Los derrotados | Punto de Vista Editores
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Los derrotados

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-19-8
Nº de páginas: 410


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

21,90 

Los derrotados es la historia de Francisco José de Caldas, un sabio de inquietudes naturalistas e independentistas. Avanzando en el tiempo, también lo es de los avatares revolucionarios de la guerrilla del Ejército Popular de Liberación (EPL) a través de tres jóvenes y sus respectivas pasiones: la botánica, la fotografía y la literatura. Dos procesos políticos fallidos, cuatro vidas enfrentadas a coyunturas revolucionarias y unidas por una sugestiva propuesta narrativa. Esta es una novela singular, como singular es la manera en que el autor enfrenta un tema tan complejo como el de la violencia política y su relación con las artes y la ciencia. Moviéndose entre la poesía, el ensayo, el cuento, la relación epistolar y la biografía, Los derrotados presenta una Colombia intemporal entre el horror y la esperanza.

«Pablo Montoya es un atento lector de Historia, o más bien, como escribió Claudio Magris, del territorio de la provincia, de los pormenores que se diría sobrantes, pero donde alienta lo más preciado del hombre, su desamparo al confrontarse con el fanatismo, con el mal, con el horror, al que se puede oponer esa energía misteriosa que llamamos creación artística. La figura de Pablo Montoya tiene el rango y la sensibilidad del artista del Renacimiento, y también como aquel vuelve la vista atrás. Conocer el pasado para indagar en la condición humana y hallar pautas para comprender mejor el presente.»
Francisco Solano (periodista y crítico literario)

«Autor “casi secreto”… en las redacciones culturales, pero no en el mundo de los lectores, que desde hace tiempos leemos a Montoya y admiramos su entereza y el fervor para escribir contra viento y marea, poseído por una indestructible vocación literaria, similar a las de William Ospina y Evelio Rosero.»
Eduardo García Aguilar (narrador, poeta y ensayista)

1. Captura de Caldas
2. Inicio de la biografía de Caldas
3. Cartas del amigo
4. Apuntes biográficos I
5. El Liceo Antioqueño
6. Santiago y Jota en Urabá
7. Caldas en las provincias del sur
8. Comienzos de Andrés en la fotografía
9. «Catálogo de muertos»
10. Diario botánico
11. Encuentro de Santiago y Pedro
12. La historia de Alba
13. Apuntes biográficos II

I

Caldas pasa de la perplejidad al terror. Desde la ventana, ve la llegada de los soldados. La alternativa de la fuga es un camino que se cierra por todas partes. Escucha el revuelo de la servidumbre en las habitaciones de la casa. Unas puertas se abren, otras se cierran. Voces de alarma provienen de los corredores externos. Una de las sirvientas dice: ¡Don Francisco José, ahí viene la tropa! Y propone el rancho de Nepomuceno, que está a un par de horas de camino. Caldas mira los ojos protectores y las manos agrietadas de Matilde. Es una indígena coconuco que siempre ha querido al amo como a un hijo. Al lado están Ulloa, Dávila y Rodríguez. Con ellos, Caldas ha logrado esconderse en la casa de Paispamba. Ante la represión española, regada por las provincias del Reino, él y otros criollos escaparon de Santafé rumbo al sur. Intentaron embarcarse con Camilo Torres, su primo, en Buenaventura, donde los esperaba un barco inglés. Pero en el trayecto de Cali al puerto habían capturado a Torres. Caldas pudo escapar con varios de sus compañeros. Penetraron la región de Timaná, ascendieron la cordillera y se dirigieron a Paispamba, en las cercanías de Popayán. Allí repondrían sus fuerzas. Luego, emprenderían el escape hacia las selvas espesas de Caquetá. Pero ahora saben que los han