Mercurio en primavera | Punto de Vista Editores
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Mercurio en primavera

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-98-3
Nº de páginas: 208

18,90 

Lucas y Carlos son hermanos y su vida discurre en la monotonía lluviosa de Atenas, un pueblo cargado de convencionalismos y silencios. La existencia de ambos gira alrededor de dos figuras femeninas: su vecina, viuda, que no quiere renunciar a su sexualidad, y su madre, amada y odiada, que está en una lucha constante contra ellos. Byron Salas, influenciado por las obras de Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Silvina Ocampo y Reinaldo Arenas, aborda y explora el tema de la homosexualidad y del incesto entre dos hermanos que se encuentran sumidos en un progresivo aprendizaje del amor y el desgarro, la decadencia y el placer, en un descenso a los infiernos que parece no dejar espacio a la redención para ninguno de los dos.

«Ya se sabe que el trópico lluvioso es abundancia y exceso; Byron salas describe con preciosismo y fatalidad en Mercurio en primavera el peso terrible de los elementos naturales (y el odioso de las lenguas hipócritas) sobre los cuerpos subyugados, en esta su primera novela, destinada a perdurar».
Guillermo Barquero, editor de Ediciones Lanzallamas

«Heredero de los grandes escritores del Barroco caribeño, lector privilegiado de Lezama Lima y de Sarduy, Byron Salas escribe desde el único lugar que importa: desde esa encrucijada en donde la belleza duele. Mercurio en primavera es una estrella solitaria que marca un nuevo camino en las letras centroamericanas».
Carlos Fonseca, escritor

