El oficio de la venganza | Punto de Vista Editores
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El oficio de la venganza

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-39-6
Nº de páginas: 240

18,90 

Aristóteles Lozano vive tranquilo y felizmente junto a su pareja Julieta y su perro Jamón, pero su vida de ensueño se ve truncada cuando aparece Cristóbal San Juan, que lo engaña con el único fin de marcharse con su novia y su mascota. A partir de ese momento, Aristóteles, dominado por el dolor, los celos y una sed incontrolable de venganza, emprende la búsqueda para encontrar a sus seres queridos. ¿Conseguirá castigar la traición y recuperar su honor? ¿O logrará dominar sus deseos y curar sus heridas más profundas?

«Con sus dosis exactas de templanza y rabia, El oficio de la venganza es una novela memorable. Ágil, inteligente y tan terrible como el país en que fue escrita: el nuestro».
ANTONIO ORTUÑO

«Una voz original para contar con sensibilidad y agudeza el México contemporáneo que nos perturba».
GUADALUPE NETTEL

«La mejor venganza de L. M. Oliveira: delinear con humor y musicalidad el filo de nuestros delirios en esta excelente novela-espejo en la que retrata con altura los enredos y miserias de sus personajes».
WENDY GUERRA

«Intrigante y espléndida novela».
NEXOS

Florida

I

Antes que nada, el bosque. Es lo primero que distingo: su perfume se presenta con la misma claridad que el azahar, los nardos o el mar. Su frescor cubre mi piel igual que un velo fino y suave. Luego advierto el dolor y la oscuridad: tengo las manos atadas y los ojos vendados. Hace unas horas que viajamos, según intuyo, a Utopía, una villa en medio de la nada. Por los movimientos bruscos de la camioneta, supongo que la carretera se convirtió en brecha. Después de varios atascos, el vehículo queda absolutamente varado. Y por más que el piloto intenta avanzar, los neumáticos solo resbalan, como si estuvieran desdibujados.
—Bájalo —ordena el conductor con voz aguardentosa.
El copiloto desciende con rudeza, abre la puerta de atrás y tira de mi brazo. Mientras me aleja de la camioneta, doy un traspié y él, para evitar que caiga, sostiene con fuerza mi chamarra. Nuestros cuerpos chocan y descubre lo que llevo oculto en el abrigo.
—Este cabrón trae un teléfono.
El conductor sale del atascadero y contesta.
—No pasa nada, en este pinche cerro a veces parece que no existe ni el sol. Mejor ponte a las vivas, no vaya a ser que los de Nueva Belén anden merodeando.
El tipo toma el teléfono y me regresa con violencia al asiento trasero. Entonces continuamos nuestro camino a Utopía.
Después de varias horas, por fin nos detenemos. Escucho cómo abren las puertas del vehículo. Luego tiran de mi brazo para sacarme de la camioneta. Desamarran mis muñecas y aprovecho para quitarme el vendaje con un movimiento rápido. Las luces del vehículo están encendidas, es lo único que nos alumbra en la noche cerrada de la montaña boscosa.
—Este no era el trato.
—Cállate y corre —dice el copiloto mientras suelta una carcajada—, que empieza la cacería.
—De qué hablas —digo y lo empujo—. Llama a Cristóbal, quiero hablar con él.
El conductor saca su arma y dispara al piso:
—¡Corre!, que con el próximo tiro te dejo rengo. Te doy un minuto para esconderte y salvar el pellejo.
Corro en dirección contraria a las luces de la camioneta.
—Dale cinco minutos—alcanzo a escuchar que dice el otro—. Si es un pobre chilango…
Correría hasta la extenuación, pero ahora la luz de los faros es insuficiente, y resulta difícil avanzar a través del bosque oscuro y su terreno irregular. Así que continúo a tientas. A lo lejos escucho gritos:
—¡Ya vamos por ti, chilango!
Me abro paso en la oscuridad y pienso en lo estúpido que es, en mis circunstancias, huir: si logro escapar, ¿cómo voy a salir de este bosque inmenso? Que además debe de estar lleno de acantilados. Y entonces me golpeo la espinilla con una roca. La tiento y percibo que es grande y que se extiende de manera horizontal. En mi búsqueda hallo una oquedad, la exploro y noto que se agranda lo suficiente para guarecerme. Ya oculto, imagino que es la madriguera de algún depredador. Quizá estoy escondido en la boca del lobo, pienso, pero sus voces interrumpen mis cavilaciones:
—Aluza ahí.
—No hay nada.
El corazón retumba y mi respiración se acelera, lo bueno es que la adrenalina espanta el frío.
—Si no lo encontramos, se lo van a comer los lobos —dice uno de aquellos.
No hay lobos, es un engaño, habla una voz en mi cabeza. Nunca antes la había escuchado y, sin embargo, no me resulta extraña. Entonces la voz se esfuma porque oigo pasos: son dos muchachos que ahora se detienen y hablan entre sí.
—Nos van a ver, te advertí que no viniéramos tan cerca.
—Ya lo dijiste cien veces. Está bien, vámonos; pero con cuidado, no vayas a hacer ruido.
Y pese a la precaución, una rama truena bajo sus pisadas.
—¡Alto! —grita el copiloto.
—Han de ser los hijos del cabrón de Nabor, dispárales, échate a uno —sugiere el conductor con su voz aguardentosa. Corren hacia ellos.
Escucho varios tiros. Pero los muchachos extraños ya lograron perderse en la noche y el bosque.
—Órale, ya estuvo bueno, vamos a encontrar a este cabrón, que se está haciendo tarde.
Al perseguir a los muchachos se acercaron a mi guarida. Buscan con su luz sobre la roca donde me oculto.
—Ha de estar entre las piedras.
Vienen hacia mí, y decido que no voy a morir escondido, así que me pongo de pie y digo lleno de valor:
—Adjuva me domine.
Entonces alumbran mi cara y me ciegan como a un lagarto.

L. M. Oliveira (Ciudad de México, 1976) es filósofo moral y se dedica a la investigación y a la docencia como miembro del departamento académico del Centro de Investigaciones sobre América Latina y el Caribe de la Universidad Nacional Autónoma de México. Es autor de las novelas Por la noche blanca (Ediciones B, 2017), Resaca (Literatura Random House, 2014) Bloody mary (Literatura Mondadori, 2010) y El oficio de la venganza publicada por Alfaguara (2018) en México. En Punto de Vista Editores ha publicado los ensayos Árboles de largo invierno (2018) y La fragilidad del campamento (2019).

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Ficha del libro: Descargar

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