Teatro reunido 2 Vols | Punto de Vista Editores
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Teatro reunido 2 Vols

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN obra completa: 978-84-18322-44-0
Nº de páginas: 424 (vol. 1) + 520 (vol. 2)

Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte

54,00 

Sergi Belbel es uno de los dramaturgos contemporáneos más importantes en catalán y español. En su teatro predominan la parodia, el humor negro y lo cómico, aunque siempre ahonda en las relaciones interpersonales y en los problemas cotidianos de la gente. Belbel es capaz de presentar situaciones extremas con una naturalidad asombrosa a partir de una sucesión de escenas con un alto valor artístico y llenas de suspense. Varias de sus obras han sido llevadas al cine por el director Ventura Pons y, recientemente, Si no te hubiese conocido ha tenido una versión en formato de serie gracias a DiagonalTV, TV3 y Netflix.
En Calidoscopios y faros de hoy, se desarrollan las vidas y los pensamientos de André Gide y Virginia Woolf, y de una pareja actual que, en principio, poco tiene que ver con ellos. Elsa Schneider nos muestra las historias trágicas de tres mujeres acosadas por problemas familiares que se tornan insostenibles. Tàlem (lecho conyugal) desnuda las relaciones entre parejas incapaces de entablar acercamiento alguno. En Caricias, presenciamos la ausencia total de relaciones interpersonales y una búsqueda desesperada por hallar un poco de afecto en una gran ciudad que puede ser cualquiera. En Después de la lluvia, la rutina y las insatisfacciones de varios trabajadores adictos a la nicotina los pondrán al filo de la desgracia. Morir (un instante antes de morir) expone las diferentes formas de morir de manera imprevista o de evitar la muerte. En La sangre, observamos la marginación y la descomposición social de los individuos a través de un secuestro político.
En El tiempo de Planck, miembros de una familia afrontan la futura muerte de su padre, cada uno a su manera. En Forasteros (melodrama familiar en dos tiempos), vemos a madres, padres e hijos que luchan por mantener la memoria de sus parientes ausentes. En Móvil (comedia telefónica digital), madres e hijos, durante un atentado terrorista, se enfrascan en enredos por intentar comunicarse unos con otros. En la Toscana cuenta la historia de una pareja que compone un paraíso falso alrededor del recuerdo de unas vacaciones absolutamente ideales. En Fuera de juego conocemos a personajes que, ante un momento de crisis económica, deberán tomar caminos inesperados. En Si no te hubiese conocido (fantasía romántica cuántica en once escenas y un epílogo), después de la pérdida de su familia, el protagonista viaja a un universo paralelo para poder darle a su familia un destino diferente. Las rosas de la vida (gamberradas para dos actrices, dos actores y un perro) nos presenta personajes que divagan al conversar, que discuten cosas sin razón y que ríen y lloran sin motivo aparente.

Prólogo. El sentido de escribir teatro

Obras
Calidoscopios y faros de hoy
Elsa Schneider
Tàlem (lecho conyugal)
Caricias
Después de la lluvia
Morir (un instante antes de morir)
La sangre
El tiempo de Planck
Forasteros (melodrama familiar en dos tiempos)
Móvil (comedia telefónica digital)
En la Toscana
Fuera de juego
Si no te hubiese conocido (fantasía romántica cuántica en once escenas y un epílogo)
Las rosas de la vida (gamberradas para dos actrices, dos actores y un perro)

Calidoscopios y faros de hoy

Primera parte. El calidoscopio de André Gide

En la escena, cinco mujeres sentadas en semicírculo: Juliette Rondeaux (la madre), María (la criada), Ana Shackleton (la nodriza de la madre), la Abuela y Madeleine Rondeaux (la prima), todas ellas vestidas de negro y gris. En el centro, André Gide, vestido de niño, con colores cálidos. Finales del siglo XIX.
André Gide lleva un calidoscopio blanco en la mano. Mira por él y todo a su alrededor se ilumina mágicamente de colores. Mientras tanto, se oyen voces de hombre susurradas que se solapan.