Entrada festiva

Al final sería yo quien debía asumir el riesgo de trasmitir su propio cuerpo, este lenguaje, a través del entretejido manto de días secos, rostros desfigurados por una ponzoña de plata o de hierba nueva extenderían sobre mí sus gestos. Soñaba el sí de los grandes ojos resguardados dentro de esos rostros amorfos, pero también mi sí. Pararme frente a ellos, como fueran, quienes fueran, y decir un sí enérgico como si estuviera aceptando llamarme como me llamo. El primer sí no parecía esta avalancha del miedo. Pero al final entraban en juego otras cosas que la oscuridad de un cuarto o el calor de la madera no podían disipar en un vaho casi líquido: yo, verme a mí, siendo yo y a la vez no siendo, desnudo sobre una mesa, sobre mil mesas, sobre todas las mesas o las camas y babeando todas las almohadas y lamiendo todas las vergas y siendo yo de cuatro patas en cada apartamento cada noche. Chorro blanco reavivando la pantalla. También tenía que verme corriendo tras otro, como yo, pero no tanto. Menos preocupado por las dificultades y más dado al disfrute de provocar la desaparición de otros, estorbos en medio de un campo florecido. Al final estaba esta madrugada terminando a la altura de mi vello, que no había tocado en mucho tiempo, que no había visto nadie más que Carlos, Carlos que en cinco minutos despertaría y caminaría hasta su cuarto, fingiendo, tal vez maldiciendo, sí, porque en el fondo sabe que lo que duele a la carne termina doliéndole al mundo entero, y ya qué, una flor cubierta de rocío es lo mismo que una boca tiesa en un frasco, es lo mismo que un hematoma iluminado por el sol de la mañana. Una fruta reluciente: ya siendo carne muerta, ya cadáver, breve eclipse de todo florecimiento. Flores, festivas y fúnebres flores sobre el campo que se expande de la cama al océano; flores que asaltan un carruaje de oro que nunca existió, pájaro congelado en la canoa que no canta por mirar, yo pájaro que mira, que mira a Carlos durmiendo en este sitio que al vacío se deja, y al final, nunca entrar en ese campo que me espera, en esas flores que por mí encuentran su giro, su sol vaginal, infinito, pajaril inmunidad a la retención del invierno, ya brota la luz en un lugar donde la luz no se va nunca, donde importa más este cristal o esta escena iluminada a medias que la oscuridad que la sepulta; porque flores, flores festivas y fúnebres alrededor de mí, pequeño dios, pequeño Mercurio que aletea y se rinde y mortal busca en otros la muerte… y al ser las ocho de la mañana Julita y Carlos irrumpieron en su cuarto con un queque de chocolate en el que estaba grabada la inicial de su nombre con algo parecido a jalea de guayaba. El ruido de la puerta al abrirse bruscamente lo había traído de nuevo al mundo de los vivos. Estaba soñando que corría en medio de los naranjos con un gran ejército de abejas, aguijones como espadas desenvainadas, pisándole los talones. Después del gesto desesperado de quitarse las abejas de la cara, comenzaron a sonar las voces estrepitosas de su madre y su hermano cantándole cumpleaños feliz. Julita se acercó y empezó a besarle la frente y a recordarle que hoy hace veinte años, mi amor, un día como hoy, fingiendo un amor profundo y detestable. Carlos permaneció sosteniendo el queque y cuidando que el viento que se colaba por la ventana no apagara la vela enorme. Julita cumplió con su perorata y llamó a Carlos para que acercara la llama a la boca de su hermano. Soplá la candela, dijo Carlos, guiñándole un ojo. Él lo miró entre resentido y cómplice y con un leve soplo desapareció la llama. Julita aplaudió y dijo que iba a traer un cuchillo para partir el queque y desayunar de una vez. Mami, pero ¿por qué no me dejan ponerme la ropa y bajamos a comer como Dios manda? No aquí en mi cama. Julita sonrió y clavó sus ojos en el piso, está bien, vamos entonces, vení Carlos para servir el café y el queque.
Carlos atendió a los golpecitos de su madre en la puerta como a eso de las siete y media. Ella estaba todavía en bata y tenía un billete dándole vueltas en las manos, se disculpó por despertarlo tan temprano un domingo y de inmediato le pidió cambiarse. ¿No se le olvidó quién está cumpliendo años hoy, o sí? Respondió que no, para nada. Pero, ah, bárbara, doña Julia, venir a tocar la puerta un domingo a esta hora, el único día de la semana en que puedo dormir hasta el mediodía. Y todo por él, todo por él. Tomó el billete y fue hasta el clóset a buscar una camisa y una pantaloneta, Julita permaneció en la puerta con un gesto inquisitivo.
—¿Qué pasó, ma?
—¿Cómo que qué pasó?, ¿usted se dio cuenta a qué hora entró anoche, Carlos?
—Ay, mami, por Dios, ya vamos a empezar de nuevo…
—¿Estaba otra vez con la vieja esa?
—No le diga así, ella no está vieja… Y le he dicho mil veces que es una buena compa. Hablo mucho con ella y pues sí, anoche nos fuimos a tomar unas birras.
Julita cerró la puerta después de decirle que se apurara, que tenía que ir rápido, no fuera que su hermano se despertara de la nada y todo se fuera a la mierda, como solía pasar con todas las cosas que planeaba. Carlos se demoró en el nudo de los cordones, en la contemplación sorda de la calle a través de la ventana, la misma calle gris y las mismas casas que con el paso de los años habían pasado a ser algo parecido a un montón de agregados de lata y olor a cocina sucia. Volvió a cerrar las cortinas, dejando el cuarto en penumbras, y salió.

