Piratas de todos los tiempos (ebook) | Punto de Vista Editores
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Piratas de todos los tiempos (ebook)

Todo el mundo ha oído hablar de Morgan o de Drake, incluso de Long John Silver o de Jack Sparrow –que nunca existieron–, pero pocos conocen hechos singulares como que Venecia actuó como estado pirata saqueando Constantinopla en 1204; que un rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, disponía de flota propia, y que llegaba al extremo de atacar enclaves de su propio reino para someterlos; que Colón pudo ser pirata, y que, de hecho, colaboró y contó con ellos para realizar el Descubrimiento… En realidad, la piratería, tan familiar y hasta entrañable en nuestro inconsciente colectivo, es una completa desconocida.

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Todo el mundo ha oído hablar de Morgan o de Drake, incluso de Long John Silver o de Jack Sparrow –que nunca existieron–, pero pocos conocen hechos singulares como que Venecia actuó como estado pirata saqueando Constantinopla en 1204; que un rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, disponía de flota propia, y que llegaba al extremo de atacar enclaves de su propio reino para someterlos; que Colón pudo ser pirata, y que, de hecho, colaboró y contó con ellos para realizar el Descubrimiento… En realidad, la piratería, tan familiar y hasta entrañable en nuestro inconsciente colectivo, es una completa desconocida.

Bajo la premisa de que escribir sobre piratería lo es sobre la propia historia del mundo, este ensayo constituye un acercamiento al fenómeno de la piratería y hunde sus raíces en el interés que esconde la historia de la navegación en sí misma.

Índice
El autor
Introducción

Siglos IX al XIV. Desde el confín de los tiempos: la piratería como arma
de guerra. Reyes, nobles y monjes piratas
La piratería como arma política: Evolución de la piratería mediterránea
y atlántica. El renacimiento: Colón ¿pirata?

Primera mitad del siglo XVI Los corsarios berberiscos

Segunda mitad del siglo XVI. Ingleses y franceses encuentran el filón de la piratería americana

Siglo XVII. El gran siglo de la piratería

Siglo XVIII. Piratas bajo pabellón negro

Siglo XIX. Limpiando los últimos reductos piratas

El siglo XX. La guerra del corso en la Primera y Segunda Guerra Mundial y la Guerra Civil española. Secuestros de transatlánticos

El siglo XXI. La piratería moderna. Yates y piratería. Expolio de tesoros hundidos. Los piratas actuales

Bibliografía y fuentes

Introducción

De los asaltos vikingos y las invasiones normandas, al asesinato del número uno de la navegación a vela, sir Peter Blake, por piratas del Amazonas; de los reyes piratas medievales aragoneses, al secuestro de modernos transatlánticos por filibusteros con motivos políticos; de los corsarios alemanes de la Primera y Segunda Guerra Mundial, a la epopeya marítima de Cristóbal Colón en unos mares dominados por los piratas; de los terribles corsarios berberiscos y argelinos –Barbarroja, Dragut, Aydin, Euldj Alí y Murad, los cuales, a pesar de holocausto de Lepanto, aún representan el horror de pasadas generaciones– hasta los legendarios piratas del siglo XVIII, Barbanegra, Calico Jack, Thomas Tew, Henry Every y el desventurado capitán Kidd; de los piratas de tiempos de paz que asolaron el incipiente Imperio americano (Drake, Hawkins, Cavendish y Frobisher), a los de los tiempos de las guerras de Flandes, que constituyeron el brazo armado marítimo de Holanda (Piet Heyn, Oliver Van Noort, Van Spielbergen, Cornelius Jol Pata de Palo, y Balduino Enrique), incluyendo a los protagonistas de la época dorada de la piratería, el siglo XVII (Edward Mansvelt, Jean David Nau El Olonés, Henry Morgan, Laurent De Graaf Lorencillo y Granmont), todo, en suma, conforma una larguísima crónica de piratas tan extensa como la de la propia humanidad. Escribir sobre piratería lo es sobre la propia historia del mundo, y, en concreto, sobre la historia de la navegación.

