La mano de Dios. Fútbol y teatro | Punto de Vista Editores
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La mano de Dios. Fútbol y teatro

Edición de Guillermo Heras

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-25-9
Nº de páginas: 472

26,00 

Detrás de todo discurso de un entrenador o director de teatro, existe una concepción filosófica de la vida, que se proyecta en su manera de plantear los partidos o las puestas en escena. Así, podríamos entender que existen entrenadores más stanislavskianos que brechtianos, más artaudianos que meyerholdianos, sin mencionar el «tercer teatro» a lo Barba, o la «posdramaticidad» al estilo de Rimini Protokoll y sus seguidores. Sin duda, a Mourinho le interesaría más El teatro de la crueldad de Artaud que Mi vida en el arte de Stanislavski; y a Guardiola, más El teatro épico que a Zidane, quien quizás elegiría El espacio vacío de Peter Brook.

Guillermo Heras reúne, en este libro, once obras de otros tantos autores que desprenden pasión por el fútbol, que construyen las historias alrededor de este deporte, y que profundizan en los conflictos sociales, filosóficos y humanos de cada uno de los personajes. Este libro no termina tras noventa minutos, sino que es una invitación para disfrutar de la algarabía continua, esencial en el fútbol y el teatro.

«Stanislavski dijo que el teatro es un laboratorio de pasiones, lo mismo podríamos decir del fútbol. Pirandello señaló que el teatro era una metáfora del delirio, y también podríamos decir eso de este deporte, especialmente en los partidos absolutamente inolvidables».
Juan Villoro

«El fútbol es representación. Tratar de hacer una representación sobre el fútbol resultaría una redundancia. Sería como meter un espectáculo dentro de un espectáculo. Es muy difícil sustituir una incertidumbre por otra, un miedo por otro».
Jorge Valdano

Este volumen contiene
El Estadio de Arena de PATRICIO ABADI
Patadas de ANTONIO ÁLAMO
Fuera de juego de SERGI BELBEL
Pezones mariposa de BERNARDO CAPPA
La ventana de Chygrynsky de JOSÉ RAMÓN FERNÁNDEZ
El camino del insecto de DAVID GAITÁN
Los días de la fragilidad de ANDRÉS GALLINA
El Crack de JUAN MAYORGA
Eudy de ITZIAR PASCUAL
Fair Play de ANTONIO ROJANO
El gato de Schrödinger de SANTIAGO SANGUINETTI

Prólogo de Guillermo Heras. Reflexiones sobre teatro y fútbol
Obras
El Estadio de Arena de Patricio Abadi
Patadas de Antonio Álamo
Fuera de juego de Sergi Belbel
Pezones mariposa de Bernardo Cappa
La ventana de Chygrynsky de José Ramón Fernández
El camino del insecto de David Gaitán
Los días de la fragilidad de Andrés Gallina
El Crack de Juan Mayorga
Eudy de Itziar Pascual
Fair Play de Antonio Rojano
El gato de Schrödinger de Santiago Sanguinetti

Prólogo. Reflexiones sobre teatro y fútbol

El fútbol es una metáfora de la vida.
J. P. Sartre

Después de muchos años durante los cuales el mundo me ha permitido vivir experiencias variadas, lo que sé acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol.
Albert Camus

