(Preventa) Tráfico. Cuando pases sobre mi tumba | Punto de Vista Editores
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(Preventa) Tráfico. Cuando pases sobre mi tumba

Prólogo de Abel González Melo

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-13-6
Nº de páginas: 208

19,00 

A lo largo de veinte años de trabajo continuo, la obra teatral de Sergio Blanco ha recibido constantes elogios por parte de la crítica internacional: la calidad de sus obras ha sido destacada, y su nombre se ha posicionado entre los más importantes de la escena teatral actual. Además, su poética de la autoficción ha renovado el concepto de la teatralidad contemporánea.

En el presente libro, reunimos Tráfico, monólogo de un joven que se prostituye y que se va adentrando en un oscuro mundo de crímenes, y Cuando pases sobre mi tumba, donde se contrastan diversas emociones en torno a la muerte, a partir de la decisión del alter ego del autor de cometer un suicidio asistido. Así, mientras que en la primera obra Alex narra los encuentros y desencuentros con sus clientes, abordando temas como la soledad, la adicción y la traición; en la segunda obra el suicidio asistido y la necrofilia nos hacen cuestionar los límites del deseo humano.

«Esta es una obra que habla de la emoción de ese proceso y también de su muerte, de cómo la escritura empieza a conformarse en la mente, mientras vivimos, y va lentamente muriendo al materializarse sobre el papel».
Abel González Melo, del prólogo [sobre Cuando pases sobre mi tumba]

«La relación de Alex con el profesor le da a este relato una especie de metateatralidad, cercana al lenguaje de Luigi Pirandello en su clásico Seis personajes en busca de autor, pues el protagonista del unipersonal le pregunta desesperado al profesor por qué lo indujo a este camino horrorífico del sicariato».
Yhonatan Loaiza, El Tiempo [sobre Tráfico]

Desgarraré mi mortaja

Y cuando el pie de nácar tú deslices un día por las tumbas dispersas sobre esta hierba mustia, y en tu vagar abstracto llegues hasta la mía, ¡vuelca tu copa y quede para siempre vacía!.
Rubaiyat, Omar Khayyam

La obra teatral de Sergio Blanco se ha ido imponiendo a escala internacional, con entera justicia, como uno de los universos más deslumbrantes de la cultura contemporánea. Desarrollada a lo largo de veinte años, los que se corresponden con el siglo xxi, abarca tanto la escritura dramática como la dirección de escena, la reflexión teórica y la docencia, ejecutadas con excepcional brillantez. En la década reciente, cuando el artista ha comenzado a dirigir sus propios textos, el impacto ha sido mayúsculo y se verifica en la influencia de su poética autoficcional sobre creadores de todo el orbe, el recorrido de sus producciones por festivales y coliseos de máximo nivel, el notable éxito de público y crítica, y la unanimidad con que es reconocido como maestro.
El canon dramatúrgico de Blanco se encuentra recogido principalmente en dos volúmenes. Según el orden cronológico, Ficciones (Arola y Teatre Nacional de Catalunya, 2020) abarca sus primeros doce años de escritura: Slaughter (2000), .45’ (2001), КИЕВ (2003), Opus sextum (2004), diptiko (vol. 1 y 2) (2005), Kassandra (2008), Barbarie (2009) y El salto de Darwin (2011). El tomo Autoficciones (Punto de Vista, 2018), por su parte, abre con Kassandra —monólogo «bisagra» que el dramaturgo ubica en ambos períodos— e incluye además cinco textos dirigidos por el autor en sus estrenos absolutos: Tebas Land (2012) —considerada su obra maestra, con una decena de montajes en el mundo—, Ostia (2013), La ira de Narciso (2014), El bramido de Düsseldorf (2016) y Cartografía de una desaparición (2017). Fuera de estos libros quedan Las flores del mal (2017), Campo Blanco (2017), Zoo (2018), Memento mori (2019) y Covid-451 (2020), así como las dos obras que aquí presentamos: Cuando pases sobre mi tumba (2016) y Tráfico (2018), estrenadas en 2019, con puestas en escena de Blanco, la primera en el Teatro Solís de Montevideo —en el mes de agosto— y la segunda en La Maldita Vanidad de Bogotá —en marzo.
Los párrafos que siguen dan fe de mi experiencia de lectura de ambos textos, indispensables para establecer una visión abarcadora del estilo que el dramaturgo ha ido forjando con inteligencia y rigor. Su ensayo Autoficción. Una ingeniería del yo (Punto de Vista, 2018) me acompañará a lo largo de este prólogo, que persigue ofrecer al lector algunas claves de Tráfico y Cuando pases sobre mi tumba —en diálogo con el conjunto de esta escritura—, así como ciertos indicios de aplicación práctica del decálogo autoficcional propuesto por el autor en dicho estudio.
Aclaro, antes de iniciar el viaje, que no es mi entrañable amistad con Sergio Blanco la que me hará llamarlo en varias ocasiones por su nombre a secas —nunca solo por su apellido, lo que parece contravenir la formalidad que este ejercicio requiere—, sino el deseo de evitarle al lector la confusión que nacería al mencionar a uno de sus alter ego en la ficción: el personaje del señor Blanco.

