(FEBRERO 2021) Cartas de Abelardo y Eloísa | Punto de Vista Editores
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(FEBRERO 2021) Cartas de Abelardo y Eloísa

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-33-4
Nº de páginas: 260

18,90 

En las grandes historias de amor siempre sobresalen aquellas ficciones dominadas por la tragedia y el sufrimiento, creadas a partir de un modelo de amor prohibido, como Orfeo y Eurídice, Eneas y Dido, Tristán e Isolda o Romeo y Julieta. A diferencia de las anteriores, la historia de Eloísa y Abelardo fue real, y esta relación epistolar es la prueba de un amor trágico protagonizado por los dos amantes del siglo XII.
En estas cartas somos testigos de la pasión, la entrega y los reproches de una pareja enamorada. Sus vivencias inspiraron a diversos autores medievales y románticos posteriores que utilizaron como tema en sus obras el amor castigado de Eloísa y Abelardo, y desarrollaron la escritura epistolar como modelo de estilo narrativo.
En esta edición presentamos una nueva traducción a cargo de Natalia Jakubecki y Marcela Borelli con nuevos comentarios basados en los estudios más recientes, en un intento por acercar la historia al lector no especializado. Se han incluido, además de la correspondencia entre Eloísa y Abelardo, la Historia de mis calamidades, carta autobiográfica escrita por Abelardo para consolar a un amigo suyo; la Confesión de fe de Abelardo, carta que Abelardo le dirige a Eloísa, donde comparte con ella su credo después de la condena por algunas de sus tesis heréticas; la Carta de Pedro el Venerable al papa Inocencio II, donde se recoge la petición del abad de Cluny al Sumo Pontífice para que Abelardo concluya sus días en la abadía a su cargo; la Correspondencia entre Eloísa y Pedro el Venerable; la Absolución de Pedro Abelardo, entregada a Eloísa por Pedro el Venerable tras la muerte de este; y los Epitafios de los amantes.

Estudio preliminar

Tabla cronológica (algunas fechas son aproximadas)
Bibliografía

Carta de Abelardo a un amigo

Historia de mis calamidades

Correspondencia personal entre Abelardo y Eloísa

Carta II
Carta III
Carta IV
Carta V
Carta VI

Cartas de Abelardo para Eloísa y las hermanas del Paráclito (selección de pasajes)

Carta VII
Carta VIII

Otras cartas, otros textos

Carta XVII
Carta de Pedro el Venerable al papa Inocencio II
Primera carta de Pedro el Venerable a Eloísa
Carta de Eloísa a Pedro el Venerable
Respuesta de Pedro el Venerable a Eloísa
Absolución de Pedro Abelardo
Epitafios para Abelardo
Un epitafio para Eloísa

Estudio preliminar

Ella, la dulce quinceañera que, seducida por su tutor, se deja llevar por los impulsos de la carne. Él, brillante dialéctico con fama in crescendo que, cegado por la pasión, no logra vislumbrar las desventuras que deberá atravesar a causa de tamaña osadía. Dos amantes que han conmovido, escandalizado y conquistado a todo aquel que tuvo noticia de ellos.

Sí, podría creerse que el párrafo anterior es la contratapa de una novela romántica, pues contiene todos los elementos para que una historia se torne verdaderamente apasionante: romance, fama, dolor… Pero no lo es. Este dramático encabezado corresponde a una historia real que se desencadenó en el lejano siglo XII, en París, ciudad floreciente en donde todo podía pasar. Y pasó.
Este libro reúne el epistolario que mantuvieron dos amantes en los últimos años de su historia. Pedro Abelardo y su Eloísa han alimentado con sus vivencias la incontable lista de amores desdichados: Orfeo y Eurídice, Eneas y Dido, Tristán e Isolda, Romeo y Julieta, Paolo y Francesca… Pero a diferencia de casi todos ellos —personajes nacidos de la pluma de sagaces escritores— estos dos enamorados fueron personas reales que vivieron y sufrieron no ya en un papel, sino en el mundo al cual nosotros damos forma con nuestras propias historias.
¿El legado? Unas cuantas cartas cruzadas, rebosantes de recuerdos dulces y amargos, colmadas de reproches y acusaciones. Ira, lujuria, soberbia, envidia y todos los pecados conocidos alimentan las páginas que seguirán a este prólogo. Como ha dicho Gilson, «Eloísa y Abelardo son grandes hasta en sus fallos».