Los anteriores son personajes teóricamente conocidos, mas pocas veces contemplados en su conjunto, y, por lo tanto, valorados desde ópticas limitadas y criterios deformados por las versiones épicas del cine y la literatura. Todo el mundo ha oído hablar de Morgan o de Drake, incluso de Long John Silver o de Jack Sparrow –que nunca existieron–, pero pocos conocen hechos singulares como que Venecia actuó como estado pirata saqueando Constantinopla en 1204; que un rey de Aragón, Alfonso el Magnánimo, disponía de flota propia, y que llegaba al extremo de atacar enclaves de su propio reino para someterlos; que Colón pudo ser pirata, y que, de hecho, colaboró y contó con ellos para realizar el Descubrimiento; que el célebre Walter Raleigh, amante de la reina Isabel, apenas navegó en sus barcos, limitándose a financiar y supervisar expediciones; y que España no siempre fue la víctima, pues utilizó el corso y la piratería como arma de guerra contra Holanda, devolviendo así la pelota, y especializándose en el particular los barcos flamencos con base en el puerto belga –entonces español– de Dunquerke. Con ocasión de la Revolución de 1868, la Gloriosa, y consecuencia de los desórdenes y descomposición resultante, barcos de la Armada Española con base en Cartagena practicaron la piratería; también es del todo desconocido que, entre uno de los corsarios disfrazados del siglo XX, hubo uno español; y, sobre todo, aun hay quien piensa que, en pleno siglo XXI, la piratería está extinguida, cuando sigue tan practicada y en boga como en los siglos anteriores. En realidad, la piratería, tan familiar y hasta entrañable en nuestro inconsciente colectivo, es una completa desconocida.

A lo largo del siglo XIX, se popularizó el retrato romántico del pirata, es decir, los atractivos libertarios que, a semejanza de lord Byron y tantos otros, hicieron de los mares su hogar al compás de los párrafos de El Corsario, o las estrofas de La Canción del Pirata de Espronceda. De haber retrocedido 100 años en el tiempo, lo que se habría encontrado, real y dramáticamente, habría sido un terrorífico y estrambótico individuo, el mismísimo Edward Teach, alias Barbanegra, paradigma del pirata bajo pabellón negro, mirándonos con ojos fríos emergiendo de una maraña de greñas hechas trenzas de las que cuelgan humeantes bengalas. Si retrocediéramos un siglo más, lejos de topar con el hasta cierto punto simpático Long John Silver, creación genial de Robert Louis Stevenson del granuja agradable a la vez que ladrón sin escrúpulos, la cruda realidad se habría materializado en el escalofriante y sanguinario Jean David Nau, el Olonés, psicópata asesino que, en sus delirios de exterminio, llegó a devorar la carne de sus víctimas después de haberles robado y torturado. De continuar hacia atrás en el alucinante viaje a través de la oscura historia pirática, el siglo XVI dio a luz especímenes como Jeireddín Barbarroja, aparatoso individuo de espeso pelo a modo del hombre-lobo, el cual, acostumbrado a no dar ni un chavo por su propia vida, era capaz de revolverse contra sus propios colegas, jefes y aliados, de robar, despojar y torturar crudamente, sin dejar piedra sobre piedra, la ciudad de Mahón, o de navegar inopinadamente con sus galeras en pos de una bella duquesa italiana, firmar la alianza con los franceses, o correr, después de la derrota, como humilde cordero y las alforjas llenas de valiosos tesoros robados, para arrojarse a los pies del sultán Solimán el Magnífico, a fin de que éste se apiadara y le otorgara el mando de su flota. O Francis Drake, aventurero, negociante, marino, ladronzuelo y torturador sin escrúpulos, que no dudaba en engatusar con sus regalos a una frívola, hipócrita y tonta reina hasta conseguir que financiara y fuera cómplice de sus aventuras practicando la delincuencia por toda América Central y el Caribe; luego, cuando Inglaterra necesitó un almirante, otro gallo cantaría…

El concepto difundido de pirata puede hacer caer en el error de que se trata sólo de aquél aventurero que lucha, de forma violenta y con medios ilícitos, por conseguir el botín, por su cuenta y riesgo, al margen de cualquier organización o institución estatal; realmente, en numerosos casos, gozaban de cobertura y apoyo por parte de algún poder legítimo que los respaldaba de hecho, aunque no siempre estuviera dispuesto a reconocerlo. Este es un concepto “moderno” de pirata, válido a partir del Renacimiento; diferencia al pirata sin oficio ni futuro, del que tal vez algún día pueda ser considerado héroe. Si el apoyo no es encubierto, ya se le puede considerar corsario, sobre todo si dispone de una buena patente real, por escrito. Pero, anteriormente, la piratería y los reinos estaban indisolublemente unidos, considerándose aquélla, en realidad, como una forma más de guerra que no necesitaba de patente para su práctica, y cuyas raíces se hunden en la noche de los tiempos. Atacar por sorpresa, y saquear al enemigo, era una forma de debilitarlo tan lícita como plantear batalla en campo abierto; si alguien le hubiera dicho al temible Roger de Lauria que, para asolar la costa italiana, necesitaba una patente de corso de su monarca, se habría desternillado de risa.

