(Preventa) La guerra fría y otras batallas (con dos escaramuzas) | Punto de Vista Editores
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(Preventa) La guerra fría y otras batallas (con dos escaramuzas)

Prólogo de Guillermo Heras
Diálogo con Jorge Dubatti

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-07-5
Nº de páginas: 356

26,00 

Juan Villoro domina todos los géneros. Le acompaña una extraordinaria reputación como novelista, cuentista, ensayista y, desde luego, cronista. Sin embargo, hasta ahora su teatro era poco conocido, sobre todo, para el público español. En las seis piezas y dos «escaramuzas» –obras cortas reunidas por primera vez–, encontramos personajes complejos que, mediante diálogos que transitan por lo familiar, literario y filosófico, construyen mundos heterogéneos y remotos con los que, sin embargo, el lector o espectador se siente muy familiarizado. Y es que los temas de estas obras dramáticas, a pesar de desarrollarse en espacios y épocas tan diferentes, son universales, pues atraviesan los sentidos del ser humano: la muerte del padre (Cremación), las imposturas intelectuales (El filósofo declara), el fútbol (El lamento del cancerbero), los vestigios de una guerra (La guerra fría), entre otros. Asimismo, su monólogo Conferencia sobre la lluvia ha tenido montajes en Italia, Japón, Chile, Colombia, Argentina, España y México.

«Villoro es, ante todo, muy sincero en su manera de entender la escritura teatral. No intenta ocultar que quiere comunicarse, de una manera nítida y directa, con un posible espectador, pero lo hace sin hacer concesiones a tanto teatro de mercado convencional que hoy circula por todos los escenarios del mundo».
Del prólogo, Guillermo Heras

«El gran viaje interplanetario es el que va del escritorio del dramaturgo al escenario. Después, aspiras a que el público y la crítica compartan ese planeta, a que los primeros estén ahí sin toser a causa de los virus de la Tierra y a que los segundos carezcan de una destructiva misión secreta».
Juan Villoro

Este volumen contiene:
Cremación / El filósofo declara / Muerte parcial / Conferencia sobre la lluvia / La desobediencia de Marte / La guerra fría /
El lamento del cancerbero / El diablo (entrevista de trabajo)

 

Prólogo de Guillermo Heras: Literatura dramática y escritura escénica en la obra de Juan Villoro

Diálogo entre Jorge Dubatti y Juan Villoro

Obras

Cremación
El filósofo declara
Muerte parcial
Conferencia sobre la lluvia
La desobediencia de Marte
La guerra fría
El lamento del cancerbero
El diablo (entrevista de trabajo)

Prólogo. Literatura dramática y escritura escénica en la obra de Juan Villoro

El teatro tiene un tribunal inmediato y eso lo hace apasionante, pero también temible.
J. Villoro

