La Ruta de las Estrellas (ebook) | Punto de Vista Editores
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La Ruta de las Estrellas (ebook)

Novela breve de fondo histórico sobre la aventura vital de Juan de la Cosa, uno de los grandes descubridores de América cuya figura ha quedado oscurecida por la sombra del ambicioso Cristóbal Colón, con quien hizo el primer viaje como piloto y maestre. Hábil navegante, capaz de cruzar el Océano leyendo el cielo estrellado, trazó en 1500 el primer mapamundi que incluía los contornos de la América conocida. Como tributo de admiración se lo regaló a la reina de Castilla Isabel la Católica, con quien según el autor mantuvo un sentimiento que pudo ser recíproco.

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El protagonista de la novela es Juan de la Cosa, navegante conocido por su célebre Carta y siempre a la sombra del gran Cristóbal Colon, se caracteriza por ser un hombre del renacimiento, culto y alejado del estereotipo del conquistador cruel y codicioso. Esta novela se desarrolla en dos planos argumentales bien definidos.

El primero, trata de la increíble aventura vital del protagonista y el segundo sobre la crónica de su conciencia. El autor se sumerge en el mundo interior del artífice del Descubrimiento y nos conduce a través de sus miedos, sus dudas, y los anhelos de un personaje honesto y seductor. Además analiza la relación con la reina Isabel, a quien le regaló su mapa como tributo de gratitud y devoción y de quién se sugiere que el sentimiento pudo ser reciproco.

I
De costa a costa
Santoña – Puerto de Santa María
1486

“El hombre es la sombra de un sueño.”
Píndaro

Arreciaba el temporal en el Cantábrico. Crujían las quillas en la dársena, el viento aullaba colándose por las rendijas de las ventanas. En la oscuridad de su cuarto, Juanillo se levantó y anduvo a tientas hasta encontrar la lámpara de aceite. El momento había llegado. Con cuidado, atravesó de puntillas el zaguán de entrada poseído por un extraño sentimiento, entre temeroso y valiente, como si fuera a desafiar la tenebrosa tormenta. Cuando llegó a la puerta del dormitorio de sus padres, llamó con cuidado.

—Pasa.

El día no había despuntado pero ninguno de los dos dormía. Al ver entrar al chico con el rostro desencajado por la noche en vela, la madre dejó escapar un sordo quejido que expresaba a partes iguales resignación y pesar. La mujer se levantó con desgana mientras se echaba sobre los hombros una toquilla. El padre se enderezó contra el cabecero con la espalda erguida, mirándose las manos sobre el embozo. Aquellas manos rendidas que no podían retener al hijo que se les iba.

—Deja la lámpara en la taquilla, mientras tu madre va a calentar un tazón de leche.
—Sí, padre.
—¿Has dormido bien?
—Un poco.
—¿Lo has vuelto a pensar?
—Sí.
—¿Y no hay marcha atrás?
—No.
—Entonces acércate, hijo mío. Voy a darte mi bendición.

Juan se arrodilló a los pies de la cama. Se había prometido no llorar y lo estaba consiguiendo, aunque a duras penas. Mientras su padre recitaba en latín una oración larguísima que invocaba santos, vírgenes y patronos de la mar, él pensaba en los días de marcha que le esperaban y sentía urgencia por partir de una vez.

En la cocina abrazó a su madre. Muchas veces se había despedido de ella para salir a pescar. Hoy, sin embargo, no encontró en ella el gesto alegre de otros días. Aquella brava mujer no sonreía. La ausencia del hijo iba a ser larga, demasiado incierta. Ni siquiera podía ir al puerto a decirle adiós, esperando que volviera al cabo de unas semanas por el mismo lugar. El chico iba a cruzar la Península de norte a sur.

