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Las Cruzadas (ebook)

Las cruzadas fueron y son en la actualidad un motivo de reflexión para historiadores y políticos del panorama mundial, y en este libro se analizan con detenimiento todas las cruzadas realizadas desde Europa incluidas las peninsulares y destacar que desde hace más de treinta años no se había publicado un texto de un autor español sobre este apasionante tema.

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Las cruzadas constituyen, sin duda, un tema de permanente actualidad. Sin embargo, y pese a la importancia del tema, son muy pocos los historiadores españoles que se han asomado a este complejo ámbito “universal” de la cruzada. Ciertamente no nos ha caracterizado nunca el interés por temas que desborden la realidad peninsular. Quizá, en este caso concreto, porque nuestra propia historia nos ofrece un tema de estudio específico, como es el de la reconquista, que presenta matizadas similitudes con el de la cruzada. Pero en esta cuestión, como en tantas otras, el artificial divorcio que hemos impuesto a la historia de España respecto a la extra peninsular constituye una seria dificultad para la comprensión de nuestro propio pasado.

El objetivo de esta obra es romper con esta carencia y realizar un ejercicio de apertura de perspectivas. La forma elegida es una síntesis sobre el fenómeno “universal” de la cruzada que ahonde en las causas y las implicaciones de este fenómeno. Con todo, estamos frente a un obra que recoge el testigo y actualiza la que Miguel Ángel Ladero publicó hace casi cuarenta años.

Presentación

Guerras Santas y Cruzadas
Sacralización Histórica de la Violencia: De las guerras de los Dioses a la guerra por Dios Iglesia y Violencia
Guerras Santas Pontificias
Reconversión del concepto Pontificio de Cruzada

El mundo Mediterráneo en Vísperas de las Cruzadas
Reordenación del escenario Islámico
Bizancio y las comunidades Cristianas de Oriente
Presencia del Occidente Latino en el Mediterráneo

El Arquetipo: La primera Cruzada
Clermont y su proyección Histórica
La movilización Popular
Los Caballeros de Cristo
Desarrollo de la Cruzada

Nacimiento y Consolidación de los “Estados” Cruzados
Jerusalén: De Ciudad Santa a Reino
“Secularización” de la Monarquía Jerosolimitana

“Secularización” del Fenómeno Cruzado
Revitalización del Islam Turco y Alarma de Occidente
La segunda Cruzada
Reacción del Reino Jerosolimitano:
La Alianza Franco-Bizantina y el Horizonte Egipcio
Saladino y la Desarticulación del Reino de Jesuralén:
El desastre de Hattin

La “Desnaturalización” del Fenómeno Cruzado
Hacia una nueva forma de Cruzada
La tercera Cruzada
El Escándalo de la cuarta Cruzada: Intereses
Económicos y Fracaso Político
El giro Apocalíptico y la quinta Cruzada
La sexta Cruzada: La “Anticruzada” de la Negociación.
Federico II y la recuperación de Jerusalén

El fin de la Presencia Cristiana en Tierra Santa
La Definitiva Caída de Jerusalén
La séptima Cruzada: El fracaso Egipcio de San Luis
El epílogo de la Cruzada: Crisis de las Conciencias y Guerra Civil
El Factor Mongol y el Régimen Hegemónico de Baybars
La caída de Acre y la Evaluación de Palestina

Otros ámbitos para la Cruzada La Reconquista en la Península Ibérica

Epílogo: Críticas y Continuidad

PRESENTACIÓN

Las cruzadas constituyen, sin duda, un tema de permanente actualidad, y ello por varios motivos. Se trata de la primera y más decisiva de las grandes confrontaciones entre dos mundos que se concebían a sí mismos como antagónicos, mundos, no lo olvidemos, en los que las sociedades actuales reconocen algo sustantivo de su propia tradición histórica. Pero también, y paradójicamente, las cruzadas fueron la primera gran oportunidad que tuvieron aquellos dos modelos de civilización –cristiano-occidental e islámico– de entrar en un fructífero contacto cultural, situado al margen, y en ocasiones por encima, de las respectivas e inevitables interpretaciones exclusivistas. Confrontación e intercambio cultural son los dos aspectos de una misma “realidad fronteriza” que sirve de contexto explicativo para el fenómeno cruzado. Y no olvidemos tampoco que este fenómeno fue la expresión pionera de colonización para una Europa en formación, una Europa en búsqueda de una identidad para la que la centenaria y cosmopolita civilización islámica sirvió de enriquecedor mecanismo de contraste.