denunciado. Los soldados comienzan a gritar. Algunos entran a las caballerizas. Otros se acodan en el portón de la hacienda. Unos más empiezan a golpear las puertas. Todos deben salir de la casa, es la orden. Caldas y sus amigos se lanzan tras la indígena. Alcanzan una de las ventanas traseras y se adentran en el bosque. Matilde, pese a sus muchos años, camina con esa agilidad propia de los nativos que Caldas siempre ha envidiado. Poco después surgen cantos de pájaros, zumbidos de insectos, movimientos de ramas. Tratan de ser sigilosos para que sus botas no se enreden en los arbustos o den un mal paso al atravesar los arroyuelos. Han caminado más de una hora. Matilde hace un gesto, guarda silencio, se detienen en un claro. Hay varias orquídeas que Caldas supone de la familia de las masdevallias. Están encaramadas en las encrucijadas de unos troncos. Son pequeñas, de color violáceo y se suspenden en el aire con languidez. Caldas las observa durante segundos. Toma distancia. Se acerca. Las mira desde diferentes perspectivas. Las flores van cambiando de rostro cuando son observadas, piensa. Luego las roza con las yemas de los dedos y aspira su fragancia. Pronuncia un nombre: masdevallia rosácea. Caldas, que hace poco ha cumplido cuarenta y ocho años, ahora quisiera estar sometido al aroma de una orquídea. No hay mayor deleite que esta breve posesión de la belleza capaz de justificar los actos de un hombre, se dice. Y en tanto huele la flor, escucha el palpitar de su sangre que concuerda con el ritmo de la tierra. Ulloa, más allá, muerde un espartillo y escupe sus pedazos. Rodríguez está acuclillado y observa las faenas de un sendero de hormigas rojas. Dávila masajea su pierna aún resentida, pues tres semanas antes, en medio de la fuga, había caído por un barranco. El tiempo es una criatura escurridiza, innombrable, que se ha paralizado ante la contemplación de unos pétalos. La indígena toca el brazo del amo. Vuelve a insistir. Caldas despierta a la realidad. Mira los retratos adustos de sus abuelos pegados a las tapias. Hay un óleo, colgado cerca al techo, que muestra a Jesús en el monte de los Olivos, elevando sus ojos hacia un arriba de claroscuros quiteños. Mira los pocos libros que ha podido traerse de Santafé: la Filosofía botánica de Lineo, su obra preferida, la que José Celestino Mutis le había obsequiado para que avanzara en las averiguaciones taxonómicas de las plantas; la Historia Natural de Buffon, esa suerte de Biblia propia para estudiar las especies de los continentes desconocidos; el Discurso sobre las diferentes razas de Lacépède, que permitía comprender algo de los orígenes del hombre americano. Caldas vuelve a escuchar la voz de Matilde insistiendo en el escape. Pero él sabe que si huye con sus amigos, los hombres de Juan Sámano cometerán una masacre. Y lo que menos le atrae es derramar sangre en su ámbito familiar. Agradece con una caricia en las manos el gesto de la mujer. Se levanta de la mesa. Acomoda los libros en una repisa. Piensa en el molino para trigo, aún inconcluso, en el que ha ocupado las últimas jornadas. Un trabajo más que deberá interrumpir a causa de la guerra. Ordena a los criados no oponer ninguna resistencia. Le da indicaciones a Matilde para preparar un rápido equipaje. Ulloa, Dávila, Rodríguez son detenidos de inmediato. Los tumban boca abajo y les amarran las manos. A Caldas también lo empujan. Un soldado, de piel parda y ojos verdes, se adelanta y lo abofetea por traicionar al Rey de España. Esto provoca la furia de Simón Muñoz, quien llega en ese momento. ¡Deténgase!, le grita al soldado. ¡Él es un sabio y no un hideputa como usted! Caldas siente una recóndita humillación. Así, con una cachetada de la soldadesca, inicia su camino hacia la muerte.