Entonces te quitás de la cara las ramas que amenazan con herirte, porque cómo has cuidado esa cara a pesar de que frente a tus amigos te empeñés en decir que no te importa, que no tiene importancia si la cara o, para ser más exactos, la piel de la cara, está bien o mal, marcada o devastadoramente lisa. Las ramas son agresivas y es agresivo el zumbido de las abejas formando una figura bestial y negra detrás de las copas, contra el cielo mudo que se rompe en oquedades que resguardan algo parecido a nubes de lluvia. ¿O son más abejas, más batallones? Seguís avanzando entre los árboles. El campo que tenés que atravesar parece infinito, no hay un borde, una línea que pueda interpretarse como el fin y tampoco merma el zumbido de los insectos que te buscan, que tal vez buscan tu cuerpo para convertirlo en su nuevo hogar. Y te ves colgando de una de las ramas, con abejas que entran por tu nariz, por tu boca, que llenan de miel tu ombligo y una de ellas, gorda y terrorífica, se aloja justo en tu corazón que deja de palpitar súbitamente. Sabés que detrás del zumbido se asoman tus jadeos. Querés deshacerte sobre la tierra caliente, caer y entregarte de una vez por todas a tu horroroso destino sin cuestionar nada, sin formular preguntas que puedan cambiar la cacería que han emprendido en tu contra.
Dentro del sueño se instala el recuerdo del amanecer del primero de enero de hace un año, cuando Álvaro y Kevin estaban sentados a tu lado y en el suelo quedaba media botella de guaro que la noche no había dado tiempo de matar. Ellos hablan, pero no podés entender lo que dicen. Ni en el momento en que lo dijeron ni mucho menos ahora que aparecen desparramados en un sueño como figuras desgarradas. Solo sabés que ríen de alguna de las ocurrencias de Álvaro. Lo ves tomar la mitad de un limón y agarrar la botella que reposa en el suelo y beber un gran trago. Luego chupa el limón y arruga la cara y se levanta porque ya ha amanecido y hace varias horas que se acabaron todas las celebraciones de año nuevo que iluminaban la calle. Se apagaron las humaredas de las parrillas y el retumbo de los parlantes. Todos duermen en el barrio menos ustedes, según parece. Siguen ahí llenos de alcohol, vos queriendo devolver todos los gallos de carne ante el mínimo olor. Se levantan y dicen que es hora de dormir un rato, y en ese momento aparece sobre los árboles un sonido exactamente igual al que abarrota tu sueño. Entonces Kevin señala una nube negra que se ha instalado sobre uno de los árboles y comienza a reír, diciendo que tendrán que llamar a los bomberos. Álvaro se niega, dice que es cualquier mierda cargarse un enjambre. Busca una lata entre los escombros que están amontonados cerca de la malla que delimita la zona verde, recoge la cuchara con la que habían estado comiendo ensalada para espantar el sabor de los tragos y acercándose al tronco del árbol empieza a golpear la lata. Vos contemplás la escena de lejos, todavía muy ebrio, sin poder entender por qué Álvaro hace esto a las seis de la mañana cuando todos los vecinos duermen después de una noche de juerga. En las ventanas empiezan a moverse las cortinas, mostrando caras que profieren insultos tras el cristal. El sonido de las abejas aumenta y Kevin