Sin embargo, y pese a la importancia del tema, son muy pocos los historiadores españoles que se han asomado a este complejo ámbito “universal” de la cruzada. Ciertamente no nos ha caracterizado nunca el interés por temas que desborden la realidad peninsular. Quizá, en este caso concreto, porque nuestra propia historia nos ofrece un tema de estudio específico, como es el de la reconquista, que presenta matizadas similitudes con el de la cruzada. Pero en esta cuestión, como en tantas otras, el artificial divorcio que hemos impuesto a la historia de España respecto a la extrapeninsular constituye una seria dificultad para la comprensión de nuestro propio pasado. Por eso pensamos que es siempre saludable realizar un ejercicio de apertura de perspectivas, como lo es, sin duda, el de redactar una síntesis, por general que sea, sobre un fenómeno tan “universal” como lo es el de la cruzada. Es verdad que no es ésta la primera de que disponemos. Debemos un trabajo pionero a Miguel Ángel Ladero, quien, en efecto, publicaba ahora hace casi cuarenta años la primera síntesis española que conocemos.
Creemos que ha pasado un tiempo más que suficiente para que vuelva a ser aconsejable hacer un nuevo intento.

En él, desde luego, no aportamos grandes novedades. No lo permitiría ni nuestra limitada formación en el tema, ajena a una específica investigación sobre el particular, ni tampoco el propio panorama historiográfico. Es verdad que éste se ha ampliado considerablemente en las últimas décadas. El lector podrá comprobarlo con solo ojear las notas bibliográficas que acompañan a cada uno de los capítulos. En ellas aparecen los nombres más significativos del actual panorama historiográfico sobre el tema: Mayer, Cahen, Riley-Smith, Richard, Flori, Balard, Edbury, Cowdry, Hamilton, Kedar, Phillips, Hiestand y tantos otros. Sus aportaciones son decisivas y sus puntos de vista, en muchas ocasiones, profundamente renovadores. Pero un trabajo de síntesis como el que presentamos, en que desgraciadamente no siempre es posible descender al detalle interpretativo, es difícil mostrar la riqueza que nos ofrecen los más recientes estudios, sus matizadoras aportaciones y la puntualización de las más novedosas valoraciones documentales. Y es que las grandes líneas del desarrollo del movimiento cruzado, las que en su momento modernizaron perspectivas e integraron racionalmente la mayor parte de la información disponible, fueron trazadas en viejos estudios como los de Grousset, Villey, Erdmann o, sobre todo, Runciman. Es un gran mérito adquirir la consideración de «clásicos», y ellos lo son. No conviene perder de vista que una apretada síntesis suele ser más deudora de “clásicos” que de actuales profundizadores en la, por otra parte, más que necesaria reflexión crítica.

Por eso, a lo largo de estas páginas lo que encontrará el lector es un en- foque convencional y de corte diacrónico. Se parte, eso sí, de un primer capítulo de carácter introductorio en el que, con cierto detalle, se ha procurado abordar el siempre complejo problema de la progresiva sacralización de la violencia en el seno de la Iglesia, y se intenta aportar algo de claridad al tema conceptual de la guerra santa y de la cruzada, de su inevitable proximidad y de sus matizaciones diferenciadoras.

El segundo capítulo, a través del análisis del mundo mediterráneo en vísperas de las cruzadas, nos ayuda a entender el contexto en el que se genera la primera de ellas. Los califatos fatimí de El Cairo y abbasí de Bagdad son los representantes en ese momento del mundo islámico. A ellos les estallará en las manos el conflictivo nacimiento de la cruzada. Pero también al imperio cristiano de Bizancio, cuyas autoridades miraron con permanente recelo la llegada de los “bárbaros” de Occidente. A este último y a las formas de contacto que hasta ese momento había mantenido con Oriente –peregrinaje y actividad mercantil– dedicamos un último apartado.

En el tercer capítulo estudiamos la primera cruzada, el arquetipo idealizado de todas las demás, y estudiamos tanto su previa y patética versión popular como la oficial de los caballeros. Una y otra tienen su origen en el discurso papal de Clermont, en el que resulta inevitable detenerse un poco. La toma de Jerusalén es la consumación de la cruzada, el momento en que las perspectivas escatológicas son violentamente desplazadas por la crudeza de la realidad. A partir de entonces, es preciso crear los establecimientos políticos permanentes que garanticen el triunfo de la cristiandad latina en Tierra Santa. A ellos, a sus debilidades y contradicciones dedicamos el capítulo cuarto, en el que, sobre todo, se ha querido resaltar el inevitable deslizamiento desde el inicial proyecto teocrático muy probablemente concebido por el papa, hacia las fórmulas secularizantes de que acaba haciendo gala la monarquía jerosolimitana.

