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Los Borgia (ebook)

Sobre el apellido Borgia corre, incluso hoy día, toda una leyenda negra equiparable a la que se fue creando sobre la Monarquía Hispánica de los Austrias españoles. Leyenda que nos informa de envenenamientos, intentos de asesinato diversos y otros conseguidos, todos ellos por orden, instigación o comisión directa, de nada menos que un pontífice romano.

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Sobre el apellido Borgia corre, incluso hoy día, toda una leyenda negra equiparable a la que se fue creando sobre la Monarquía Hispánica de los Austrias españoles. Leyenda que nos informa de envenenamientos, intentos de asesinato diversos y otros conseguidos, todos ellos por orden, instigación o comisión directa, de nada menos que un pontífice romano. También le acompañan otros matices más truculentos: el incesto entre padre e hija (Alejandro VI y Lucrecia), el libertinaje de ésta y la sagacidad para llevar a cabo actos funestos de quien era, supuestamente, nada menos que hija y amante de un papa.

Este libro trata de desvelar lo que hay de verdad y lo que hay de leyenda en este linaje de papas españoles, con un estudio exhaustivo de sus luchas por mantener incólume el poder político de la Iglesia y salvar, al tiempo, su poder eclesiástico.

Índice
El autor
Introducción

Los orígenes: desde Aragón a Roma
El posible origen aragonés: una familia de la baja nobleza
Alonso de Borja: los primeros años
La misión ante Clemente VII
Del obispado al cardenalato: de Borja a Borgia

Alonso Borgia, cardenal y papa de Roma
Cardenal de Quattro Coronati y episcopus valentinus
Alonso Borgia, papa Calixto III
La política religiosa y sus consecuencias internacionales
El enfrentamiento con Alfonso V
La cruzada
Alonso Borgia y el desembarco de gli catalani en Roma
Calixto III y la cultura
Las últimas acciones de la política internacional
“Las muertes” de Calixto III y el ataque contra gli catalani
Rodrigo, cardenal de Roma y cabeza de la familia Borgia
Infancia y juventud: de Játiva a la Roma de Calixto III
De joven a experimentado cardenal: Pío II y Pablo II
La legación española
El regreso a la Curia: el fin de la idea de cruzada
Rodrigo y las artes
Rodrigo y su vida familiar: el reinicio de un linaje
Los últimos años como cardenal

Alejandro papa VI
El cónclave y la elección pontífica
El contexto político: Europa occidental e Italia a finales del siglo xv
La reacción de los poderes políticos
La familia del papa al inicio del pontificado

La política italianista de Alejandro VI
La búsqueda de la estabilidad: hacia la Liga de San Marcos
La familia al servicio de los planes pontificios
Vendimia de triunfos, víspera de tempestades

La invasión francesa y la Liga Santa: Los cambios en la política italiana
El apoyo a los reyes napolitanos y la invasión francesa
Carlos VIII en Nápoles y la Liga Santa
La nueva política pontificia y familiar ante las nuevas alianzas
El dominio de la situación en los Estados Pontificios
Problemas pontificios en la nueva Italia y cambios en la política matrimonial

La apuesta napolitana
El enfrentamiento con la nobleza romana y la cuestión napolitana
La primera víctima Borgia y la reacción pontificia
La respuesta pontificia y los intentos de reforma
El regreso a la actividad política y el estrechamiento de los lazos con Nápoles

El viraje de las relaciones pontificias. La alianza francesa
La muerte de Carlos VIII y el ascenso de Luis XII
César Borgia en Francia
El papa e Italia durante la estancia francesa de César
Entradas y salidas

César Borgia al servicio de la Santa Sede: La conquista de la Romaña
La primera campaña de César
Interludio tempestuoso
La segunda campaña en la Romaña

La caída de Nápoles y la política matrimonial de Lucrecia Borgia
Luis XII y el trono napolitano
La política matrimonial de Lucrecia Borgia
La dificultad de las negociaciones matrimoniales
Alejandro de nuevo ante la política familiar
Las últimas campañas de César Borgia. El culmen del poder
Urbino y Camerino
Acción y reacción
La rebelión de los condotieros
La venganza de César
El inesperado fin anunciado. La muerte de Alejandro VI y sus consecuencias
César Borgia y la defensa de Roma
Los nuevos planes y la muerte del papa
Elección del nuevo papa y la situación de la familia Borgia
Julio II papa y el fin de la implantación Borgia en los Estados Pontificios
Los descendientes de Alejandro VI. Entre el honor de las grandes casas y la
eterna lucha
Los vástagos menores y Jofré Borgia, principe de Squilace
Lucrecia. La estabilidad de Ferrara
César: ¿aut Caesar aut nihil?, y la rama francesa de la familia
Los duques de Gandía: el nuevo triunfo de la familia

Borgia: la leyenda
La leyenda, orígenes y desarrollo
Los orígenes de la leyenda y su continuación bibliográfica
El éxito de una visión mítica

Epílogo: Los Borgia, el poder y la Iglesia
Un pontífice medieval
El poder del pontífice e Italia
El poder de la Iglesia y el poder del nepotismo

Bibliografía

Introducción

Borgia. Sólo el apellido de esta conocida familia hispano-italiana nos evoca actos trágicos, bárbaros e, incluso, sacrílegos: muerte, incesto, corrupción y, sobre todo, veneno. Alejandro VI, Rodrigo Borgia, es su máximo exponente.
Borja. La forma española del mismo apellido. Ésta, sin embargo, nos lleva pensar en todo lo contrario. Fe cristiana, celo religioso y santidad. Su mejor representante, Francisco de Borja, general de la orden jesuita, beatificado en 1624, canonizado en 1671… y bisnieto del papa Alejandro VI.
Sobre el apellido Borgia corre, incluso hoy día, toda una leyenda negra equiparable a la que se fue creando sobre la Monarquía Hispánica de los austrias españoles. Leyenda que nos informa de envenenamientos, intentos de asesinato diversos y otros conseguidos, todos ellos por orden, instigación o comisión directa, de nada menos que un pontífice romano. También le acompañan otros matices más truculentos: el incesto entre padre e hija (Alejandro VI y Lucrecia), el libertinaje de ésta y la sagacidad para llevar a cabo actos funestos de quien era, supuestamente, nada menos que hija y amante de un papa.