—Juan, sé bueno, como eres tú. No te dejes engañar, pero tampoco engañes. Que nadie pueda quejarse nunca de tu comportamiento. Nunca. ¿Me lo prometes?
El muchacho asintió con la cabeza.
—Te he cosido cinco monedas de oro en el cinturón y llevas otras veinte de plata en los forros de las botas. En la taleguilla de la cintura, que va sujeta por dentro, puedes guardar los maravedíes que te dio tu abuelo. No olvides que por tierra hay más ladrones que en la mar y que pueden atacarte cuando estés dormido. Busca buenos compañeros de viaje, jóvenes de tu edad con los que puedas hablar y defenderte si llega el caso. Pero no desdeñes a los mayores si son de fiar, te enseñarán. Hijo mío, ten mucho cuidado y no olvides…

Juan tapó la boca de su madre con dulzura para hacerle callar y volvió a besar sus mejillas hundidas. Las lágrimas humedecieron aquel rostro curtido de sol montañés y brisa marina, endurecido por las esperas, crispado a veces por tanta incertidumbre. Por la ventana, la luz grisácea anunciaba otra jornada plomiza y lluviosa. Los barcos se balanceaban en el puerto, hoy tampoco saldrían. ¡Qué demonios! El muchacho hacía bien en buscar nuevos horizontes.

A medida que los picachos de la cordillera quedaban atrás, Juan despedía en su corazón los prados queridos de Cantabria, sus laderas oblicuas donde pastan a sus anchas las vacas tudancas de color canela. Nunca miraba atrás.

Tras cinco días de marcha llegó a Pancorbo, la cancela de roca que abre la inmensidad castellana. En una cabaña de pastores descansó un día entero, recuperó fuerzas y reanudó la marcha al alba. Quedaban muchas leguas por delante hasta llegar a Sevilla, pero no le asustaba el viaje. Era el mes de mayo y se hacía bien el camino. Lo que le preocupaba era pensar si sus esfuerzos tendrían sentido, si dejar las faenas de pesca con su padre, abandonar los amigos, el hogar, irse de Santoña, merecería la pena. ¿No acabaría como esos desheredados que pululan por los puertos malviviendo, consumiéndose si tenían suerte en algún barco de mala muerte? La aprensión rondaba su corazón, le acechaba por las noches, pero no era más que celaje pasajero, neblina que se disuelve al sol de la mañana. A los dieciocho años, el mundo es un campo virgen y la vida una apetecible apuesta que reclama triunfar.

Durante semanas, Juan organizó meticulosamente las jornadas. Se levantaba al amanecer, trepaba por los riscos, vadeaba gargantas y pasos, cruzaba llanuras inhóspitas y atravesaba despacio lenguas de montaña mientras escuchaba el chirriar de los guijarros que rodaban a su paso como si quisieran acompañarle y alegrar la caminata. Apenas se detenía. De cuando en cuando hacía un alto en un ribazo, dejaba el morral al abrigo de algún saliente de las rocas y se dedicaba a recoger moras y arándanos para comerlos sentado a orilla de la corriente. Tanto le atraía el agua, que acababa por mojarse la cara sin terminar el puñado de bayas o se zambullía entero sin pensárselo dos veces. Con los calzones todavía mojados recorría los alrededores buscando nidos de alondra y perdiz para arrebatarles los huevos mientras dejaba que el sol del mediodía le calentara la piel. Durante la tarde cazaba con su ballestilla conejos o torcaces que se pusieran a tiro y cuando llegaba la noche encendía una fogata para asar esas piezas que le sabían a manjar de dioses. A veces se le unía otro caminante, un joven locuaz que le confiaba sus sueños o algún anciano mendigo que no le ocultaba sus muchas desgracias.

Evitaba las poblaciones en las que pudiera haber pícaros o ladrones, pero decidió entrar en Valladolid. Un mesonero de Dueñas le contó que la reina Isabel iba a dar la bienvenida a Don Fernando, su esposo, quien volvía victorioso con su hueste desde las tierras del sur. Ella no lo había acompañado por su embarazo y ahora quería rendirle tributo en la plaza mayor vallisoletana, el mismo lugar donde se unieron dos siglos atrás los reinos rivales de Castilla y León. Con su gesto, la joven reina deseaba recordar a los castellanos que su marido gobernaba con ella, que los aragoneses eran hermanos en la Corona ayuntada de Castilla y Aragón. En sus primeros años de gobierno, Isabel no perdía la ocasión de hacer valer el lema de su reinado (Tanto Monta) y anunciar así la antigua España recuperada de los godos. La unión peninsular había asombrado a Europa aunque levantara suspicacias entre la nobleza levantisca y el reino de Granada. Ella quería asentar la Corona ayuntada de España y se esforzaba en mostrar que deseaba la paz con las naciones, por lo que se preparaba a establecer lazos dinásticos con las poderosas casas reinantes de Europa. El pueblo adoraba a su reina, digna descendiente de Berenguela la Grande y María de Molina.