Con el Renacimiento, los reyes –salvo la de Inglaterra– se dan cuenta de que no pueden respaldar ni asociarse con los piratas, fundamentalmente, por sus métodos: asesinato, robo, saqueo y tortura de inocentes. No obstante, los sabrosos botines eran tan tentadores, que, muchas veces, se dejaban atrás los escrúpulos. Aun cuando con la llegada al trono de los Estuardo los piratas ingleses pudieron despedirse del total respaldo de la Corona, surgió, para estos individuos, la necesidad de establecerse por propia cuenta en cualquier isla del Caribe. El problema era que los españoles ya estaban allí, dándoles batalla sin descanso. Con la llegada al poder del lord Protector puritano, Oliver Cromwell, y el Western Design, Inglaterra retorna a la comodidad de la “doble política”, o sea, abjurar públicamente de los piratas, y aprovecharse de ellos como vanguardia armada para debilitar la “fortaleza española” en Indias, con vistas a crear ricos asentamientos coloniales en el Nuevo Mundo. Bahamas, Jamaica, Barbados, Granada, Trinidad y un largo etcétera son el largo rosario de islas que, más o menos desguarnecidas, fueron cayendo en sus manos, constituyendo cabezas de puente para la instalación británica en las Indias Occidentales, cuyo origen no fue otro que los ataques piráticos. De cómo se defendió el resto, habla el hecho de que ninguno de los “puntos fuertes” –Florida, México, La Habana, Puerto Rico, Cartagena de Indias, etc.– acabaron cambiando de manos, y, cuando fueron conquistados, los ingleses se mostraron incapaces de conservarlos; de hecho, nunca conseguirían prosperar en Tierra Firme.

Con el tiempo, los monarcas llegarán a la misma conclusión a que llegaran, tiempo atrás, los sultanes Selim y Solimán: más vale alcanzar un buen arreglo con estas fuerzas irregulares, que ponerse en contra de ellas. Esta vergonzosa y pragmática política, que luego se ha justificado de mil y una impresentables formas, desde demonizar al enemigo hasta convertir a los piratas, auténticos delincuentes, en héroes de epopeya, acabará costando muy caro, y, en especial, a los propios británicos, que llegaron al extremo de rehabilitar y encumbrar a criminales como Henry Morgan, nombrándole gobernador de Jamaica, e inspirando el protagonista, totalmente idealizado y desprendido de su vileza, de la obra de Rafael Sabatini El capitán Blood. La cobertura política y literaria puesta al servicio de tan lamentables prácticas se vendría abajo cuando, llegada la siguiente centuria, la propia Armada inglesa tenga que emplearse a fondo para exterminar a canallas como Edward Teach Barbanegra, verdadera materialización del delirio sabatínico, Edward England, Henry Every, Bartholomew Roberts o Howell Davis, que desataron el pánico en las rutas de la navegación comercial, incluidos los intereses de la propia Gran Bretaña. El buen pirata se había transformado, por arte de magia y cuando no atacaba a los españoles, en vulgar asesino y delincuente. Lejos de un cargo en la administración colonial, acabaron siendo designados para la horca por sus propios conciudadanos, hartos de sus excesos; los mismos que antes, hipócritamente, los toleraron cuando iban dirigidos contra otros. Aún hay que leer a los historiadores piráticos anglosajones proclamar que “hombres como aquéllos abrieron un destino para Inglaterra”.

La concesión de patentes de corso es la materialización del concepto del “pirata civilizado”; un corsario es un especialista que, aunque no sometido a disciplina militar, pone en práctica procedimientos de guerra, y, aunque no sea pirata, actúa como tal. Eso sí, ha de respetar las banderas neutrales y los prisioneros, aun cuando el saqueo y la lucha por el botín permanezcan invariables. Para la corona, el corsario presenta grandes ventajas sobre el pirata irregular, incluso sobre las propias fuerzas: es controlable, no necesita difíciles justificaciones diplomáticas para sus actos, se financia a sí mismo gracias al botín –del que sigue teniendo parte el propio monarca que expide la patente– y debilita al enemigo sin desgasar ni causar bajas propias.