Pero la secularización no es un fenómeno que únicamente afectó a la monarquía jerosolimitana y al resto de los “estados” francos, lo hizo también, y en primer lugar, al propio fenómeno cruzado. A ello dedicamos el capítulo quinto. La segunda cruzada, predicada a raíz de la caída de Edesa y en la que tanto protagonismo tuvo san Bernardo, no es ya la expedición del papa sino de los reyes. A ellos corresponde ser testigos de los primeros fracasos de la cruzada, y entre todos ellos el mayor fue sin duda la propia caída de Jerusalén en los Cuernos de Hattin. Saladino fue el gran artífice de la derrota cristiana, pero son las propias circunstancias por las que atravesaba el reino jerosolimitano las que, en último término, la explican.

La caída de Jerusalén fue tan traumática para la conciencia de la cristiandad latina que, a raíz de ella, se puede afirmar la existencia de una nueva, o quizá mejor nuevas formas de cruzada. Las sucesivas expediciones armadas a Oriente, de la tercera a la sexta cruzada –incluyendo el escándalo de la cuarta, dirigida contra los cristianos de Constantinopla– son, por unos motivos u otros, expresión “desnaturalizada” del fenómeno originario. Politización, mercantilización y supeditación a estrategias de poder estrictamente secular, son algunas de las manifestaciones de esa quiebra del modelo originario. De todo ello nos ocupamos en el capítulo sexto.

De la lectura de este último capítulo se desprenderá casi necesariamente el contenido del séptimo, el del fin de la presencia cristiana en Tierra Santa. A la descomposición política de la Siria franca hay que añadir la torpeza y estrechez de miras del Occidente cristiano. A uno y otro factor se debe el fin de la presencia cruzada en Palestina. En medio de todo ello, surge la personalidad hasta cierto punto ingenua de san Luis, el último gran cruzado, que nada pudo hacer para evitar el desastre. Quizá lo hubieran podido hacer los mongoles, repunte de viejas y legendarias esperanzas para los cristianos, pero al historiador no le está permitido caer en el juego tentador de los futuribles. En cualquier caso, a ellos es preciso dedicar, y así lo hacemos, una especial atención.

El último capítulo, el octavo, se refiere a los otros ámbitos geográficos y culturales donde se desarrolló el fenómeno cruzado. Sobre todo, la Península Ibérica en la que, a partir del 1100, la reconquista se reviste de cruzadismo para solidificar justificaciones y reforzar estrategias. Las invasiones del “fundamentalismo” islámico norteafricano –en especial almorávides y almohades– constituirían un importante estímulo en el proceso de progresiva ideologización de la secular confrontación peninsular. Algo muy distinto es lo que se produce en el tercero de los escenarios cruzados, el del Báltico. En él no hay reconquista, pero sí colonización y cristianización, que encuentran en la cruzada un buen argumento fortalecedor: la orden teutónica será su principal beneficiaria.

No hemos querido finalizar estas páginas sin aludir en un breve epílogo a otras cuestiones que, por razones de espacio, no hemos podido desarrollar en capítulos individualizados. Una de ellas es la crítica al fenómeno cruzado, algo presente desde muy temprano y que adoptó formas de expresión muy diversas, pero que en ningún caso supuso un freno real, o por lo menos decisivo, para la continuidad del movimiento. Otra cuestión es la de la ampliación del espíritu cruzado y su actuación frente a cualquier forma de rebeldía contra la autoridad de la Iglesia. Herejes, cismáticos o simples enemigos políticos del papa se convierten en objetivo de unas cruzadas que, por esta vía, estuvieron llamadas a larga vida. Pero esa vida tampoco fue corta para las convencionales cruzadas frente al infiel: los siglos xiv y xv presentan numerosos ejemplos.

Carlos de Ayala Martínez es doctor en Historia Medieval por la Universidad Autónoma de Madrid (1985), donde en la actualidad es catedrático del Departamento de Historia Antigua, Historia Medieval y Paleografía y Diplomática. Sus líneas de investigación son el reinado de Alfonso X de Castilla, las Órdenes militares hispánicas y los problemas relativos a la cruzada y guerra santa en la península, así como sus implicaciones en la legítima política. Sobre estas cuestiones ha publicado trabajos monográficos y colaboraciones en congresos y revistas especializadas, así como dirigido en los últimos años sucesivos proyectos I+D, en el seno de los cuales se han venido elaborando tesis doctorales y otros trabajos de investigación. Sus últimos libros en Sílex ediciones son Fernando III, tiempo de cruzada y Sacerdocio Reino en la España Altomedieval.

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