Mujeres silenciadas en la Edad Media | Punto de Vista Editores
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Mujeres silenciadas en la Edad Media

Dimensiones: 14×22 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-68-6
Nº de páginas: 176


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

16,90 

La Edad Media fue una época especialmente difícil para las mujeres, sin embargo nos regalaron un legado de sabiduría, conocimiento y grandeza del que poco a poco vamos descubriendo su profundidad e importancia. Cristina de Pizán, Hildegarda de Bingen, Sabine von Steinbach, Jacoba Félicié, Beatriz de Día, María de Francia, Matilde de Magdeburgo, Catalina de Siena, Brígida de Suecia, Alice Kyteler o Gertrudis de Hefta son algunas de las protagonistas de este libro que nos acompañarán en un viaje al mundo de las catedrales, al nacimiento de las universidades y al crecimiento de las grandes ciudades europeas.

«Una obra recomendable no sólo por la capacidad de su autora para la narración y la documentación, sino porque consideramos que este tipo de trabajos son necesarios para dar una visión precisa de la sociedad a lo largo de la historia –en este caso, en la Edad Media– y dar voz a mujeres que, no sólo en su tiempo, han carecido del reconocimiento que, sin duda, merecen».
Álvaro López Franco, Descubrir la Historia

«Imprescindible en cualquier biblioteca –no ya de género– Mujeres silenciadas en la Edad Media viene a llenar un hueco vergonzoso, y lo hace con lealtad y curiosidad, dos virtudes a menudo ausentes en otros ensayos de esta naturaleza».
Alberto de Frutos, Historia de Iberia Vieja

«Es una obra de referencia para todas aquellas personas que quieran saber más sobre esas mujeres que se negaron a vivir según lo que se esperaba de ellas».
Victoria González, Muy Historia

«Ha sido una aventura fascinante la lectura del libro Mujeres silenciadas en la Edad Media de Sandra Ferrer. La autora arroja luz sobre el desconocido papel de la mujer en una época que se nos antoja oscura y difícil».
Isabel Vergara, Lectora

Introducción

Cuando se abrió la ventana…

… aparecieron las damas

1. La oscura Edad Media. ¿Más oscura para las mujeres?

2. Lo que dejaron ser a las mujeres. Modelos establecidos

Las hijas de Eva

Esposas y madres

Religiosas

La mujer escondida. La mujer real

3. Lo que quisieron ser las mujeres (y algunas consiguieron)

Hildegarda de Bingen. ¿Una renacentista en la Edad Media?

Escritoras

Trovadoras

Místicas

Iluminadoras

Compositoras

Doctoras, matronas y sanadoras

Brujas y herejes

Abadesas, santas y beguinas

Constructoras

4. El camino heredado

Nota a la segunda edición

Bibliografía

Introducción

Cuando se abrió la ventana…

Cuando era pequeña me apasionaban las clases de historia. La Edad Media era mi época favorita. Aún recuerdo aquella pirámide en la que pintábamos a los campesinos en la base, a los caballeros y clérigos en el medio y a los reyes en la cima. Imaginábamos hombres sobre caballos, armados con largas lanzas, monjes rezando en bucólicos claustros y reyes con ricas testas coronadas. Pero ¿y las mujeres? En aquel entonces, hace ya unas décadas, lo cierto es que no me lo planteé. Aparecía alguna damisela con aquellos cucuruchos estrafalarios en la cabeza y hermosos trajes que imitábamos en casa con viejas telas de cortina.
Pasados los años, en una revista de historia medieval, me topé con una mujer, ataviada también con aquellos gorros extraños, acompañada de otras tantas damas. Eran ilustraciones de La ciudad de las damas, aquella gran obra precursora del feminismo —¡en plena Edad Media!— escrita por Cristina de Pizán, considerada la primera escritora profesional de la historia, de quien tendré ocasión de hablar.
Por aquel entonces, ya había descubierto nombres propios femeninos medievales como las archiconocidas Leonor de Aquitania o Juana de Arco. Pero Cristina me abrió una ventana a su ciudad de las damas y a una gran cantidad de preguntas. Leonor fue reina; Juana, una santa. Roles estereotipados de las mujeres en la Edad Media. Pero, en un mundo en el que el 90 % de la población era campesina y las mujeres vivían a la sombra de padres, maridos o clérigos; en un tiempo en el que el analfabetismo estaba, si cabe, más extendido entre las campesinas, ¿cómo podía ser que una mujer, viuda y sola, hubiera conseguido vivir de la palabra escrita, y en el siglo XIV?
Cristina de Pizán fue solo el principio. Luego encontré otros nombres propios como Hildegarda de Bingen, Sabine von Steinbach, Jacoba Félicié, Beatriz de Día, María de Francia, Matilde de Magdeburgo, Catalina de Siena, Brígida de Suecia, Alice Kyteler, Gertrudis de Hefta, En Depintrix, entre otras. No está mal para un tiempo en el que nacer mujer suponía llegar a un mundo de encierro, ya fuera en el hogar o el monasterio. Junto a estos y otros nombres que iré desvelando, para aquellos que quieran acompañarme en este relato, descubrí que las mujeres habían ejercido oficios reservados exclusivamente a los hombres, como constructoras, albañiles, trovadoras, iluminadoras, escritoras, médicas, entre otras actividades. Algunas obtuvieron el aplauso masculino, pero otras perdieron su vida en el intento.
Poco a poco, todas estas mujeres, con nombres propios o anónimas, están siendo descubiertas por grandes historiadores, escritores y periodistas, que reclaman para ellas el lugar que les corresponde en el mundo medieval: un mundo eminentemente masculino y, a menudo, en exceso misógino.
Esta es mi humilde aportación para visibilizar a aquellas mujeres, sin denostar por ello a los hombres y alimentar la hoguera de la guerra de sexos. Simplemente descubriendo un universo femenino apasionante y largamente silenciado. Espero que, con el tiempo, este universo se dé a conocer en las clases de historia para que los que ahora son alumnos, como lo fui yo un día, descubran un mundo de hombres y mujeres, y puedan situarlos a todos en el lugar que les corresponde.