ríe estúpidamente muy cerca de donde Álvaro está golpeando la lata sin detenerse. Lucía aparece en el quicio de la puerta. Vos la habías visto correr las cortinas de la ventana y maldecir mientras se acomodada sus aguadas tetas y ponerse un abrigo encima de la bata para salir. ¡Gordo, gordo! ¿Qué estás haciendo, gordo?, le grita desde la puerta cubriéndose más. Baja la pequeña grada y de la acera pasa a la calle y sigue preguntando qué sucede. Álvaro se detiene un momento y le dice que se meta a la casa, andate que después te pican y quién te aguanta. Lucía ve la colmena y sin necesidad de que Álvaro repita la sentencia se guarece otra vez cerca de la puerta. Las abejas parecen empezar a acudir al llamado del golpeteo metálico y Álvaro, ya en la calle, camina sin dejar de mirar el enjambre que ahora avanza en pos del sonido. Varios vecinos han salido a insultar y otros han quedado embobados contemplando tan inusual prodigio. Cual flautista de Hamelin, obeso y ebrio, Álvaro guía a las abejas hacia algún lugar lejos del barrio. No tiene idea de lo que está haciendo. Sigue caminando de espaldas y tropieza con una grieta de la calle, dando en el suelo con la lata y la cuchara. Las risas de Kevin se vuelven ridículas y ante la dispersión de las abejas empieza a buscar un sitio en el cual resguardarse. Lucía entra a la casa y cierra la puerta gritando que ayuden al gordo, manda huevo, Kevin, ayudale al gordo que ni puede levantarse. Carlos y Julita también han salido a contemplar la debacle. Las abejas se esparcen a lo largo de la calle como balas que buscan la carne en la que se enterrarán: en el cuerpo de Kevin se han clavado varias, igual que en el de Álvaro, vos estás lejos solamente como un adorno en la escena, como algo que en cualquier instante se esfuma. Uno de los vecinos logra levantar a Álvaro, que se queja de las picaduras, y meterlo a su casa mientras Kevin se revuelca en el zacate infestado de abejas. Alguien trae una manguera e intenta alcanzarlo inútilmente con el chorro. Otro grita que ya llamaron a los bomberos, no deben tardar ni cinco minutos llegando, pues están a tan solo unas cuadras del barrio. Sonido de sirenas. Kevin parece completamente apagado, vos seguís metido bajo la sombra de un almendro, sin moverte, Julita te llama exasperada, pero no, decidís que hay que quedarse ahí hasta que todo el espectáculo se detenga. El camión se detiene en la esquina, figuras con trajes blancos y excesivos llegan hasta Kevin que morirá poco rato después, y es el cuerpo de Kevin el que aparece ahora como un panal humano, hediondo, colgado de uno de los árboles de naranja, llamándote y reproduciendo, como una radio incansable, su risa imbécil. El sol te aplasta, el cadáver que resguarda las abejas está frente a vos y detrás de vos otro batallón se aproxima dispuesto a traspasar tu cuerpo con sus lanzas. Te van a desollar en el naranjal. Pero el cielo se nubla, el cuerpo de Kevin cae derrotado y revienta como una naranja que se desprende de la copa. El cielo empieza a rasgarse como si fuera de papel y a través de él se cuela un resplandor infinito. Todo desaparece en esa luz enceguecedora y en el ruido de la puerta que se abre y el uno, dos, tres… cuuumpleaaaañosfeeeeliz…

