César contra Vercingétorix | Punto de Vista Editores
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César contra Vercingétorix

Dimensiones: 15×24 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-42-6
Nº de páginas: 600

29,90 

En el año 52 a. C., la Galia rebelada contra la invasión de César se rinde y es sometida al dominio romano. Una sombría mañana de otoño, en Alesia, el joven Vercingétorix, comandante en jefe de la insurrección gala depone las armas, mientras interminables filas de prisioneros de guerra, exhaustos y demacrados, son llevados a Roma para convertirse en esclavos. Comienza el fin de casi mil años de civilización celta.

En nueve meses de acción guerrillera magistralmente dirigida, este evento marcó el curso de la historia del Imperio romano. La conquista de la Galia no fue una simple operación militar o una empresa político-económica al servicio de los intereses de Roma; también fue la historia de la lucha encarnizada entre dos hombres, César y Vercingétorix, que encarnan ambiciones opuestas y en la que solo uno saldrá victorioso. Sin embargo, con el transcurrir de los siglos, el derrotado ascendió gradualmente a la condición de héroe, transformando su derrota y la de la Galia en una victoria moral.

Laurent Olivier, ganador del Prix Louis-Castex 2020 por este libro, nos presenta el enfrentamiento de estos dos hombres como si de una investigación criminal se tratase. A partir de los testimonios de reconocidos historiadores romanos y apelando a los últimos descubrimientos arqueológicos, aporta asombrosas revelaciones sobre la relación entre estos dos líderes que en algún momento fueron aliados.

Prólogo. El sueño de César
Primera parte. Un viejo asunto
I. El hombre que asesinó a Vercingétorix
II. Un desconocido llamado Vercingétorix
III. Vercingétorix se enfrenta a César
IV. La nueva guerra de Vercingétorix

Segunda parte. Mientes, César
V. Vino, vio y venció
VI. Nuevas revelaciones sobre la guerra de las Galias
VII. La fábrica de la verdad
VIII. La historia es un cuento

Tercera parte. ¡Devolvednos a Vercingétorix!
IX. El renacimiento de Vercingétorix
X. La gran derrota
XI. El primero de los franceses
XII. El hijo de la patria
XIII. ¿Debemos olvidar a Vercingétorix?

Cuarta parte. El regreso de Vercingétorix
XIV. El período de desconfianza
XV. La guerra interminable de Alesia
XVI. Vercingétorix guerrillero y estratega
XVII. Los valores de la Galia
XVIII. Una utopía gala

Conclusión. El destino de Vercingétorix
Agradecimientos
Notas
Bibliografía

Prólogo. El sueño de César

Habríamos soñado una mejor entrada en la historia. En el año 52 a. C., la Galia rebelada contra la intrusión de César depone las armas y se somete al dominio romano. Una sombría mañana de otoño, a los pies de Alesia, el joven Vercingétorix, como comandante en jefe de la insurrección general, es entregado y atado, mientras durante el día interminables filas de prisioneros de guerra, exhaustos y demacrados, son llevados a través de las vías romanas para su esclavización en Italia. Es la última etapa de la independencia de la Galia y el final precipitado de casi mil años de civilización celta. El mundo galo, desprovisto de sus jefes militares y desposeído de su autonomía política, perderá sucesivamente a sus líderes espirituales; después, su religión; y, finalmente, su lengua. Todavía durante más de un siglo, las revueltas esporádicas sacudirán el yugo de la colonización romana para luego extinguirse por sí mismas. La Galia se habrá convertido en romana, dejando atrás su antiguo legado bárbaro.
Esta historia, aprendida desde la infancia, es tan remota como la educación pública universal, establecida a finales del siglo xix. La lección de este dramático acontecimiento, que en cierto modo es nuestra «escena primitiva», encierra un mensaje ambiguo: ¿debemos renunciar a lo que somos y dejar someternos por una potencia extranjera para introducirnos en el progreso y la civilización? Entonces, ¿somos esas personas que alguna vez fueron arrancadas de la rudeza y la mediocridad, hacia las cuales estamos continuamente amenazadas a retroceder?, ¿necesitamos realmente un maestro que nos eduque o un soberano que nos dirija, nosotros que de otra forma nos hundiríamos en la anarquía y la discordia? El recuerdo de esta imagen histórica es demasiado lejano para que realmente lo pensemos; sin embargo, en tiempos de incertidumbre y confusión, una pequeña voz se cuela en nuestra conciencia: «No —dijo—, no está bien que seamos obligados a hacer algo por la fuerza, y que seamos privados de nuestra libertad. Y, cuando eso sucede, solo la revuelta es legítima para expulsar a los impostores que quieren imponernos su ley. No necesitamos que nos digan cómo deberíamos ser; solo queremos que se nos permita vivir como mejor nos parezca». Desde lo más profundo de sus bosques galos, el espectro de Vercingétorix sigue acechando nuestra historia.
Los historiadores del siglo xix enseñaron que Francia había sido concebida en la época de Vercingétorix. Nuestros «antepasados los galos» habrían sido estos primeros republicanos, enamorados de la libertad, a quienes Roma finalmente les impuso sus leyes. En cualquier caso, la conquista de la Galia configuró idealmente a Francia, como si de una entidad natural se tratara. Las campañas de César marcaron sus límites: los Pirineos al sur, el océano al oeste, el Rin al este. Al someterlos, César convirtió a este conjunto de pueblos de diferentes culturas —los aquitanos al suroeste, los celtas en el centro de la actual Francia y los belgas al norte— en habitantes de un mismo país: la Galia. En cierto modo, César inventó Francia, sin saberlo. Porque en la memoria y el imaginario colectivo, la conquista de la Galia dejó una huella mucho más profunda de lo que cabría pensar. La historia de la lucha de César y Vercingétorix formó la imagen de los habitantes de la Galia, en la cual seguimos reconociéndonos. Y esta historia, fue César quien la escribió.

