Ramón Menéndez Pidal | Punto de Vista Editores
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Ramón Menéndez Pidal

Dimensiones: 14×22 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-71-6
Nº de páginas: 640


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26,00 

Ramón Menéndez Pidal, miembro de la generación del 98, fue capaz de transformar la filología en nuestro país. Lo hizo no solo gracias a su rigurosa obra, con títulos como Manual de gramática histórica española (1904), Poesía juglaresca y juglares (1924), La España del Cid (1929), Romancero hispánico (1953) o, sobre todo, Orígenes del español (1926); tanto desde su cátedra en la Universidad Central como, especialmente, desde el Centro de Estudios Históricos, pudo formar un pequeño núcleo de colaboradores que dio lugar a la llamada Escuela española de filología, de la que forman parte nombres como Tomás Navarro Tomás, Américo Castro, Dámaso Alonso, Amado Alonso, Rafael Lapesa…

Fruto de su temprano reconocimiento por parte de los más destacados estudiosos extranjeros, Pidal fue elegido ya en 1901 miembro de la Real Academia Española, institución que dirigió desde 1925 hasta 1939 y —tras un forzado apartamiento por su escasa sintonía con el régimen franquista— desde 1948 hasta su fallecimiento en 1968.

El autor, José Ignacio Pérez Pascual, ha escrito una biografía definitiva sobre Ramón Menéndez Pidal después de más de veinte años de estudio sobre el personaje. El texto se apoya en una profusión de fuentes escritas, huyendo de la tradición oral y las anécdotas, dando muchas veces voz al propio don Ramón, tanto a través de sus publicaciones y de las entrevistas que concedió, como de sus notas personales manuscritas y sus cartas. Todo ello hace de esta biografía un apasionante viaje a través de las iniciativas culturales que se suceden durante gran parte del siglo XX.

«El mejor filólogo español de todos los tiempos.»
Juan Gil

«Todo el que estudia la historia, la lengua o la literatura españolas ha de acudir a obras suyas.»
Rafael Lapesa

«Sin Menéndez Pidal no habríamos tenido un medievalismo digno de tal nombre, desconoceríamos o conoceríamos muy mal la historia de las lenguas peninsulares (no sólo la del español); las obras de Américo Castro (su secuaz díscolo) y, en buena parte, la de Ortega habrían resultado gravemente mermadas y, desde luego, la generación del veintisiete no habría dado sus extraordinarios frutos ni en la poesía ni en la crítica.»
Jon Juaristi, ABC

Nota previa
1. Infancia y juventud
2. La formación en la Universidad
3. El primer tema de investigación: el Poema del Cid
4. Entre la épica y la crónica
5. Amor y pedagogía
6. Trabajo y matrimonio
7. Cambio de siglo
8. Entre la polémica y el trabajo
9. Un hombre de su generación
10. El primer viaje a América
11. El romancero y otros temas de estudio
12. Los difíciles comienzos de la Junta para la Ampliación de Estudios
13. El dolor más punzante
14. El Centro de Estudios Históricos y otras creaciones de la JAE
15. Los estudios de dialectología en el CEH
16. Otras labores del CEH
17. Nuevos ataques contra la JAE y el CEH
18. Entre el Guadarrama y América
19. La Gran Guerra
20. La creación del Instituto-Escuela
21. Nuevos compromisos y reconocimientos
22. El trabajo en el CEH se intensifica
23. La llegada al poder de Primo de Rivera
24. La dirección de la Academia
25. Sus grandes obras de los años veinte
26. Primo de Rivera ante la Universidad
27. Don Ramón alza la voz
28. En camino hacia la República, entre Cataluña y Suecia
29. La República a España ha llegado
30. El CEH durante la República: los discípulos se convierten en maestros
31. Don Ramón y la Universidad Internacional de Verano
32. Otros trabajos de Pidal en tiempos de la república
33. La Guerra Civil
34. Comienza el exilio: el refugio cubano
35. El exilio en Estados Unidos
36. El exilio: de vuelta a Francia
37. Regreso a un país distinto
38. El regreso al hogar
39. Refugiado en Chamartín
40. Protestas y represalias
41. Las dos Españas, todavía…
42. Almas mezquinas
43. Tiempo de dolor
44. Tiempo de soledad
45. El trabajo no cesa
46. Los noventa años
47. Sus últimos años de trabajo
48. El fin
Relación de siglas utilizadas
Bibliografía