* * *

El tema de la muerte atraviesa la obra toda de Sergio. A lo largo de dos décadas, desde Slaughter hasta Covid-451, no hay uno solo de sus textos donde no esté presente. Hacia el final de .45, un personaje repite sin cesar en su locura: «Huesos y cenizas». En Cuando pases sobre mi tumba, el señor Blanco va a buscar la muerte a una clínica suiza que, a diferencia de las frecuentadas por los protagonistas de autoficciones anteriores, no lo va a ayudar a rehabilitarse de sus adicciones, sino que le permitirá «acabar con todo».
La creación de Sergio se acerca a la muerte como exorcismo para liberarse del horror, del pánico con que históricamente la cultura occidental la ha presentado. A esa visión él contrapone su teatro. Para él, la muerte es sanación, delirio, renacimiento: hablar de ella, festejarla, glorificarla. Sergio sueña con salvarse de la muerte mientras la escribe: no en balde Memento mori, comisionada por la Sala Beckett de Barcelona y estrenada allí, se subtitula «celebración de la muerte».
Pero en Cuando pases sobre mi tumba el dramaturgo va más allá, investiga en la necrofilia y propone elevarla a la categoría de arte. En un punto explica que el principio de la percepción artística se basa en enamorarnos de cosas muertas, congeladas, detenidas en el tiempo —un cuadro, una escultura—, y cómo lo disfrutamos. A Alex, el prostituto protagonista de Tráfico, su cliente el Francés —otro alter ego del autor— lo lleva al museo, lo instruye en esta admiración, y consigue que el muchacho prefiera eso a estar con su novia. «Pasamos horas contemplando obras que no han hecho más que matar lo real. […] No hay nada más muerto que el arte. No hay nada más opuesto a la vida». Durante la puesta en escena de Cuando pases sobre mi tumba se proyecta una naturaleza muerta, en contraste con la fruta real que Khaled come en escena: la voracidad de este joven necrófilo ante un cadáver es la misma con la que contemplamos una pintura.
La inclusión de Khaled en la ilustre estirpe de los necrófilos —Isis, Aquiles, Salomé, Julieta, Juana la Loca— trae aparejada la del propio señor Blanco en el linaje de los cadáveres disfrutados —Osiris, Pentesilea, Juan el Bautista, Romeo, Felipe el Hermoso—: el autor se convierte a sí mismo, pues, en la obra de arte contemplada, apetecida. «Entre nosotros nunca va a haber nada mientras estés vivo», le dice Khaled, y esa frase es suficiente para disparar en el personaje la convicción de que su cuerpo no tendría que ser donado a la ciencia, sino a quien pudiera venerarlo después de muerto. Terrible certeza de que el placer supremo llegará solo cuando uno no pueda ya deleitarse. O sí, desde otra dimensión, quizás: resucitar gracias al placer. «Llegar a la idea de que, finalmente, después de la muerte puede haber algo más».
Entre todas las obras de Sergio, Cuando pases sobre mi tumba podría parecer la más calma: no hay exabruptos, apenas existe oposición o conflicto en el argumento. Pero no se olvide que el autor viene de estrenar Tráfico cinco meses antes: dramaturgia de la velocidad, frases cortas, sin respiro, una sofocación, un ahogo perenne.

