(MARZO 2021) La sucursal o en el lugar del otro. Don Sandio o nada que decir | Punto de Vista Editores
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(MARZO 2021) La sucursal o en el lugar del otro. Don Sandio o nada que decir

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-37-2
Nº de páginas: 112

15,00 

Javier Gomá nos presenta en este libro un sainete filosófico y un drama íntimo donde no solo expone con maestría los elementos fundamentales de todo texto dramático, sino que les confiere una importante carga filosófica. Y es que el autor concibe la filosofía como complemento de las vivencias diarias, capaz de enriquecer el teatro al añadir mayor simbolismo, densidad y profundidad a la más espontánea presentación de conflictos, dejando de lado lo simplemente anecdótico. Se incluye en el libro el ensayo inédito del autor «Palabra dicha y dichosa», donde expone las relaciones entre el teatro y la filosofía.

En La sucursal o en el lugar del otro, dos mujeres hablan en la calle sobre la difícil relación de una de ellas con su novio, sobre la felicidad y el número de bienes que se necesitan para ser feliz. De pronto, una de ellas se encuentra con un mendigo y, tras enredarse en una tensa discusión con él, consigue ponerse en el lugar del indigente. Situados en el mismo nivel, la felicidad ya no es como antes lo que más cuenta para ellos, sino la dignidad.

En Don Sandio o nada que decir, el protagonista es un filósofo que disfruta de un prestigio insuperable, pero que se ha negado a presentar una conferencia hasta que pueda ofrecerle al público una idea verdaderamente nueva. Finalmente, el día que decide pronunciarla, y tras una conversación extrañamente confidencial con la fotógrafa, Don Sandio se dirige a la audiencia y le confiesa la insólita tragedia que ha torturado su vida.

«En La sucursal […], Gomá teje con pericia dramatúrgica un afortunado sainete filosófico sobre la dignidad, la felicidad y la precariedad. Aquí está sembrado de principio a fin, humor aforístico incluido: “Soy indigente de pleno derecho”, reivindica para sí su protagonista masculino, cuando siente que le acusan de no ser lo suficientemente pobre».
Javier Vallejo, El País

«Javier Gomá […] inunda el escenario de reflexión teórica y crítica acerca de algunas preocupaciones eternas y consustanciales al pensamiento humano, y también acerca de otros asuntos que parecen más específicos o más pegados a la actualidad, pero que son igualmente abordados desde una óptica racional, lógica y, por tanto, universal».
Raúl Losánez, La Razón

«De todas las cosas pensables por el filósofo, el dramaturgo escoge sólo aquellas pocas susceptibles de ser expresadas en público, conforme a las estrictas leyes de la oralidad, y sólo en la medida en que favorecen el avance de la acción teatral y le presten fuerza, colorido y sonoridad».
Javier Gomá Lanzón, La Vanguardia