A la salida de la hacienda hay un guadual. Bajo su sombra, Simón Muñoz se aproxima al detenido. Le pone la mano en el hombro y dice a su cuadrilla que siga avanzando. Ordena que, con los otros prisioneros, los esperen en el puente levantado más adelante. Muñoz es de musculatura recia y de ojos graves. El rictus de su boca expresa con fuerza la altivez melancólica de los hombres que provienen del Patía. Sabe qué tipo de persona es Caldas. Estimulado por los trabajos científicos, comenzados recientemente en la Nueva Granada, Muñoz ha seguido, hasta donde le permiten los límites de su formación militar, las investigaciones del prisionero. Ha leído algunas de ellas en el Papel Periódico de Santafé y en el Correo Curioso. Muñoz alberga en su corazón admiración por el reo. Y tal sentimiento ha aumentado gracias a las conversaciones mantenidas con la familia de Caldas, mientras éste iba y venía, con sus instrumentos de medición, por las tierras de Popayán y Quito. Muñoz comprende que el sabio ha caído en medio de las trampas de la sedición. Tal circunstancia le ocasiona una mezcla de congoja y rabia. Sabe que si lo conduce a Popayán, la suerte de su detenido será el fusilamiento o la horca. Días atrás había recibido la orden del general Juan Sámano de capturar a quien se consideraba uno de los sujetos más perniciosos para la Corona. La orden, a su vez, Sámano la había recibido del pacificador Pablo Morillo. Pero Muñoz también estaba al tanto de una solicitud de Toribio Montes, autoridad máxima de la Provincia de Quito, de enviar a Caldas a esa ciudad donde se le podría hacer un juicio más benevolente. El ascenso que le ofrecía Montes, más el dinero que habría de llegar por parte de los familiares de Caldas, no podía pasar desapercibido para el militar realista. Bajo el follaje de las guaduas, ambos se miran. Caldas escucha el itinerario trazado por este ángel guardián que la Providencia le ha otorgado. Usted es culpable de rebelión, dice Muñoz, pero no merece la muerte. Hombres como su persona no deberían inmiscuirse en estas calamidades, pero la guerra siempre termina devorándolo todo. Sámano, desde Popayán, no vacilará en remitirlo a la capital, y allá darán ejemplo de escarmiento con usía. Caldas se aproxima a uno de los troncos. Sobre él hay un musgo de verde rutilante. Desde hacía tiempo, es verdad, había pensado en la alternativa del exilio. Su regreso al sur era una estratagema para alcanzar el Puerto de Buenaventura y embarcarse hacia Europa con su primo Camilo Torres. París era la ciudad escogida cuando veía ante sí la posibilidad de abandonar el Reino. Allí podría dedicarse a la organización de muchas de sus anotaciones aún en estado incipiente. En París tendría a mano las observaciones de botánicos, geógrafos y astrónomos prestigiosos y los instrumentos más sofisticados. Además, estaba en su centro, como un palacio venerable, el Museo de Historia Natural. Podría renovar, incluso, el vínculo con el Barón de Humboldt y Aimé Bonpland, y ayudar al establecimiento de sus grandes herbarios. Pero recordar ambos nombres sume a Caldas en la reserva. Acaso lo reciban con desdén y tenga que llevar cartas de recomendación de una academia a otra, como un mensajero de segundo rango. Quizá le digan que sus descubrimientos no son tales, puesto que ya todo eso se sabe en Europa desde hace años. De repente, con las manos llenas de musgo, Caldas le pregunta a Muñoz qué pasará con sus amigos. No puedo hacer nada por ellos, contesta el militar. Para Montes su merced es quien importa. Caldas piensa en Ulloa, en Dávila, en Rodríguez. Evoca la solidaridad que, durante las últimas jornadas borrascosas, ha sido la mayor prueba de la amistad. Recuerda cuando salvaron a Dávila de la muerte al desbarrancarse su mula. ¡Cuántos días lo habían cuidado! ¡Cuántas horas lo cargaron por la cordillera, camino a Paispamba! Caldas sabe que nunca podría soportar el peso de una traición. Niega con la cabeza. No, jamás he sido desleal y jamás lo seré, dice. ¿Y su familia?, repunta Muñoz. Caldas lo vuelve a mirar. Se restriega las manos con el zumo vegetal. Precisamente pienso en ella, dice. Les sería vergonzoso vivir con un traidor. Haga lo que le parezca entonces, replica Muñoz, y deje que todo se vaya al carajo. Cuántas veces no le oí decir a su madre, a sus hermanas, que usted se quejaba de no tener suficientes garantías para poder dedicarse a sus estudios. En otro país lo podrá hacer. No existe otro país, contesta Caldas. Solo existe éste, y siempre ha sido una prisión llena de selvas y montañas. La guerra tan solo ha fortalecido sus barrotes. Caldas, avanzando hacia el puente, vuelve a negar con la cabeza. Sus manos han quedado impregnadas de una baba verde. Con ellas, después de atravesar el puente, golpea con afecto los hombros de sus amigos.