Vivimos una época en la que las modas culturales duran cada vez menos tiempo. Todo se engulle con una rapidez que convierte los fenómenos creativos de un día en antiguallas a una velocidad que, personalmente, me produce entre vértigo y rechazo.
La cultura se ha convertido, cada vez más, en una pasarela de moda, en la que el corte o el color de una colección de un año, es repudiada al siguiente. Pero, claro, no olvidemos aquella famosa frase: es el mercado, estúpido. Y así me siento muchas veces, como un tonto que no puede reivindicar el placer de las Artes Escénicas en toda su inmensa variedad, de los clásicos del Teatro o la Danza a las más actuales expresiones, por temor a que seas mandado al infierno del rechazo cuando planteas que ciertas propuestas performáticas o de escrituras postdramáticas te parezcan de una banalidad apabullante. Y eso que siempre he amado y amaré a las vanguardias. Sin ellas todo el entramado cultural hubiera sido de un aburrimiento supino y, por supuesto, no me hubiera divertido tanto. Pero creo firmemente que las tensiones y fricciones entre lo clásico y las rupturas forman parte de una cadena creativa que, lejos de romperse, genera el tejido necesario para la evolución de todo arte. Y para que no quede ninguna duda, adoro y me apasiona todo lenguaje renovador que haga de las Artes Escénicas un territorio de diversidad y contemporaneidad.
Es evidente que con la ruptura de la manera canónica de entender el texto teatral aparece, desde el comienzo de las vanguardias del siglo xx, toda una serie de posibilidades de construir dramaturgia que no han hecho sino enriquecer la fortaleza del teatro como lenguaje. Y, por consiguiente, a la relación fundamental entre texto y representación. De ahí que, cuando existen muchas voces talibanes que intentan demostrar que el texto teatral es algo del pasado, me sitúe en una posición de desacuerdo, pues nunca he creído que la «transgresión» sea sinónimo de «exclusión».
Desde luego que el texto, tal y como se ha concebido en la tradición, puede que haya sido resituado en esos contextos de nuevas formas de representación, pero personalmente, cuando aparece en su sentido actual, a mí me emociona en especial. Y eso es lo que me pasa con la literatura dramática de Juan Villoro. Cuando la leo, ya la siento como materia viva en el escenario. Y eso no siempre me ocurre. En algunas ocasiones siento que solo existe en algunos textos de muy variados escritores una palabrería banal muy semejante a una retórica vacía.
Y, a propósito de esta reflexión, me vienen las palabras del propio autor en su obra Cremación, cuando en una de las continuas confrontaciones entre Juanita, a la sazón una artista contemporánea, y su hermana Alina, esta última le espeta lo siguiente:

ALINA. (A Juanita.) ¿Cuántas becas te han dado? No hay becas para los que repartimos condones y píldoras anticonceptivas. Somos más necesarios, pero no tenemos becas. En cambio, puedes cometer un delito, pero si tu intención es artística, te dan una lana.
Puede que el autor se estuviera adelantando a un debate que sacude hoy a la comunidad artística mexicana ante algunas medidas que parece querer implantar el nuevo gobierno.

Con la literatura dramática de los textos contenidos en este volumen se podría seguir desarrollando la polémica que tanto gusta a un sector de la transgresión escénica: el de los que comparan todo realismo como algo del pasado. Cierto que este tema se ha discutido hasta la saciedad desde comienzos del siglo xx, y ha alimentado numerosas y hasta divertidas controversias entre los diferentes bandos. Pero seguir confundiendo en la actualidad el viejo sueño de los naturalistas con las diferentes naturalezas que han ido evolucionando el realismo escénico me parece un debate obsoleto. Para mí, realistas son tanto Chéjov, Brecht, Koltés, Küschner, Pinter, Von Mayemburg o Mouawad, como cualquier rompedor de la estructura dramática, tipo Kane o Berkoff, lo que ocurre es que simplemente operan con estrategias estilísticas muy diferentes. En narrativa son formas de realismo las obras de Joyce, Kafka o Beckett, las pinturas de Bacon o las películas de David Lynch. Cuestión de perspectivas, por eso me pregunto ¿quién es más realista: Arthur Miller o Heiner Müller?
Confundir estrategias de estructura del drama con mecanismos de lenguaje es algo muy común en nuestro sector teatral.
Se me viene a la cabeza unas líneas de un libro que conseguí hace bastante tiempo titulado Alienación del teatro y la novela de David Caute (Editorial Extemporáneos, 1976) en el que este autor reflexiona:

El poder del arte consiste en presentar e imponer una unidad simbólica, una coherencia de formas, un lenguaje de sí mismo, una realineación de asociaciones y una arquitectura de imágenes […].