De nada sirvió que hace ya muchos años se demostrase la escasa veracidad histórica que estas leyendas tenían. Que ni el veneno fue la principal arma de Alejandro VI (aunque tal vez sí la causa de su muerte), ni su hija era una mujer dispuesta a acabar con cualquiera que se le opusiese, o capaz de conseguir lo que deseaba por cualquier medio. La historiografía seria, que en escasas ocasiones consigue salir de los escasos círculos universitarios y cultos de los que emana y a los que informa, casi nunca logra superar en atractivo y difusión a esa otra literatura que habla de asesinos sedientos de sangre y revestidos de pontifical, que sólo piensan en su propio placer. Sin embargo, la Historia, como ciencia, nos habla de unos personajes bien distintos de lo que la mitología moderna nos ha transmitido. Sin duda la figura no es el perfecto contrapunto del terrible personaje que se nos ha descrito; pero también dista mucho de esa imagen terrible y tenebrosa.

Hay que diferenciar en primer lugar los dos papas Borgia que conoció el siglo xv. El primero de ellos, Calixto III, Alfonso Borgia hasta su elección consistorial, era un miembro de la pequeña nobleza valenciana, cuya familia estaba afincada en Játiva. Él será el origen de la rama italiana, pues fue el primero en alcanzar el cardenalato y en trasladarse a Roma. Con él, la familia entrará en un ámbito de poder muy distinto al que se habían movido hasta entonces, y se iniciará un camino que les llevaría hacia las máximas cotas del poder eclesiástico y, con ello, de la política itálica de aquellos años. De hecho, él es el origen de la versión latina del apellido familiar, pues será en la bula por la que se le elevaba a la sede valenciana en la que por primera vez aparezca esa forma del apellido en su familia por la que serán conocidos por la historia (pues ya había otros Borgia en Italia, procedentes sin duda del mismo tronco común, que se habían establecido anteriormente en la península Itálica). Aquí les llamaremos Borja sólo hasta el momento del definitivo cambio, salvo que nos refiramos a la rama castellana que recibió el ducado de Gandía.

Como han estudiado Walter Ullmann y Paolo Prodi, el pontificado desde la Baja Edad Media fue cambiando su línea principal de actuación. En los siglos plenomedievales y bajomedievales el papado había intentado reforzar y llevar a la realidad la aspiración del poder universal y superior a todos los poderes políticos, basado en la naturaleza directamente divina de su poder. Los conflictos generados por el Cisma de Occidente y la forma en la que éste se solucionó, por medio del Concilio de Constanza y por la iniciativa de los poderes políticos que comenzaban a dar forma a las monarquías nacionales, hicieron que desde el principio del siglo xv el papado perdiese gran parte de las cotas de poder que había alcanzado desde el siglo xii. El desprestigio que el Cisma le había causado y, sobre todo, las parcelas de poder eclesiástico que éste obligó a tomar a las monarquías, hicieron que al cierre del mismo el pontificado no tuviese ya medios ni fuerza para recuperarlos. Con ello se inició el ascenso de las monarquías nacionales y el declive del poder político internacional del pontificado.
A partir de ese momento se comenzó a dar un viraje en la política pontificia. Los papas empezaron a ver en el dominio de la confusa situación de la península itálica la mejor forma de garantizarse un prestigio internacional ya casi perdido. Apareciendo como la principal fuerza política italiana, pasaría posteriormente a recuperar gran parte del prestigio religioso que había gozado anteriormente.

En estos momentos de dificultad para el pontificado, no ya religiosa sino más bien política, llegarían a Roma los primeros representantes de la familia que vamos a analizar. Alfonso de Borja, Rodrigo, César, Juan, Pedro Luis, Jofré… muchos personajes y un solo destino: el poder político italiano y la supremacía de la Iglesia en el mismo. Ellos, y sobre todo los papas Calixto III y Alejandro VI, tuvieron clara la imagen del camino a seguir: hacia el poder por medio de la Iglesia y para mejor bien de la misma. Por ello, el presente estudio no es un análisis de tenebrosos asesinos. Es un estudio de la forma en la que personajes provenientes de la península Ibérica, ajenos en principio al cambiante mundo italiano de finales del siglo xv e inicios del xvi, aterrizaron en la convulsa Roma de mediados de siglo y llegaron allí a las máximas cotas de poder, buscando dar a los Estados Pontificios el rango de potencia italiana que pensaban que necesitaba para poder sustentar un poder eclesiástico fuerte e independiente.

Para ello veremos que utilizaron las mismas armas políticas que utilizaban las monarquías de su época y entorno: matrimonios políticos entre las familias pontificia y principescas (ya tuviesen éstas títulos de reyes, príncipes, duques, barones…), pactos y ligas internacionales, e, incluso, la guerra. Ninguna de estas “armas políticas” debe chocarnos en absoluto. No debemos observarlas desde la mentalidad actual en ningún momento. Hoy día puede parecernos chocante encontrar a un papa con una familia numerosa, hijos, amantes, sobrinos… que colaboren con él a la hora de las tareas de gobierno. En los siglos bajomedievales las cosas eran muy distintas. Si bien la normativa canónica prohibía el matrimonio eclesiástico e inhabilitaba a los hijos de los clérigos, la realidad decía una cosa bien distinta. Los clérigos no se casaban, en efecto, pero muchos de ellos sí mantenían una verdadera vida familiar. Sus hijos, inhábiles eclesiástica y políticamente, eran legitimados por los pontífices para la vida religiosa, y por los reyes para la vida política. Nada había de escandaloso en ello. El que un pontífice participe de igual a igual en pactos y ligas internacionales puede parecer extraño en la actualidad; pero sin duda tal hecho deviene de la pérdida absoluta de poder político que sufrió el pontificado romano en el siglo xix, principalmente por la unificación italiana bajo la hégira de la monarquía Saboya. En los siglos medievales el pontificado ostentaba un notable poder político en la península y para defenderlo y mantenerlo recurría a las mismas armas que los demás poderes políticos: los pactos y la guerra. Hoy día nos parece también aberrante la idea de una Iglesia beligerante, con armas en la mano, pero la mentalidad ha cambiado mucho desde finales del siglo xv. Como en esta misma colección ha analizado García Fitz, la Iglesia y la guerra tenían una estrecha relación. No sólo la Iglesia daba cobijo ideológico a alguna forma de guerra, viéndola como justa y necesaria en algunos casos, sino que ella misma y sus miembros recurrían a la fuerza habitualmente. Los eclesiásticos, incluso obispos, participaban activamente en las guerras y los combates, y muchas veces las crónicas de la época los ensalzan en esa faceta, como yo mismo he analizado en otros estudios.

