(Preventa) Tan alto el silencio | Punto de Vista Editores
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(Preventa) Tan alto el silencio

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-95-2
Nº de páginas: 196


18,90 

«Yo pensaba que mi hermano era inmortal. Nunca sabré por qué, o nunca querré saberlo. Seguramente no quería saber que un día iba a recibir la noticia de su muerte, lo que viene a significar que yo deseaba morir antes que él. Podría pasarme toda la vida escribiendo acerca de mi hermano, y ese proyecto destinado al fracaso sería suficiente para justificar mi existencia. Pero tal cúmulo inhumano de buenas intenciones se convertiría en una excusa, o en una de esas desviaciones psicológicas cuyo nombre nunca acierto a encontrar. Luego moriría: morirías sin haber vivido tu propia vida, por muy decepcionante que sea esta. Así de odiosa es la muerte. No quiero que nadie piense que tengo una cruenta obsesión por la muerte: es solo el vértigo de un futuro sin adjetivar. Vine aquí para hablar de mi hermano y para intentar relatar una historia».

A partir de un diario escrito por su hermano, aficionado a la montaña y muerto en una escalada, Ricardo Martínez Llorca reconstruye la historia de un destino marcado por la aventura y el riesgo de la montaña. Esta novela, publicada por primera vez en 1998, nos permitió descubrir a un autor con una excepcional lírica que entrelaza las palabras de su hermano con las suyas para describir la pasión por la montaña, los anhelos, los deseos, la vida y la presencia constante de la muerte.

«Un libro valiente y extraño dentro del panorama narrativo español, lleno de imágenes deslumbrantes, con la vertiginosa belleza de los Alpes franceses al fondo».
Altaïr

«La novela no busca tanto contar una historia cuanto enaltecer un sueño: el de la libertad al aire libre respirando el viento helado de las alturas y tratando de superar metas casi imposibles al filo de la muerte, circunstancia esta a la que se mira de frente como posibilidad casi ineludible».
Manuel Talens, Levante

«En torno a la pasión por la montaña vive y sueña un grupo de jóvenes, ilusionados representantes de una concepción vital desligada de las tentaciones burguesas. En ese contexto, las aspiraciones, los objetivos y los deseos que los animan toman una fuerza especial para el lector».
Nicolás Miñambres, Tribuna de Salamanca

«Este libro es un descomunal y póstumo homenaje».
Care Santos, ABC

Primera parte

En lo que menos piensa el hombre libre es en la muerte. (Spinoza)

Yo pensaba que mi hermano era inmortal. Nunca sabré por qué, o nunca querré saberlo. Seguramente no quería saber que un día iba a recibir la noticia de su muerte, lo que viene a significar que yo deseaba morir antes que él. No puedo concebir una idea de ese estilo sin rozar una meditada locura, lo cual puede explicar la razón por la que no quería saber, al tiempo que aventura el malogro de estas reflexiones. Pero no encuentro otro rito.
Tenía mi hermano los ojos pletóricos de nieve y granito, y una metáfora detrás de la frente. Descubrí que él, al igual que la música, había vivido llevando en sí una suave necesidad interna de morir.
En el valle de la vida te ves obligado a convivir con verdades que reconoces, pero que se escapan por el sumidero del inconsciente con la rapidez de una lagartija acorralada. Sabes que la vida es algo así como un paréntesis en el estómago de la muerte, y aun así te sorprendes el día en que descuelgas el teléfono y escuchas una voz familiar cuya languidez no aventura nada bueno. En ese instante ya has reconocido la fecha, varios meses más tarde, en que comenzarás a escribir, si bien no sabes por qué lo harás, pues el motivo forma un remolino para sumergirse por el mismo sumidero por el que se escabullen las razones de las cosas. Llega ese día y empuñas un lápiz de grafito blando que te obliga a escribir despacio, a ritmo litúrgico, como la letanía que acompaña a una contemplación perpetua, y repites en la celulosa del papel la primera frase que cruzó por tu mente cuando llegó a ti la noticia: Yo pensaba que mi hermano era inmortal.
Y, sin embargo, ahora me pregunto si es posible amar aquello que no posee el don de morir. Es precisamente esa cualidad inmediata de lo vivo el aliciente que invoca el afecto. Es el conocimiento sesgado de lo mortal, lo intenso y efímero, lo que implora nuestro cariño blando, sosegado o nervioso. Más intenso cuanto más efímero.
Mi hermano se llamaba David. No tenía miedo de la muerte, de la misma forma que la luz del día no tiene miedo del viento. Yo pensaba que mi hermano era inmortal porque desconocía que pudiera existir una incoherencia tan cruda como el envenenamiento estético.
Me supone un esfuerzo titánico y desalentador el intentar concebir la muerte en la montaña. No siento interés en competir, y de todas las modalidades de competición la que menos me atrae es rivalizar conmigo mismo. Para mí las montañas son seres dramáticos, de ese tipo de seres de los que se nutren los ojos. Supongo que el único deber del hombre es vivir la vida con la mayor intensidad que esté a su alcance, y la montaña es un medio digno o noble para obtener estímulos. Mi hermano estaba enamorado de la vida. Como tenía la mirada pletórica de nieve y granito subió su metáfora a la montaña. Luego se cerró la mano de hielo.