Me parece que estas líneas de pensamiento coinciden en gran medida con parámetros del imaginario dramatúrgico de los textos presentes en este libro.
Villoro es, ante todo, muy sincero en su manera de entender la escritura teatral. No intenta ocultar que quiere comunicarse, de una manera nítida y directa, con un posible espectador, pero lo hace sin hacer concesiones a tanto teatro de mercado convencional que hoy circula por todos los escenarios del mundo.
Estas reflexiones me vienen al hilo del placer que me ha producido leer las obras dramáticas de Juan Villoro e intentar escribir algo medianamente coherente que se salga del consabido prólogo hagiográfico o del compromiso de amistad que suele unir a autores y prologuistas. Como una de las señas de identidad de Juan es su sentido del humor, seguro que entiende el subtexto de esta aseveración, quizás un tanto inadecuada en un prólogo de libro al uso.
Como ha tenido su obra, ya desde hace tiempo, excelentes análisis de tipo conceptual, filosófico y literario, voy a intentar en estas líneas abordar las obras de Juan desde el lado que más a gusto me siento entre las múltiples facetas de mi trabajo teatral. Por eso, lo quiero hacer desde mi condición de director de escena y acercarme a este buen número de obras teatrales buscando los pliegues de sus atractivos específicamente escénicos. Lógicamente, como todo director de escena de hoy, debe ser alguien no solo comprometido con su oficio, sino también con cualquier cuestión humanística o científica que pueda utilizar para escenificar de una manera realmente actual.
Si bien conozco por el relato del propio autor sus juveniles anhelos teatrales, su irrupción como importante voz dramaturgia de la escena iberoamericana no tiene lugar hasta el año 2006. Me parece muy significativa que esta incorporación a esa literatura dramática tenga lugar después de una extensa trayectoria en el ensayo, la narrativa o la traducción. Y lo es porque, ante todo, nos encontramos con un creador que conoce perfectamente los laberintos del lenguaje y sus acomodos a los diferentes géneros por los que transita.
En un libro de ensayos en que Villoro muestra su pasión por la literatura y sus autores, que él llama poéticamente La utilidad del deseo, reflexiona en un apartado denominado «VIVIR EL TEXTO»:

La persona que escribe no es la misma que vive. Fernando Pessoa llevó esta circunstancia a un grado superior. Ante la ausencia de precursores en la tradición portuguesa, decidió crearlos. Concibió la poesía y las vidas de los poetas que debían justificarlo. A través de sus variados heterónimos fue muchos autores. Curiosamente, este ser múltiple llevó una vida retraída, melancólica, austera. Octavio Paz lo llamó con puntería «el desconocido de sí mismo». Pessoa enfrentó el destino como quien vive de prestado y no puede intervenir. Este aislamiento radical le permitió convertirse en el solitario que convivía en su interior con mucha gente.
Sin necesidad de transfigurarse para vivir como un heterónimo, el autor de ficción encarna en sus personajes. Debe narrar desde ellos, comprender sus reacciones, sus manías, sus tics, sus modismos, su manera única de ver el mundo y relacionarse con la lengua.