De este modo, los Borja o Borgia, trazaron su nuevo camino en tierras italianas hasta llevarlo a las cimas más altas de su poder. Con ello buscaban el engrandecimiento de la Iglesia y la defensa de sus intereses, el medio para ello fue el engrandecimiento de su propia familia, que actuaba como paladín eclesiástico y a su servicio. Y lo hicieron hasta sus últimas consecuencias, no dudando para su consecución en enfrentarse a los que eran sus señores naturales (entendiendo como tales los señores de las tierras en las que habían nacido). Ni Alfonso V de Aragón, ni su hermano Juan II, ni el hijo de éste, Fernando II de Aragón y V de Castilla, junto a su mujer Isabel la Católica, pudieron contar con la fidelidad de los Borgia en la defensa de sus propios intereses políticos. Éstos defendían los intereses de la Iglesia y no dudaban en enfrentarse a los diversos reyes hispanos para defenderlos. A ellos y a los demás poderes políticos europeos, reyes de Francia, duques de Milán, emperadores…
Así, los Borgia, una familia de origen valenciano, pasaron a ostentar gran parte del poder itálico, pese a que allí fueron vistos durante mucho tiempo como extranjeros (eran llamados gli catalani, sin duda por la lengua que compartían con los mercaderes tan conocidos en el Mediterráneo). Pese a todo, allí hallarían su lugar en la Historia, luchando por el poder y por el bien de su tierra adoptiva y de la poderosa institución-Estado a la que pertenecían.

Los orígenes: desde Aragón a Roma

Los orígenes de la familia Borja son muy semejantes a los de muchas familias de la pequeña nobleza hispana que desarrollaron sus vidas en los tres principales reinos que convivían en la península Ibérica durante la Baja Edad Media. Aragón, Castilla y Portugal tenían una característica en común que, en este sentido, les separó en sus formas sociales del Reino de Navarra: su expansión hacia el Sur a costa de los reinos hispano-musulmanes. Esto generó una capa social de pequeña nobleza, formada por guerreros que en la conquista tenían su principal y casi única forma de promoción social. En Castilla algunos de ellos llegaron a alcanzar gran fama, siendo objeto de cantares que han llegado a ser un hito de la literatura en la incipiente lengua castellana. Éste fue el origen también de los Borja, origen de los Borgia, teniendo que remontarnos hasta la Plena Edad Media y el Alto Aragón.

El posible origen aragonés: una familia de la baja nobleza

El nombre hispano de la familia procede de la localidad de Borja, situada al sur del Ebro y cerca de la frontera navarra, que fue conquistada por Alfonso I el Batallador en 1120. La fortaleza que dominaba la localidad habría sido entregada a un pariente suyo por el monarca, don Pedro de Artarés, de quien los genealogistas de los Borja querrían hacerles descendientes (intentando obviar que el pariente regio murió en 1151 sin descendencia). Debemos poner este dato como poco bajo sospecha, dada la facilidad con la que los genealogistas hacían descendientes de grandes personajes o de familias reales a las grandes casas para las que trabajaban. Lo cierto es que los Borja comienzan a aparecer en los documentos históricos en la conquista del Reino de Valencia. En 1240, y por segunda vez en su historia, Valencia era conquistada por tropas cristianas. En esta ocasión fueron las tropas catalanoaragonesas de Jaime I el Conquistador. El monarca fue afianzando la conquista del reino tomando las ciudades y fortalezas que se extendían al sur de la capital. Así, en 1244 el monarca tomaba Játiva, en cuya conquista tenemos documentada la presencia de nueve miembros de la familia Borja, probablemente venidos desde Aragón junto a su monarca. Allí se establecerían formando la nobleza local, gracias a las donaciones fundiarias que recibieron en el entorno de la ciudad, llamada a ser el campo de su acción política. No dejaron por ello de participar en las guerras que el monarca aún llevó a cabo al sur de Játiva expandiendo hacia Alicante y Murcia sus conquistas. De este modo, en la conquista de Orihuela (muy cerca ya de los límites que se habían establecido para su expansión hacia el Sur en los acuerdos a los que había llegado con Castilla para la conquista y repartición del territorio hispano-musulmán), de nuevo aparecen los Borja, en concreto uno que destacó aparentemente por su valor llamado Rodrigo de Borja, como su futuro descendiente.