* * *

Desde Kassandra —es decir, desde el inicio de la etapa autoficcional— un rasgo distintivo del dramaturgo es la urgencia por apelar al público, como si permanentemente se estuviera confesando. Cuando pases sobre mi tumba se vale del recurso para introducir a la platea en una recreación continua de los personajes como gestores del relato y de los planos de la escenificación, dirigiendo y organizando la trama, o corrigiendo cuando algo no debe tratarse en un momento sino más adelante. Brillante juego del autor, que mueve todos los hilos, pero genera la ilusión de que son sus personajes quienes lo hacen.
En otras ocasiones, en cambio, la dinámica escénica progresa cuando los caracteres dejan de ser conscientes de la presencia del público. Ocurre esto, por ejemplo, durante la primera entrevista en la clínica entre el señor Blanco y el Doctor Godwin: este le pregunta si ha hecho partícipe a alguien de la decisión del suicidio asistido, y aquel contesta: «A ellos». Privar a Godwin del conocimiento de los espectadores, generar una permeable línea divisoria entre las temporalidades, las espacialidades y los niveles de consciencia de los personajes, reunidos todos en el aquí y ahora del teatro, es una estrategia fascinante de esta escritura. A lo dicho se suma la contaminación interior de los personajes mismos, que incluso si son el señor Blanco, Khaled o Godwin, muestran niveles aún más profundos en la enunciación, más intrincados. Se observan con cierta distancia o extrañeza temporal: van complejizando y a la vez develando la especificidad de su condición metadramática.
En Tráfico también resulta fundamental el procedimiento de apelación al público. Alex siempre está con nosotros, incluso si rememora sus diálogos con la Jenny, el Francés o el jefe de La Organización. Nunca desconecta, nos mantiene como foco de interlocución. Repite el vocativo hermano con frecuencia y eso hace pensar que va escogiendo destinatarios concretos según la obra avanza. Los mira, nos mira a los ojos. Igual que Kassandra, que cada noche decide a quién tirarle las cartas para adivinar el futuro. Alex, como Kassandra, conoce desde el principio todo el relato que le queda por transitar y le pide disculpas al público si se pone triste. El dramaturgo lo hace deslizarse entre la inocencia y la certidumbre con respecto a su naturaleza metaficcional: cuando menciona que vio al Francés escribiendo el propio texto de Tráfico, o al sufrir junto al cadáver materno y confesar luego que la invención de «la madre muerta siempre es rentable» ante los clientes, o al referir el descuartizamiento por cuchillo eléctrico de La ira de Narciso, o cuando repite una escena ya vista y el Francés lo acusa de estarla adulterando. Y esta frase, puro metadrama: «Mientras me fui durmiendo, también fui terminando este segundo acto para empezar a la mañana siguiente con el acto tercero».
Uno huele cómo Alex se resiste a llegar a los momentos más dolorosos, más feroces del argumento. Es consciente de su esencia: «Ya tengo suficiente con que me hayan metido acá», manifiesta, refiriéndose al teatro. El dramaturgo regresa a estos personajes que se exhiben, que se venden, y a quienes les pagan —Kassandra también tiene su francés adinerado: Monsieur Flaubert—. Parecería colocarse en el origen del término latino prostituere y apuntar que en el teatro todos nos exhibimos, todos queremos que el público nos compre: sobre el escenario siempre nos estamos mostrando y, de algún modo, prostituyendo. Acaso en el monólogo más que en ningún otro formato, ya que todos los ojos miran y desean solo a un ser: «Alguien que le habla a la gente, pero que finalmente está solo».

* * *

Tanto Tráfico como Cuando pases sobre mi tumba ofrecen pistas que invitan al lector a adentrarse en el conjunto de las autoficciones de Sergio, a leerlas todas para disfrutar a fondo de las claves. Sumergirse en esta dramaturgia es como adentrarse en la música de Bach, las novelas de Auster, las pinturas de Vermeer o los ensayos de Agamben: un delicioso mapa de interconexiones, un cosmos exquisitamente trabado. De hecho, el propio Sergio se permite ser cada vez más irónico con sus recurrencias, con sus lugares comunes. La apoteosis feliz de la autorreferencialidad crea un sistema de vasos comunicantes y acentúa una suerte de deseo morboso en el público de saber más sobre el autor. De descubrir, tras lo que narran sus personajes —entre ellos, sus alter ego—, dónde exactamente se encuentra él, en qué detalles biográficos, en qué mentiras.
He ahí el pacto de traición —que mantiene a los espectadores en vilo— al que Sergio Blanco dedica la segunda función de su decálogo autoficcional. La traición implica «correr un poco las cosas de su lugar» y el dramaturgo realiza esta operación valiéndose de un enorme sentido del humor que entra en contraste con el aliento trágico que yace en la raíz de los contenidos. Un humor que surge de las ocurrencias insólitas, de las asociaciones inesperadas y las vueltas de tuerca del argumento, pero también de la fricción entre realidades posibles, de la permanente puesta en abismo de la verdad y la mentira que —aunque Sergio insista, a través de sus personajes, en que no importan— guían la atención del lector.
«La falsedad o la veracidad no tienen que interesarnos», dice la matriarca Eiren Badenweiler en КИЕВ. En su ensayo, el dramaturgo explica: «La autoficción, al cruzar la verdad y la mentira fundiéndolas en un solo relato, toca la raíz epistemológica del arte: el asunto de la convivencia entre lo real y lo que no lo es, el tema del mundo y su representación». El teórico José Luis García Barrientos observa la cuestión con nitidez en el prólogo a la edición cubana de Tebas Land (Alarcos, 2014):