Juan cruzó el postigo de Valladolid por la puerta del Puente Viejo. Quería respirar el palpitar de la Historia y ver de cerca a Doña Isabel.

Luchando por avanzar entre la multitud que llenaba la plaza y sus aledaños, el chico consiguió llegar cerca del estrado regio y pudo contemplar a la reina, majestuosa y estática, sentada sobre su sitial. Tanto se acercó a la línea de soldados que contenía al gentío, que consiguió distinguir las pupilas azules de la soberana. Por un momento, tuvo la sensación de que ella lo miraba a él, un joven humilde de familia de pescadores que quería hacerse marino de verdad. Al contemplar el rostro sereno de su reina, la voluntad del muchacho se endureció y juró para sus adentros esforzarse en sus propósitos y ofrecérselos a aquella mujer. Isabel pareció presentir los pensamientos de ese joven que la miraba con los ojos fijos porque, efectivamente, le sonrió.

Tras el bullicio de Valladolid Juan volvió a la tranquilidad del campo y los villorrios pequeños. Seguiría la Ruta de la Plata en vez de cruzar las montañas de Gredos, para hacer el camino más descansado. Cerca de Béjar, una tarde lluviosa en que la nostalgia le trajo dudas sobre su empeño y la tristeza le recordó la lejanía del hogar, se refugió en una tuda de la Peña de Francia. Allí trabó amistad con Alvar, un estudiante de Salamanca que apareció en el umbral de la cueva tan desmadejado como él. También iba a Sevilla para aprender geografía y cosas del mar. Juan no cesaba de preguntarle, quería saberlo todo.

—Yo que tú —decía el salmantino— me dejaba de estudios y de pamplinas. Como ya tienes experiencia marinera, lo mejor es que te presentes en la escuela de pilotos de Cádiz. Les llaman los vizcaínos porque casi todos son del norte. Muchos, incluso, creo que cántabros. Seguro que allí podrás encontrar una nave en la que probar suerte. Así aprenderás y tendrás un sustento.

A medida que se iba acercando a su destino, al montañés le invadió la ansiedad. Por las noches, en vez de descansar, insistía en seguir caminando y ganarle tiempo al viaje. El estudiante, por el contrario, no sentía la misma prisa. Aún le quedaban años de vivir de los sueldos que le mandaba su padre, un comerciante de pieles del campo Charro. Además le daba miedo andar en la oscuridad, las sombras de los árboles amenazaban su escasa voluntad.

—¿Y si nos perdemos, Juan?
—Seguiremos el camino de las estrellas, ellas no engañan. Descuida, Alvar.

Dejaron las murallas de Cáceres un atardecer caluroso y siguieron el camino en silencio, mientras las sombras ganaban la vereda. Cuando llevaban ya más de diez leguas recorridas Alvar empezó a quejarse, pero Juan insistió en continuar y así se sucedieron las jornadas con quejas del salmantino y negativas del montañés, entre silencios de éste y enfados de aquél. Quince días después, las torres sevillanas aparecían en el horizonte.

Se alojaron en una posada de estudiantes, cerca de la catedral. Aquella misma tarde Juan recorrió la ciudad, mientras su compañero dormía a pierna suelta en la habitación. Fatigado por la caminata, entró en el claustro del Estudio General para descansar y allí le llamó la atención un joven sentado en un banco de piedra. Estaba enfrascado en el estudio de un pergamino que sujetaba como podía entre las manos, un documento grande que parecía un mapa. Juan no pudo resistir la tentación y se acercó.

—Hola.
Al chico no pareció importarle la interrupción. Se quedó mirando al recién llegado con una sonrisa franca que invitaba a la conversación.
—Buenas tardes, compañero. ¿Qué se te ofrece?
—He visto que estabas mirando ese… mapa y me gustaría saber de dónde es.
—No es un mapa sino una carta náutica, de las que usan los pilotos para navegar y guiarse por el mar. ¿Quieres echar un vistazo?
A Juan el rostro se le iluminó.
—Sí, gracias.
Apenas podía comprender el significado de los trazados sinuosos hechos en tinta negra, ni el de las líneas rectas en color sepia que unían lo que parecían contornos de costas e islas. Su silencio era tan elocuente como su interés.
—Mira, eso significa que en esa zona existen bajíos o arrecifes y que hay que evitarlos para que el barco no encalle. Las líneas rectas son rumbos, rutas marítimas que hay que seguir de un punto a otro de la costa.
—Ya.