De cualquier forma la familia se asentó en el entorno de Játiva y en ella les vemos aparecer en los cargos urbanos, así como ostentando diversas posiciones militares y señoriales en el entorno de la ciudad. Allí se encontraba, sin duda, el núcleo de la vida del linaje, donde establecieron sus palacios las diversas ramas de la familia, incluida la del futuro papa, que a principios del siglo xx aún era posible contemplar en un razonable estado de conservación.
De ambos puntos partirán los Borja hacia el poder eclesiástico: a la familia urbana pertenecía Rodrigo, a uno de los linajes menores asentados en las fortalezas cercanas perteneció Alonso. Éste será el verdadero iniciador de la saga familiar, con su entrada en religión y su posterior ascenso en la carrera eclesiástica.
Alonso de Borja: los primeros años

El futuro papa Calixto III pertenecía a una de las ramas menores de la familia. Sobre la realidad de ésta hay todavía hoy muchas dudas. La historiografía tradicional, siguiendo lo que la heráldica y las tradiciones de la comarca decían, aseguraba que el padre de Alfonso pertenecía a una rama de los Borja asentada en Canals, localidad cercana a Játiva, en calidad de señores de la fortaleza que la dominaba. Pero Sanchís Sivera planteó claramente que esto no era posible afirmarlo de forma taxativa porque no había documentación que lo demostrase, y que, incluso, la que había nos indicaba que Canals pertenecía más bien a la familia del marido de una de las hermanas de Alfonso, Isabel, la futura madre de Rodrigo. Probablemente, Domingo de Borja, padre de Alfonso, no fuese más que el tenente de aquella fortaleza en nombre de la familia de Jofré Borgia, con quien casó una de sus hijas. De ese modo, sería probable que residiese allí en el momento de nacer su hijo Alfonso, por lo que éste habría nacido en Canals. Sin embargo, es una mera suposición, dado que no hay ninguna prueba fehaciente de que ocurriese así. Lo único cierto es que nació el día 31 de diciembre de 1378, año del inicio del Cisma de Occidente, en el cual él estaba llamado a jugar un importante papel, y que sería bautizado en la colegiata de Santa María de Játiva, lo que ha hecho pensar que su familia realmente provenía de esta localidad.

Siguiendo la mismas fuentes poco fiables, algunos historiadores aseguraban que fue allí donde había recibido sus primeras enseñanzas, a cargo del sacerdote local, lo que, dada la escasa cultura del bajo clero en aquellos años, podemos suponer que fue bastante escasa. Sin embargo, cuando aún era un niño pequeño su destino habría comenzado a cambiar al conocer a un eminente predicador de aquellos años a quien él mismo canonizó cuando fue papa: Vicente Ferrer. Según habría contado Alonso cuando ya era un anciano pontífice en Roma, acudió a escuchar un sermón del famoso predicador junto a su madre. Allí llegaron a hablar con Ferrer, quien trató de convencer a la madre para que hiciese que su hijo entrase en la carrera eclesiástica. Sin embargo, los escasos recursos de su familia hacían poco factible que llegase a alcanzar un puesto preeminente, pues los estudios universitarios eran una condición casi indispensable para poder aspirar a los puestos más altos de la jerarquía. O eso o el pertenecer a una familia de destacado renombre e influencia, algo que sabemos que Alonso no tenía. Pero Vicente Ferrer estaba llamado a tener una gran importancia en el futuro de la familia Borgia, pues él habría sido el responsable en gran parte de que Alonso pudiese acceder a los estudios universitarios, pues él fue quien convenció a parte de la familia de Játiva para que se los sufragase. Algunos historiadores de demostrada solvencia, como Schuller-Piroli, siguieron estas noticias basadas en la genealogía de la familia sin poner un punto de duda sobre tales datos. La verdad es que todo ello no deja de tener un cierto ambiente a historia de los siglos xvii y xviii, muy novelada y dando numerosos detalles que nunca transcriben los documentos ni las crónicas de época, como la conversación del predicador con la madre del futuro papa. La línea narrativa no es única, puesto que algunos historiadores, siguiendo a otros genealogistas, preferían situar la intervención de Ferrer poco antes del nacimiento de Alfonso, cuando habría pronosticado a la madre que tendría un hijo que llegaría a papa y le santificaría.
Las mismas fuentes indican que con catorce años habría acudido por primera vez a las aulas universitarias, primero, y en una fugaz primera instancia, a la de Zaragoza, cabeza de los reinos de Aragón; y poco después a una de las más afamadas universidades de la Corona: la de Lérida.

Todo esto, sin embargo, no tiene ninguna base para asegurarlo. La documentación existente realmente nos lleva a pensar que probablemente realizase sus primeros estudios en Játiva, o incluso en Valencia. Y que mucho más tarde de los quince años sería cuando pisase por primera vez las aulas de un estudio universitario. De hecho, la documentación existente no lo menciona hasta 1408 en la Universidad de Lérida, siendo por entonces bachiller en ambos derechos. Con estos datos en la mano, es probable que no acudiese allí a cursar sus estudios hasta después de 1400, es decir con más de veintidós años. En la universidad permanecería, estudiando, al menos durante seis más, aumentando poco a poco su titulación. Así, sabemos que en 1411 era doctor en decretos, y que en 1414 ya lo era en derecho civil, siendo lo que entonces era conocido como doctor «in utiusque iure», en ambos derechos. Sin duda esos años sirvieron para otorgarle una sólida formación jurídica que le abriría las puertas de un futuro brillante, pues los diversos puestos que fue tomando tendrían origen, sin duda, en su sólida formación como jurista.

En cualquier periodo histórico la buena formación ha sido una de las mejores formas de garantizarse un buen futuro; pero a lo largo de la Baja Edad Media se fue dando un proceso por medio del cual el incipiente aparato burocrático de los nacientes estados comenzó a nutrirse de los titulados universitarios. Desde el bachiller hasta el doctor en derecho civil o canónico comenzaron a ser fundamentales en las distintas esferas de la todavía muy reducida burocracia regia. Los consejos privados de los reyes, así como sus instancias gubernativas más cercanas (administración de justicia, Consejo Real –entendido no sólo como círculo de asesoramiento del monarca sino también como órgano gubernativo–, en las incipientes Haciendas regias…) comenzaron a verse nutridos a lo largo de los siglos xiv y xv por personas procedentes de la universidad, que eran más capaces de desempeñar las funciones encomendadas que los altos personajes de origen noble que habían venido ejerciéndolas desde el origen de los distintos oficios. Como estudió recientemente José Manuel Nieto Soria, si estos personajes añadían a su formación la condición de eclesiásticos, pasaban a formar, además, parte del grupo más indicado para llevar a cabo las empresas de tipo internacional en nombre de su monarca. Las embajadas de los siglos bajomedievales estaban normalmente formadas por miembros de la jerarquía eclesiástica. Esto se explica porque, además de su notable formación universitaria, añadían el hecho de dominar la única lengua internacional en aquellos momentos, el latín, además de ser los mejores interlocutores para negociar con aquellos otros embajadores designados por los reyes: otros clérigos.

