Siete Robles (ebook) | Punto de Vista Editores
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Siete Robles (ebook)

Esta novela, histórica y marinera, recrea el fantástico y sórdido mundo del siglo XVII, de las cabañas a los palacios y desde el Almirantazgo británico hasta el más triste fango donde se construían los barcos. Realidades de madera tallada en las que, junto con maravillas de sensibilidad como la pintura holandesa o las obras de Velázquez, se producían terribles contiendas y se perpetraban crímenes horrendos. Crímenes que son vistos en la novela desde una nueva perspectiva, es decir, la del lugar del que procedían los piratas, su propio país, a ojos de un extranjero.

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Esta novela, histórica y marinera, recrea el fantástico y sórdido mundo del siglo XVII, de las cabañas a los palacios y desde el Almirantazgo británico hasta el más triste fango donde se construían los barcos.

El protagonista de Siete Robles, un desertor exilado acogido a una nueva identidad, presta ojos al lector para recrear toda una vida embruteciéndose y haciendo la vista gorda ante lo que sucede a su alrededor. El personaje protagonista va narrando los grandes sucesos de los que fue testigo, como el incendio de Londres de 1666, la batalla de los Cuatro Días o el asalto holandés penetrando por el estuario del Támesis hasta el corazón de la Inglaterra de Carlos II Estuardo.

Se trata, pues, de una novela histórica de aventuras, con la que, aparte del entretenimiento, se pretende trasladar al lector al complejo y desconocido mundo naval, europeo y caribeño, del siglo XVII.

 

 

En el fango; si los hombres del polvo se hacen, y a la tierra vuelven, el marino, añadiendo agua, del fango sale, y a él como a su casa regresa, añorándolo en su ausencia. Si en los ingenuos años de la infancia y descarriados de la juventud, aun creyera poder permitirse el lujo del asco y la repugnancia hacia él, la madurez, al corromperlo, le recuerda que su lugar es el fango, y, a pesar del rechazo, acaba aceptándolo como un mal inevitable. sólo es preciso acostumbrarse al hedor, la pegajosa insolencia, el tacto viscoso o la incertidumbre de la dura, escurridiza y repulsiva sorpresa que puede ocultarse entre lo blando. Con la vejez volvemos voluntariamente al cálido fango; nos inspira protección, ignorando, o no queriendo saber que, si nos ocultamos muy profundamente en él, tal vez, cuando queramos, ya no podamos salir, y acabemos nuestros días allí sepultados. No es mal fin, el lugar del cual salimos; las almas vacías y pretenciosas pretenden morir en las aguas, o que viertan a ellas sus restos. Mas las aguas no son nada. El lugar del ser de agua, del marino bregado al fin de sus singladuras, es el fango húmedo, fértil y protector.
De hecho, aquí estamos de nuevo: sobre el familiar fango de los Downs. Por el momento, tan sólo las duras uñas de nuestra áncora, su cruz, y puede que hasta su áspero cepo, estén incrustados en él; de ella pende el hilo mágico, la compacta estacha de cáñamo que nos une a la frialdad y dureza pétrea de la vida. Siguiéndola, al final aparece la sombra del casco, tras la que se alza mi hermoso bosque holandés de roble, tallado por el hombre hasta darle su redondeada y maravillosa forma de enorme ánfora que nos contiene, nuestra vivienda flotante, fortaleza inconquistable, inexpugnable baluarte propiedad del Rey que es nuestro hogar. Dentro de él, hacia la parte noble de popa, instalado en el amplio camarote, escribo y rememoro, pues consignar es aferrarse al hilo de la existencia como este barco se aferra, y se amarra, al calabrote de su remota áncora de fundición. La tranquilidad es absoluta. La noche avanza sobre el agua como ésta sobre el fango en eterno juego al que la tierra, próxima, es ajena, permaneciendo como inalterable centinela de lo que sucede aquí, a flote, en el incierto mundo del perpetuo movimiento; y, de ambos, la noche, la paz, y la madrugada, emerge el sueño, que entrecruza líneas, emborrona el pliego de tinta e, inevitablemente, cierra los párpados como si gravitara sobre ellos un peso irresistible.
-¡Dios Santo! -la voz del criado Edgard es inconfundible- ¡Su Excelencia! ¡Oficial! ¡Señor Whitaker!
El señor Whitaker debió llegar renuente, aún soñoliento por su guardia tempranera.
-Debéis ayudarme, señor, con la máxima discreción. Ha habido un incendio en el camarote de su Excelencia.
-Pero ¿qué sucede? -respondió aquél- ¿Está herido?

1.- RUINAS
2.-RESCOLDOS
3.-MENTIRAS
4.-ARENAS
5.-ASTILLAS
6.-DESASTRES
7.-REPRESALIAS
8.-VILEZAS
9.-HORRORES
10.-LLAMAS
11.-SECRETOS
12.-PERDÓN

Durante toda su vida, Víctor San Juan Sánchez (Madrid, 1963) ha tratado de asumir el difícil compromiso de una vocación marinera (es capitán de yate con varias travesías oceánicas) con una profunda afición literaria, en la que combina ensayo y novela (once libros publicados) e intensa dedicación a las obras públicas civiles e infraestructuras; de todo ello, inevitablemente, surge una peculiar visión del mundo y una filosofía que a menudo podemos encontrar leyendo entre las líneas de sus textos. En Punto de Vista tiene ya publicadas otra novela, Morirás por Cartagena, y el ensayo Piratas de todos los tiempos.

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