Desde la llegada a Popayán, el sabio siente que el miedo se le ha instalado en los pensamientos. Comprende que un hombre amedrentado es una de las formas de la cobardía. Trata de asirse a algo que le justifique la prisión. Una voz le repite con insistencia que va a morir. Esa voz le impide dormir, comer, mantener el ánimo incólume. La voz le grita que no servirá su renombre como naturalista. Le aclara que de nada ayudarán sus lazos con las familias más prósperas de Popayán. Y mientras pasa más horas en la cárcel, su abatimiento se acentúa. El desaliento le está despojando su convicción patriótica y empieza a mitigar la fortaleza que creyó poseer. Un día su madre lo visita para consolarlo. Pero con solo verlo en el encierro el corazón se le paraliza. Caldas da voces urgidas cuando ve que los guardias la sacan de su celda en una parihuela. Entre los prisioneros, por otra parte, planea la convicción de que todos van a ser ajusticiados por los tribunales de Morillo. Se cuchichea, y a veces en tono de comicidad desalada, que el Pacificador es una suerte de Abadón que Dios ha enviado al pecaminoso Reino de la Nueva Granada. Caldas quisiera aceptar su destino de una vez por todas. Tener el vigor moral para prepararse a morir. Poder burlarse de su propia muerte. Participar en esa cínica chismografía carcelaria con que sus compañeros de cepo sortean el terror. Pero lo que piensa, lo que recuerda, lo que imagina, lo ata a la vida con una ansiedad salvaje. Ulloa intenta calmarlo. Lo ha hecho en varias ocasiones. Su amigo le responde, a regañadientes, que lo deje tranquilo. Este miedo es lo único verdadero que tengo, le dice. La desesperación, finalmente, se desborda cuando llega la noticia de Camilo Torres. El principal dirigente de los criollos será trasladado a Santafé. Caldas ve en ese gesto el presagio de su propia suerte. Pero lo que lo hunde en una opacidad aún más sórdida es otra noticia. Jorge Tadeo Lozano, su compañero zoólogo en la Expedición Botánica, ha sido fusilado. A Emigdio Benítez, uno de los mejores botánicos del Reino, también lo han pasado por las armas. Con todo, una esperanza se le ofrece. A ella se aferra con obcecación. Toribio Rodríguez, como un espejismo, aparece en la celda. Caldas lo abraza con euforia. Es uno de sus viejos amigos payaneses. Con él viajó a Quito e hicieron algunas mediciones astronómicas en el Valle del Patía, en los tiempos en que no se había extendido el caos por la Nueva Granada. Abogado respetable, entusiasta de las ciencias naturales, frecuentador de tertulias literarias, Toribio Rodríguez nunca ha apoyado la separación de las colonias de la Corona española. Su posición frente a las campañas independentistas es particular. Cree en una cierta libertad individual y, por ello, aprecia algunas ideas de la Ilustración que provienen de Francia. No obstante, frente a la libertad política de las provincias americanas es reacio. Le parece insensato cortar los lazos que unen a América con España. Piensa que aún se está lejos de lograr una madurez en los criollos que permita una autonomía total. España lleva varios siglos administrando las colonias y aunque ha habido errores alarmantes, la experiencia del tiempo jamás se improvisa. ¿Qué puede hacer un manojo de jóvenes inexpertos en una aventura como es la de crear una nueva república? No grandes cosas y, en cambio, sí yerros incontables que pesarán sobre el porvenir, concluye Toribio Rodríguez. Son estas consideraciones, y sus estrechos vínculos con los medios realistas de Popayán, los que hacen que la Corona lo vea con buenos ojos. Toribio Rodríguez, después de abrazarlo, le informa a Caldas sobre su familia y no le mitiga la desgracia del horizonte. Su madre ha muerto, días después de la visita. Manuela, su esposa, está todavía débil por el parto reciente y no para de llorar por la suerte de su esposo. Es verdad, por otro lado, lo de Tadeo Lozano y Benítez. Y es verdad también que irá a juicio Camilo Torres por su vínculo con los insurgentes. Pero Toribio Rodríguez no ha venido solo para dar noticias luctuosas. Con rapidez le detalla a Caldas el peligro que corre. Pablo Morillo está iracundo y quiere cortar de raíz el árbol de la revuelta. Casi