Historia e investigación

Al sabernos una nación, leemos esta historia como si fuera la nuestra. Y en cierto modo lo abordamos a través de los acontecimientos de nuestra historia reciente, en los cuales parece oírse el eco de los lejanos enfrentamientos de la guerra entre César y Vercingétorix. Nosotros también hemos sido golpeados e invadidos; nosotros también resistimos y también fuimos traicionados y abandonados. Las circunstancias han cambiado, por supuesto, pero en el fondo todavía afrontamos las mismas opciones y los mismos dilemas. Así, el enfrentamiento entre César y Vercingétorix no deja de plantearnos estas preguntas esenciales: ¿cómo la Galia, país rico y poderoso, pudo colapsar? ¿Qué sucedió y cuáles son las causas de tal desastre? ¿Y cuál era el papel de los responsables del país, Vercingétorix en particular, que finalmente llevaron a la Galia a la derrota?
Intentar responder estas preguntas requiere un análisis riguroso de los hechos, pues se trata, en definitiva, de emprender una nueva investigación sobre la conquista de César y la personalidad de Vercingétorix. Investigación (historia) es la denominación primitiva de lo que hoy conocemos como historia. El objetivo de la historia no es contar los hechos pasados como uno razonablemente cree que ocurrieron, sino investigar. Se trata de escuchar a todos los testigos, pero sin tomar la palabra de nadie. El investigador sabe que la validez de cada testimonio es parcial y, sobre todo, sesgada debido especialmente a la intencionalidad a menudo no confesada de aquellos a quienes interrogamos. El investigador también sabe que las razones subyacentes de los hombres nunca son transparentes y que debemos desconfiar de las que se presentan como tal. Debemos prestar mayor atención a los vacíos históricos, donde no sabemos qué pasó, que a las exactitudes, donde, contrariamente, sí sabemos cómo se desarrollaron los hechos. Pues justamente en estas lagunas se encuentran los hechos más importantes: aquellos que contienen los elementos que permiten reconstituir la lógica de la secuencia real de los actos, y que no se observan.
La misión del investigador es buscar «cualquier indicio que permita manifestar la verdad». Indagar el fallo en los escenarios que son demasiado regulares como para no ser reconstrucciones ficticias; rastrear el fallo lógico, la contradicción, la imposibilidad práctica, en los relatos que le ofrecen sus fuentes. Buscar pruebas: las que han quedado olvidadas por negligencia o imprudencia, y, especialmente, aquellas que sus autores no pudieron evitar abandonar. Debe encontrar lo que está oculto, o escondido a propósito, o simplemente enterrado en el olvido o en la masa de lo ordinario. El investigador sabe que todos los elementos del caso están allí delante de sus ojos, o casi; pero debe descubrir el hilo conductor que une todos estos fragmentos aparentemente dispares o insignificantes a primera vista.
Más de dos mil años después del final de las guerras de la conquista de la Galia, no es solo el desarrollo de los hechos lo que se pretende reconstruir, con los motivos que forman el origen de los actos de los diversos protagonistas de esta historia. En primer lugar, debemos representar el caso —según el vocabulario de los investigadores— que constituye la agresión de la Galia y su sometimiento a Roma, en sus diversos desafíos, tanto individuales como colectivos. De hecho, la conquista de la Galia no es una mera operación militar o una empresa político-económica al servicio de los intereses de Roma; también es la historia de la lucha encarnizada de dos hombres, César y Vercingétorix, que encarnan ambiciones opuestas, de los cuales uno solo será el vencedor. Es la confrontación de dos hombres que, al enfrentarse a través de la guerra, han aprendido a conocerse y a adivinar las intenciones o reacciones del otro. En su lucha a muerte, se han acercado tanto que cada uno ha adaptado los métodos del otro a su propia estrategia; de alguna forma, uno se vuelve más romano, y el otro, más galo de lo que eran. Su lucha cristalizó el enfrentamiento milenario entre Roma y el mundo celta, al mismo tiempo que le puso fin: cayó la Galia, Vercingétorix fue derrotado y César hizo que lo mataran.

