Rukeli. Johann Trollmann y la resistencia romaní antinazi | Punto de Vista Editores
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Rukeli. Johann Trollmann y la resistencia romaní antinazi

Traducción de Ismael Gómez

Dimensiones: 14×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-38-9
Nº de páginas: 326

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21,90 

Cuando los boxeadores fueron llamados al ring, Johann Trollmann, alias «Rukeli», apareció con el pelo teñido de un rubio chillón. Iba cubierto de la cabeza a los pies con polvo blanco. No solo se había esforzado por parecer un alemán blanco, sino que peleó como decían que debería hacerlo un ario. Desde el primer asalto, apenas movió los pies. Se quedó plantado y retó a su contrincante para que se acercara a intercambiar golpes, sin retirada. De esta forma Rukeli usó su visibilidad en el cuadrilátero para protestar contra el régimen nazi y los prejuicios raciales de la época. En 1933, ganó el título de boxeo de peso semipesado de Alemania, pero los nazis no aceptaron su triunfo porque era gitano.

Más allá de la dramática vida de Rukeli, Jud Nirenberg explora en este libro la forma en que otros boxeadores y atletas lidiaron con el racismo nazi. Los Juegos Olímpicos de 1936, personajes como Joe Louis, Max Baer, Max Schmeling, Jesse Owens, Helene Mayer (la única judía que representó a Alemania en los Juegos Olímpicos) y Adolph Hitler, un fanático del boxeo, forman parte también de esta historia.

«Este es un libro importante… un apasionante relato sobre la persecución gitana durante el Holocausto. La historia gitana ha sido ignorada o consignada a pie de página por carecer de una diáspora influyente, bien posicionada y con apoyo institucional. Nirenberg tiene un estilo apasionante y fluido, su libro es muy recomendable.»
Prof. Ernest Latham (historiador)

«Primero me excluyen de los juegos olímpicos porque un gitano no puede representar a Alemania, después me quitan el título de campeón porque un gitano no puede convertirse en un campeón alemán, luego van y me obligan a divorciarme para salvar a mi esposa y a mi hija […] ¡Pero para ir a la guerra a defender a Alemania un gitano vale perfectamente!».
Dario Fo, El campeón prohibido

1. El mejor de Alemania
2. Roma, sinti, gitanos y el Holocausto: qué cabe en una palabra
3. La perdurable relevancia de Trollmann
4. Los roma, los sinti y la Historia
5. Las raíces de un luchador
6. El boxeo sale de las sombras
7. Duros años de penurias
8. Rukeli encuentra su estilo
9. Schmeling contra Baer
10. La pelea de Trollmann por el título
11. Supervivencia: 1934 – 1936
12. Las Olimpiadas de 1936
13. Schmeling contra Louis
14. La guerra se extiende
15. La olla se pone a hervir
16. La resistencia de Rumanía
17. Rukeli en los campos
18. Disidentes, soldados y partisanos
19. Las secuelas
20. Invisibles en Núremberg
21. Discriminación y exclusión tras la guerra
22. La lucha por la memoria del Holocausto
23. Donde el genocidio es recordado
24. El racismo en el deporte de hoy: Andrea Pirlo y Tyson Fury
Agradecimientos
Índice de nombres
Bibliografía