nadie se ha salvado del fusilamiento, de la horca, del descuartizamiento. Lo único que puedes hacer, aconseja Rodríguez, es escribir una carta al Gobernador Montes. Así él ordenará tu traslado a los tribunales de Quito. Sámano, en cambio, quiere enviarlos a todos ustedes a Santafé porque Morillo le ha prometido un ascenso. El Gobernador Montes puede adelantarse y, al menos, dulcificar tu pena. Ordenará la prisión por unos días, luego te absolverá, o a lo más te mandará a España en calidad de desterrado, puesto que eres un hombre de conocimiento, y él valora ese tipo de cosas. Caldas escucha la propuesta en la que Montes está de nuevo involucrado. Debe escribir entonces una carta de retractación. Expresar su arrepentimiento. Convence al Gobernador, vuelve a aconsejar Toribio Rodríguez, de que esta revolución ha sido un desastre y que la culpa te carcome la conciencia. Bésale la mano, besa la del Rey, besa a España. Enaltece tus ancestros puros. Señala la Santa Iglesia Católica como la única que puede orientar tus pasos y los del Reino. Abomina del equívoco que significa una Nueva Granada separada de la Corona. Caldas dice que lo hará y siente que le tiemblan las piernas y su respiración se atosiga. Tose para que la voz no se ahogue. Dice que hará cualquier cosa, arrepentirse, arrodillarse, besar, con tal de que su vida sea perdonada. Rodríguez le prodiga ánimos. Le promete que pronto recibirá papel y tinta. Te defenderé hasta donde me sea posible, querido Francisco, le dice. Después lo abraza y sale de la celda.
Poco después, Caldas recibe la noticia. Su suerte ya está en las manos del Pacificador. Le informan que Juan Sámano interceptó la carta escrita por Toribio Montes donde solicitaba su traslado a Quito. El sabio se hunde completamente en la zozobra. Manuela Barahona acude
a sus pensamientos. Para ella ha escrito las primeras cartas desde la prisión. En esas líneas ha intentado la entereza. Cuando las relee, comprende que cada una de sus frases expresa cobardía. Las rasga y vuelve a escribir otras. Así va logrando un tortuoso equilibrio entre el miedo y la ecuanimidad. En tal estado, solo logra dar consejos morales y sujeción a las buenas costumbres. Le pide a Manuela cuidar de ella y de sus dos hijas. Le aconseja valentía y vigilancia. Le recuerda que Dios existe a pesar de no estar en este momento a su favor. Le aclara que se siente arrepentido de no haberse escapado con ella y sus hijas hacia Europa. Allá hubieran vivido tal vez las vicisitudes del exilio, pero los habría protegido la unión familiar. Caldas cambia de posición en el catre. Se rasca la cabeza, los brazos, las piernas. Recuerda su pasado amoroso que, desde hace años, no ha sido más que una dispersión de rápidos encuentros en medio de la confusión de la guerra. Un amor sometido a los afanes y a las despedidas, a la estrechez material, a las amenazas de muerte, a las vanas promesas de que pronto estarían juntos. Pero ahora sabe que ese pasado maltrecho le corresponde a él y a nadie más. El país que apenas inicia, piensa, es patrimonio de todos y en la defensa de sus bienes, o en el pronunciamiento de sus debilidades, terminamos sumidos en el entusiasmo de sus proyectos o en el marasmo de sus fracasos. El amor de Manuela y mis hijas, en cambio, solo es mío. Caldas se dice, en un momento de arrebato, que lo más importante de su vida fue haber leído esas palabras con las que la novia expresaba el deseo de ser su esposa. El prisionero busca en los recuerdos aquellos papeles donde se trazaban su nombre y el de ella. Recuerda las frases que iban pasando de un usted pudoroso a otro prometedor de confesiones más íntimas. Evoca el olor de los cabellos que Manuela, por petición suya, le había enviado desde Popayán, envueltos en un papel que decía: Aquí estoy, querido mío, mi olor es suyo. Pero después fue la barahúnda de la independencia. La dificultad de encontrarse en cualquier sitio sucedido el matrimonio por poderes. Varios meses debieron transcurrir para que los dos pudieran verse, ya no en La Plata que era el lugar destinado, sino en La Mesa de Juan Díaz, y consumaran por fin ese amor más hecho de misivas ansiosas que de otra cosa. Caldas recuerda el cuerpo de