Historia de una oca | Punto de Vista Editores
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Historia de una oca

Traducción de Helena Tornero

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-34-1
Nº de páginas: 52


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

9,90 

Maurice es un niño de campo. Unas veces la granja en la que vive es una jungla y Tarzán y sus amigos luchan contra los peligros que habitan en ella: el león Numa, las serpientes o el mismísimo Bulamutumumo. Otras veces se transforma en algo peor. Teeka es su único amigo, y aunque real, no es más que una oca. Juntos comparten un mundo imaginario, siempre en ausencia de los padres, hasta que un día el accidental cómplice de los juegos infantiles conocerá las leyes que rigen el terrible mundo de Maurice.

«Hay historias que nos cuentan solamente cuando somos muy jóvenes, y hay otras que nos las explican de adultos. La mayoría de las historias que nos explican de adultos nos las tendrían que haber explicado de pequeños. Esta es el tipo de historia que tendrían que haberme explicado entonces, cuando aún era pequeño.»

«Un niño maltratado es el más desesperado de los presos: no tiene escapatoria.»
Michel Marc Bouchard

«Para los niños más grandes, la obra será un viaje conmovedor, quizás inolvidable.»
Laurel Graeber, The New York Times

«La violencia –agazapada todo el tiempo detrás de Maurice, y a veces en él– es de una sutileza y cuidado que parece más bien no estar ahí. El adulto lo sabe, el niño lo intuye y al final ambos descubren a donde lleva.»
Interescena

«Historia de una oca es una obra imprescindible que congela emoción y sonrisa hasta invertirlas de súbito.»
Alegría Martínez, Milenio Diario

«Dijo una señora en plena función a su hija como de ocho años: “Nos vamos, esto no es para ti. ¿Cómo se atreven? Uno trae a sus hijos para que se diviertan.” La niña abandona el teatro de la mano de su madre. Antes de perderse tras la puerta de la sala, se alcanzó a escuchar la respuesta de la niña: “Yo quiero verla, tengo un amigo como Maurice… Mamá, yo no vivo en Disneylandia.”»
Michelle Solano, La Jornada

Maurice adulto
Hay historias que nos cuentan solamente cuando somos muy jóvenes, y hay otras que nos las explican de adultos. La mayoría de las historias que nos explican de adultos nos las tendrían que haber explicado de pequeños. Esta es el tipo de historia que tendrían que haberme explicado entonces, cuando aún era pequeño. Era el final de un día muy caluroso.

Maurice niño aparece llevando dos cubos. Uno está vacío y el otro contiene mierda de oca. Llena de agua el cubo vacío. Las ganas de mear le obligan a moverse. De repente se oye un rugido sordo a lo lejos.

Maurice adulto
A lo lejos se dibujaba una tormenta. Se extendía sobre las tres cuartas partes del horizonte.

Maurice niño deja su trabajo y trepa hasta el techo de la casa.

Maurice adulto
Maurice se sienta en el centro del universo.

Maurice niño
(Sombrío y amenazador)
Quiero que el viento te traiga hasta aquí.

Maurice adulto
Esa voz era la que tenía cuando quemaba hormigas en cajas de cartón, la que tenía cuando arrancaba las alas a las mariposas.

Maurice niño
¡Quiero que te acerques!

Maurice adulto
Amenazador, el cielo se oscureció.

Maurice niño
Quiero que vengas hasta aquí.

Maurice adulto
El viento formó pequeños tornados de hierba seca.

Maurice niño
¡Dame miedo!

Maurice adulto
Las hojas de los árboles temblaron ligeramente.

Maurice niño
Eso es. ¡Dame miedo!

Maurice adulto
Oxidadas por el tiempo, las cadenas de los columpios empezaron a dejar oír su lamento. Las puertas de la granja se golpearon la una contra la otra como si alguien o alguna cosa quisiera escapar.

Maurice niño
(Levantando los brazos hacia el cielo)
¡Ven!

Maurice adulto
El cielo y la tierra tenían la misma densidad. Inquietas por la tormenta que estaba a punto de caer, las marmotas, los sapos y los gorriones se callaron. El viento se detuvo. La naturaleza entera se quedó en silencio.

Maurice niño
(Suavemente)
¡Bulamutumumo!

Maurice adulto
Llamaba al gran dios de la jungla, aquel a quién ni el mismo Tarzán había conseguido vencer.

Maurice niño
Bulamutumumo, quiero que caigas sobre nuestra casa.

Maurice adulto
Acercándose, la voz grave le respondió de nuevo.

Rugidos.

Maurice niño
¡Quiero que explote en mil pedazos!

Maurice adulto
A lo lejos, el ruido de la lluvia se unía al cortejo ensordecedor del trueno.

Maurice niño
¡Bulamutumumo! ¡Hazlo de una vez! ¡Cae ya de una vez! ¡Obedéceme! Uno, dos, tres… (Trueno) Un, dos, tres, cuatro… (Trueno) ¡Encima de mi casa!

Maurice adulto
El viento se puso a soplar con una rabia extraordinaria. Los columpios se balanceaban cada vez con más fuerza. El olor a tierra mojada se hizo más intenso.

Maurice niño
¡Destrúyela!

Maurice adulto
Gruesas gotas de lluvia empezaron a caer sobre su cabeza.

Maurice niño
¡Haz que se queme!

Maurice adulto
El estrépito le impedía oír una voz que, desde el interior de la casa, le suplicaba que se pusiera a cubierto.

Maurice niño
Uno, dos, tres… (Trueno)

Maurice adulto
¡Maurice, entra! ¡Maurice!