El siglo

Mucho se ha dicho sobre el Renacimiento del Quattrocento, en el que grandes maestros del arte, de las letras y de las ciencias renegaron de cuanto les había sido legado por sus sucesores inmediatos. Pero solo recientemente los medievalistas han vuelto sus miradas sobre el siglo xii como otro renacimiento y no fue poco lo que este les ofreció.
Si bien durante siglos la cultura había permanecido resguardada bajo el manto protector de las abadías, poco a poco trascendió sus severos muros para instalarse en las ciudades, que ya desde el siglo anterior crecían a un ritmo vertiginoso. No le fue difícil encontrar, pues, un nuevo asilo en las catedrales. Así, el siglo, cuyo mayor representante fue Pedro Abelardo, le regalaba al mundo las primeras escuelas citadinas, es decir, las escuelas episcopales, capitulares y catedralicias, mostrando estas últimas un protagonismo indiscutible.
Cada uno de los centros de estudio se destacaba en una disciplina determinada. Si era la dialéctica o la retórica las que entusiasmaban al joven estudiante, lo más acertado era acudir a París; Laon, en cambio, era paso obligado para los futuros teólogos, así como Orleáns para los poetas y Chartres para los que deseaban abarcar todas las artes del quadrivium.
Entre tanto, las escuelas monásticas seguían descifrando las Escrituras, tal como venían haciéndolo desde hacía siglos, e incluso con más fuerza en respuesta a las turbulentas mutaciones que veían acaecer fuera de sus muros.
Este avance no responde a ningún azar. Muy por el contrario, ciertos fenómenos políticos y económicos acompañaron, como es de esperarse, estos cambios. Para empezar, pensemos que en los siglos xii y xiii se asiste al período de mayor poder del papa y de la alta jerarquía eclesiástica. Estos apoyarán, al menos en principio, la conformación de centros educativos, pues estaban urgidos de nuevas herramientas intelectuales con las que afrontar los desafíos que toda concentración de poder trae aparejados.
Los teóricos medievales vieron también desarrollarse otro fenómeno paralelo y no menos significativo: la revalorización del trabajo. Con el crecimiento de las ciudades, ven la luz diferentes corporaciones, cada una de las cuales representa un oficio determinado: artesanos, carpinteros, herreros, maestros… Si bien no es sino hasta el siglo XIII que la actividad docente se corporativiza, las bases para ello ya están dadas. El conocimiento, aunque no deja de ser un don divino, pasa a ser, además, una posesión a cuyo usufructo se tiene derecho. Desde esta nueva óptica, se produce una paulatina desacralización del conocimiento y, así como el artesano le transfiere su destreza al aprendiz cobrando por ello, el maestro se la transmitirá a su alumno con los mismos fines.
Resta decir que, en el siglo en el que estas cartas fueron escritas, se pueden rastrear los primeros esbozos de la corriente que más tarde será llamada «Humanismo». Muchos intelectuales pusieron al ser humano en el centro de sus teorías, al tiempo que posaron su mirada en los autores clásicos. Séneca, Virgilio, Cicerón y otros grandes pensadores de la antigüedad son resucitados por estudiosos entre los que Abelardo y Eloísa figuran en las primeras filas, si bien este movimiento intelectual se consolidará con el Policraticus de Juan de Salisbury, discípulo del maestro Pedro.
Siguiendo la línea que propone Gilson, hoy se puede afirmar todavía que «no hay ninguna esencia de la Edad Media ni del Renacimiento, y por esto precisamente, no hay que buscar una definición». No obstante, si aun así insistiéramos en ello, diremos que estas son algunas de las principales razones por las que se puede considerar al siglo XII como un primer renacimiento en la historia occidental.

Abelardo

Autobiografía
Sería ocioso detallar minuciosamente la vida del maestro Pedro cuando él mismo lo ha hecho en su Historia calamitatum, una extensa carta de consuelo para un amigo. A pesar de que esta pertenece a la correspondencia privada del autor, puede considerarse, no obstante, la primera autobiografía que se ha redactado. Si bien es cierto que Abelardo nunca dejó a un lado su soberbia, la autobiografía que escribe anula esa idealización del protagonista que solía realizarse en las biografías hasta entonces redactadas. De hecho, ya el mismo título nos advierte que, a diferencia de las aventuras y romances cantados sobre el amor cortés, el contenido de estas páginas será poco o nada venturoso.
Si hay algo que llama necesariamente la atención es la ausencia de todo comentario, de toda referencia concreta a su amigo y a las angustias que este estaba padeciendo y que, teóricamente, dieron origen a la carta. Más bien pareciera una justificación que Abelardo se hace a sí mismo; tal vez, la manera que encontró de consolarse, recordando un pasado aún más turbulento que ese presente en el que escribe.
La narración comienza con un fugaz repaso de su infancia y adolescencia, se centra en los años de madurez y culmina cuando Abelardo se recluye en la casa de un anónimo camarada, tras haber sido víctima de un intento de asesinato. Pero, si bien allí termina la narración autobiográfica, comienza, a su vez, la correspondencia que mantendrá con Eloísa, y que nos permite saber cómo continuaron sus «hazañas». Será Pedro, venerable abad de Cluny, quien nos relate cómo pasó Abelardo los últimos días de su vida bajo su amparo y protección.