Así, Alonso de Borja reunía una serie de condiciones que le hacían muy apto no sólo para el servicio regio, sino también para desempeñar funciones de tipo diplomático. En la situación en la que se encontraba Europa occidental en esos momentos, el desempeño de tales tareas por parte de Alonso de Borja tenía dos campos posibles: la monarquía aragonesa y el pontificado de Benedicto XIII. En ambos encontraría Alonso un importante padrino: Vicente Ferrer. Schüller-Piroli mostró la posible influencia de este predicador y futuro santo en los primeros nombramientos eclesiásticos del futuro papa, pues él mismo se encontraba entre los principales colaboradores del rey Martín el Humano y del papa Benedicto, ya que era miembro del Consejo de aquél y confesor de éste último. Efectivamente, en 1408 recibió su primer beneficio de manos de Benedicto XIII, uno en la catedral de Lérida, y en 1411 fue nombrdao canónigo de la misma catedral. Como tal desempeñó sus labores con notable celo eclesiástico, apareciendo en los registros conservados en el archivo catedralicio como presente en los actos que llevaba a cabo el cabildo durante aquellos años.

Para entonces la situación política cambió también de forma importante en la Corona de Aragón. En 1410 con la muerte de Martín I el Humano, rey de Aragón, y poco tiempo antes la de su hijo Martín el Joven en Sicilia sin descendencia legítima, se consideró extinguida la antigua dinastía real catalano-aragonesa (recordemos que los reyes de Aragón eran, al tiempo, condes de Barcelona y con ello príncipes de toda Cataluña, por el matrimonio de Ramón Berenguer IV conde de Barcelona, y de Petronila, heredera del reino aragonés). La sucesión, tras discusiones y negociaciones entre los distintos candidatos y las diputaciones nombradas por los distintos reinos que formaban parte de la Corona, además de Cataluña (que no era reino), recayó en Fernando de Trastámara, infante de Castilla y tío del rey de castellano (en esos momentos menor de edad, con lo que su tío era regente suyo y pasó a acumular en sus manos el mayor poder peninsular desde época de Sancho III el Mayor de Navarra y Alfonso VII). Para entonces el papa Benedicto XIII ya se había fijado en él, y le había nombrado oidor de la Cámara Apostólica en 1411, cuando era doctor en cánones, instándole a acudir a su corte pontificia.

Éste pontífice, el famoso papa Luna, se encontraba ya por entonces en una difícil situación internacional. Después de haber gozado de gran fama durante los primeros años del siglo xv por su afán negociador con el otro papa del Cisma de Occidente, en los últimos años estaba perdiendo gran parte de sus partidarios por el gran auge que estaba cobrando la llamada via concilii para poner fin al ya largo Cisma (que llamaba a la convocatoria de un Concilio General ante el que renunciasen los dos papas, y que éste procediese a nombrar un único pontífice romano). Benedicto XIII era partidario de que ambos papas se reuniesen y presentasen sus derechos, allí la razón primaría y acabaría quedando un único pontífice. Pero ante la negativa del papa romano a la negociación para una posible renuncia de alguno de los dos, los poderes laicos decidieron tomar cartas en el asunto para poner fin a la división en el seno de la cristiandad. Con el emperador Segismundo a la cabeza los poderes laicos convocaron un Concilio General que sería el encargado de deponer a los pontífices cismáticos y elegir un único papa. Para evitar lo ocurrido en 1409 en Pisa, cuando se nombró un nuevo papa pero sin conseguir que los poderes laicos de numerosos países retirasen la obediencia a los otros dos (con lo que realmente se agravó el Cisma, al hacer que coexistiesen tres papas en vez de dos), se intentó que antes de llevar a cabo nada sobre la elección papal, todas las naciones de la cristiandad occidental estuviesen no sólo de acuerdo, sino presentes en el Concilio, con vistas a evitar una prolongación del Cisma. El Concilio se convocó y abrió sus sesiones en 1414, momento en el que Benedicto XIII perdió gran parte de sus apoyos. En concreto, en 1416 sólo Aragón y Castilla mantenían su obediencia oficial al papa de Peñíscola, contando en otros reinos (como Francia o Escocia) sólo con la fidelidad de parte del clero. Así, el que Alonso de Borja pasase en esos momentos al servicio del pontífice cismático hacía que su carrera eclesiástica corriese el peligro de entrar en una vía muerta. Sin embargo, la cercanía que en esos momentos existía entre el poder político aragonés y el papa Luna hizo que, tal vez sin que Alonso fuese consciente de que sus actos fuesen a llevarle a salvar su proyección en la Iglesia, entrase al servicio regio de donde pasaría, años después, al servicio del nuevo poder pontificio, enfrentándose, así, a su antiguo benefactor.

Mientras era vicario general de la sede leridana, formó parte de una Junta eclesiástica en Barcelona por la que se acordó enviar una delegación al Concilio abierto en Constanza, antes, incluso, de que tras la entrevista de Perpiñán entre el rey Fernando y el emperador, aquél decidiese retirar la obediencia al papa Luna para acudir al Concilio. Aunque la Junta le nombró emisario para acudir a Constanza, su misión nunca se llegó a cumplir. El monarca aragonés (que tras la muerte de Fernando poco después de las entrevistas de Perpiñán era su hijo Alfonso V, conocido después como el Magnánimo) acordó con la Junta que no se enviase tal delegación y que la monarquía enviaría la suya. Efectivamente, Alonso no partió para Constanza; sin embargo, sí fue el encargado de negociar con los oficiales regios, tal vez como vicario general de la diócesis de Lérida, el estado de las finanzas de la misma. Ésta fue la primera aparición del futuro papa en la corte regia, y es probable que en aquella Junta llegase el monarca a fijarse en él. Sin duda la participación de Alonso en ella, así como su posible viaje a Constanza, le distanció del papa Luna; pero su entrada en la administración regia haría que su carrera no se estancase, sirviéndole, además, como puente para el paso al servicio del nuevo poder pontificio que surgió de Constanza.