1. Infancia y juventud

Ramón Menéndez Pidal viene al mundo en los agitados años que preceden a la Restauración: nace en la Ciudad Vieja de A Coruña a las ocho de la noche del 13 de marzo de 1869, en la calle de Santa María; la antigua vivienda ya no existe, pero una placa colocada en el edificio levantado en ese mismo solar recuerda la efeméride. Fue bautizado como Ramón Francisco Antonio Leandro el día 18 de ese mismo mes, a pocos metros de su casa, en la colegiata de Santa María del Campo; allí «me fue augurada mi preferente vocación medievalista, que ocupó gran parte de mi vida» (Pérez Villanueva 1991: 34).
Sus orígenes familiares eran asturianos. Su madre, Ramona María Pidal Pando, procedía de Villaviciosa y estaba emparentada con la influyente familia Pidal. La rama paterna, también de raigambre asturiana, provenía de Pajares, de donde su abuelo era natural:

de Pajares salió por los años 1836 para tomar parte muy activa en la guerra carlista ¡Cuántas emocionantes aventuras de esa guerra me contaban mi padre y mis tías [a las que llamaban «las hijas del cabecilla»]! En Pajares nació mi padre, Juan Menéndez [y Fernández Cordero], y de Pajares salió, hacia 1850, para ejercer su carrera (Lena, 1, 1961).

La estancia en A Coruña de sus progenitores, Juan Menéndez y y Ramona Pidal, se debió a la situación de su padre dentro de la carrera judicial; este, después de haber desempeñado cargos en Grandas de Salime y Madrid, había pasado a ocupar plaza de magistrado en la Real Audiencia de esta ciudad gallega en 1861. Allí nace Ramón, el sexto y último de los hijos que sobreviven; los otros cinco eran, por orden de edad, Faustino, Enriqueta, Juan, Luis y Rosario (en la ciudad herculina nacieron también Alejandrina Petra y Antonio Felipe, muertos en la infancia).
Sus tres hermanos varones alcanzaron una cierta notoriedad. Faustino (1855-1924) llegó a ocupar plaza de magistrado en el Tribunal Supremo y escribió diversos textos sobre cuestiones sociales. Luis (1861-1932) fue un estimable pintor, conocido sobre todo como retratista. Juan (1857-1915), que ejerció gran influencia sobre la vocación de Ramón, militó en las filas del conservadurismo, desempeñó diversos cargos políticos (gobernador civil de Pontevedra, Guadalajara y Burgos), dirigió el Archivo Histórico Nacional e ingresó en la Real Academia en 1915; por encima de su discreta obra de creación, destacó por su labor de recogida del romancero tradicional asturiano.
Este ambiente familiar, amante de las tradiciones populares, notablemente conservador en lo político y de fuertes (y combativas) creencias católicas en lo religioso, marcará su futuro. Una de las primeras consecuencias de las convicciones de sus padres será su marcha de su ciudad natal: a los pocos meses de su nacimiento la familia se traslada, pues el cabeza de familia, en desacuerdo con la libertad de cultos que establecía la Constitución de 1869, prefirió renunciar a su cargo de magistrado y regresar a Asturias. Así comentó el propio Pidal este hecho:

Galícia es mi tierra natal; no es la tierra de mis padres, pero es la tierra donde mis padres asturianos pasaron días muy felices de juventud truncados por graves sucesos en España que pusieron a prueba el espíritu de sacrificio de mi padre, en aras de sus ideas político-religiosas. Indeleble enseñanza de fidelidad que recibí en mi infancia y es constitutiva de carácter (nota personal, Pérez Villanueva 1991: 508).

Resulta lógico que Pidal no tenga «recuerdos propios» de la ciudad gallega, pues «los once meses que viví en La Coruña fueron los primeros de mi existencia», pero aclara también que tiene «recuerdos familiares abundantísimos», pues su madrina, Antonia Bermúdez Valledor, «era una señora de La Coruña con la que hemos tenido siempre muy buenas relaciones» (Mundo gallego, l, 07/1952). En una de sus notas manuscritas, en las que comenta la falta de habilidad de sus padres para captar herencias («Los parientes […], que tenían especiales obligaciones de gratitud con mis padres morían intestados […], pero los que tenían obligación con mis tíos esos las cumplían desheredándolos»), recuerda que «Si alguien me dejaba un legado, como mi madrina de La Coruña, sus hijos, reñidos con ella, alegaban que no podía hacer legados» (nota personal, AFRMP).
La familia se trasladó a Oviedo, donde el niño comienza a asistir a la escuela primaria, y pasa sus vacaciones en Pajares; la tierra asturiana será el escenario de su formación:

Desde los primeros días de mi infancia, en Asturias me fui formando física y espiritualmente. Aquí se despertaron mis aficiones intelectuales, bien ambientado en el paisaje y en el paisanaje (La Nueva España, 05/08/1956).