Biografía
Año 1079, Pallet, Nantes: Lucía daba a luz a Pedro Abelardo, quien mucho tiempo después será apodado el Rinoceronte, por su indomable talante. Berengario, su esposo, estaba feliz de tener al fin un primogénito a quien dejar en herencia su cargo militar. Pero sus anhelos no pudieron verse realizados. Cuando el joven Pedro se encontraba listo para la carrera de las armas, decidió legarles a sus hermanos menores el derecho de primogenitura para educarse «en los brazos de Minerva». Varios fueron sus profesores, varias fueron las contiendas filosóficas que mantuvo con ellos hasta que por fin se asienta ya como maestro en París. Por las calles de esta próspera ciudad deambula el nombre de una tal Eloísa, famosa por su belleza y cultura. Era fácil predecir que el Rinoceronte acometería contra ella sin piedad. Mediante inteligentes argucias y favorecido por su reputación, entabla una turbulenta relación con la quinceañera a la que dobla en edad. Lágrimas y solo lágrimas nacerían de este romance. Para ser justos, solo lágrimas no, también un pequeño llamado Astrolabio que, nada más ver la luz, es entregado a las hermanas de Abelardo para que cuidasen de él.
Ni el matrimonio ni la separación lograron evitar el cruel destino que le esperaba al dialéctico más famoso de París: la castración. Humillado, abatido y desesperado, toma los hábitos religiosos, no sin antes asegurarse de que su joven esposa también lo hiciera. Cuando parecía que ya nada podía empeorar las cosas, Abelardo escribe su primer libro de teología: De unitate et trinitate divina, que terminará siendo condenado en el sínodo de Soisson. No se quebranta: polemiza con sus compañeros religiosos y, maltratado, huye. Tras idas y venidas, consigue desligarse de la orden y funda el Paráclito, oratorio dedicado al Espíritu Santo, donde retoma sus clases. En 1128 es nombrado abad de Saint Gildas y, un año más tarde, cede su olvidado oratorio a Eloísa y sus hermanas, desalojadas ya del convento de Argenteuil.
Nada va bien. Los monjes de Saint Gildas son el ejemplo más elocuente del desenfreno y la corrupción que habitaba en muchos de los monasterios de aquella época. Tras el ya mencionado intento de asesinato, huye a la casa de un amigo y es entonces cuando redacta para este la Historia calamitatum. Pero, si bien gozó de un tiempo de tranquilidad dando clases en Sainte Geneviève, no terminaron allí sus calamidades.
Bernardo de Clairvaux no comparte diversas tesis abelardianas y convoca un concilio en Sens, que finaliza con la quema de las obras de Abelardo y la excomunión para el autor, castigo peor que el destierro, pues significaba la expulsión de la patria celestial. Luego de este último golpe, el quebrantado filósofo se refugia en Cluny, gracias a la intercesión de Pedro el Venerable ante el papa Inocencio II.
Muere en 1142, en el monasterio de Saint Marcel, dejando tras de sí varias obras filosóficas y teológicas; delante de sí, puertas que serán abiertas —no sin ciertos recaudos— por Juan de Salisbury, Guillermo de Ockham e incluso Immanuel Kant.
Muchos le han reprochado la severidad de sus respuestas a Eloísa. Otros, en cambio, han elogiado su radical conversión y vocación cristiana. Condenado y encumbrado, castigado y respetado, Pedro Abelardo ha sido todo lo que fue capaz de ser. Tal vez por eso, su epitafio diga: «Est satis in tumulo. Petrus hic jacet Abaelardus, cui soli patuit scibile quidquid erat».
[…]

Natalia G. Jakubecki es doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde desempeña su labor docente como jefe de trabajos prácticos en la cátedra de Historia de la Filosofía Medieval, y como titular del seminario de posgrado Actualidad de la Filosofía Medieval. Es investigadora adjunta en el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet), y su principal línea de estudio es la construcción identitaria de los infieles en diálogos literarios escritos entre 1100-1500. Actualmente, es coordinadora editorial de la revista especializada Patristica et Mediaevalia.
Marcela Borelli es doctora en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires (UBA), y doctora en Filología y Hermenéutica del Texto-Área: Filología Hermenéutica del Texto Filosófico por la Università del Salento y la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM). Es becaria posdoctoral del Iibicrit-Conicet y de la Zeno Karl Schindler Foundation en el marco del proyecto de Fragmentarium de la Universidad de Friburgo. Ejerce su labor docente como profesora de Latín, desde 2020, en la UBA y, desde 2013, en la UNSAM, donde también se desempeña como adjunta suplente de Historia de la Filosofía Medieval.

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