Durante los años de imprudente adolescencia había pensado que un suceso como este azotaría todo mi interior hasta la decapitación del alma. O algo similar. Y, sin embargo, sin razones aparentes como apoyos o evasiones, no me flaquearon las piernas. Aunque enajenado hasta tener el humor entumecido, no perdí la tenue capacidad de razonamiento que posee el hombre de masas. Un tiempo después, en cuanto pude sentir el calor pulcro de un mediodía, decidí recoger del disperso y desconcertado mapa de mi memoria los retazos y jirones de recuerdos de mi hermano que a lo largo de mi vida había salvaguardado, y los colgué al tresbolillo en el muro de melancolía que yo también llevo dentro. Cuidé, eso sí, que la zona en que habían quedado dispuestos estuviera limpia, recién enjalbegada, habiendo elegido para tal fin aquella parte del muro que recibe siempre el sol, y de la que emana una canícula muy natural.
Con la facilidad de un segundo en el tiempo, hice de aquella región un mito puro y sencillo, y frente a esa cara del muro tan llena de certezas levanté montañas, acantilados, paredes y cimas abrigadas de nieve, a imagen de las que veía en libros y fotografías, añadiendo las pocas que he podido conocer. Me gustaron los Drus y el Cerro Torre. Es esta una región en la que el misterio efervescente y lloroso de la memoria es, a un tiempo, acogedor y cálido, trémulo y difícil. No hay lugar mejor para un sueño; creo. Como solo a mí se me ha dado el poder explorar mis propios recuerdos, con todo lo que ello implica —miedos, fugacidades, fobias, reencuentros— me hago acompañar de aquello que más deseo en esos momentos: silencio.
No encontré en la poesía mas que un único verso que calificara las montañas con una exactitud muy límpida, y he querido hacerlo un poco mío escribiéndolo, repitiéndolo: «y tan alto el silencio». Eso es lo que busco desde entonces. Y tan alto el silencio. Luego, camino por un sendero solitario y total, y al levantar la vista y dejarla reposar en las cumbres que a medias con la Tierra he construido, sé, o pienso que sé, que no existe mas que un silencio absoluto, y que por fin mi hermano lo ha encontrado.
Envidio muchas cosas, pero por encima de todo envidio el más alto de los silencios.

