas: 214


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17,90 

La pobreza, la desigualdad, el hambre, el analfabetismo, la corrupción, la injusticia, las enfermedades curables no atendidas son fuentes de humillación para quienes las padecen, un impedimento para llevar una vida digna. Es el caldo de cultivo para la violencia y, por tanto, no es difícil entender por qué un grupo de personas que no puede hacer planes de vida la utilice como reacción no premeditada, como impulso de supervivencia… No tienen nada que perder. La humillación no siempre es evidente, ni para quien la padece, ni para quien la causa.

La democracia es un debate entre iguales, por eso les resulta tan lejana a los humillados, a los ninguneados: ¿cómo debatir entre iguales con el que destruye tus dioses, con el que gana cien veces más que el ciudadano promedio, con el que presume de poseer la verdad histórica? ¿Cómo entablar un debate público cuando te mueres de enfermedades curables, cuando no tienes tiempo más que para trabajar, cuando tus hijas desaparecen; cuando no sabes sumar, ni escribir, ni un ápice de ciencias básicas? Árboles de largo invierno es un ensayo sobre la intolerancia y la violencia que causa la humillación.

1. Árboles de largo invierno
2. La dulzura del agua
3. Los otros
4. El origen
5. El monte
6. El mesero
7. La bailarina
8. El bandido
9. El asco
10. El Bodoque
11. El grito
12. La desigualdad
13. La dignidad humana
14. La dignidad humana como rango
15. La humillación
16. La humillación duele
17. Cuando el otro no es nadie
18. Los doce
19. Preámbulo de la disputa de Valladolid
20. Valladolid, 1550
21. El viaje de Humboldt a Nueva España
22. Fe y traición
23. Mamá Rosa
24. Septiembre, mes de la patria
25. La casa blanca
26. Combatir la humillación
Bibliografía

1. Árboles de largo invierno

Una vez vi llorar a una muchacha en un carnaval. Sus lágrimas eran tremendas en medio del descontrol, de la lascivia, de los desnudos, del sudor y del éxtasis colectivo. Nunca pensé que pudiéramos sacar lágrimas de un festejo en el trópico, pero ahí estaban: enormes y caudalosas. La gente también sufre en el mar, es un simple prejuicio creer lo contrario. Acapulco, por ejemplo, está lleno de ejecutados; en Fortaleza, también mueren mujeres al dar a luz.
No sé en qué parte de la infancia, o de la vida, asociamos con tanta fuerza la tristeza con una imagen. A mí me desasosiegan las montañas y también los bosques y los lagos que descansan a sus pies. Algo hay en tanta amplitud y en tanta belleza que me hace sentir solo e ínfimo. Los paisajes alpinos que tanto entusiasman a muchos turistas, a mí me abisman. Alguien me podría decir que, bien visto, la arena blanca es otra representación de las grandes cordilleras, y que es incluso más triste, porque se trata del polvo en el que se convirtieron esos colosos: las arenas son la decrepitud de las montañas, su erosionado futuro. De todas formas, para mí la playa tropical es sinónimo de gozadera.
Pero claro, no todo encuentro con el mar es festivo. Pensemos en el famoso cuadro del romántico Caspar David Friedrich que retrata a un monje frente al mar: abajo a la izquierda, una diminuta figura mira la inmensidad furiosa de las aguas tormentosas. El gran ensayista Rafael Argullol dice lo siguiente de esa obra: «El monje de Friedrich siente sobre sí el peso de una abrumadora Weltschmerz, de un pesar cósmico tanto más doloroso cuanto que es indefinido e inaprehensible. Por un lado, siente el magnetismo de un infinito parasensual que incita al viaje y a la audacia; por otro, el vacío lacerante de un infinito negativo y abismático en el que la subjetividad se rompe en mil pedazos». Ante los paisajes fríos y desoladores, soy como un romántico alemán.
También me entristecen los árboles que pierden sus hojas en invierno. Pocas cosas más desoladoras que un bosque deshojado, un hayedo en invierno, esa larga extensión de ramas desnudas que señalan a todas partes bajo un cielo encapotado, como pidiendo paz. Cualquiera que haya estado en Roma puede recordar que los frondosos árboles que dan sombra a lo largo del Tíber están curvados hacia el río. Gracias a ello forman un pasadizo semejante a un túnel bajo cuya sombra, en verano, se puede disfrutar el fluir del río y los golpes de la brisa, si corre. Pero en invierno el panorama es otro, y los árboles curvados hacia el río no tienen una sola hoja. Parecen hombres enfermos y exhaustos que piden ayuda afuera de una iglesia o en un hospital medieval abandonado fuera de las murallas de la ciudad, un leprosario. Lo bueno del invierno es que se esfuma y las ramas pronto se pueblan de retoños, todo florece al unísono en el bosque. Pero el invierno humano es más tozudo, y los árboles de ese largo invierno no se curvan hacia el Tíber, viven humillados, y les duele.

L. M. Oliveira (Ciudad de México, 1976) es filósofo moral y se dedica a la investigación y la docencia como miembro del departamento académico del CIALC-UNAM. Es autor de las novelas El oficio de la venganza (Alfaguara, 2018), Por la noche blanca (Ediciones B, 2017), Resaca (Literatura Random House, 2014) y Bloody mary (Literatura Mondadori, 2010), y de los ensayos Árboles de largo invierno. Un ensayo sobre la humillación (Almadía, 2016; Punto de Vista, 2018) y La fragilidad del campamento. Un ensayo sobre el papel de la tolerancia (Almadía, 2013; Punto de Vista, 2018).

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