En este libro que recoge la obra dramática de nuestro autor, desfila una cantidad de personajes lo suficientemente complejos como para pensar que lo podrían haber escrito varios creadores diferentes o, en todo caso, una proyección de heterónimos del propio Villoro. Son tan distintos que por ello me admira su diversidad. ¿Qué tiene que ver el Conferencista de Conferencia sobre la lluvia con esos Tycho Brahe y Johannes Kepler de La desobediencia de Marte más allá del gusto por el lenguaje? ¿O entre la Juanita de Cremación y Clara, la esposa de El filosofo declara? ¿Y ese Gato y Carolina en La guerra fría, donde el autor se inspira en la canción «Berlín» de Lou Reed?
Confieso mi debilidad por la construcción que realiza el autor de sus personajes. Una tarea siempre difícil, pues la Historia del Teatro suele estar marcada, en sus expresiones de excelencia, más por los conflictos que por los personajes creados por sus autores. Y lo más importante que estos sean capaces de superar más allá de su tiempo y su espacio.
En unos tiempos en que muchos autores hablan de «autoficción», estilo que como cualquier otro produce obras excelentes y otras de pretenciosa banalidad, Juan se aferra a construir personajes de una entidad dramática abrumadora. La fluidez en sus disertaciones, ya sea diálogos o monólogos internos, constituye una de las claves para entender la contemporaneidad de sus propuestas dramáticas.
Puede que la condición que Juan proyecta, a través de la estrategia creadora que muy bien pudiera ser de Pessoa, sea a su vez una magnífica metáfora del autor literario, ya sea del género narrativo o del teatral. Ese autor puede crear mundos en la ficción en que cada lector, a través de esa ceremonia llamada lectura, puede convertir en su «propia puesta en escena» lo que va llegando a su imaginación. Esa ficcionalidad sobre otra ficcionalidad es imposible que la pueda hacer un director de escena, ya que su tarea fundamental será la de convertir esa ficción mental en realidad y materia concreta sobre un escenario. El espacio relatado en narratividad o acotaciones se tendrá que materializar en una escenografía y objetos de atrezzo concretos, por mucho que hoy se use y se abuse de las pantallas; la música sugerida deberá ser formalizada para escucharse en cada instante; el vestuario, en una opción real; y, por supuesto, ese personaje soñado en la lectura ya estará atravesado en el montaje teatral por el cuerpo concreto del actor o la actriz que lo encarne. Un trabajo, desde luego, fascinante, pero no exento de riesgos. De ahí viene el famoso debate si la gran o incluso la pequeña literatura narrativa, cuando se convierte en película o espectáculo teatral, no genera determinadas frustraciones en aquellas personas que han leído el libro y están en desacuerdo en varias cuestiones, desde la alteración de la estructura narrativa hasta la encarnación concreta de los actores que representan los papeles de la novela. Pero también pienso que eso pasa cuando leemos un texto teatral y sentimos determinadas desazones por el desequilibrio entre texto y representación.
Es evidente que cuando se escribe en la ficción el autor tiene en su cabeza una fotografía de su personaje y los paisajes por donde se mueve. Unas características físicas y unas formas de comportamiento que le van guiando en la estructura de su narración. En su monólogo teatral, incluido en este libro, titulado Conferencia sobre la lluvia, en su acotación primera Villoro señala: «Un conferenciante ante una mesa, con un vaso de agua. Es un hombre enjuto, canoso, de una edad variable entre los cincuenta y los setenta años». Me atrevo a asegurar que Juan tenía en la cabeza la fisonomía clara del actor que deseaba para su monólogo. Lo que ahora me gustaría saber es qué piensa de las diferentes puestas en escena en diferentes partes del mundo con actores de escuelas diferentes y físicos diferenciados. Porque en suma un autor teatral tiene que adaptarse y ser muy dúctil con la idea de que sus personajes van a ser encarnados, si su obra lo amerita, por muchos y variados perfiles de actores en diversas partes del mundo. Pues además, su escritura mexicana, o chilanga en algunas ocasiones, va a ser traducida en escena al español de Argentina, Chile, Colombia o la misma España. Por no decir lo que pasará cuando «su conferenciante» sea brasileño, checo, francés o italiano. Pero el mismo autor ya reflexiona en su La utilidad del deseo, cuando nos apunta:

Durante la escritura la mente se traslada a otra parte, más genuina que el entorno tangible. La prolífica despersonalización de Dickens y Balzac los llevaba a llorar por los personajes que morían en sus páginas. Percibir a las criaturas imaginarias como seres vivos es un incontestable logro estético. También es una señal de alarma, pues colinda con la zona alucinatoria donde los amigos imaginarios se vuelven demasiado próximos.