No obstante, la fina línea que separa al pirata del corsario puede transgredirse en cualquier momento, como consecuencia de inesperadas complicaciones, la más habitual de las cuales era capturar un buque de la propia bandera por equivocación. ¿Qué hacer? Si se entrega, el corsario será castigado y desprovisto de su patente, mientras que, si no lo hace y se queda con el botín, será declarado pirata, perseguido implacablemente, y si es capturado, condenado a la horca. En estos casos, si el afectado tenía algo de sentido común, hacía cuentas: en el caso de que el botín diera para asegurar una cómoda existencia hasta el fin de sus días, se trataba de desaparecer en las brumas de las rutas marítimas; en otro caso, un duro futuro esperaba al corsario. Esta “inestabilidad” de la guerra del corso se solventará por las marinas regulares practicándola con marinos profesionales; corsarios, como se ve, bastante alejados del ideal romántico, pero mucho más solventes y eficaces, y, sobre todo, que van a causar muchas menos víctimas. De hecho, los corsarios “profesionales” del siglo XX iban a dejar en pañales a los filibusteros, bucaneros, rastafaris y demás patulea caribeña, que quedarían como simples y pintorescos aficionados. La guerra pirata y corsaria ideal no es la que produce personajes imaginarios para el cine y la literatura, sino la que, sin ocasionar pérdidas de vidas innecesarias, logra el objetivo, es decir, el botín, con el mínimo daño, causando el máximo trastorno técnico, logístico y de comunicaciones al enemigo, que sufrirá graves pero incruentos daños en su organización. Frente a este eficiente y diáfano concepto, las primeras piraterías en Indias eran simples robos de caramelos a la puerta de un colegio, si no fuera por la estúpida e innecesaria crueldad que llevaban aparejada, normalmente motivada por la absurda visceralidad de las contiendas religiosas.

Diferenciando pirata de corsario, en realidad hemos hecho un breve viaje por la piratería a través de los siglos; la motivación de este trabajo es entrar más a fondo en ello. Al repasar la historia, la piratería, con su verdadero aspecto, se antoja como un monstruo asesino de muchas cabezas capaz de transformarse, cambiando de forma, aspecto y color, e incluso de hacerse invisible, para adaptarse a la época en que le toca sobrevivir, con la firme determinación de no desaparecer jamás. De ser fracción indisoluble de la guerra medieval, pasará a ser parte de la hipocresía de naciones acomplejadas con el poderío del Imperio español, que la utilizarán para apoderarse de los despojos de éste último. A continuación, es arma de guerra en contiendas religiosas y políticas, como ya lo había sido en el Mediterráneo a cargo de los piratas berberiscos, para terminar, en el Caribe, constituyendo un verdadero espejismo de forma libre y auténtica de vida que acabaría naufragando víctima de la escasa categoría de los que la ponían en práctica. Para el nuevo siglo los piratas son, cada vez más, simples delincuentes a exterminar por el poderoso brazo del imperio marítimo británico, y, después, el norteamericano, tímidamente imitado por franceses y españoles. En el siglo XIX la lucha por el exterminio de la piratería prosigue, y florece la guerra del corso, la más evolucionada forma de práctica, que alcanzará su máximo esplendor en el siglo XX, auténtico siglo de las guerras.

Pero la piratería de a pie, la cruel y asesina, no se había extinguido; sobrevivirá, bien arraigada en la pobreza y desigualdades ocasionadas por las diferentes reparticiones de recursos a lo largo y ancho del orbe, para eclosionar de nuevo, como abceso de pus, a fines del siglo XX y principios del XXI, haciendo de sus víctimas la marina mercante y deportiva. Para más inri, la falta de conocimiento de una sociedad bombardeada por conceptos superficiales y estereotipados ha hecho de los piratas una especie de héroes infantiles sin peligro ni relevancia, olvidados del tiempo, instrumento de juegos y banalidades. Que el monstruo nunca aparezca ante nosotros por sorpresa para que aprendamos cuál es su verdadero rostro.

Siglos IX al XIV. Desde el confín de los tiempos: la piratería como arma
de guerra. Reyes, nobles y monjes piratas

Al principio, todo fue piratería. Esto no quiere decir que cualquier nave que surcara los mares fuese pirata, pero sí que, si no era capaz de serlo, o de defenderse con presteza y eficacia, podía ser víctima de estos depredadores de la mar en cualquier momento, y no sólo en mar abierta, sino también en puertos, riberas y estuarios, incluso en el propio hogar, pues las hordas de piratas, saqueadores por excelencia, no veían en las fronteras físicas sino un nuevo desafío a superar para llevar a cabo sus fines. Piratas, pues, han existido siempre, y lo único que ha variado ha sido el tipo de piratería, el marco geográfico en el que se perpetraba, y la represión, absoluta, a medias o inexistente, inepta o efectiva, que contra ella se ejercía.