Es la promiscuidad entre realidad y ficción el recurso central, permanente, aunque sabiamente armonizado a lo largo [de su obra]. Y no recurriendo directamente a la vía performática, más tosca en mi opinión, sino a la multiplicación de niveles dramáticos «hacia dentro», que toca la médula misma del teatro (de su convención representativa), o sea, al metateatro.

He ahí la puerta que garantiza la ya advertida posibilidad de que los personajes se desdigan —nieguen algo que se acaba de dar por cierto—, la oportunidad de que las propuestas de la ficción se vean todo el tiempo reordenadas por otra ficción posterior, y por otra, como es el caso de que Sergio Blanco, mediante sus alter ego, muera en cada una de sus obras, de una manera distinta cada vez. ¿Cabe algo más alucinante que esto: inventarse sucesivas muertes con el fin de no ser atrapado por ninguna? Resulta entrañable este autor que insiste en morir una y otra vez en el teatro, ante nosotros, como si de un Molière perpetuo se tratase, vomitando el horror de los grandes asuntos desde la mayor humanidad. Presto a caer desplomado en medio de la función, pero dejándonos una sonrisa de ternura en los labios.
Se debe esto a la enorme calidez con que Sergio teje las relaciones humanas, en el teatro y en la vida. Parte del estudio y el conocimiento de sí, pero aspira a incluirnos a todos. Inspirado por la lectura de Sócrates, afirma en su ensayo: «Comprender la conducta, la moral individual y el pensamiento de uno mismo es lo que nos permite comprender a los demás, ya que todos pertenecemos a la misma naturaleza humana». Por esta causa, el vínculo que los espectadores establecen con sus personajes tiende a la cordialidad a pesar de que estos hagan, o digan que hacen, cosas terribles.

[…]

Abel González Melo

Sergio Blanco (Montevideo, 1971) es dramaturgo y director teatral franco-uruguayo. Vivió su infancia y su adolescencia en Montevideo y reside actualmente en París. Después de realizar estudios de Filología clásica decidió dedicarse por entero a la escritura y a la dirección teatral. Sus obras han sido distinguidas en reiteradas ocasiones con prestigiosos premios, entre ellos, el Premio Nacional de Dramaturgia del Uruguay, el Premio de Dramaturgia de la Intendencia de Montevideo, el Premio del Fondo Nacional de Teatro, el Premio Florencio al Mejor Dramaturgo, el Premio Internacional Casa de las Américas y el Premio Theatre Awards al Mejor Texto en Grecia. En 2017, su obra Tebas Land recibe el prestigioso premio británico Award Off West End en Londres. Entre sus títulos más conocidos destacan Slaughter, .45’, Kiev; Barbarie; Kassandra; El salto de Darwin; Tebas Land; Ostia; La ira de Narciso; El bramido de Düsseldorf; Cuando pases sobre mi tumba y Cartografía de una desaparición. Sus obras han sido estrenadas en Uruguay, Argentina, Chile, Brasil, Paraguay, Colombia, Venezuela, México, Costa Rica, Bolivia, Estados Unidos, Francia, España, Reino Unido, Alemania, Grecia, India, Italia, Luxemburgo, Turquía, Portugal, Suiza, Croacia, Bélgica; y la mayoría de ellas han sido traducidas al inglés, al francés, al catalán, al alemán, al portugués, al italiano, al turco, al japonés, al hindi, al hebreo, al farsi, al árabe, al neerlandés y al noruego.

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