Muchos años después, rememora en sus notas manuscritas el ambiente de la escuela primaria a la que asistía en la calle San Juan («éramos pocos alumnos»):

¡Cuántas tardes recuerdo en el lluvioso Oviedo como aquella tarde parda y fría de invierno en que Antonio Machado describe la escuela de su niñez, con la monotonía de la lluvia en el cristal de las ventanas!: todo igual, hasta los grabados bíblicos en la pared, el mismo de Caín fugitivo todo estampado en tinta negra salvo la mancha roja junto a la cabeza de Abel muerto. Los escolares de cinco años cantábamos a coro máximas morales que el maestro explicaba a veces, queriendo detener la mariposa de nuestra atención explicando con palabras y cosas enrevesadas.
La conciencia es a la vez
testigo, fiscal y juez. […]
Pero la mariposa no se detenía siempre en cosas tan extrañas (nota personal, AFRMP).

Explica también en esos recuerdos infantiles que se formó «en tiempos del libro escolar el Juanito», que presentaba un modelo de «niño bueno, de buenos sentimientos, aplicado», mientras que en su vejez, «por reacción, el periódico infantil propaga el tipo de niño rebelde que salta por cima de todos los mandatos. Hoy los niños se avergüenzan de ser corteses; el aplicado sufre las rechiflas de sus compañeros» (nota personal, AFRMP).
El mundo de su infancia se encuentra, pues, estrechamente unido a Asturias, cuyas raíces reivindicó repetidas veces, tanto en sus escritos personales como en diversas entrevistas, muy especialmente, su vinculación con aquel Pajares «tan arraigado en mis recuerdos y en mis emociones»:

Mi padre era payariego y nosotros también, aunque no hayamos nacido en Pajares algunos de sus hijos. Mi hermano Luis sí nació en Pajares; Juan nació en Madrid, pero recuerdo bien que en la orla de la licenciatura de la Facultad hizo poner «Natural de Pajares, Asturias». Yo también soy de Pajares, aunque nací en La Coruña (La Nueva España, 05/08/1956).

Varios años duró el retiro de don Juan Menéndez, pero, finalmente, al producirse la Restauración, retornó a la carrera judicial, satisfecho por la promulgación de la Constitución de 1876, que no permitía otras «ceremonias ni manifestaciones públicas que las de la religión del Estado», es decir, la católica, apostólica y romana. Desempeñó entonces el puesto de magistrado en Sevilla (a partir de mayo de 1875), Valladolid (desde julio de 1876), Albacete (desde julio de 1878) y Burgos (desde mayo de 1880).
En esta nueva etapa, la familia hubo de separarse y, mientras algunos de los hermanos estudian junto a su madre, Enriqueta y Ramón acompañan a su padre en buena parte de su peregrinaje. La correspondencia del magistrado lo presenta muy pendiente de la economía doméstica, de los estudios de sus hijos y de su propia salud, que se va deteriorando, pues, como anota Pidal:

Esta es la preocupación del padre en todas las cartas y la que le lleva al sacrificio de vivir separado de la familia, sufriendo las incomodidades de la fonda y luego haciendo que la familia se instale en Madrid para que los hijos sigan estudiando, cuando pierde la esperanza de que le trasladen a una ciudad en que haya Universidad (Pérez Villanueva 1991: 26).

[…]

José Ignacio Pérez Pascual (A Coruña, 1958) es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Santiago de Compostela y doctor por la de Salamanca (en ambos casos con Premio Extraordinario). Tras ejercer como agregado y catedrático de Instituto durante una decena de años, se incorporó a la Universidad de A Coruña como profesor titular (1992); desde 2003 es catedrático de Lengua Española en esa misma institución.
Comenzó su labor investigadora trabajando en cuestiones de crítica textual y de historia de la lengua, con especial interés hacia el léxico medieval. Sin dejar de lado su dedicación a la lexicografía española —atendiendo de modo preferente a la historia de los diccionarios y a la del léxico que atesoran—, ha llevado a cabo recientemente algunos trabajos sobre la trayectoria vital e intelectual de Ramón Menéndez Pidal y de sus discípulos; en ese marco se inserta Los primeros pasos de un largo caminar (2016), volumen centrado en la etapa inicial de la elaboración del Atlas Lingüístico de la Península Ibérica, uno de los proyectos de mayor aliento de la denominada Escuela española de filología.
Además de actuar como evaluador para distintos organismos (ANECA, MINECO, ANEP, ACSUCYL…), ha sido presidente de la Asociación Española de Estudios Lexicográficos (AELex) y dirige la Revista de Lexicografía, fundada en 1994, y su colección de anexos. En 2015 fue elegido académico correspondiente de la Real Academia Española.

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Ficha del libro: Descargar

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