La piratería, uno de los oficios más antiguos del mundo, ha tenido siempre éxito por ser una actividad fácil; basta contar con una embarcación, del tipo que sea, armas blancas, y un puñado de hombres decididos, para lanzarse a ella, y esto era tan válido al principio de los tiempos como lo es en pleno siglo XXI. Ya en las crónicas egipcias aparece el faraón Ramsés luchando contra los piratas aqueos, aunque, en aquella época, los más famosos depredadores marítimos eran los piratas chekeres de Oriente medio, la gente de Chequer. En realidad, el gran pueblo marítimo de la antigüedad fueron los himyaritas, los “hombres rojos” asentados entre la mar y las montañas del Líbano, es decir, los fenicios, que recorrieron el Mediterráneo de Este a Oeste, pasaron las Columnas de Hércules, y arribaron a las brumosas costas británicas. Estos grandes marinos fundaron las ciudades de Tiro, Sidón y Beryte, importantes puertos, aunque la primera compañía de navegación surge en el mar Rojo, en lo que es hoy Eilath, para navegar en pos del oro de Ophir. Tiro, con sus dos puertos –norte y sur– será tan importante metrópoli comercial como para entrar en los planes de conquista de Alejandro Magno, que la hizo suya. En su expansión mediterránea, los fenicios toparon con los griegos, y, ni que decir tiene, los barcos de ambos bandos se atacaron y depredaron piráticamente unos a otros, especialmente cuando iban cargados de riquezas. Los griegos fueron grandes piratas, guardándose la memoria de Polícrates de Samos, el más famoso de su época, que llegó a tener una flota de más de un centenar de naves. El origen de Cartago, máxima enemiga de Roma, será de colonia fenicia, que encontrará de nuevo unos difíciles competidores, tanto, que acabarán por aniquilarla. Los fenicios, más comerciantes que piratas, utilizaron y sufrieron la piratería como todo el que apostaba por las rutas marítimas en la Antigüedad.

La primera represión efectiva y organizada de una civilización floreciente contra la piratería de la que tenemos noticia nos sitúa en el 67 a.C., es decir, muy próximos al arranque de la Era Cristiana, cuando el cónsul Pompeyo, yerno y rival de Julio César, organizó sus fuerzas dividiendo el Mediterráneo y mar Negro en trece sectores diferentes, a cada uno de los cuales asignó un comandante, constando la fuerza total de la impresionante cifra de 120.000 hombres y 270 barcos. Pompeyo dirigió esta amplia y exhaustiva redada personalmente, con una división de sesenta barcos, hasta tierras de Cilicia, donde los últimos de estos delincuentes fueron capturados, juzgados, y, muchos de ellos, ajusticiados. El episodio más famoso de piratería de la época vino de la mano del propio Julio, cuando, joven y desterrado por las intrigas de Sila, navegaba por mar hacia Cilicia –Turquía–. Los piratas le apresaron y pidieron veinte talentos por su rescate; herido en su orgullo, César mandó pedir cincuenta prestados, alegando que éso era lo que él valía, y juró a los piratas que les daría muerte. No tardó en cumplir su promesa; una vez en libertad, armó una flotilla en Mileto y halló y capturó a sus aprehensores, recuperando el rescate, y degollando a cada pirata antes de ahorcarlo, con lo que señaló a la posteridad la pena que había de darse a los bandidos de la mar. Por último, dato curioso, uno de los raros piratas romanos fue un hijo de Pompeyo, Sexto, que se dedicó al oficio tras ser expulsado de Roma.

Lo anterior es bien elocuente de los peligros a los que debía enfrentarse la navegación comercial en el Mare Nostrum, y los esfuerzos que tuvo que realizar el todopoderoso Imperio Romano para erradicar esta lacra. El Imperio bizantino heredaría estos crónicos problemas mediterráneos, que se reproducirían en todas las épocas hasta el desplazamiento del centro de gravedad del comercio al océano Atlántico, y, con él, de toda la cohorte de alimañas saqueadoras. En 1204 se produce un hecho de la mayor singularidad histórica, y que debe inscribirse en los anales de la piratería, pues el dux veneciano Enrico Dandolo, habiendo sido llamado para trasladar una cruzada con su flota, se encontró con el nada infrecuente problema de la falta de pago, por lo que, de acuerdo con sus deudores, decidió reconducir la cruzada transformándola en un asalto en toda regla a la ciudad de Constantinopla. El saco de la Centinela de los Estrechos, a cargo de una república marítima en ciernes, mostró hasta qué punto gobernantes sin escrúpulos podían usar la piratería como herramienta de predominio, de guerra, o como simple instrumento de cobro.