En efecto, poco después de la elección de Martín V como papa único en Constanza, éste envió a Aragón como legado al cardenal Adimari, arzobispo de Pisa. Al parecer el legado hubo de esperar en la frontera del reino durante meses hasta poder acudir a reunirse con el joven monarca aragonés, pues sólo en abril de 1418 se presentaron ante él dos consejeros regios para acogerle en el reino y darle la bienvenida. Uno de ellos era nuestro Alonso de Borja. Como tal acompañó al legado durante su estancia, y actuó como intermediario entre el monarca y él, pues Alfonso V evitaba la comunicación directa con el arzobispo-legado. Sin duda Borja había alcanzado rápidamente una situación de privilegio dentro del aparato burocrático-político del monarca, pues la condición de consejero real no era fácilmente accesible. Podemos pensar que, dada su experiencia en cuestiones jurídicas y religiosas, así como sus, hasta ese momento, buenas relaciones con Pedro de Luna, hicieron de él un candidato perfecto para aconsejar al joven monarca en cuestiones religiosas. El monarca no dudó en intentar premiar sus servicios, para ello solicitó al papa el 10 de julio que le entregase la rectoría de San Nicolás de Valencia, lo que Martín V concedió al 1 de diciembre de ese mismo año.

La legación del cardenal Adimari no fue muy exitosa, pese a que gracias a los trabajos de Alonso de Borja el legado pudo presidir un sínodo del clero de la Corona reunido en Lérida, donde los convocados manifestaron su adhesión al Concilio y a Martín V. Una de las principales labores encomendadas no fue conseguida: reunirse con el antipapa y llamarle a la renuncia y la reconciliación. Sin duda, el supuesto intento de envenenar a Pedro de Luna, que éste achacó a las malas artes del legado, así como la violenta reacción que llevó a cabo, hizo que nadie se atreviese a cruzar las puertas de Peñíscola para darle tales mensajes.
De cualquier manera la labor de Alonso de Borja no debió ser discreta. Así podemos interpretarlo a raíz de las concesiones que recibió de parte del legado Adimari y del propio Martín V: confirmación de todos los privilegios concedidos por Benedicto XIII, concesión de un canonicato en Barcelona, y de un beneficio más de los que ya tenía en Valencia, por el cual intercedió de nuevo el rey Alfonso de Aragón de forma repetida, hasta el 30 de septiembre de 1420. Sin duda era una buena manera de hacerse ver a los ojos del nuevo pontificado, destacando en la defensa de sus intereses, pese a tratarse en esos momentos de un servidor regio.
Su carrera, pese a ello, seguía encauzada, de momento, en el ámbito de la monarquía aragonesa. Así, a lo largo de 1419 Alonso de Borja fue uno de los encargados de poner de acuerdo a los reyes de Castilla, Aragón y Navarra para solucionar de forma pacífica los malentendidos que pudiesen surgir entre ellos. Sin duda con ello colaboraba con el plan regio de pacificar su reino peninsular antes de acudir a Italia.

Esto sucedió ya en 1420. En el verano de ese año Alfonso V culminó los preparativos para acudir a reclamar la isla de Córcega, que por entonces estaba en manos genovesas. Allí recibiría la noticia de que la reina de Nápoles, Juana II, le proponía adoptarle y sucederla en el trono, lo que acabaría alejándole durante muchos años de la Península. Para la primera de las campañas encomendó a su mujer la regencia de los reinos peninsulares, al tiempo que dejaba establecido los personajes que habían de formar parte del Consejo Real en su ausencia. Entre ellos se hallaba Alonso de Borja, que ostentaba además el título de vicecanciller. Sin embargo, su ausencia se prolongaría más de lo pensado por la cuestión napolitana, así como por el gusto que el monarca mostraba por sus posesiones italianas. Esto significó un mayor distanciamiento del monarca aragonés y del papa, lo que había de sumarse al recelo que el pontífice tenía ante el hecho de que el rey permitiese que el pseudopontífice cismático de Peñíscola pudiese llevar a cabo sus actividades sin que el rey lo impidiese. Ahora, el hecho de que aspirase a heredar el reino napolitano supuso un enfrentamiento abierto con Martín V.

Para entonces el monarca tenía a Alonso de Borja entre sus principales consejeros, y tal vez por ello llegó a solicitar al pontífice para él el capelo cardenalicio en fecha tan temprana como 1421. El que hubiese sido un nombramiento cardenalicio como acto de reconciliación con el monarca aragonés tal vez habría impuesto sobre él la mácula de personaje poco eclesiástico (aunque no habría sido ni el primero ni el último). Sin embargo tal nombramiento no llegó a tener lugar, debiendo esperar el futuro papa veintitrés años más para conseguir el rango de príncipe de la Iglesia, llegando a alcanzar tal condición por sus propios méritos y por su capacidad mostrada al servicio de la Iglesia y no por petición de ningún príncipe.
La misión ante Clemente VII

Durante unos cuantos años la figura de Alonso de Borja desaparece casi por completo de los registros conservados. Sin duda el duro enfrentamiento que se dio entre el rey aragonés y el pontífice romano, hizo que su carrera eclesiástica no avanzase, y mientras tanto seguiría desempeñando labores de apoyo y consejo a Alfonso V, así como sus puestos en la Universidad de Lérida, siempre que sus tareas políticas se lo permitiesen. En 1423 sabemos que volvió a participar en una misión diplomática en el Reino de Castilla, sin duda por la tensión creciente debido al encarcelamiento allí de uno de los hermanos de Alfonso de Aragón por haber atentado contra la majestad del rey castellano. En cuanto a su carrera eclesiástica, sólo mejoró gracias a la acción regia. La situación de enfrentamiento con el papa le sirvió para que por encargo regio se responsabilizase de la administración de la sede mallorquina en 1424. Sólo con el fin del Cisma cambiaría radicalmente la situación de su carrera en el ámbito eclesiástico.

