Siete dramaturgos (OCTUBRE, 2021) | Punto de Vista Editores
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Siete dramaturgos (OCTUBRE, 2021)

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-27-3
Nº de páginas: 342

24,00 

En este ensayo, José-Luis García Barrientos presenta sus aportaciones como investigador y crítico de la obra de Abel González Melo, Ulises Rodríguez Febles, Javier Daulte, Juan Mayorga, Sergio Blanco, Jorge Arroyo y Jaime Chabaud. Para ello, utiliza los principios de dramatología que a lo largo de toda su carrera ha formulado, desarrollado y aplicado a sus investigaciones.

El análisis de la obra dramática de estos siete autores nos muestra en detalle sus características más significativas. Asimismo, a partir de sus diferencias, de su variedad temática y de estilo, nos permite entender la orientación del teatro actual en español. El estudio de esta selección significativa de autores presenta un nuevo aporte, arriesgado y enriquecedor, a la teoría dramática.

«Yo pienso que el texto dramático genuino es literatura y teatro al tiempo, sin contradicción ninguna entre los dos términos, entre lo literario y lo espectacular. Creo advertir de dónde viene el equívoco. Durante el siglo xx el teatro vivió su guerra de la independencia de la literatura. Y la ganó. Esto es lo que olvidan muchos, por pereza, por rutina, por lo de siempre… La puesta en escena conquistó su plena autonomía artística y nadie con dos dedos de frente o en su sano juicio (ni siquiera los académicos) se la niega a estas alturas. ¿Qué sentido tiene que mucha gente de teatro siga emperrada en desmarcarse de la literatura, afectando despreciar el texto? Ninguno. Es que no se enteran, como aquellos soldados japoneses que se quedaron aislados, en guerra muchos años después de que terminara. ¿Debe ceder el teatro activos como Shakespeare o los griegos, Molière o Lope de Vega a la “literatura”, a la “alta cultura”? ¿Es que estamos locos? Los enemigos del texto ignoran también cómo se produce el proceso de sacralización de los “clásicos” por parte de la tradición cultural. En su tiempo, los nombrados y casi todos los demás “autores” fueron tan hombres (o mujeres) de teatro como el que más. ¿Quién le podría disputar hoy esa condición de “teatrero” a Molière, director, dramaturgo y actor, todo en uno?»
José-Luis García Barrientos, Revista Godot

Prólogo
Modelo teórico y metodológico
1. Abel González Melo
2. Ulises Rodríguez Febles
3. Javier Daulte
4. Juan Mayorga
5. Sergio Blanco
6. Jorge Arroyo
7. Jaime Chabaud
Bibliografía citada