Laura dejó la escoba arrecostada a la ventana para quedarse mirando a Carlos. Se veía despeinado, ojeroso, tal y como estaba cuando se fue de su casa por la madrugada. El muchacho, que la había visto desde que dio la vuelta en la esquina, intentó urdir alguna estrategia para evadirla, para no tener que mentirle de nuevo y dejarla plantada hasta que se le ablandara el asco, producto, tal vez, de la culpa acumulada, y decidiera venir a pasar una noche de cervezas con ella, noche en la cual tendría que drenar sus cargas de conciencia complaciendo a Laura, descargándola a través del canal de su vagina. Hola guapo, ¿y eso, despierto tan temprano? Carlos se detuvo. La pregunta y la mano de Laura lo habían alcanzado sin misericordia. Pues, a veces uno madruga… La veo en la tarde. Laura hizo un gesto de ofensa, tomó la escoba con la que estaba barriendo la acera, dijo que estaba cortante, que esa no era la forma en que anoche le respondía cuando le estaba dando besitos por todas partes, cuando le hacía los tragos que seguramente hoy le tendrían la cabeza a punto de estallar, ¿no te querés arrancar la cabeza?, porque así no le respondía anoche, qué va, siempre se anda con estas cosas, puta mocoso de mierda, tras de cagado, crecido, y Carlos dijo que no entendía, es decir, había respondido como siempre, no sea dramática Laurita, si usted sabe cómo la quiero y cómo me gusta venir a quedarme aquí, cómo me va a venir a decir eso y a hacerme esta vara por nada, en la tarde nos vemos donde siempre, prometido. Y siguió su camino apretando los puños, murmurando sentencias que no alcanzaban a traducirse en un pensamiento o en una arenga, pero sí en una fascinación que todavía no aterrizaba en terreno tranquilo, en playa desolada y calma. Había empujado, antes de salir de la casa, la puerta del cuarto de su hermano y lo había visto tendido en la cama esperando su beso. Niega, murmura un no, alguien a su lado lo saluda, le dice que hace una mañana caliente y él solo responde con una sonrisa. Los pájaros, sí, tal vez sea mejor enfocarse en los pájaros que perforan las guayabas; aquí en el piso hay otra guayaba. Lo recorrió desde las pantorrillas hasta la nuca, desnudo, la ropa interior reposaba al lado de la cama y los libros estaban perfectamente acomodados, como siempre. Entonces entró en el cuarto, caminando muy lento. Respiró hondo y a su vez escuchó la respiración de su hermano que debía estar soñando, perdido en la marejada de su sueño, agarró la ropa interior del piso y la olió con fuerza, extendiéndose en la figuración de su hermano desnudo como un imperturbable cuerpo a la espera de otro que lo contenga o lo haga explotar. Carlos cerró los ojos para cruzar la puerta de la panadería.
La mañana en que enterraron al esposo de Laura él estaba seguro de que ella nunca podría recuperarse. Julita y Lucía habían hecho a un lado sus diferencias y sus opiniones negativas acerca de Laura para ayudarle a atender a quienes asistieron al velorio y luego estuvieron con ella durante el funeral y más tarde, cuando volvieron del cementerio, fue su madre quien ayudó a Laura a dormir mientras Lucía se encargaba de limpiar un poco la casa con ayuda de él. Doña Lucía cantaba algo de Celia Cruz, lo tarareaba, tal vez algo que no era de Celia Cruz, sino de alguien más que a Celia le gustaba. Los perros de Laura eran dos esfinges mínimas embutidas en los cojines del sillón. Recuerda que oyó cómo Laura lloraba sobre Julita, cómo le decía que era imposible mantenerse a flote tras la pérdida de su esposo. Pero no, mujer, la cosa no es así, tarde o temprano hay que resignarse a la ausencia de lo que parece perdurable. La muerte todavía se chupaba los bigotes felinos frente a los retratos y el polvo, como esperando su recompensa, el deleite.
Al día siguiente del entierro doña Lucía tocó la puerta de la casa muy temprano y mami bajó a ver qué pasaba. Lucas y yo pensamos inmediatamente en Álvaro, algo le habría sucedido en la borrachera de la noche anterior, tendríamos otro velatorio, otro entierro, más lágrimas, más café. No escuchamos nada. Nos habíamos detenido en el primer escalón y ellas estaban cuchicheando. A veces era posible aislar un insulto y ya Lucas había podido dar con el nombre de Laura en la conversación. Mami dijo que era una barbaridad. Doña Lucía dijo que era falta de temor a Dios. Mami arremetió de nuevo diciendo que siempre lo había sabido, que a ella nadie la engaña fácil y era algo que se veía desde que llegaron aquí. En la calle se oyó la voz de Laura, doña Lucía la saludó con una amabilidad tan suya, tan melosa y candente, que me inspiró el mismo empacho de toda la vida. Igual mami, que tiró el buenos días, Laurita, ¿cómo sigue?, con un entusiasmo que hacía más interesante lo que sea que estuvieran hablando hace un momento. Lucas dijo que bajáramos, pero hubiera sido una estupidez, mami se hubiera enojado, nos conoce, se iba a dar cuenta de que estábamos parando la oreja y nos mandaría a la mierda y le diría a doña Lucía que hablaban luego o por la noche, en el bingo. Lucas estaba