Voz 1. Una noche, me encontraba solo en mi habitación y un malestar inexplicable me oprimió el alma y el cuerpo; mi aburrimiento casi se convirtió en miedo. Un muro me separaba del resto del mundo, lejos de toda pasión, lejos de toda vida, me encerraba en una pesadilla gris, entre seres extraños que eran casi inhumanos, de sangre fría, sin color y cuyo corazón había dejado de latir hacía mucho tiempo.
Voz 2. (Empieza cuando Voz 1 dice «pesadilla».) No sé qué llegué a soñar aquella noche. Al despertarme, todos mis deseos tenían sed. Parecía como si al dormir hubiesen atravesado desiertos. Entre el deseo y el aburrimiento se columpia nuestra inquietud. Entre el deseo y el aburrimiento se columpia nuestra inquietud…
Voz 3. (Empieza cuando Voz 2 dice «desiertos».) Mis deseos han atravesado muchos mundos. Nunca se han saciado. Y la naturaleza se atormenta entre sed de reposo y sed de voluptuosidad.
Voz 4. (Empieza cuando Voz 3 dice «saciado».) El contacto más furtivo es el que más me satisface. El contacto más furtivo es el que más me satisface…
Voz 5. (Empieza cuando Voz 4 dice por primera vez «satisface».) No puedo decir si alguien me enseñó el placer o cómo lo descubrí, pero, tan lejos como pueda recordar mi memoria, ahí está.
Voz 1. (Empieza cuando Voz 5 dice «descubrí».) El camino del infierno está lleno de buenas intenciones. El camino del infierno está lleno de buenas intenciones. El camino del infierno está lleno…
Voz 2. (Empieza cuando Voz 1 dice por segunda vez «infierno».) La desgracia de cada cual viene del hecho de que siempre es cada cual quien observa y se da más importancia que a las cosas. Cada cosa es importante no por nosotros, sino por sí misma. Que tu ojo sea lo que estás mirando.
Voz 3. (Empieza cuando Voz 2 dice «no por nosotros».) Quería tener amigos, pero no tendré más que amantes. Quería tener amigos, pero no tendré más que amantes. Quería tener amigos, pero no tendré más que…
Voz 4. (Empieza cuando Voz 3 dice por segunda vez «amantes».) Quiero incendiar unos labios con una sed nueva y después acercarlos a unas copas llenas de frescor. Quiero beber; quiero conocer las fuentes en las que los labios se sacian.
Voz 5.(Empieza cuando Voz 4 dice «frescor».) Hay enfermedades extravagantes que consisten en querer lo que no se tiene. Hay enfermedades extravagantes que consisten en querer lo que no…
Voz 1. (Empieza cuando Voz 1 dice por segunda vez «enfermedades».) ¿Y el tema de todo esto?… Pues bien, no hay. (La frase repite hasta que se oye sola.)

André Gide deja de mirar por el calidoscopio. Los colores desaparecen. Solo él queda iluminado, débilmente.
Luz sobre Juliette Rondeaux, la madre. Suena música de Haydn. André Gide se acerca a la madre. Se agacha. Pone un brazo sobre la falda de ella. Tiene el calidoscopio en la otra mano. La postura de André Gide es cándida, pero no su rostro: lanza una mirada intensa y maliciosa al calidoscopio y está despeinado. Juliette Rondeaux mira severamente a su hijo. Unos segundos. Luego, penumbra.
Luz sobre María, la criada, sola. Se arregla el vestido y el pelo. La música de Haydn se acaba. En la oscuridad, se oyen risas y suspiros y algún leve jadeo.

María. ¡André! ¡André, ¿se puede saber qué estás haciendo debajo de la mesa?!
André Gide. (Desde la oscuridad.) Nada… Estoy jugando con el hijo de la portera.
María. ¡Ven aquí ahora mismo!
André Gide. (Desde la oscuridad.) ¿Por qué? ¡Si solo estoy jugando!
María. ¡Te he dicho que vengas! (André Gide aparece en el círculo de luz de María con los pantalones desabrochados.) ¡André, ya sabes que a tu madre no le gustan esos… juegos! ¿Qué hacías debajo de la mesa?
André Gide. Si ya te lo he dicho: ¡jugar!
María. (Le abrocha los pantalones.) ¡Dios mío!… Que no lo sepa tu madre. ¡Este niño! ¿Nunca te han dicho que eso no se hace? André Gide… ¡Ay! ¡Malas costumbres!

María le peina y le arregla la ropa. Penumbra. Se oye una voz de hombre.