Mucho antes, sin embargo, una terrible horda pirática había conmovido los cimientos de Europa, sembrando el terror y el horror en las lejanas y frías aguas del mar del Norte y el canal de la Mancha. Eran los “hombres de las bahías”, hombres de las vik, o vikingos, pueblo de saqueadores procedente de Escandinavia, que disponían en aquel momento de las mejores naves, pues, si bien no eran las más aptas para navegaciones de altura (como se ha demostrado con las reconstrucciones actuales, padecían de los defectos de los barcos sin cubierta y escaso francobordo, es decir, frecuentes inundaciones que podían terminar en naufragio, y difícil gobierno con vientos de popa), sí resultaban las más ágiles, marineras y versátiles para el tipo de incursión pirática en el que se las empleaba, pues, con su rapidez de maniobra y evolución, y calado reducido, podían penetrar profundamente en los estuarios y cursos fluviales, mientras que la propulsión mixta a remos y vela les facilitaba el asalto y abordaje a embarcaciones más pesadas, o la rápida huida de quien quisiera capturarlas.

Las naves vikingas de cabotaje eran el karfi, velero costero de carga, mientras que el knerrir era el gran barco oceánico, de unos treinta metros de eslora, y respetable calado y francobordo. Pero la embarcación “todo uso”, el drakkar o dragón clásico que conocemos vulgarmente, era el llamado hafskip o knörr, de vela y remo, veinte metros de eslora, doce de altura de mástil, cinco metros de manga y dos de puntal, construido con dieciseís tracas de madera remachada a cada banda, y que podía llevar una veintena de tripulantes. Mientras que el knerrir se empleaba para grandes travesías, el hafskip resultaba una espléndida embarcación pirata, por su rapidez, maniobrabilidad, fácil manejo y mínimo calado. Estos barcos se conocen práticamente al detalle, pues en el fiordo danés de Roskilde aparecieron cinco hafskip, mientras que en el túmulo mortuorio del Sandefjord sueco –Gokstad– se descubría, en 1880, un hermoso karfi de cabotaje. Pero el caso más notable fue el barco de Oseberg, en el fiordo de Oslo, que apareció en 1904, tratándose de un magnífico drakkar ceremonial con el que se sospecha se quiso enterrar a una antigua reina nórdica.

Con tan desarrolladas y eficientes embarcaciones, los vikingos serían capaces de llegar a las costas del mar del Norte, Islandia, Groenlandia y Terranova. Su navegación se basaba en el sol y la latitud, el vuelo de las aves (que estos marinos describían cuidadosamente), y, sin duda, la experiencia previa, los primitivos derroteros, que irían componiendo en sucesivas incursiones, y el arrojo y capacidad de improvisación de cada marino, además de la información facilitada por los enemigos capturados en diferentes expediciones, que proporcionarían a los nórdicos la necesaria “inteligencia”. Navegaban unas 120 millas diarias, con las limitaciones y dificultades de las travesías costeras, pero también con sus ventajas, es decir, la posibilidad de disponer, en caso de necesidad, de un refugio a mano para huir del mal tiempo o descansar hasta una nueva jornada.

De esta forma, avanzando por la costa, y creando a su paso bases de apoyo para posteriores expediciones, los nórdicos o normandos penetraron profudamente hasta el mismo corazón del Imperio carolingio de los francos, cuyo punto débil fue precisamente estar surcado por ríos. Entraron por el Rhin, el Mosa y el Somme; por el Sena llegaron a Rouen y París en 845, 855, 862 y 885. Rebasando la Bretaña, el Loira les abrió las puertas para el saqueo de Nantes, Tours y Orléans. Más allá, hallaron la inmensa desembocadura del Garona, de diecisiete kilómetros de ancho, por la que pudieron penetrar en 847 a Burdeos, y, siguiendo el curso del Dordoña, a Perigueux (en 841, 849, 853 y 865) y Clermont-Ferrand, en la misma Auvernia. Con el tiempo, pudieron apropiarse de un territorio que abarcaba desde el Ouessant hasta el río Escalda, incluyendo las actuales Francia, Bélgica y parte de Holanda hasta París, al que llamaron Normandía.