Estas citas de Sartre y Camus, aunque suenen a obviedad, están cargadas de autenticidad. A lo largo de mi vida profesional, he realizado dos largos trabajos teóricos sobre fútbol y teatro, pero puede que con esta tercera entrega aún no termine con mis reflexiones sobre dos prácticas que contienen similitudes y diferencias, evidentemente, muy marcadas.
El fútbol forma parte de la memoria emotiva más profunda de mi infancia y juventud. Esa que te deja marcado para siempre. Aquellos domingos, en compañía de mi padre, tomando un viejo tranvía hasta la parada final, para luego continuar andando y llegar al Estadio Santiago Bernabéu, y poder ver a aquellos colosos del balón no contaminados por las frivolidades actuales. El bocadillo hecho con todo cariño por mi madre, que muchas veces compartíamos con los otros niños agolpados en los bajos de las tribunas para realizar nuestro sueño dominguero de cantar goles sin parar. En aquellos tiempos, yo no tenía idea de lo que era la catarsis o en qué consistía la ceremonia escénica, pero, cuando estudié los términos de las escenificaciones de la tragedia griega, empecé a encontrar ciertas similitudes, aunque, como luego analizaré, no siempre acertadas al comparar la ceremonia de las tragedias griegas con un partido normal.
Empiezo esta reflexión actual sobre la relación entre fútbol y teatro con los recuerdos de la infancia y juventud, pues estoy seguro de que mis idealismos de aquellos años se han transformado y se han visto sometidos en los últimos tiempos a una cruda confrontación con la realidad. Mi decepción con los territorios de la política quizás tenga mucho que ver con mis contradicciones en lo referente al mundo teatral y futbolístico. Política, teatro y fútbol en un triángulo sometido a mediocridades, simulaciones y banalidades paralelas en mi imaginario.
Y es que con el fútbol actual me pasa lo mismo que con el teatro y la política dominante. En lo escénico, fundamentalmente, con el llamado «teatro comercial» y cierta parte de lo que propone el llamado «teatro público», ambos sometidos a las líneas de pragmatismo del neoliberalismo más burdo; me aburren y me producen un claro rechazo por su vinculación absoluta con las leyes del mercado más obvio. En ninguno de los dos terrenos se puede ya hablar de pasión, juego, experimentación, compromiso con el ciudadano, desarrollo del oficio y, por tanto, soñar con una valoración de estas experiencias culturales más allá del resultadismo.
En el fútbol, ahora todo se mide con cifras deshumanizadas: camisetas de jugadores vendidas, trofeos conquistados, primas de representantes, espectadores telemáticos, cadenas de moda, presupuestos desmedidos, cláusulas de rescisión de contratos… Ahora todo se parece más a la Bolsa que a una experiencia deportiva. Y, para colmo, desde hace tiempo aparecieron, en la presidencia de los clubs, personajes que han querido aprovechar —y algunos lo han logrado— para llegar a ser presidentes de una nación, como Berlusconi o Macri, por no hablar de estrafalarios empresarios que luego acabaron en la cárcel como los españoles Gil y Gil, Núñez o Ruíz-Mateos, y en la actualidad la moda de sospechosos acaudalados rusos o inverosímiles jeque árabes.
Cuando el fútbol ha formado parte de tu educación sentimental, es casi imposible que no sigas interesado en conocer cómo marcha tu equipo en las diferentes competiciones, quiénes son los futbolistas más interesantes del momento o cómo se celebra el Mundial. En el útimo Mundial celebrado en tierras de ese personaje llamado Putin, tuvimos que lamentar violentos enfrentamientos entre hinchadas rivales o estrafalarios documentos de federaciones, como la argentina, recomendando, como debe ser, las relaciones con las prostitutas del lugar. Esa progresiva violencia que ha ido apareciendo en los estadios de fútbol es otra de las cuestiones a reflexionar sobre una posible relación entre lo espectacular, como pura diversión, y su vertiente enfermiza de sublimación de las frustraciones cotidianas, ya sean estas sociales, políticas o económicas. Tal vez como dice el dramaturgo argentino Bernardo Cappa: «El fútbol es una de las formas de simbolizar la violencia».
Hace años la proyección teatral de lo futbolístico estaba más asociada a una pulsión trágica de la ceremonia de la Grecia antigua; al final, el deus ex machina se podía pagar aduciendo las decisiones equivocadas del árbitro o la mala fortuna de fallar un penalti decisivo. Hoy ya la catarsis no es privada e interna, se vuelca en trifulcas, invasiones de canchas, violencia hasta provocar muertos en rencillas en los alrededores del estadio, cargas policiales… En fin, de la teatralidad hemos pasado al documento realista y verdadero. Hoy apenas tenemos espacio para la metáfora de otros tiempos, la globalización enseña las vergüenzas planetarias de una ceremonia futbolística desmelenada. ¡Cuánto echo de menos las reflexiones que hizo Pasolini en su tiempo sobre la diferencia entre «tifosi» y «tifoso»! Es decir, entre seguidores apasionados, pero respetuosos, y bestias ciegas que, en estos momentos, llegan a citarse en campo abierto para darse de golpes con los energúmenos del equipo contrario. Y qué decir de ese bello texto del creador italiano titulado «El fútbol es un lenguaje con sus poetas y prosistas», donde, entre otras cosas, dice: «Cada gol es siempre una invención, una subversión del código, atropello, estupor, irreversibilidad, al igual que ocurre en la palabra poética»; o esta otra: «Puede haber un fútbol como lenguaje fundamentalmente prosístico y un fútbol como lenguaje fundamentalmente poético».
Existe un libro muy curioso de Mark Perryman titulado La filosofía del fútbol. Patadas y pensamiento (Edhasa, 1999). En este libro se atreve a desarrollar una posible alineación de un equipo de fútbol basado en el pensamiento de los siguientes autores:
1. Albert Camus
2. Simone de Beauvoir
3. Jean Baudrillard
4. William Shakespeare
5. Friedrich Nietzsche
6. Ludwig Wittgenstein
7. Oscar Wilde
8. Sun Tzu
9. Umberto Eco
10. Antonio Gramsci
11. Bob Marley
En esta curiosa selección de pensadores, convertida en equipo de fútbol por Perryman, el autor reflexiona sobre cada uno de ellos. Por ejemplo, de Simone de Beauvior:

Aunque durante su larga y destacada carrera de jugadora fue una candidata natural la camiseta con el número dos. Simone se empeñó en demostrar que las jugadoras que ocupan este puesto no tienen por qué resultar unas segundonas. Siempre pionera, Simone estaba decidida a no entregar nunca su banda y a batallar largo y tendido por los puntos, tanto en casa como en terreno contrario.

O sobre Shakespeare:

La línea de tres defensas no daba resultado y solo la oportuna llegada de ciertos refuerzos franceses a su disminuida escuadra proporcionó a Lear una salida las tácticas fútiles que había cegado su ambición.
Will no quiso saber nada. Aunque el tiempo no iba a ser mejor que el clima tormentoso de la sede del equipo de Lear, pensó que le gustaría probar suerte en algún club escocés. Formando línea con Macbeth y con su provisional aliado MacDuff, Will no tardaría en servir un sinnúmero de pases de gol a la pareja.

A Bob Marley lo coloca como extremo izquierda: «Marley era un exponente pionero del centro largo, su brazo era una espada llameante mientras producía una lluvia de centros al área, donde siempre había algún joven alto y fuerte que los conectaba y los trasformaba en gol».
Y a Camus, no habría duda, de portero:

No es casual que el portero lleve el número 1, pues los mejores en ese puesto son el colmo del individualismo. Es el componente del equipo que, en un momento de habilidad o de descuido, puede dar al traste con una temporada o hacerla triunfal. En otros tiempos lucían suéter de lana verde y gorra plana para distinguirse del resto del equipo; ahora van envueltos en esas dudosas prendas de fibra sintética fluorescente, vestidos como un tubo de chocolatinas con los hombros acolchados y unas mallas estrafalarias.