Manuela. Siente que un ahogo lo devasta. La primera vez que se encontraron fue en una casona en los alrededores de Fusagasugá. En medio de la oscuridad de la habitación, él recorrió a Manuela con sus manos. Olió su cuello. Tocó tras las prendas los senos pequeños y duros. Besó el vientre y los muslos. Apretó las nalgas contra su virilidad desbordada. Hueles a una orquidácea que llaman Cuna de Venus, le dijo esa noche, después de poseerla. Manuela había sido una esposa virtuosa a lo largo de los seis años de matrimonio. Soportaba las ausencias de su esposo que iba de un lado a otro, empujado siempre por una febrilidad que parecía inextinguible, entre la observación, la revelación y la constatación de los fenómenos naturales y el apoyo a la causa política que ahora incendiaba al Reino. Manuela había entendido lo que significaba compartir la vida con un naturalista atraído por las ideas revolucionarias. Y se había casado con él porque estaba enamorada más de la curiosidad del hombre que de los usuales atributos masculinos que subyugan a las mujeres. Manuela vio en ese incesante inquirir de Caldas por el mundo, su mayor encanto. Quería sus ojos negros porque ellos eran capaces de indagar las nubes y las estrellas. Besaba sus manos porque sabía que ellas recogían en vasijas de barro aguas lluvia para medir la altura de los volcanes. Caldas recuerda cuando le dijo que ella era su otro cosmos incógnito, el que descubría en la penumbra de un lecho iluminado por el amor, el que veneraba a escondidas de todos y solo en presencia de ella. Pero ahora Manuela no es más que evocaciones despedazadas. Bastaría un milagro del tiempo, un repentino trastrueque de sus coordenadas, para que los dos ingresaran nuevamente a la realidad de las caricias compartidas. Caldas sabe, no obstante, que su vida nunca ha sido un terreno apto para ese tipo de milagros.
Popayán va quedando atrás. Las calles de una adolescencia curiosa. Los campanarios de los templos donde pidió a Dios socorro para sus investigaciones astronómicas. Las casas de patios esplendentes, con sus fuentes moriscas y los amplios corredores, que presenciaron sus cálculos sobre la posición de la luna y los satélites de Júpiter. Desde la mula que lo lleva a Santafé, fuertemente custodiados él y sus compañeros por los soldados de Sámano, Caldas ve a la gente que se mueve en el mercado. Está el vendedor de tripas de cerdo y el vendedor de chicha. Están los comerciantes de telas y los comerciantes de estampas hagiográficas. Alguien grita el precio de los tomates y las papas. Otro ofrece los atributos de la uña de gato y el tomillo. Varios muchachos juegan a la baraja en una carreta donde antes hubo cabezas de ternero y pezuñas de marrano. Un niño mendigo, con gesto atribulado, corre entre las vociferaciones: ¡Agarren al mal parido! ¡Agárrenlo! A su paso, se derrumban los puestos de mantequilla y de queso, los montones de plátanos y de yuca. Las mujeres claman a la Virgen María mientras buscan sus mercancías desperdigadas. Dos hombres atrapan al ladrón, lo estrujan, abrumándolo con coscorrones. Mientras mira el espectáculo de la calle, Caldas recuerda sus deseos de querer establecer, para la infancia y la adolescencia descarriadas, fórmulas de una educación artesanal que les permitieran la práctica de un oficio digno. ¿En donde había quedado ese plan de seguimiento a todos los menores sin distinción de clases que, en Popayán, vivían estancados en la ociosidad? Caldas había ideado el proyecto cívico cuando ocupaba el cargo de Padre General de Menores. Pretendía disminuir la degradación de las nuevas generaciones tratando de mejorar los niveles intelectuales de una población sumida en el hambre y la miseria. Había señalado las maneras perniciosas con que las madres levantaban a su descendencia. Afirmaba que ellas eran, con su protección alcahueta, las verdaderas culpables de la perdición de sus hijos. En vez de dejar que fuesen los maestros quienes se encargaran de los niños y los jóvenes, las madres se dedicaban con lágrimas y virtudes depravadas a torcer las benéficas sendas de la