El caso Vercingétorix

¿Acaso era preciso llegar tan lejos, era necesario atacar la Galia, que no amenazaba en modo alguno la seguridad y los intereses de Roma? En este «caso Vercingétorix», del cual era el principal responsable, ¿César fue, en definitiva, un gran estratega o un gran criminal? En Roma, la actitud de César estuvo lejos de conseguir la unanimidad. Muchos se sorprendieron, asimismo, al ver derrotado al líder de la Galia, a quien el cautiverio había vuelto irreconocible, expuesto a una muerte indigna tras ser arrastrado a modo de espectáculo detrás del carro de César, que desfilaba por Roma en medio de un mar de oro y riquezas robados. Por lo tanto, debemos imaginar hoy cómo se juzgó o percibió este caso de la captura de la Galia y la eliminación de Vercingétorix por el público —en su dimensión mediática, se podría decir— y cómo fue analizada por los primeros investigadores, que son los historiadores romanos de los primeros cinco siglos de nuestra era. Este controvertido acontecimiento de la historia romana también debe situarse en su contexto cultural y político. Porque sorprende lo mucho que este asunto de la toma de la Galia actúa como una revelación, en el largo período histórico. En las distintas apropiaciones y polémicas que ha suscitado, «el caso Vercingétorix» descubre, de hecho, las profundas aspiraciones de la sociedad que se apodera de él; es un síntoma de sus problemas y preocupaciones. Nos preguntamos: ¿fue el líder galo un rebelde al que abatir por el bien común o tan solo fue víctima de la sed de poder de la tiranía?
Al plantear la cuestión del derecho y la legitimidad para apoderarse, en tiempos de paz, de un país extranjero, el asunto de la caída de la Galia ha repercutido en la historia romana. Sobre todo, ha representado una nueva noticia cuando los historiadores contemporáneos del siglo xix se hicieron cargo de los datos del estudio. Demostraron que podríamos abordar este episodio decisivo de nuestra historia colectiva desde otro punto de vista, que no sería necesariamente el de la vencedora, Roma, pero que podría ser el de la Galia. Incorporada al imperio, la Galia efectivamente había perdido su memoria al convertirse en romana, pero su historia no había sido borrada hasta ahora: permanecía dispersa en las menciones de los antiguos historiadores de la Antigüedad, revelando el pasado de una gran potencia.
Desde la época romana, no hemos dejado de intentar comprender este hecho fundacional en la historia de Europa —y particularmente de Francia— que es la caída de la Galia y la sumisión de Vercingétorix. Estas innumerables lecturas y sucesivas revisiones produjeron una extraordinaria masa de interpretaciones e impresiones acumuladas durante más de dos milenios, que envuelven y oscurecen los hechos originales. Si bien conocemos la personalidad de César, no sabemos casi nada sobre la de Vercingétorix, ya que solo tenemos un conocimiento muy aproximado del estado de la Galia en el momento de la conquista romana. ¿Cómo encontrar, en este caso, la verdad de los vencidos? Es decir, ¿quién era el propio Vercingétorix? Esta es, sin duda, la tarea más difícil y de la que menos seguros estamos.