Juan no quería pasar por ignorante y prefirió no preguntar. El otro chico, que aún sostenía el pergamino entre sus piernas cruzadas, volvió a sonreír, soltó uno de los extremos del documento y alargó su mano hacia el intruso.

—Me llamo Vicente Yáñez Pinzón. Soy de Palos.
—Yo, Juan de la Cosa y vengo de Santoña. Me alegro de conocerte.

Ser de dos puertos tan destacados de la Península les pareció el mejor de los augurios. Una hora después los dos muchachos habían sellado una amistad que habría de durar toda la vida. En su atropellada conversación hallaron una pasión común por las cosas del mar y las expediciones a tierras lejanas. Juan ni siquiera volvió a la fonda donde lo esperaba ansioso Alvar. Cenó con Vicente en una taberna de Triana en la que no había estudiantes sino marineros bulliciosos que bebían mientras jugaban a las cartas y parecían considerar al paleño uno de los suyos.

—No pierdas el tiempo con estudios, Juan –otra vez, la misma recomendación–. Ven al Puerto de Santa María conmigo, allá podrás enrolarte con alguno de mis hermanos y aprenderás de verdad. Dentro de tres semanas partimos hacia las costas de Berbería y la isla de Gran Canaria. Yo voy también y estoy seguro de que a Martín, mi hermano mayor, no le importará que nos acompañes. Pero te advierto que no nos andamos con tonterías. En el mar no hay ley. Asaltamos barcos y cogemos lo que podemos en las ciudades de la costa. A veces cambiamos mercaderías, pero otras nos quedamos con ellas porque llevamos buenas armas y nos gusta pelear. Bueno, a mí no mucho, pero es así.

Juan dudó unos instantes. No era la piratería su objetivo ni las armas su predilección. Pero la perspectiva de navegar por el océano abierto pudo más que otras consideraciones.
Ya no se separó de Vicente.

Con dieciocho años, tenía su sueño al alcance de la mano: un barco, el cielo estrellado, el mar por delante, papel y carboncillo para dibujar cartas y la fiel camaradería de su nuevo amigo. Era todo lo que necesitaba.

Se instaló en Puerto de Santa María y allí conoció a otros jóvenes que, como él, querían navegar y explorar nuevas tierras. Cuando reunía suficiente dinero, cruzaba la bahía hasta Cádiz con el fin de asistir a las lecciones que se impartían en la Casa de Pilotos para todo aquel interesado que pudiera pagarlas.

Durante los años siguientes, cinco, salió a la mar en doce ocasiones. Recorría la costa africana y fondeaba a menudo en las Canarias. Adquiría mercaderías a buen precio que luego vendía al doble o triple en la Península. Así pudo ahorrar y ganó experiencia marinera. Nunca mató a nadie.

En esos años consiguió reunir una pequeña fortuna, gracias a los fructíferos intercambios de mercancía exótica por doblones de oro. Aunque todavía joven, se hizo un nombre entre los hombres del mar. Era un corsario conocido por sus buenas maneras, un navegante estudioso y disciplinado que trataba bien a la marinería y no era cruel con los nativos africanos. Y probablemente así hubiera seguido muchos años más de no haberse cruzado en su vida un genovés que le habló de un viaje increíble, una singladura que muchos temían. Cruzar el Océano, la tentación suprema.

Juan empezó a soñar de nuevo. A él no le daba miedo aquella aventura.

Ignacio Merino. Nacido en Valladolid, ha viajado por el mundo y vivido en diferentes lugares. En Londres fue jefe de Prensa de la Embajada de España. También ha sido enviado especial de la agencia internacional United World en Checoslovaquia, Bulgaria, Portugal y Uruguay. Ha publicado dos decenas de libros, la mayoría sobre cuestiones históricas, tanto novelas como ensayos. Colabora en periódicos y revistas y escribe guiones históricos.

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