Ahora no sé para qué ha servido tanto pecado y tanto arrepentimiento.
De repente hay un recuerdo de una infancia compartida. Hicimos la primera comunión juntos, en una misa campestre organizada por el grupo scout al que pertenecíamos y en el que nos iniciamos a la naturaleza y a la montaña. Nunca antes nos habían peinado con una raya tan perfecta. Nos sentíamos envidiados. Vestíamos un uniforme gris azulado, pantalones por encima de las rodillas, unos calcetines de lana, altos y también grises, y estrenábamos botas chirucas. Como ambos habíamos obtenido la primera condecoración que se otorgaba dentro del grupo, pudimos lucir alrededor del cuello una pañoleta amarilla y verde. Pero la pieza maestra de nuestro traje de comunión fue un pasador para la pañoleta que nuestros padres habían comprado para la ocasión con ese cariño blanco, especial y algo tierno de los espíritus de la primera comunión; se trataba de una tira de cuero negro con dos piezas metálicas en forma de estribo que se enganchaban horizontalmente por su parte estrecha. Ese fue nuestro único alarde. La misa la celebró un cura regordito y risueño, en un claro presidido por una encina centenaria. Había muchas bellotas.
Por la noche, ya embutidos en los pijamas de franela tras proceder a la que se supone había sido nuestra primera ducha de pureza, y a la habitual de agua templada, sonó el timbre de la casa. Los monitores del grupo scout aparecieron con un regalo que por algún motivo no nos habían entregado durante la celebración. Yo atribuí el retraso al olvido, pero años más tarde me di cuenta de que un regalo tan especial debe aguardar a su momento preciso, y no disolverse entre una maraña de regalos como una uva en un racimo. Era una edición de «El libro de la Selva», en un atípico y casi irreal formato cuadrado y con unas ilustraciones de unos colores desvaídos, serios, que nos hacían contemplar el objeto con cierta distancia y un indisimulado recato. No sé qué habrá sido del pasador, pero todavía conservo el volumen, que fue el libro con el que nació nuestra biblioteca. Aunque solo me pertenezca a medias, jamás permitiré que descanse en otra estantería. También nuestra afición a la lectura había germinado compartida, presidida por lecciones de honor de Akela, de sabiduría de Baloo y la sagacidad de una pantera. El atentado grotesco, de humor graso y blanduzco, contra el espíritu del libro, que es la película de dibujos animados, siempre me ha hecho aborrecer dicha versión cinematográfica. Prefería la de Sabú. Mi hermano, que siempre fue más comprensivo y menos trágico que yo, se reía con la película.
Pasarán los años, y toda esta ficción de animales nobles, sabios y sagaces, todos estos repentinos recuerdos de infancias compartidas como ficciones nuestras, continuarán vivos, aunque solo sea como sombras.

La muerte es algo que siempre ocurre en presente. Permanece insidiosa y eternamente activa en la memoria más inmediata, que es lo que se conoce como presente. Es posible que la muerte solo se cure con la muerte, al igual que el amor solo sana a base de amor. Esa es la gran ironía de la muerte, que únicamente existe, únicamente es verdad, mientras estás vivo. La muerte de alguien cercano es algo que está sucediendo siempre, como un gerundio aborrecible y estéril, fastidioso y acerbo. La memoria es algo que también sucede en presente, y así cuando quieres homenajear al ser perdido dices te quiero y te echo de menos. Algo así como un fulgor tintineante, agudo, casi acre y muy nervioso, se instala en el pecho para evitar que olvides o ignores la presencia de la muerte, que a modo de risa sarcástica es la inefable certeza de la vida.
Hay varias cosas con las que tenemos que vivir, a pesar de su fealdad, como por ejemplo las vísceras. Si te abres la piel en su zona más rosada, y separas los labios de la herida, ves aparecer entre la sangre unas formas blandas y húmedas, viscosas, que son las vísceras. Si las expones al aire o al sol es fácil que fermenten y se pudran. Acaso lo más deseable fuera abandonarlas bajo una roca, o enterrarlas en tierras yermas para que las pocas plantas pudieran hincar sus raíces en ellas y alimentarse de esa sustancia que poseen, mitad gelatina vital, mitad imperdonable compañía. Otro tanto ocurre con los sueños. Tal vez así razones como «mantener las vísceras en funcionamiento», o «conformarse con la presencia del ausente en sueños», son tan odiosas como para justificar una vida entera, eso sí, imbuida en el mal de la resignación.