Desde esta cómoda cabeza de puente, iban a desplegarse hacia el Sur para producir incesantes estragos. En 844 llegan a la cornisa cantábrica de la Península Ibérica, pero no impresionan a los recios asturcones, cuyo rey Ramiro I los devuelve al mar. Logran penetrar, no obstante, en las rías altas y bajas gallegas, saqueadas a conciencia. El vigoroso impulso de estas hordas prosiguió hacia el Sur, alcanzando el estuario del Tajo, es decir, Lisboa, repetidamente devastada hasta los mismos cimientos. Alarmado por las noticias que llegaban del Oeste, el emir Abd-al-Rahmán II, heredero de la dinastía Omeya del califato de Córdoba, envió un ejército que masacró la horda normanda en Tablada. Los “barbudos del Norte” no eran invencibles; si se neutralizaban sus mejores bazas, es decir, sus magníficas embarcaciones, y las “hachas danesas” –temibles en el cuerpo a cuerpo masivo– podían ser vencidos, y lo fueron, aunque, en su retirada, los vengativos piratas saquearan Beja.

Pero esta derrota no fue más que una pausa antes de que arreciara un nuevo temporal: en 858-859, sucesivas expediciones normandas recorren el litoral de la España musulmana, doblan el cabo San Vicente, y se introducen en los cauces del Guadiana y el Guadalquivir hasta Sevilla, que fue entregada a las llamas, quedando la propia capital del califato, Córdoba, amenazada. Acto seguido, los vikingos atraviesan el estrecho de Gibraltar, cruzan el mar de Alborán, y, más allá del cabo de Gata, la ambición del “terror nórdico” encuentra víctimas en las que cebarse: remontan el cauce del Ebro, y, cuando el rey de Navarra García Iñiguez acude para hacerles frente, lo capturan prisionero y piden por él un elevado rescate. Las Baleares son las siguientes en sufrir la acometida normanda, y sus ciudades, completamente arrasadas. Por último, cruzando el golfo de León, por el valle del Ródano es atacado el “bajo vientre” del Imperio carolingio hasta Valence y Lyon.

Esta fue la “primera oleada” normanda. Para la próxima, habrá que esperar al siglo X, cuando, de nuevo, el duque de Normandía, Ricardo I, impulsó a los daneses hacia el Sur. Esta vez, no obstante, los peninsulares estaban mejor preparados. Los normandos invaden Galicia de nuevo, pero los cristianos les sorprenden en diversas emboscadas, y les derrotan, incendiando sus naves. En Lisboa son acometidos en las llanuras, sufriendo pérdidas. Más al Sur, la flota musulmana del califa Al-Hakam II protege los cauces del Guadiana y el Guadalquivir; los daneses no tienen otra posibilidad que seguir adelante, llegando a la Italia meridional, donde, para estupor del papa León IX, se establecieron. El vicario de san Pedro no dudó en acometerles con su hueste, y es hecho prisionero en 1053. Así que su sucesor, Nicolás II, entendió como mucho más práctica la alianza, verificada en 1059. A partir de dicho momento, los normandos, ya establecidos y consagrados, abandonaron la piratería, para involucrarse en el difícil y resbaladizo juego de la política italiana, llegando a proclamarse reyes de Sicilia.

La piratería, pues, había penetrado en los dominios de la Edad Media: un difícil conglomerado de diminutos reinos, cuyos monarcas no deseaban otra cosa que enriquecerse a costa del vecino, mientras que las grandes repúblicas comerciales de la Antigüedad –Génova, Venecia y Pisa– aún se estaban gestando. Se trata de un periodo de “señores de la guerra”, en el que la piratería se utiliza para hacer daño al rival, y como práctica habitual para abastecerse en tiempos de escasez, o acaparar en los de bonanza. Como una bandada de aves carroñeras, los reinos rivales caerán unos sobre otros sin importarles víctimas ni seres inocentes, sufrimientos ni atrocidades, en un aquelarre pirático lamentable de los muchos que habría de registrar la historia.

El conde de Empúries, señor de Gaucelem, sería un buen ejemplo de lo anterior. Tenía su castillo en la desembocadura del río Muga –bahía de Roses–, a caballo de las rutas comerciales que unían Italia con la antigua Occitania, es decir, un lugar estratégico para atacar la navegación en el golfo de León, que depredaba a conciencia. Establecidos sus dominios marítimos, llevó sus incursiones al norte de Mallorca-Alcudia y Pollensa-Almería, e incluso el estrecho de Gibraltar. Cuando los normandos irrumpieron en sus dominios, no dudó en aliarse con los musulmanes para rechazarlos. Del 903 al 911, un nuevo conde, Sunyer II, atacó a los normandos en las Baleares y mar de Alborán, en una nada infrecuente campaña naútica de piratas contra piratas. Pero, aliados sus vecinos del Norte y del Sur, con los ya establecidos normandos de Sicilia, esta dinastía caerá en decadencia de forma paralela al aterramiento del fondeadero del Muga con el cambio de milenio, no pudiendo ya desplegarse desde allí más naves. Los días de la Empúries pirática medieval se desvanecieron como los de la romana Emporion en su día.