Prólogo

La última década, o sea, la segunda del siglo xxi y de mi romance americano, me ha proporcionado las mayores satisfacciones profesionales. Si la anterior fue la del descubrimiento y conquista de América —yo la descubro y ella me conquista—, una especie de noviazgo apasionado y deslumbrante, estos últimos diez años han sido de conocimiento y convivencia afectuosos, menos arrebatados, pero más placenteros y fructíferos, como un matrimonio feliz. El contrato que lo rige es el proyecto de investigación del Plan Nacional de investigación y desarrollo del Gobierno de España «Análisis de la dramaturgia actual en español» (ADAE), que he dirigido de 2009 a 2019 y que ha dado a luz diez libros, dedicados a Cuba, Argentina, España, Costa Rica, Uruguay, Colombia, Venezuela, México, Puerto Rico y Chile.
Este que ahora publico se nutre ante todo de mis aportaciones personales a ese proyecto, no ya como promotor, director y editor, sino como investigador y autor, es decir, de los capítulos de los libros resultantes que llevan mi firma y consisten en el análisis de la dramaturgia de varios autores y obras actuales de nuestra lengua. Seis fueron los dramaturgos que estudié y no por azar: los cubanos Abel González Melo y Ulises Rodríguez Febles, el argentino Javier Daulte, el español Juan Mayorga, el costarricense Jorge Arroyo y el mexicano Jaime Chabaud, todos admirados y queridos. Por eso no podía dejar de incluir al uruguayo Sergio Blanco, que no les va a la zaga en aprecio y cariño, y de cuya dramaturgia me había ocupado en esa misma década de la forma requerida por la que terminó dibujándose como la estructura del libro, muy similar a la de los volúmenes del proyecto: dos capítulos por autor, el primero centrado en alguna obra y el segundo más de conjunto.
Así se alcanza el número cabalístico de siete autores, que es también el elegido para el proyecto en cada país. Ni que decir tiene que, si bien este libro se puede leer como un canon personal —y me agrada que se lea así—, no agota ni mucho menos mi lista de dramaturgos hispánicos de hoy a los que profeso por igual admiración y afecto. Al proyecto ADAE, por cierto, debo un buen número de ellos. Así que si no fueran limitados mis años y mis fuerzas, tendría materia suficiente para escribir cuatro o cinco libros más con las mismas reglas selectivas de este. La mitad de sus estudios, precisamente siete, proceden de otras fuentes: prólogos, artículos en revistas o capítulos de libros. Pero tanto estos como los resultantes del proyecto, identificados todos en la bibliografía final con un asterisco, no se reproducen, sino que se integran, total o parcialmente, con irrestricta libertad (reescritos y transformados, ampliados o reducidos, fundidos con otros, etc.) y con la clara intención de que compongan, no una antología, sino un único libro bien trabado. Algunas repeticiones son estratégicas, aunque no puedo descartar que se me hayan escapado otras menos intencionadas o más torpes.
La primera traba del libro me parece su unidad temática. Que trate de una serie de autores de teatro en lengua española, de diferentes países pero de una misma franja generacional, nacidos más o menos en la década de los sesenta (excepto Abel González Melo, que es un caso de precocidad), puede ser el aspecto más superficial; aunque no carente de consecuencias fértiles, pues permite vislumbrar algunas orientaciones compartidas y quizás por eso generalizables, como el peso de la subjetividad o de lo narrativo en el teatro actual, en virtud de que se trata de una selección escasa, sí, pero representativa y no ad hoc. Factor de trabazón más íntimo o intenso me parece el hecho de que el objeto de estudio que centra invariablemente nuestra indagación sea un concepto bien preciso para mí, a saber, la «dramaturgia» de las obras y los autores elegidos.
Esta segunda cara de la unidad temática delata ya una traba igual de aglutinante: la observancia, acaso excesiva, de un mismo fundamento teórico y metodológico que, con el agravante de ser demasiado propio, sustenta todos y cada uno de los capítulos. Se trata de la dramatología que yo mismo he formulado y del método dramatológico que se sigue de ella y que generosamente han aplicado casi un centenar de investigadores al análisis de unos setenta autores y obras de nuestra lengua en el seno del proyecto ADAE. De este factor de cohesión baste decir que he considerado necesario, además de útil, abrir el libro con un capítulo que lo sintetiza —«Modelo teórico y metodológico»—, pues estoy convencido de que no se puede comprender del todo sin él. A partir de ese umbral, todo es, al fin, ejercicio crítico, atención a lo particular, incursiones gozosas en un puñado de autores y obras de nuestra lengua; aunque el ojo perspicaz no dejará de advertir, en el trasfondo, una pulsión teórica indisimulable.
La tercera traba, y tal vez la más decisiva, es la unidad de estilo, que, si convenimos con Buffon en que es el hombre, resulta a la postre inevitable. Siempre, claro está, que todas y cada una de las palabras en cuestión hayan sido escritas por la misma pluma y alumbradas por el mismo caletre; salvedad que se impone en tiempos como el nuestro de imposturas intelectuales, y no solo en el ambiente, degradado ad nauseam, de la política. Pues bien, este libro es tan mío y se parece tanto a mí, para bien y para mal, como todos los que llevan mi nombre. Si hay una falta a la que no he condescendido, es la de hacer pasar por propio lo ajeno, seguramente más por soberbia pecaminosa que por virtuosa honradez.
Pero además de este cariz inevitable del estilo que es el hombre mismo, he sido pertinaz en la imprudencia de proclamar, ya desde mi tesis doctoral, una irrenunciable «voluntad de estilo» a la vez más general y más particular, que tiene que ver con la lengua (de todos) y con la escritura (de uno). No descarto que al principio hubiera algo de petulancia en ese gesto, que habría que sumar a otros errores de juventud, pues se ha tratado siempre y desde luego ahora, al contrario, de una manifestación de modestia y de muy arriesgado compromiso. De modestia porque declara una aspiración, lo que equivale a desmentir el logro. De compromiso porque se basa en el principio, que sostengo, de que escribir bien equivale a pensar bien. El riesgo es consecuente y claro, pues si se encuentran fallos de escritura, de estilo, deben considerarse también de pensamiento, de contenido, no adjetivos, sino sustantivos; en definitiva, si algo está mal escrito, está mal pensado y no sirve de nada. Es así entendido como este libro persiste en declarar su voluntad de estilo y en asumir su formidable riesgo. Y así de vulnerable se presenta al lector, en cuyas manos está puesta la vida de los libros.

José-Luis García Barrientos es doctor en Filología por la Universidad Complutense de Madrid (UCM), profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), director de Anejos de la Revista de Literatura, profesor de posgrado en la UCM y en la Universidad Carlos III de Madrid, profesor invitado de la Universidad de las Artes (Cuba) e investigador principal del proyecto del Plan Nacional de Investigación y Desarrollo «Análisis de la dramaturgia actual en español» (ADAE). Especialista en teoría teatral, es autor de más de trescientas publicaciones, entre las que destacan libros, traducidos al árabe y al francés, como Drama y tiempo (1991), Teatro y ficción (2004), La razón pertinaz (2014), Cómo se analiza una obra de teatro (2017) o Drama y narración (2017). Su más reciente publicación fue Anatomía del drama. Una teoría fuerte del teatro (Punto de Vista Editores, 2020).

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