«Sé que me recuerdan».
La letra dubitativa e inverosímil con que mi hermano había escrito esta frase, delataba al adolescente fatigado de los pecados de la adolescencia. Por algún motivo que no acierto a comprender, de entre todo el tumulto boscoso que se garabateaba en el cuaderno, fue esta frase la que me reclamó. No está completa.
¿Es una religión, o una emoción (un sobrecogimiento), la razón, la sinrazón, por la que se concede a las montañas el don de la memoria —de la nostalgia, del sufrimiento, de la felicidad y del arte—? Ante la ausencia de mi hermano, me veo obligado a dialogar con sus cuadernos.
Y luego asocio esa admiración inflamada que él sentía por las montañas, con el animismo más infantil. Por más que hurgue entre mis recuerdos con punta de zapapico, es imposible hallar una imagen de mi hermano jugando con un muñeco. ¿Por qué jamás proyectó un reflejo de vida sobre un objeto? Se diría que guardaba todo ese animismo para su obra maestra: las montañas. O la conversación en las montañas, desde las montañas, por las montañas, para, ante, de… las montañas. Tales son los límites finales del lenguaje.
He tenido la oportunidad de ascender alguna montaña tras la muerte de mi hermano, quizás esperando ir al encuentro de sus recuerdos. Es algo absurdo, ingenuo, imposible de explicar. Ese suelo en forma de catedral orgánica no conserva el más minúsculo vaho de memoria. Subí desorientado, y al descender me dejé acompañar por una decepción poco elegante, tonta y gris. Pero no maldije, no maldigo a las montañas, sino a la esperanza. No hubo catarsis, ni exorcización ni consuelo ni nada. Tan solo un puñado de belleza más allá del sudor seco que palpitaba en mis sienes.

Nadie me había dicho, y me resultaba impensable por instinto, que tras perder a un ser querido no se es pasto de un sentimiento de dolor, pena, desazón, de una angustia arrugada que se apodera de tu vientre y de tu pecho, sino de un sufrimiento más parecido al terror, al pánico absoluto y vertiginoso. A no ser que ambas aprensiones sean la misma. Lo más ilógico es que a la tristeza se la supone referida al pasado, y el miedo al futuro.
Podría pasarme toda la vida escribiendo acerca de mi hermano, y ese proyecto destinado al fracaso sería suficiente para justificar mi existencia. Pero tal cúmulo inhumano de buenas intenciones se convertiría en una excusa, o en una de esas desviaciones psicológicas cuyo nombre nunca acierto a encontrar. Luego moriría: morirías sin haber vivido tu propia vida, por muy decepcionante que sea esta. Así de odiosa es la muerte.
No quiero que nadie piense que tengo una cruenta obsesión por la muerte: es solo el vértigo de un futuro sin adjetivar. Vine aquí para hablar de mi hermano y para intentar relatar una historia.

Ricardo Martínez Llorca (Salamanca, 1966) fue finalista del Premio Tigre Juan con su primera novela, Tan alto el silencio (1998). Posteriormente, ha publicado las novelas El paisaje vacío (Debate, Premio Jaén, 2001), El carillón de los vientos (Alcalá, 2008), Después de la nieve (Desnivel, finalista del Premio Desnivel, 2016), Hasta la frontera de mi sueño (El Desvelo, 2018) y Mi deuda con el paraíso (Desnivel, 2018); además, el libro de relatos Hijos de Caín (Xplora, 2013) y la experiencia testimonial Luz en las grietas (Desnivel, Premio Desnivel, 2016). Ha publicado, también, los libros de viajes Cinturón de cobre (Pre-Textos, 2001) y Al otro lado de la luz (La línea del horizonte, 2013), además de los libros de perfiles El precio de ser pájaro (Desnivel, 2005) y Eva en los mundos (La línea del horizonte, 2019). Asimismo, ha colaborado con diversos medios como crítico literario: Oculta Lit, Revista de letras, Culturamas, Lateral, Quimera, ABC Cultural, FronteraD o Tribuna de Salamanca.

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