¡Cuánto ha cambiado la ética y la estética desde los tiempos de Camus! Incluso su famosa reflexión: «Después de muchos años en los que el mundo me ha permitido tener muchas experiencias, lo que sé con más certeza respecto a la moralidad y a las obligaciones se lo debo al fútbol».
¿Podría decir hoy lo mismo Camus cuando en mi país las dos estrellas de los dos equipos más grandes, siempre enfrentados, tienen procesos con hacienda por evasión de cientos de miles de euros? ¿Y qué decir cuando se han pagado más de 200 millones de euros por un jugador brasileño? ¿No son todas estas cosas altamente obscenas? Aunque un exministro español y exdirector del FMI diría: «Es el mercado, idiota».
A propósito de filósofos y fútbol, navegando en internet, encontré la representación de un partido entre ellos elaborado por los humoristas ingleses Monty Python.
Entre los intelectuales defensores del fútbol —aunque muchos otros lo denostaron y lo siguen haciendo—, es curioso que varios de ellos sean también autores de teatro, más allá de que hayan pasado a la historia como novelistas, ensayistas, cineastas o poetas. Entre estos se encuentran P. P. Pasolini, Albert Camus, Jean Paul Sartre y Carmelo Bene, de los que hablaré posteriormente.
Otra propuesta de alineación posible de intelectuales para ocupar un lugar en un ficticio equipo es la que plantea Roberto Villalobos Viato en un artículo de la Revista D, de julio de 2016, y que compondría la siguiente alineación:
Portero: Camus
Defensas: Hornby, Grass, Benedetti, Villoro
Medios: Neruda, Sartre, Burgess
Delanteros: Fontanarrosa, Wilde, Galeano
En el artículo, señala cómo Borges detestaba el fútbol o cómo Gabriel García Marquez fue jugador en su infancia y simpatizó con el Club Atlético Junior de Barranquilla. Destaca, además, una cita de Nabokov: «El trabajo de un guardameta es como el de un mártir, un saco de arena o un penitente». O esta de Juan Villoro: «El fútbol es la parte predecible de nuestra vida. No estamos seguros de encontrar tiempo para ir al dentista o al supermercado, pero sabemos con estratégica anticipación dónde veremos la final de la Champions». O esta de Benedetti: «Aquel gol que le hizo Maradona a los ingleses con la ayuda de la mano divina es, por ahora, la única prueba fiable de la existencia de Dios».
Neruda fue otro gran fanático del fútbol y seguidor del Atlético Magallanes. Escribió el poema «Los jugadores», en el que dice: «Juegan, juegan / Agachados, arrugados, decrépitos / Este hombre torvo / Junto a los mares de su patria / Más lejanas que el sol / Cantó bellas canciones».
Ese es un extracto en el que lo lírico se impone sobre lo épico, lo cual para Borges era inexplicable y así aseveraba: «El fútbol es popular porque la estupidez es popular». Desde luego, tendríamos en este axioma todo un tratado para comprender el elitismo excluyente de Borges, que no quita que sea un gran literato.
Otro gran poeta, Miguel Hernández, escribe su «Elegía al guardameta»:
Tú grillo, por tus labios promotores
De plata compostura
Árbitro, domador de jugador,
Director de bravura,
¿No silbará la muerte por ventura?
En el alpiste verde del sosiego
De tiza galonado,
Para siempre quedó fuera de juego
Sampedro, el apostado
En su puerta de cáñamo anudado.
O este otro de Vicente Zito Lema, casi un haiku: «El baldío / Se puebla de gritos; / Un eterno rodar / Estremece las piernas / Asombrados / Los ojos / Roban la pelota».
Pensemos que Serrat ha cantado a Kubala, nombrando también a Di Stefano; Maradona ha sido exaltado por el rock argentino; Sabian compuso un himno del Atlético de Madrid; o Vinicius de Morais cantó «O anjo das pernas tortas» en honor de Garrincha.
Las contradicciones linguísticas las vemos muy a menudo si analizamos la vacuidad de las declaraciones de bastantes futbolistas que, tenemos que reconocer, con el balón son verdaderos artistas, pero con la dialéctica, unos tuercebotas.
Contemplar cómo lleva Messi la pelota pegada al pie, las jugadas de Maradona, las paradas de Buffon o el gol de chilena de Cristiano Ronaldo a este portero en el enfrentamiento Juventus-Real Madrid es, sin duda, muy difícil y solo está al alcance de unos pocos. Aunque luego analizar las banalidades o las frases soberbias que proclaman en las ruedas de prensa es para ruborizarse. Pero, claro, ¿qué tiene que ver el arte de jugar con el balón con tener una oratoria brillante?
Hablando de autores brillantes, Eduardo Galeano dice: «En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol». También está la ironía de Priestley cuando reflexiona: «Decir que pagaron para ver a 22 mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa, y Hamlet, papel y tinta». Para el argentino Sacheri: «El fútbol es un escenario, o un telón de fondo, de las cosas esenciales que señalan y definen todas las vidas».
Claudio Tolcachir, dramaturgo y director de escena de gran trascendencia para las nuevas generaciones escénicas iberoamericanas nos brinda este titular: «El teatro nos funciona como el fútbol, si está vivo, si está sudado o si hay peligro».
Son muchos los autores literarios que han mostrado su afición al fútbol a través de sus escritos; por ejemplo, Manuel Vázquez Montalbán, Fontanarrosa o, en la serie negra, Philip Kerr con la trilogía del entrenador/detective Scott Manson: Mercado de invierno, La mano de Dios y Falso nueve. Kerr siempre fue un ferviente seguidor del Arsenal, como Vázquez Montalbán, del Barcelona. En su última entrega, Falso nueve, un cínico personaje de ese mundillo de intermediarios y presidentes advenedizos dice lo siguiente:

Ni que decir tiene que soy consciente de que Shanghái no está aún en el epicentro del mundo del fútbol, pero el dinero de Shanghái lo será. Doy por hecho que no tengo que explicarle que en el fútbol, el éxito depende del dinero. Por desagracia la época en que el Nottingham Forest ganaba la Copa de Europa sin necesidad de invertir muchísimo dinero en jugadores estrella ha quedado atrás. En el mundo del fútbol ya no hay hueco para el romanticismo. Hoy en día es el dinero el que manda.

De este modo y siguiendo la senda de cómo muchos pensadores han reflexionado sobre el mundo del fútbol, podríamos ir construyendo un discurso de analogías y sintonías. Evidentemente, en su relación numérica de contemplación, un estadio siempre será un espectáculo mayoritario, mientras que en el terreno escénico podríamos decir que estamos ante experiencias «de cámara». La recepción de un partido in situ siempre tendrá unos parámetros de relación visual distintos a los que se producen en una representación teatral. La propia ceremonia de contemplación de una representación escénica, generalmente, salvo en ciertas experiencias populares, se hace en silencio y con reacciones controladas; mientras que, a lo largo de un partido, las reacciones sonoras y de movimiento en las gradas contactan más con un plano corporal y anímico. Por otro lado, en muchos casos sabemos el final de la trama de la obra que se representa (aunque no su resolución escénica), mientras que en un partido de fútbol nunca sabremos el resultado hasta el pitido final del árbitro.

Guillermo Heras (Madrid, 1952), titulado en la Real Escuela Superior de Arte Dramático de Madrid, ha sido actor y director del grupo Tábano (1973-1983); asimismo, ha dirigido el Centro Nacional de Nuevas Tendencias Escénicas (1983-1993) y la Muestra de Teatro Español de Autores Contemporáneos de Alicante. Ha puesto en escena obras de Calderón de la Barca, Bertolt Brecht, Cervantes, Sarah Kane, Pier Paolo Pasolini, Bernard-Marie Koltès, Juan Mayorga, Álvaro del Amo, Lope de Vega, Marisa Ares, Francisco Nieva, García Lorca, Sergi Belbel, Javier Daulte, Xavier Durringer, entre muchos otros. Es autor de los textos dramáticos Inútil faro de la noche, Muchacha, Ojos de nácar, Rottweiler, Accidentes y voluntades, Sentido y sensibilidad, Lorcas, La belleza del resentimiento, Pequeñas piezas desoladas, Ardiente Antígona, La máscara de la peste, Otros rasguños, Sueños y extravíos, entre otros. Ha ganado el Premio Nacional de Teatro (1994), el Premio Federico García Lorca (1997) y, en dos oportunidades (2015; 2020), el Premio Francisco Nieva de textos dramáticos breves.

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