… aparecieron las damas

27 de noviembre de 1095. La ciudad de Clermont se ha convertido en el centro del orbe cristiano. Tras sus murallas se está celebrando un concilio en el que se gestará la toma de Jerusalén y la lucha contra el infiel, que la historia conocerá como la Primera Cruzada. Al sínodo de la Iglesia han sido llamados unos trescientos clérigos y laicos que durante varios días se han reunido en la catedral de Clermont. Fuera del templo, que por aquel entonces aún no había tomado la forma gótica posterior, el mundo sigue su curso.
Todos los asistentes al concilio son hombres. Hombres de fe, temerosos de Dios, a quienes se les ha educado en una tradición cristiana en la que las mujeres no salen muy bien paradas. Mientras el destino de sus maridos e hijos se decide intramuros, ellas permanecen ajenas al gran capítulo de la historia que se está escribiendo a tan solo unos metros.
Entre aquellas mujeres encontramos a una joven y tenaz artesana a la que llamaré Marie. Mientras sus hijos corretean por la planta superior de la casa, ella trabaja en el taller de la planta baja con una pequeña cuna a su lado en la que descansa un bebé fajado al que no quiere coger cariño, pues ya ha perdido a tres en el camino. Marie forma parte del gremio textil, porque su marido es maestro de este. Ella es hija de artesanos también y, como tal, trabaja en el negocio familiar.
Más allá de las murallas, donde probablemente llega el tañido de las campanas catedralicias, una campesina, a quien llamaré Jeanne, se afana por preparar el campo en aquellos fríos días de noviembre sabiendo que en casa le espera la cocina. Cuando termine con los pucheros, un pequeño telar aguarda al fondo de la humilde estancia para tejer la ropa de los niños y de su esposo. Sus ropas probablemente estén llenas de remiendos. Lleva a un retoño colgado a la espalda, mientras otros cuatro revolotean a su alrededor. El mayor, por suerte, ya empieza a ser una ayuda importante en el campo.
Colindante a las tierras arrendadas por el marido de Jeanne, un monasterio de monjas benedictinas protege tras sus muros los cuerpos y las almas de las decenas de muchachas que viven de espaldas al siglo, mirando a Cristo, con el que se quieren desposar, y a la Virgen María, a quien sueñan con alcanzar en piedad y santidad.
Aquel 27 de noviembre, el mundo medieval empezaba un capítulo en mayúsculas de la historia, en el que unos cuantos hombres decidieron el destino del resto de hombres y mujeres de la cristiandad. Pero ¿y las mujeres, como Marie, Jeanne y las religiosas, fueron tomadas en consideración? Por supuesto que no. Pero Marie, Jeanne y todas las muchachas más o menos piadosas del cenobio que he imaginado eran mujeres reales que vivieron a la sombra de los hombres. Algunas, sin embargo, salieron a la luz.
Tanto unas como otras son las damas de este relato. Una pequeña ventana abierta a unos siglos apasionantes en los que también vivieron mujeres apasionantes.

Sandra Ferrer Valero (Barcelona, 1976) es licenciada en periodismo por la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB). Se ha centrado en el estudio y la divulgación del papel de las mujeres en la historia de la humanidad. Ha publicado Mujeres en la historia. Retratos de mujeres valientes, 2018; Breve historia de Isabel la Católica, 2017; Breve historia de la mujer, 2017 y la novela Amor divino, amor profano, 2016. Ha sido traducida al italiano. Colabora habitualmente en Clío: Revista de Historia y gestiona desde hace años el blog www.mujeresenlahistoria.com

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Ficha del libro: Descargar

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