Maurice niño
¡Encima de nuestra casa!

Maurice adulto
¡Entra!

Maurice niño
Uno, dos, tres… (Trueno) ¡Más cerca! ¡Más fuerte!

Maurice adulto
¡Maurice, entra!

Maurice niño
¡Más fuerte!

Maurice adulto
El rayo cayó no muy lejos de la casa. Maurice tuvo la sensación de que le obedecían. De repente, oyó la voz que le suplicaba que bajase del techo. Asustado, obedeció a la voz. (Maurice niño baja del techo y desaparece detrás de la casa) Fue entonces cuando el rayo se abatió varias veces sobre su cabeza, sobre su cuerpo y sobre todo en sus brazos. Maurice creyó por una fracción de segundo que se trataba de la tormenta… (Pausa) No era la tormenta. La cólera de Bulamutumumo se desvaneció a lo lejos. De nuevo volvieron a oírse los sapos, las marmotas y los gorriones.

Teeka, la marioneta de una oca blanca, entra en escena manipulada e interpretada por Maurice adulto.

Teeka
Me encantaban las tormentas: hacían llover del cielo decenas de grandes lombrices, listas para comer. Y esta vez eran todas para mi sola. Era una de las pocas ventajas que le encontraba a mi soledad.
Vivía en una pequeña casita muy cerca de la de Maurice. Una semana antes la casa se había hecho demasiado grande para mí. Había visto a todos mis semejantes penetrar en la granja…y ya no les había visto salir de allí. (Observa las lombrices de tierra) ¿Esta o aquella de allí? ¡A la primera que se mueva le pego un bocado! ¡Se ha movido! Dejémosla que se mueva un poquito, que disfrute de los últimos instantes que le quedan. Un poco de ventaja por aquello del espíritu deportivo y ¡Hala! (Se la come)
Mi madre también había desaparecido en la granja cuando yo no era más que una cría. Ese mismo día fue cuando conocí a Maurice. Me había traído algunos insectos muertos y mutilados. Me emocionó su gesto, pero intenté explicarle que yo no me alimentaba de ese tipo de menú. (Cacarea) Mi voz le dio miedo. Dejó caer las pobres mariposas que había reconvertido en gusanos y huyó. ¡Esa de ahí también se ha movido! ¡Ni siquiera sospecha el peligro! ¡Criatura inocente! La ternura excesiva solamente trae hambre. ¡Hala! (Se la come)
A la mañana siguiente, opté por una actitud más domesticable. Esta vez, Maurice me trajo semillas… me dejé seducir… No eran tan sabrosas como las semillas que mis semejantes habían deglutido unos días antes de desaparecer en la granja, pero eran más deliciosas que las que tenía que comer cotidianamente. (Cacarea) Mi voz volvió a asustarlo. Sé que el canto de la oca blanca es mucho menos armonioso que el de la golondrina o incluso que el gorjeo de los gorriones que yo, personalmente, encuentro insoportable.
Sin embargo, en algunos países sustituimos a los perros guardianes y cacareamos si hay el menor peligro. ¡Acordaos de las Ocas del Capitolio! Fueron mis ancestros quienes advirtieron a los romanos de la llegada del invasor. Estamos muy orgullosas de esta hazaña histórica, de hecho nos transmitimos el relato de una oca a otra. ¡Esta también se ha movido! Las lombrices no tienen la suerte de cacarear. Lástima por ellas. ¡Hala! (Se come la lombriz)
Maurice volvió el tercer día. Esta vez me asustó él a mí. Mientras yo me dejaba acariciar el cuello, se puso a arrancarme las plumas. «No soy ni una hormiga, ni una mariposa.» Le mordí.
Así fuimos domesticando nuestras soledades. (A las lombrices) Su lentitud me exaspera. ¡Y hop! Mis largos días estaban llenos del recuerdo de mis semejantes, de nuestras conversaciones sobre el tiempo que haría, sobre las técnicas de limpieza y sobre las historias de nuestro pasado glorioso. Yo había descubierto otro pasatiempo: observar a Maurice.

Maurice niño sale de casa. Tiene un brazo recogido en cabestrillo.

Michel Marc Bouchard (Canadá, Québec, 1958) es uno de los dramaturgos más importantes de su país. Sus más de veinticinco obras de teatro, algunas de ellas llevadas al cine, han sido representadas y galardonadas en los teatros y festivales más prestigiosos del mundo. Es miembro de la Académie des lettres du Québec. En Historia de una oca afronta el maltrato infantil con la delicadeza y la sutileza de un maestro que acerca a pequeños y adultos un mundo de poesía y drama. Otras obras del autor son El camino de los pasos peligrosos, Tom en la granja (llevada al cine por Xavier Dolan), Las musas huérfanas, o La divina ilusión. Con Punto de Vista publicará un volumen de obras escogidas traducidas por primera vez al castellano.
Helena Tornero (Girona, Figueres, 1973) es dramaturga y directora de teatro. Galardonada con el Premio Lope de Vega de Teatro 2015 por su obra Fascinación es, además, autora de Sumergirse en el agua (Premio SGAE 2007) y Apatxes (Premio de Teatro 14 d’Abril 2009) entre otras. También es traductora en los seminarios internacionales del Obrador de la Sala Beckett y en el Institut del Teatre. Ha traducido textos de Evelyne de la Chenelière, Michel Marc Bouchard, Fabrice Melquiot y Paula Vogel. Profesora de teoría del teatro, ha trabajado como intérprete en Kabarett-Protokoll y escrito el libreto para la ópera DisPLACE representada en el Teatro Real en Madrid.

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