Palabra dicha y dichosa

No soy hombre de teatro, lo confieso. Me gusta el teatro, voy al teatro con frecuencia, lo leo regularmente, pero no pertenezco al grupo de personas que han querido unir sus vidas, desde su primera juventud, al universo creado en torno al hecho teatral: el teatro universitario, las escuelas de teatro, las producciones y exhibiciones de espectáculos, la dirección y la interpretación, las administraciones públicas del sector, las compañías, las instituciones teatrales, la investigación académica de su historia, la crítica de estrenos, las librerías, bibliotecas, editoriales y revistas especializadas. Sin ser hombre de teatro, lo cierto, con todo, es que me he sorprendido a mí mismo escribiendo obras dramáticas, un poco desde fuera de los confines del reino teatral, por una alianza no prevista al principio entre ese amor de aficionado antiguo y, de otro lado, una conclusión teórica y una experiencia.
La conclusión teórica fue expuesta por primera vez en el capítulo «Sobre un arte público» del libro Ejemplaridad pública (2009), que reflexiona sobre el carácter intensamente literario de la modernidad —la literatura escrita configura la subjetividad infinita de la primera fase del Romanticismo— y, junto a esto, toma en consideración el fenómeno oral, dominante durante el largo periodo de la premodernidad y en auge ahora otra vez, durante la posmodernidad, por efecto de la llamada «segunda oralidad», cuya característica reside en ser compatible con la escritura, a diferencia de la primera oralidad de los pueblos arcaicos, que la excluía.
La cultura oral, que presupone la convivencia en el mismo espacio y tiempo del orador y del oyente, crea unos vínculos particulares entre ellos que presiden su comunicación. Esta constatación arroja consecuencias para el teatro.
Los vínculos entre los dos agentes de comunicación establecen unas condiciones que en la literatura escrita normalmente se excusan y que, sin embargo, en la oral vienen exigidos por la presencialidad de quienes intervienen en el acto. La pura erudición, las especulaciones abstractas, los experimentos formales, las confidencias personales, la pura expresividad subjetiva, que quizá intriguen o interesen al lector sentado en la butaca de su cuarto, desconciertan, cansan o aburren al oyente sentado en el patio de butacas en compañía de otros como él, que esperan del hablante unas palabras adecuadas a la situación habida entre ellos.
La situación se define por la naturaleza de la atención que el oyente presta al hablante, un préstamo atencional que es total y parcial al mismo tiempo. Total, porque, inducido por la arquitectura teatral que lo favorece (un escenario que atrae la mirada, unos focos que lo iluminan, un silencio respetuoso que convida a la escucha, una disciplina colectiva), compromete por completo la conciencia del espectador, que, para perfeccionar el acto comunicativo, se aliena a sí mismo en beneficio del discurso del hablante. Pero, por eso mismo, préstamo necesariamente parcial, ya que una alienación absoluta como la referida solo puede sostenerse por un tiempo contado y respecto a las materias que toleran esa usurpación transitoria al saber retribuirla con una felicidad nueva, de estreno, que genera en el público el deseo de aplaudir en señal de ruidoso agradecimiento. Llevado por esos pensamientos, medité sobre las peculiaridades del acto público en tres microensayos, «Aladas palabras», «Prestar atención» y «Aplausos», ahora contenidos en Filosofía mundana (2016) y recuperados en textos posteriores, incluida una de las dos piezas dramáticas aquí presentadas.
Precisamente de la convicción de que toda filosofía ha de ser mundana me vino la experiencia transformadora que, en concierto con la conclusión teórica que acabo de resumir, está en el origen de la literatura teatral.
Suelo decir que la filosofía es literatura conceptual, donde «conceptual» es adjetivo y «literatura», sustantivo. Sustantivamente, la filosofía, pues, hermana con la poesía, la novela y el teatro en el dominio general de la literatura y se separa, en cambio, de la ciencia, que se caracteriza por producir un saber especializado, técnico, progresivo, reservado a los iniciados en la disciplina y verificado conforme a procedimientos establecidos. En agudo contraste con la ciencia, los textos literarios —los del dramaturgo Sófocles o el filósofo Platón— no son verificables en experimento ni en laboratorio, no entran en la carrera del progreso, hablan de la generalidad de las cosas, se dirigen a todos sin excepción y recurren a las artes retóricas y poéticas para suscitar la ilusión de elegancia, belleza y emoción en el oyente o lector. A mi juicio, la filosofía desde el principio de su historia ha padecido, con mayor o menor fuerza según los casos, la tentación de parecerse a la ciencia y ha tendido vanamente a imitar su pretensión de rigor, exactitud, tecnicismo, sistema, negligencia formal y oscuridad, lo cual ha desvirtuado a veces su verdadera esencia. Defiendo que la filosofía debe asumir decididamente su condición literaria y tornarse triplemente mundana: filosofía sobre el mundo, para todo el mundo, con un poco de mundo.
Y esto implica que no debe admitirse como verdad filosófica aquella que no supere la prueba de la oralidad. Si se me ha ocurrido una buena idea, el mejor modo de adverar su tesis es compartirla en sociedad con personas inteligentes y comunes, y ver si soporta las estrictas reglas que rigen ese tipo de actos públicos. Naturalmente, no mantengo que la filosofía se agote en ese momento presencial ni que sustituya la lectura, acaso exigente y larga, de un texto literario-filosófico. El placer y el sentido de la literatura reside en leerla. Pero ese texto cumple su misión filosófica cuando descansa sobre una verdad originaria que involucra a todo el mundo y que todo el mundo, si se toma la molestia de atender, debe ser capaz de comprender, disfrutar y sentir. De lo contrario, crecen las sospechas de que la jerga filosófica y la erudición elitista tan al uso en la filosofía contemporánea esconden un conocimiento sin verdad y cultivan problemas inventados en los departamentos académicos que solo conciernen a ellos, preocupados por los sexenios. La historia de la filosofía solo debería servir para que el plato del banquete sepa más sabroso al paladar, no para esconder el plato.
[…]

Javier Gomá Lanzón (Bilbao, 1965) es doctor en Filosofía y licenciado en Filología Clásica y en Derecho. Pertenece al cuerpo de Letrados del Consejo de Estado y, desde 2003, es director de la Fundación Juan March. Aunque es un connotado escritor de obras filosóficas, también se ha dedicado a la escritura de textos dramáticos. Entre sus ensayos más destacados, se encuentran Imitación y experiencia (2003, Premio Nacional de Ensayo 2004), Aquiles en el gineceo (2007), Ejemplaridad pública (2009) y Necesario pero imposible (2013), reunidos en Tetralogía de la ejemplaridad (Taurus, 2014; DeBolsillo, 2019). Su libro posterior La imagen de tu vida (2017) es el quinto tomo de dicha tetralogía. Es autor también de Ingenuidad aprendida (2011), Filosofía mundana (2016) y Dignidad (2019). En 2017, estrenó en el Teatro María Guerrero de Madrid el monólogo Inconsolable, que, junto con la comedia Quiero cansarme contigo (Pre-Textos, 2019) y el drama Las lágrimas de Jerjes, conforma la trilogía teatral Un hombre de cincuenta años. En 2020, estrenó en el Teatro Galileo de Madrid dos obras de teatro que, junto con otras dos escritas por Ernesto Caballero, conformaron la primera edición del proyecto Teatro Urgente.

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