En ese inquietante y fascinante texto que es La desobediencia de Marte, siempre me queda la duda de la fisonomía de sus personajes y creo que es ahí donde la ficcionalidad que propone el autor se convierte en un reto polisémico apasionante para un director de escena.
Otra característica importante que tiene la literatura dramática de Villoro es su implicación profunda en la práctica de la Filosofía. Contundente es su título El filósofo declara, donde ya señala al comienzo unas frases de Gombrowitz: «No se trata de si hay que filosofar o no. Filosofamos porque es obligatorio. Es fatal. Nuestra conciencia se plantea cuestiones y hay que resolverlas. La filosofía es algo obligatorio».
Obra esta que plantea la, a veces, oculta impostura del llamado intelectual y, por eso, aparecen muchas de esas fisuras y miserias comunes a cualquier mortal. El fingimiento no solo moral, sino también físico, presente en los personajes que se lanzan en un duelo de imprecaciones realmente interesante para provocar un juego de actores. Amistad y enemistad en dos personalidades en las que podemos reconocer, incluso, a alguna figura de nuestros respectivos circos mediáticos. Esta pieza que se ha representado en diversos teatros de ciudades importantes de la escena iberoamericana es, sin duda, una de las de mayor alcance popular de nuestro autor,
Tal vez no podemos olvidar que nuestro autor estudiaba la preprimaria en el Colegio Alemán Alexander von Humbolt de la Ciudad de México. Personalmente, me parece explosiva esa contaminación cultural entre lo mexicano, lo alemán y lo español; es probable que esas tres raíces estén muy presentes en su escritura.
Una de las obras incluidas en este libro me fascina especialmente. Se trata de La desobediencia de Marte, situada en su espacio escenográfico en el Castillo de Benatek (Bohemia), que luego se trasformará en un teatro concreto actual, aunque me imagino que para el espectador será toda una sorpresa si no ha leído previamente la didascalia primera que aparece en el texto escrito. En el principio, allí está el observatorio Tycho Brahe, lleno de sextantes, astrolabios, globos terráqueos de espectacular aspecto. No dejo de imaginarme esos íconos llenos de magia visual entre los que los diálogos (según el autor en latín) fluirán en español entre los dos personajes, el mismo Tycho y Johannes Kepler que en un momento llega a decir: «Escribo mejor de lo que hablo y pienso mejor de lo que escribo». Y a partir de ahí los dos personajes no dejarán de hablar y mostrarnos sus cuitas, reales o imaginarias, bajo la pauta de un gran sentido del humor, similar a otras piezas del autor. Para acabar con la frase pronunciada por ese trasunto de Kepler que pregunta: «De qué trata la obra».
Sin duda que esa característica del empleo de un humor inteligente vendrá avalado por los maestros literarios de los que tanto nos habla en sus ensayos o en una frase que pronunció en un coloquio en Tokio: «Las fronteras de un escritor no corresponden necesariamente con la de su país. El trasvase en al ámbito de la literatura es siempre generoso». Y en esas fronteras literarias van a aparecer en su escritura las presencias de Sterne, Swift, Kafka, Bierce, Gogol, Borges o Ibargüengoitia, como bien señala en las páginas de La utilidad del deseo, como referentes poéticos para la construcción de sus personajes y diálogos. En suma, el humor, una de las cualidades más difíciles de sostener en una obra creativa, tal y como nos demostró Cervantes a través de su producción literaria. El humor como una virtud esencial de los equilibristas del estilo. Ese humor que encontramos en piezas como El filósofo declara, Conferencia sobre la lluvia o La desobediencia de Marte.

[…]

Guillermo Heras

Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) es escritor y periodista. Ha sido profesor en la Universidad Nacional Autónoma de México, y profesor visitante en las universidades de Yale, Princeton, Stanford y Pompeu Fabra de Barcelona, así como en la Fundación de Nuevo Periodismo, creada por Gabriel García Márquez. Entre sus reconocimientos internacionales, obtuvo en Chile los premios José Donoso (2012) y Manuel Rojas (2018) por el conjunto de su obra; en España, recibió el Premio Herralde (2004) por su novela El testigo, el Premio Vázquez Montalbán (2006) por sus crónicas de fútbol Dios es redondo, el Premio Liber (2019) por su trayectoria intelectual, y los premios Rey de España (2010) y Ciudad de Barcelona (2009) por su labor periodística. En Argentina, recibió el Premio ACE (2012) por su obra de teatro Filosofía de vida y, en Cuba, el José María Arguedas (2014) por su novela Arrecife. Algunas de sus obras son las novelas El testigo (Anagrama, 2004) y Arrecife (Anagrama, 2012); los libros de cuentos La casa pierde (Alfaguara, 1999) y ¿Hay vida en la tierra? (Anagrama, 2014); y los libros de ensayo Los once de la tribu (Aguilar, 1995), Dios es redondo (Planeta, 2006) y El vértigo horizontal. Una ciudad llamada México (Anagrama/Almadía, 2019).

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