Recuperar a Vercingétorix

Los romanos lo sabían: la conquista de la Galia por César era el resultado de un acuerdo militar injustificado, que años después terminaría con la ejecución del líder de la insurrección que se había opuesto a la ocupación romana. En este caso, basado en una violación del derecho internacional, Vercingétorix ocupa claramente la posición de víctima. Sin embargo, paradójicamente, esta situación no le es favorable a la vista de nuestra indagación. Como las víctimas de diversos hechos, que emergieron repentinamente de su anonimato por el crimen que las hizo desaparecer, Vercingétorix solo existió, para la historia, por el hombre que lo atacó: César. Su muerte lo arrojó a las tinieblas; mientras que quien lo derrotó, César, ha atraído toda la luz, alcanzando la fama gracias a su acción y la personalidad de su víctima.
En resumen, Vercingétorix solo apareció en la historia para desaparecer inmediatamente. Es el objeto sobre el que se centra el viaje de César en la Galia, y cuyo resultado lógico es su propio fin. César hizo de él no solo una víctima, sino, sobre todo, una víctima necesaria. Solo entra en escena para ser finalmente vencido, el líder galo no podía evitar su perdición: Vercingétorix no era lo suficientemente fuerte para resistir a César y, por eso, no pudo escapar de él. Fundamentalmente, ¿no se ha dicho que esto fue un mal para un bien? En definitiva, ¿no era necesario que la Galia fuera sometida para que accediera, finalmente, a los beneficios de la civilización romana?
Así, como lo compuso César, el relato de la caída de Vercingétorix funciona en beneficio del agresor, tanto si lo admiramos o no por lo que hizo. El acto de César le quita, efectivamente, toda la individualidad a su víctima: sea como fuere, estaba destinada a ser sacrificada al haberse cruzado con su atacante. Omitamos inmediatamente cualquier ambigüedad: no se trata de rendir homenaje a Vercingétorix como «víctima»; eso sería devolverlo, una vez más, al poder de César y, sobre todo, reducirlo a existir solo de esa manera. Se trata, más bien, de intentar restituir al líder galo en su existencia, con los pocos elementos que disponemos: en definitiva, intentar, con nuestros limitados medios, restituir a Vercingétorix a sí mismo.

Al respecto de la historia

Con la experiencia, los arqueólogos han desarrollado su propia forma de entender el pasado. Saben que, para llegar hasta donde está, enterrado en el suelo, deben atravesar un grosor más o menos grande de capas posteriores que lo cubrían y, al mismo tiempo, protegían. Los primeros intentos de excavación en Pompeya o en Troya les enseñaron que estas acumulaciones aparentemente parasitarias no son en modo alguno una sobrecarga que bastaría con despejar para redescubrir por completo la autenticidad del pasado enterrado. Porque estos estratos son el producto de la secuencia de acontecimientos que tuvieron lugar después de que se descubriera el pasado reincorporado en otra época: en realidad, son los valiosos testimonios de su «posthistoria». Igualmente, podríamos decir que estas estratificaciones posteriores son la memoria del pasado, que, si ha terminado siendo como era, por consiguiente no ha dejado de existir: estos lugares, una vez habitados por generaciones ya desparecidas, siguieron ocupados y transformados por otras generaciones posteriores a estas. Por lo tanto, para los arqueólogos, el pasado siempre está ahí, siempre ahora; es la razón por la que podemos volver a la luz.
Aquellos que excavan en las tierras también saben que el pasado siempre aparece incompleto y mutilado. Edificios antiguos impresionantes se reducen hoy a simples ruinas de fundaciones, y la vida de comunidades enteras se ve resumida en fragmentos dispersos de cerámica y restos de utensilios perdidos o abandonados. Lo que queda es nada, o casi nada, en relación con lo que existía; y solo vemos una ínfima parte, desde el lugar que abrimos en las excavaciones. El resto permanece invisible, todavía enterrado e inaccesible, como estos distritos de Pompeya que irrumpen, de repente, frente a un muro ciego de tierra. Solo percibimos desde el pasado la imagen truncada y, sobre todo, temporal.
Pero las huellas del pasado nos colocan frente a esta otra evidencia: por ordinarios que puedan parecer, estos vestigios son todos significativos. Y aunque nos molesten, por entrometerse en el pasado que nos interesa, o por no parecerse a lo que estamos buscando, no es posible ignorarlos, ya que están ahí. Por eso, los arqueólogos han aprendido, a pesar de ellos mismos, que no debe descartarse nada de lo encontrado, porque es el recuerdo de lo acontecido en el pasado que aparece en todos esos escombros. Entonces, ellos lo recopilan todo, hasta el fragmento más ínfimo, incluso el más reciente. Los investigadores del pasado leen textos como leen el suelo, atentos a la más mínima palabra e, incluso, al rastro de los sueños.

Laurent Olivier (Francia, 1958) es arqueólogo e historiador. Se desempeña como conservador jefe de las colecciones arqueológicas celta y gala del Museo de Arqueología Nacional de Saint-Germain-en-Laye en Francia. Es autor de numerosas publicaciones científicas, entre las que destacan los libros Mythes et symboles celtiques (Jean-Paul Gisserot, 2016), Le Pays des Celtes: mémoires de la Gaule (Seuil, 2018) y Ce qui est arrivé à Wounded Knee. 29 décembre 1890 (Flammarion, 2021). En 2020, fue galardonado, por su libro César contre Vercingétorix (Belin, 2019), con el Prix Louis-Castex, premio anual otorgado por la Academia Francesa.

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