Voz. No puedo decir si alguien me enseñó el placer o cómo lo descubrí, pero, tan lejos como pueda recordar mi memoria, ahí está.
Vuelve la luz sobre María. André Gide está sentado a su lado, en el suelo, mirando por el calidoscopio. El extremo está iluminado y los trocitos de color brillan y se mueven.
María. ¡André, pequeño, ve a jugar con los otros niños, anda!
André Gide. (Sin dejar de mirar por el calidoscopio.) No me gustan sus juegos.
María. André, estamos en un parque público, y en un parque, los niños juegan con los demás niños en la arena, y se ensucian, y corren y saltan…
André Gide. No me gustan esos juegos.
María. ¿Por qué?
André Gide. (Deja de mirar por el calidoscopio.) María, ¿ves aquellos castillos de arena? Allí abajo, míralos… los que construyen ahora aquellos niños vestidos de rojo… ¡Qué bonitos son! ¡Yo nunca podría hacer uno igual!… ¡No podría!… No sé hacerlos. (Pausa.) ¡Cuánto los odio!

Penumbra. Música de Haydn. Unos segundos.
Luz sobre la madre. André Gide entra en su círculo de luz mirando por el calidoscopio, fascinado.

Juliette Rondeaux. André, siéntate a mi lado. (Él se sienta en el suelo sin dejar de mirar por el calidoscopio.) André… (Silencio.) ¡André! ¡Deja ya ese juego maldito y compórtate como Dios manda!
André Gide. (Sin dejar de mirar por el calidoscopio.) ¡Mira cuántos colores!
Juliette Rondeaux. Son ilusiones.
André Gide. Son de verdad.
Juliette Rondeaux. André, ¿has rezado ya tus oraciones?
André Gide. Y se mueven… y forman figuras…
Juliette Rondeaux. ¿Has estudiado ya la lección de solfeo?
André Gide. ¡Cuántas figuras distintas!
Juliette Rondeaux. ¿Y las lecciones de la señorita Leckerbauer?
André Gide. ¡Aquí dentro sí que hay vida!
Juliette Rondeaux. André, ¿me estás escuchando?
André Gide. ¡Es precioso!
Juliette Rondeaux. ¡Dame ahora mismo ese aparato del demonio!
André Gide. Se ven estrellas y yo las puedo ver aquí, delante de mí, a mi lado, y todas brillan y cambian constantemente si yo quiero, de forma y de color, mágicamente…
Juliette Rondeaux. (Le quita bruscamente el calidoscopio.) ¡Basta!
André Gide. (Después de un silencio.) ¿Por qué me lo has quitado?
Juliette Rondeaux. La realidad es gris y negra, fría y fea.
André Gide. No, madre.
Juliette Rondeaux. ¡Cállate!

La madre lanza al vacío el calidoscopio, detrás de ella. No se oye el ruido de la caída. Silencio.

André Gide. Alguien lo ha cogido.
Juliette Rondeaux. André, ¿has rezado ya tus oraciones?
André Gide. No me encuentro bien.
Juliette Rondeaux. ¿Has estudiado ya la lección de solfeo?
André Gide. Tengo frío.
Juliette Rondeaux. ¿Y las lecciones de la señorita Leckerbauer?
André Gide. Hace mucho frío.
Juliette Rondeaux. André, ¿me estás escuchando?
André Gide. (Mirando delante de él.) Ahora, allí, todo es negro.

Penumbra. Se oye la voz.

Voz. Hay enfermedades extravagantes que consisten en querer lo que no se tiene.

Luz. Igual que antes. Madre e hijo.

Juliette Rondeaux. André, hijo mío, acaba de llegar tu prima. ¿Quieres que te encuentre así, tan sucio y despeinado? Mírala, ya llega. Venga, Andrés, hijo, no seas tímido y ve a darle un besito.
Voz de Madeleine Rondeaux. (Desde la penumbra, con voz infantil.) ¡André, André!
André Gide. (Va hacia Madeleine.) ¡Qué asco!

Se oye un chillido agudo, fuerte, seguido de gritos de dolor.

Voz de Madeleine Rondeaux. ¡Ay! ¡Me ha mordido! ¡Me ha mordido en el hombro! ¡Este niño asqueroso me ha mordido! ¡Me ha arrancado un trozo de piel con los dientes! ¡Tía Juliette! ¡Tía!…
Juliette Rondeaux. (Esconde la cara entre las manos.) ¡André, no…! ¡No, André…!

Penumbra. Música de Haydn. Voz.