La posición de Alfonso V entre 1422 y 1428 en la cuestión del Cisma fue políticamente impecable y religiosamente cuestionable. Siempre mantuvo su ambigüedad sobre su posición ante el papa cismático de Peñíscola, pasando en algunos momentos al apoyo completo y en otros a un estudiado desdén. Lo cierto es que el rey aragonés se había convertido en el último baluarte para Benedicto XIII y su sucesor, pues el mismo clero aragonés, el que más fiel se le había mostrado, acabó abandonándole.
Alfonso V utilizó a los papas de Peñíscola como arma arrojadiza contra el pontificado romano, lo que hizo que, como estudió Álvarez Palenzuela, el Cisma se alargase de forma artificial, pues el pontificado de Peñíscola carecía de todo apoyo salvo el del rey aragonés. Éste no sólo les permitió subsistir sino que incluso autorizó la convocatoria de un cónclave a la muerte de Pedro de Luna para la elección de un sucesor, y llegó a intimar a que se eligiese a un aragonés. No cabe duda que eran un arma política de la que no quería prescindir. Y, efectivamente, no dudó en utilizarla. La abierta ruptura a la que habían llegado el pontificado y la monarquía aragonesa alcanzó su punto más álgido cuando en 1423 el pontífice se negó a reconocer la candidatura de Alfonso a la Corona napolitana. Éste, al retirarse de Italia para atacar a sus rivales franceses, no dudó en invitar al sucesor del papa Luna, el modesto canónigo de Teruel Gil Sánchez Muñoz, que había tomado el nombre de Clemente VIII, a llevar a cabo su solemne coronación pontificia en Barcelona. Sin duda era un claro desafío al poder de Martín V, pero fue más allá cuando ordenó que todas las bulas que éste último emitiese y se dirigiesen a sus reinos no fuesen publicadas y se le remitiesen a su corte. Alfonso V desestimó los consejos de su esposa María, castellana y fiel seguidora de Martín V, quien llegó a dar órdenes para atacar Peñíscola. El monarca anuló tales instrucciones y nombró único papa legítimo a Clemente.

El papado decidió actuar y envió a Aragón como legado al cardenal Pedro de Foix, para poner fin al Cisma y normalizar las relaciones de aquellos reinos con el pontificado. Su elección no era baladí, tenía relaciones de parentesco con los Trastámara y gozaba de un gran prestigio en la Curia. Sin embargo, aún tuvo que esperar algo más de dos años hasta que pudo entrar en los reinos de Alfonso V, quien llegó a amenazar su vida si osaba entrar en ellos sin su permiso. De hecho, el papa tuvo que extender sus poderes legaticios al sur de Francia para que pudiese permanecer allí hasta que el rey le permitiese su entrada. El monarca, además, decidió contraatacar al papa, y envió una embajada al Concilio de Siena, que abría sus puertas en aquella ciudad (después de un corto inicio en Pavia, de donde se huyó porque se declaró la peste en la ciudad) a principios de septiembre de 1423. Allí, la labor del embajador aragonés sería la socavación del poder pontificio, no dudando en apoyar e incluso fomentar a los más radicales conciliaristas, quienes, por suerte para el papa, eran poco numerosos en aquella reunión.
El acuerdo entre ambas partes no llegaría hasta que el papa se decidió a actuar contra el rey aragonés a finales de 1426, llegando a excomulgarle y a amenazar con actuar de forma más grave contra él. La ruptura era más de lo que Alfonso V deseaba y se avino a negociar, permitiendo en el verano de 1427 que el legado entrase en sus reinos. Los acuerdos entre el pontificado y la Corona aragonesa significaban el compromiso aragonés de acabar con el Cisma, pero no el pontificio de reconocer su posesión del reino napolitano, por el que aún tendría que luchar en años posteriores. Sin embargo, se le ofrecieron 150.000 ducados de oro, una notable rebaja en el canon feudal que debía pagar por su investidura como rey de Sicilia, y un notable número de concesiones sobre los beneficios eclesiásticos de su reino.

El elegido para llevar a cabo la difícil misión no fue el cardenal Pedro de Foix, quien seguramente temía el oscuro lugar de Peñíscola sobre el que corrían numerosas leyendas, sino un consejero del rey que tenía conocimiento fehaciente de los asuntos eclesiásticos y que había sido, incluso, oidor del Sacro Palacio de Benedicto XIII: Alonso de Borja. Otro dato más apuntaba a su favor, al igual que Gil Sánchez Muñoz (Clemente VIII), había pertenecido al cabildo de Valencia, con lo que es probable, incluso, que se conociesen personalmente. No fue el legado quien eligió al que había de acudir a Peñíscola a intentar conseguir la renuncia del pseudopontífice, sino el rey en persona. De hecho, Alonso de Borja había estado presente en Calatayud durante el mes de junio, en los últimos y tensos momentos de las negociaciones entre Pedro de Foix y el rey Alfonso V. Una vez concluidas éstas, el rey partió hacia Ariza, cerca de la frontera con Castilla, donde estaba preparado su ejército y el de su hermano, el rey de Navarra, para entrar en el reino vecino, donde pretendían imponer al rey castellano el gobierno junto al infante Enrique, hermano de los reyes navarro y aragonés. Estando allí volvió a llamar al legado, quien se acercó a Ariza el día 19. Alfonso V le explicó cómo pensaba poner fin al Cisma con el envío de dos de sus consejeros ante el pseudopontífice para hacerle llegar la oferta pontificia y hacerle saber que el monarca pensaba abandonarle. Sus enviados serían Alonso de Borja y Ponce de Puentes. Éstos regresaron a Calatayud con el legado ese mismo día 19, y el día 22 partieron hacia Peñíscola.