También a la sazón culmina otra horda pirática que había sembrado el pánico en el Mediterráneo central: los sarracenos, que, con base en el Túnez actual, cuya costa era un auténtico rosario de refugios piratas como la islas de Zembra y Djerba, Bizerta, cabo Cartago y la actual Kelibia, alcanzaron con facilidad el Tirreno para sus primeras incursiones. En 827 desembarcan en Córcega, Cerdeña y Sicilia, llegando al continente en 834, y culminando sus asaltos con la toma de la ciudad de Bari –841– en plena “espuela” de la bota italiana, es decir, el Adriático, lo que les permitía el control de este mar confinado. Sin embargo, su más sonado ataque llegará en 846, cuando desembarcan en el antiguo Portus de Roma –Lido–, saqueando la ciudad extramuros. También llegaron a la costa azul francesa, pero, con el nuevo milenio, su impulso decreció y fueron expulsados tanto de Italia como de las islas, aunque pequeños núcleos como Almería continuarán manteniendo la actividad aún durante otro siglo. Lo mismo sucedió con los temibles normandos, detenidos finalmente en Inglaterra en 878, y en Francia en 891. Para fin de siglo, las crónicas dejan de hablar de estos invasores que asolaron las costas europeas aprovechándose de la sorpresa y el ataque masivo como táctica básica, y sin pretender justificar de ninguna manera sus intenciones, tal como se hará después por motivos ideológicos, de odio al imperio dominante, o religiosos.

Los nuevos tiempos no traerán grandes novedades. El señor de Barcelona, Ramón Berenguer III, hijo de madre normanda, fue un señalado noble que se dedicó a la piratería. En 1114 realizó una expedición pirata contra las Baleares, en mal momento, pues, en su ausencia, los almohades, en la senda del ya desaparecido emir Al-Mansur (Almanzor) devastaron su ciudad. Con el tiempo, Aragón y su salida al mar, Cataluña, van a desempeñar un importante papel como foco de poder en el Mediterráneo, librando una pugna marítima e isleña en la que la piratería no era sino un instrumento más de hacer daño al enemigo. Lo mismo sucedía en otras latitudes; las aguas confinadas se veían sometidas a la pugna de los nautas zarpados de ambas orillas, de los que los piratas no eran sino la punta de lanza. En aguas del canal de la Mancha aún se recuerda la leyenda del monje y almirante Eustace Buskes, al que arrancó de su abadía de San Wulmer, en Picardía, un conflicto por la muerte de su padre, terminando por aceptar un puesto de senescal y la pacífica existencia de un hombre casado. Pero tampoco ahí estaba escrito su destino, pues una nueva diferencia, esta vez con su señor, lo mandó al exilio inglés, siendo acogido, por su noble cuna, en la corte de Juan sin Tierra, que había sucedido al famoso Ricardo Corazón de León. Puesto al mando de una escuadrilla de galeras inglesas, Eustace atacó las islas de Jersey y Guernsey en atrevida incursión pirata, escapando después del jefe galés de la escuadra francesa, Kadoc, al que burló también remontando el Sena, logrando copioso botín. Su triunfante regreso a Inglaterra en 1206 le valió la primera “patente de corso” expedida personalmente por Juan. Excomulgado éste por el papa, Eustace, que debía seguir siendo fiel a sus convicciones religiosas, regresó al servicio de Felipe Augusto de Francia, que, convencido de su fama, le puso al mando de sus galeras de Boulogne, con las que asaltó dos ciudades sublevadas contra su señor, Brugues y Dam, entregadas al pillaje. Pero, atrapado por una hábil maniobra de Guillermo Larga Espada, su flota quedará destruida completamente.

Durante toda su vida, Víctor San Juan Sánchez (Madrid, 1963) ha tratado de asumir el difícil compromiso de una vocación marinera (es capitán de yate con varias travesías oceánicas) con una profunda afición literaria, en la que combina ensayo y novela (once libros publicados) e intensa dedicación a las obras públicas civiles e infraestructuras; de todo ello, inevitablemente, surge una peculiar visión del mundo y una filosofía que a menudo podemos encontrar leyendo entre las líneas de sus textos. En Punto de Vista tiene ya publicadas otras dos novelas Morirás por Cartagena y Siete Robles.

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