educación. Pero al haberse mostrado estricto con la pereza de los jóvenes ricos, al considerar que éstos también deberían ser vigilados para que siguieran una adecuada formación, Caldas comenzó a percibir cómo se obstaculizaban sus propósitos. Las mulas brincan entre las últimas calles de piedra de Popayán. Un gozque sarnoso enfrenta su paso con ladridos. Así se me despide, concluye el sabio, y sonríe con amargura. La caravana atraviesa el puente limítrofe de la Custodia. Desde allí se puede ver la sucesión de verdes que delimitan a Popayán. Y a él le parece que ese verde, total y a la vez individual, es lo único que nombra la patria. Pero ¿cuál es esa patria?, se pregunta. ¿La ajena a los aires de la Ilustración proveniente de Europa? ¿La que nos tiene enterrados a todos en los limos de la ignorancia? ¿La patria dirigida por una Corona que se ha mostrado mezquina con sus colonias? No, de esa patria rústica Caldas no quiere saber nada. Está hecha de una sustancia burocrática y teológica que él había deplorado desde los primeros días en que su vocación de naturalista se manifestó con fuerza. Pero tampoco podían ser su patria, y ahora lo siente con seguridad irrebatible, estas luchas que buscan la libertad en medio de un desorden hecho de odios intestinos. La patria que él reivindica, en esta última mañana payanesa, es otra. Un conglomerado de valles, ríos y selvas. Es el verde de todos los matices que sus ojos beben ahora con desesperación. De esa patria alguna vez él escribió que estaba mejor situada que Tiro y Alejandría, que podía guardar en sus parajes los perfumes del Asia, el marfil africano, la industria europea, las pieles del norte, la ballena del Mediodía, cuanto había de bueno y amable en el globo terráqueo. Caldas cierra los ojos y se adhiere a ese viento que le habla de misterios que solo las nodrizas de la infancia saben recoger en las palabras cantadas. El verde está aquí, se dice, estará siempre aquí para los que sigan viviendo. Para mí, en cambio, es un rocío que se me escapa, similar a esas lloviznas frías cuya densidad intenté medir mientras ascendía el Puracé, el Antisana, el Pichincha. Caldas reconoce que el verde de la tierra será siempre un color vinculado a la nostalgia. Una ilusión tramada con la luz que aproxima al presente, pero que está unida ineluctablemente al pasado. Mientras que el color que define en estos tiempos a la Nueva Granada es otro: el rojo de las arengas públicas y los motines, el de los conciliábulos y los manifiestos, el de la masonería y la libertad. El rojo de las traiciones que asolan al Reino desde que brotó, roto en mil pedazos, el anhelo de la libertad.

Pablo Montoya (Barrancabermeja, Colombia, 1963) realizó estudios de música en la Escuela Superior de Música de Tunja y es graduado en Filosofía y Letras por la Universidad Santo Tomás de Bogotá. Obtuvo la maestría y el doctorado en Estudios Hispánicos y Latinoamericanos en la Universidad de la Nueva Sorbona-París 3. En 2015, ganó la decimonovena edición del Premio Rómulo Gallegos con su novela Tríptico de la Infamia (Random House Mondadori, 2014), reconocimiento que han obtenido entre otros autores Ricardo Piglia, Isaac Rosa, Roberto Bolaño, García Márquez o Vargas Llosa. En 2016, ganó el Premio José Donoso y, en 2017, el Premio de Narrativa José María Arguedas de Casa de las Américas, todos ellos galardones muy prestigiosos.
Ha publicado los libros de cuentos: Cuentos de Niquía (1996), La sinfónica y otros cuentos musicales (1997), Habitantes (1999), Razia (2001), Réquiem por un fantasma (2006), El beso de la noche (2010) y Adiós a los próceres (2010); los libros de prosas poéticas: Viajeros (1999), Cuaderno de París (2006), Trazos (2007) y Sólo una luz de agua: Francisco de Asís y Giotto (2009); los ensayos: Música de pájaros (2005), Novela histórica en Colombia 1988-2008: entre la pompa y el fracaso (2009), Un Robinson cercano (2013) y La música en la obra de Alejo Carpentier (2013); y las novelas: La sed del ojo (2004), Lejos de Roma (2008), Los derrotados (2012) y Tríptico de la infamia (2014).
Actualmente, es profesor de Literatura de la Universidad de Antioquia. En su obra, dialogan la historia, la música, el viaje, el erotismo, el exilio y la violencia del hombre contemporáneo.

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