De este modo, Borja debió llegar a Peñíscola en poco tiempo, pues el recorrido no era muy largo. Apenas un par de semanas debieron ser suficientes para alcanzar la localidad castellonense. Sin embargo, debió entretenerse en diversos preparativos, así como en entablar antes negociaciones con Gil Sánchez para asegurar su entrada pacífica en el castillo pontificio. Así, el 24 de julio de 1429 Alonso de Borja llegaba por mar al temido castillo-palacio de los papas de Peñíscola. Sin duda el lugar era proclive para todo tipo de conjuras y temores: situado junto al mar sobre una roca, y con las puertas que lo comunicaban con tierra tapiadas desde hacía tiempo. Se temían sobre todo las estancias subterráneas del castillo donde se decía que habían sufrido tortura, muerte y prisión aquellos sospechosos que hubiesen acudido desde tierra firme e incluso miembros de la Curia cismática que habían caído en desgracia (de hecho, llevaba allí encerrado desde hacía muchos años el cardenal Bonnefoi por haber tachado de simoníaca la elección de Clemente VIII y haber intentado unirse a otro cardenal, Joan Carrer, que había elegido otro papa por su parte).
Su misión parecía poco menos que imposible a tenor de lo que había ocurrido en los últimos años, cuando Clemente había rechazado todas las ofertas que le habían hecho desde la Curia romana. Los rumores que corrían sobre su herejía, apostasía diabólica y otro tipo de leyendas negras, no hacían sino pintar tal viaje con muy malos augurios, aunque podemos pensar que todo lo que se decía se basaba más en la leyenda que en la realidad.

Sin embargo, todos los supuestos de fracaso se vendrían inexplicablemente abajo. Clemente no sólo recibió a Alonso de Borja, sino que atendió la propuesta que le ofrecía de parte de Martín V: si abdicaba voluntariamente se reincorporaría a la Iglesia, otorgándosele la dignidad prelaticia de obispo de Mallorca, con lo que se le garantizaba un retiro tranquilo y digno. Además, se reconocerían las decisiones que tanto él como Benedicto XIII hubiesen tomado, así como los beneficios que hubiese otorgado y los nombramientos cardenalicios que hubiesen realizado.

De forma sorprendente el pseudopontífice recibió a Borja tan sólo dos días después de que arribase a la roca de Peñíscola. De forma aún más increíble Clemente VIII no se lo pensó durante mucho tiempo, sin duda los tiempos habían cambiado y debía ser consciente de que sus apoyos eran prácticamente nulos. Ese mismo día tuvo lugar un acto solemne, que se llevó a cabo ante Alonso de Borja, en calidad de enviado regio y pontificio, por el cual Clemente VIII, vestido de pontifical y ungido con la triple corona, retiró todos los anatemas y excomuniones que se habían vertido contra Martín V y sus seguidores. Acto seguido proclamó su solemne renuncia a la dignidad pontificia, indicando que había aceptado el pontificado sólo con la intención de poner fin al Cisma, lo que gracias a Dios, ahora podía realizar. Firmó el acta de la renuncia y abandonó la sala para aparecer posteriormente vestido sólo con la indumentaria normal en un canónigo. Aun así, instó a los cardenales (entre los que no se encontraba Jimeno Dahe, antiguo consejero de Benedicto XIII y partidario de la resistencia a ultranza, y que había sido encerrado en las mazmorras para evitar problemas) a que eligiesen un nuevo pontífice en breve. Efectivamente así se hizo, y los cardenales cismáticos eligieron a Martín V como único pontífice de la cristiandad latina. Con ello se ponía fin a más de cincuenta años de Cisma y a más de diez de inútil y solitaria resistencia de los papas de Peñíscola.

Si bien una oferta de este tipo no era nueva en los años que habían transcurrido desde que, en gran parte, se cerrase el Cisma en el Concilio de Constanza, algo había cambiado para que Gil Sánchez Muñoz aceptase la propuesta. En primer lugar, su único apoyo, Alfonso V de Aragón, había manifestado ya claramente su decisión de abandonarle, y sin duda un consejero real de la calidad de Alonso de Borja era el mejor indicado para planteárselo. En segundo lugar, no dejaba de ser una salida honrosa la que se le proponía, aceptando sus decisiones y nombramientos. Y, en último lugar, se le daba cabida en la alta jerarquía eclesiástica del reino, que era mucho más de lo que había alcanzado antes de ser elegido pontífice a la muerte de Benedicto XIII. Sin duda las rentas que como tal había recibido debían haber ido mermando drásticamente, y con el obispado de Mallorca se le garantizaba un retiro tranquilo y holgado económicamente.

Con estos actos, además, se ponía fin a los muchos años de legación del cardenal Pedro de Foix, y los duros trabajos y negociaciones que había llevado a cabo para dar término al Cisma. Sin duda debía estar agradecido al consejero regio que había facilitado un fin pacífico y acorde para todos. No tardaría en demostrárselo.

Óscar Villarroel González es profesor del Departamento de Historia Medieval de la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en las relaciones entre la Monarquía castellana y la Iglesia en la Baja Edad Media, ha realizado diversos trabajos en este ámbito. Desde 1999 ha participado en diversos proyectos de investigación centrados en el poder bajomedieval, donde ha llevado a cabo el análisis de las relaciones entre la Monarquía y la Iglesia castellana. Esto le ha llevado a participar en diversos coloquios internacionales centrados en estas relaciones en época bajomedieval, sobre el Cisma, las relaciones con el pontificado, su reflejo fiscal… Por otra parte, en el ámbito del poder, es especialista en la política exterior y la diplomacia de la monarquía castellana. Fruto de ambas líneas de trabajo fue su obra El rey y el papa. Política y diplomacia en los albores del Renacimiento. Forma parte también de diversos grupos de investigación nacionales e internacionales, como el Grupo de Investigación Consolidado Sociedad, poder y cultura en la Corona de Castilla, siglos XIII al XV, o el European Scientific Network Coordination, Approche interdisciplinaire des logiques de pouvoir dans les sociétés ibériques médiévales (GDRE-AILP), o La paix. Concepts, pratiques et systèmes politiques.

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