tan cerca de mí que me esforcé por no moverme para que él no se moviera, la misma inmovilidad que había usado anoche al repetir mi rutina incandescente. Contaba las horas para que se apagara la luz de su cuarto, casi siempre bien entrada la madrugada, rozando las tres o a veces las cuatro. Me aseguraba de escuchar los ronquidos de mami y salía al pasillo con el foco, abría la puerta, alumbraba la cama de Lucas para encontrarla vacía y se iba la luz. Siempre lo mismo. Siempre sus manos llegando desde la oscuridad, ansiosas de mí, porque me niego a creer que no sean ansias, que no sea la desesperación del sediento, del que espera su recompensa. Me dejaba penetrar con una habilidad que hasta a mí me resultaba insólita, de pie, en medio del cuarto, con los dedos llenos de saliva, con la respiración de Lucas estremeciéndome la nuca. La ventana colaba siempre la luz amarilla de la calle. Si sentía un poco de dolor me mordía el brazo o mordía mi ropa interior. Me imponía la mordaza. Mi cuerpo, desolado y sucio, era desechado cuando llegaba el alba como si la amnesia se apoderara de Lucas: no me recordaba, éramos de nuevo hermanos, hermanos que desayunaban o escuchaban conversaciones ajenas en la escalera, ya no amantes, ya no cuerpos que se arrastran. Ahora, de nuevo, tenía frente a mí su pecho y el olor a cobijas revueltas, a mañana. Lo miro. Él me está mirando. Me pasa muy suavemente la mano por la cara: entonces no es el olvido, ¿qué es? Mami cierra la puerta. El hechizo roto rueda por las escaleras hasta quebrarse. El olor del café nos convida a la mesa. Mami empieza, sin que se lo pidamos, a contarnos lo que estaba hablando hace un momento con doña Lucía. Se indigna, respira hondo, condena, parte el pan, nos ofrece mantequilla. Dice que doña Lucía vio a Laura entrar a su casa borracha, que no se explica cómo tuvo el descaro para salir anoche, que la dejaron bien tranquila y ya a punto de acostarse a dormir. Pero parece que tuvo una noche tremenda porque ahí anda paseando a los perros más muerta que viva la muy puta, dice mami y nos mira. Lucas se ríe y yo también para no dejarlo solo en la batalla. Mami niega con la cabeza, qué bárbaros que no tienen vergüenza, ¿qué hubieran hecho ustedes si al otro día de muerto Francisco yo entro a la casa a las seis de la mañana de goma? Lucas opina que no hay motivo para juzgar a Laura, después de todo está haciendo lo que aquí nadie hace, es decir, lo que le da la gana. Le sigo la corriente diciendo que en un par de días ya tendrá un marido nuevo, o bueno, no, ya no se volverá a echar ese yugo encima, mejor un amante, tendrá un amante en su casa, un amante que le acaricie los perros y le haga el amor donde ella quiera y como ella quiera. Pero Julita, ah, mi madre, solo dice que ella no nos educó como aborrecibles libertinos…
Carlos estuvo largo rato mirando los panes en sus vitrinas. Detectó una mosca cerca de los gatitos azucarados que sabían a naranja y exaltaban el sabor originario del café y se dejó envolver por el papel periódico que cubría y estropeaba la superficie roja de los arrollados. Detrás del mostrador lo acechaba la mirada incómoda del cajero, que siempre le había parecido una auténtica falta de simetría en aquel local. Aquí el dulzor, la masa esponjosa que crecía, lo salado del queso que se enterraba en la masa o la cubría, y detrás de esa tabla hosca y siempre húmeda, la figura encorvada y gorda del hijo del panadero, que lo acechaba con sus bolinchas negras como buscando el sonido de las monedas. La delicia se acababa en el momento en que los dedos con las uñas comidas se extendían para recoger la plata. Carlos volvió en sí, pues no estaba haciendo absolutamente nada mirando los panes en sus aposentos. Se volteó hacia el muchacho y le dijo que necesitaba un queque, nada exagerado, un quequito pequeño, apenas para tres, apenas para un desayuno atípico. El cajero sonrió y se adentró en la parte trasera. Lo oyó conversar con su padre y luego salir con un queque bastante simple, pero cuyo olor, que comprobó Carlos al acercársele, sería una digna compañía para el café y para Lucas. Cuando entró a la casa con el encargo su madre estaba bastante intranquila, por Dios, Carlos, creí que nunca iba a llegar, no ve que en cualquier momento se despierta su hermano. A Julita le pareció que el queque era horrible y no tenía nada en su decoración que valiera la pena, así que fue hasta la refrigeradora y sacó la bolsita de jalea de guayaba con la que decoró, muy torpemente, el centro del queque, trazando la letra inicial del nombre de su hijo. Ahora sí, arriba.

Byron Salas (San José, Costa Rica, 1993) es escritor y librero. Ha cursado estudios de filosofía en la Universidad de Costa Rica y le fue otorgado el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría, máximo galardón que entrega anualmente el Ministerio de Cultura y Juventud de su país, por su ópera prima Mercurio en primavera (2017). Su última publicación es el libro de cuentos Gloria al amor sombrío (2019).

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