Voz. Entre el deseo y el aburrimiento se columpia nuestra inquietud. Entre el deseo y el aburrimiento se columpia nuestra inquietud…
Luz sobre Ana Shackleton. Es muy vieja. Su cara irradia bondad. Tiene un ramo de flores y un libro en las manos. Entra André Gide en su círculo de luz.
André Gide. ¡Ana!
Ana Shackleton. ¡Mira qué flores!
André Gide. ¡Oh, Ana! ¡Pero si son… colores! ¡Colores! ¡Déjamelas tocar, Ana Shackleton!
Ana Shackleton. Con mucho cuidado, son tan delicadas…
André Gide. ¡Cuántos colores! Colores vivos para que yo las toque, para que pueda oler el perfume que desprenden y poder acariciarlas con mis manos…
Ana Shackleton. No se pueden tocar mucho. La mano del hombre las destruye y las ensucia. Las corrompe.
André Gide. No digas eso, Ana. ¡Déjame tocar las flores!
Ana Shackleton. Cuando tu madre era muy pequeña y yo era su nodriza, la acunaba y cubría su cuerpecito con florecillas delicadas que yo cogía para ella.
André Gide. A mi madre no le gustan las flores porque tienen colores.
Ana Shackleton. Le hacían estornudar.
André Gide. Ana Skackleton, ¿me ayudarás a hacer un herbolario?
Ana Shackleton. ¿Qué dices?… Sí, André, te ayudaré. Cogeremos los ejemplares más hermosos de cada flor, de cada planta, y los conservaremos en hojas de papel.
André Gide. Pero así se secarán. Se morirán.
Ana Shackleton. Eso sí.
André Gide. No me gusta. (Pausa.) Ana…
Ana Shackleton. Dime, André.
André Gide. Ahora quiero coleccionar insectos.
Ana Shackleton. ¿Insectos?
André Gide. Sí, insectos. Quiero coleccionar insectos, meterlos en pequeñas cárceles de cristal y asfixiarlos dentro. Me gustará ver cómo mueven las patas y las alas cada vez más despacio hasta que llegue el momento en que les falte el aire, hasta que… se mueran.
Ana Shackleton. A veces me asustas, André. Los insectos también son criaturas de…
André Gide. ¡No sigas! Sé lo que ibas a decir y no quiero oírlo. Son sucios y feos, pican y estorban y ni siquiera saben volar. Los quiero a todos para mí, los más extraños, quiero coleccionarlos en tarros de cristal y ponerlos a todos en mi habitación para poder verlos cada día, quietos, inmóviles, disecados, muertos delante de mí… y me gustan y me gusta asfixiarlos.
Ana Shackleton. Pero André, ¿no te das cuenta de que los insectos también son criaturas de…?
André Gide. ¡Ana! ¡Léeme algo!
Ana Shackleton. ¿Qué quieres que te lea?
André Gide. Vuelve a leer para mí aquel libro que te gusta tanto.
Ana Shackleton. ¿Werther?
André Gide. Sí.

Penumbra. Voz.

Voz. Un muro me separaba del resto del mundo, lejos de toda pasión, lejos de toda vida, me encerraba en una pesadilla gris, entre seres extraños que eran casi inhumanos, de sangre fría, sin color y cuyo corazón había dejado de latir hacía mucho tiempo.

[…]

Sergi Belbel (Barcelona, 1963) es guionista, traductor y director teatral. Licenciado en Filología Románica por la Universitat Autònoma de Barcelona (1986), fue profesor de Dramaturgia en el Institut del Teatre de Barcelona, desde 1988 hasta 2006, y director artístico del Teatre Nacional de Catalunya, desde 2006 hasta 2013. Actualmente, es presidente del Patronato de la Fundación Sala Beckett de Barcelona.
Entre sus obras más destacadas, se encuentran Elsa Schneider (1989), Tàlem (1990), Caricias (1991), Después de la lluvia (1993), Morir (1994), La sangre (1998), El tiempo de Planck (2000), Forasteros (2004), Móvil (2005), En la Toscana (2007), Fuera de juego (2010), Las rosas de la vida (2017) y Si no te hubiese conocido (2018); la mayoría de estas se han representado en numerosos escenarios de Europa y América. Además, ha dirigido obras de Shakespeare, Calderón, Molière, Racine, Marivaux, Goldoni, J. B. Priestley, Beckett, Perec, Koltès, Mamet, De Filippo, Benet i Jornet, Jordi Galcerán, Antonio Tabares, entre otros.
Asimismo, ha sido galardonado con diversos premios, entre los que se encuentran el Premio Marqués de Bradomín (1985), el Premi Nacional de Literatura Dramàtica de la Generalitat de Catalunya (1993), el Premio Nacional de Literatura Dramática (1996), el Premio Max de las Artes Escénicas a la proyección Internacional (2002) y el Premio Ciutat de Barcelona de las Artes Escénicas (2003).

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Ficha del libro: Descargar

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