El mejor de Alemania

Los nazis prestaron mucha atención al boxeo. Para ellos e, indudablemente para Hitler, no era un deporte cualquiera. Los jóvenes alemanes debían, escribió, practicarlo y forjarse a través de él para la guerra. Debían encorajarse e inspirarse mediante el boxeo, así que los nazis decidieron que los judíos no podían volver a participar en él. No habría más judíos en el boxeo ni como boxeadores, ni como entrenadores, cutmen; ningún doctor judío a pie de ring. Fuera.
La ley era demasiado importante para aprobarla en el Reichstag y confiar su cumplimiento a la policía. Debía ser aplicada con urgencia y con un toque personal. Erich Seelig, el campeón nacional de Alemania del peso semipesado, a quien Hitler tuvo la inquietante experiencia de ver desde un asiento en la primera fila y cuyo éxito tanto incomodó al más fervoroso creyente de todo el mundo en la superioridad de la raza aria, recibió una carta que le daba dos semanas para abandonar tanto el deporte como el país. Cuando su tiempo hubo terminado, unos hombres fueron enviados a su casa. Encogido en el asiento trasero de un coche entre policías malcarados que le apuntaban a la cabeza con sus pistolas, Seelig fue conducido directamente al aeropuerto. Su familia, le dijeron, moriría si regresaba.
El título nacional quedaba vacante, a la espera de un nuevo héroe del boxeo.
La prensa deportiva controlada por el Gobierno dejó claro quién debería ganarlo mientras Adolf Witt y Johann Trollmann se preparaban para subir al ring. Witt tenía que vencer. Trollmann, que había tenido como mentor al judío Seelig, no era el arquetipo adecuado de luchador alemán. Era un inferior racial, un gitano. Puesto que era el boxeador con el mejor récord en su peso, no había forma de no dejarle pelear por el título, pese a lo cual Box-Sport afirmó que su estilo «tenía poco que ver con el boxeo». Bailaba, era impredecible. Era escurridizo, escribieron. Usaba el instinto más que el cerebro. Le gustaba demasiado «dar saltos por el ring» antes de noquear a sus oponentes. Era un insulto para los valerosos y audaces hombres blancos.
Había pasado un mes desde la quema por todo el país de libros antialemanes cuando Trollmann y Witt subieron al ring en la enorme cervecería Bockbierbraurei de Berlín. Era un ring al aire libre y se acercaba una tormenta. Los aficionados se bajaban los homburg y se inclinaban hacia delante en sus asientos de madera.
Witt ganó el primer asalto antes de que Trollmann pudiera descifrarlo. A partir de ese momento, no tuvo ningún problema. Trollmann acertaba una vez tras otra con la izquierda. Witt trataba de colocar golpes contundentes pero se encontraba con que el juego de piernas del gitano era demasiado esquivo.
Aquello era intolerable. Devoto nazi y presidente de la Asociación Nacional de Boxeo, Georg Radamm corrió al ring y susurró algo al árbitro, pero este no podía hallar motivo alguno que justificara detener la pelea o influir en el resultado.
Solo los boxeadores podían decidir el ganador.
La campana sonó al final del decimosegundo y último asalto. El público esperaba. «Combate nulo», anunció el árbitro. El título permanecía vacante. Durante lo que pareció una eternidad no se produjo ningún sonido o movimiento.
Y entonces el público despertó, se volvió loco, gritando y saltando en sus asientos. El mánager de Trollmann se contagió de aquella atmósfera. Maldecía. Corría alrededor del ring profiriendo amenazas. Cogió las tarjetas de puntuación de los jueces y se las mostró a cualquiera que quisiera mirarlas.
Trollmann había ganado con claridad según las puntuaciones de todos los jueces. En las gradas, estallaron más peleas.
Radamm y los promotores se plantaron ante el público y llamaron al orden. Echarían un vistazo a las puntuaciones. Examinaron con ostentación las tarjetas. Sí, había habido un error.
Trollmann fue declarado ganador y el nuevo campeón semipesado. Un hombre cuya raza de piel oscura la política gubernamental había declarado sucia y un peligro para la sociedad aria había alcanzado el olimpo atlético de Alemania en un deporte que Hitler y el nazismo habían considerado la mejor demostración del coraje y el espíritu guerrero. El público lo ovacionó.
El lunes, los líderes de la Asociación de Boxeo se reunieron y anularon con prontitud el resultado. La pelea se registraría como nula como consecuencia del «esfuerzo insuficiente de ambos luchadores». Alegaron también que Trollmann no merecía el título porque su comportamiento no había sido deportivo y había llorado (tras el anuncio del combate nulo).
Cuando Trollmann volvió a pelear un mes después, había descendido a una categoría inferior de peso para combatir contra el púgil de Dortmund Gustav «Eisener» (Hierro) Eder.
Eder era más bajo y ligero, incluso después de la rápida pérdida de peso de Trollmann. ¿Importaba en qué categoría por peso estuviera, o cómo peleara? ¿No había quedado demostrado que el hombre blanco, el hombre alemán siempre ganaría? Tenía que hacerlo.
Con el público pidiendo a voces que el espectáculo comenzara, Trollmann recorrió el pasillo hasta el ring. Estaba irreconocible. Su pelo estaba teñido de un rubio casi blanco. Brillante y húmedo, estaba cubierto desde la cabeza a las pantorrillas de una especie de polvo blanco. ¿Era esto lo que querían? ¿Tendría que cambiar de color para ser un auténtico alemán?
Hizo algo más que cambiar su aspecto aquella noche. Ya no se trataba de ganar. Peleó como los comentaristas habían dicho que debía hacerlo un ario. Desde el primer asalto, mantuvo los pies fijos en la lona. Retaba a Eder a que se acercara hasta estar frente a frente, sin retroceder. Desafiaba al público y a la prensa de boxeo a enfrentarse a su obsesión racial.
Trollmann continuó peleando. Mientras el régimen fascista reunía a roma y sinti para su deportación a los campos de concentración, él peleaba por su país —luchaba por el nazismo— en los frentes de Francia y la Unión Soviética. Mientras él luchaba por Alemania, muchos otros roma y sinti luchaban contra ella, en los ejércitos de sus países y en grupos de resistencia clandestinos. En la Rumanía fascista, donde las autoridades simultáneamente deportaban a roma para que murieran en las nieves de Transnistria y los llamaban a filas, roma de uniforme obligaban al régimen a dar marcha atrás en su limpieza étnica.
Lo que sigue es la historia de cómo Trollmann y muchos otros roma y sinti lucharon, resistieron, murieron y sobrevivieron al Holocausto, de cómo la sociedad y los gobiernos convirtieron a atletas individuales, seres humanos complejos, en símbolos simplistas de sus políticas raciales y de cómo la lucha por la memoria de los roma y los sinti en los años de la guerra aún continúa.

Jud Nirenberg es un escritor americano de origen romaní que ha trabajado además como asesor y director en proyectos de democratización y derechos humanos en más de una docena de países del mundo. Ha sido director general de la organización política romaní más grande de Europa, el European Roma and Travellers Forum, ha supervisado el área de formación para activistas de derechos romaní en el Open Society Institute de George Soros y dirigido la Asociación de Estados Unidos para ACNUR. También ha sido profesor invitado en el State Department’s Foreign Service Institute, asesor del US Army Airborne y director de relaciones institucionales en el Instituto Jane Goodall. Sus obras y artículos en torno a la política, la historia y los temas de género de la comunidad romaní son un referente en las universidades de medio mundo. En 2017, recibió el premio Baxt de la Romani Media Initiative por su papel en la difusión de la cultura romaní.

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