Isócrates y su tiempo | Punto de Vista Editores
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Isócrates y su tiempo

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-65-5
Nº de páginas: 248


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19,90 

De todos los escritores célebres del siglo IV, Isócrates, como resultado de su tan larga existencia, si no fue gracias a sus méritos y a su valor, se vio relacionado, directa o indirectamente con los personajes más importantes e influyentes de su siglo. Su actividad fue a la vez literaria, docente, política y social, por lo que ofrece un interés a un público tan numeroso como diverso, que incluye a eruditos, pedagogos, moralistas, historiadores y a cualquier amante de las humanidades y del mundo antiguo.

Presentamos el que sin duda es el mejor libro que existe hasta la fecha sobre Isócrates y que por alguna razón no se había traducido al castellano hasta ahora. Prácticamente todos los libros posteriores se han basado en Cloché. El presente estudio comprende dos partes: en la primera, después de un breve repaso de los hechos predominantes en la vida de Isócrates, se examinan su obra como logógrafo, sus teorías filosóficas, morales y pedagógicas y su talento literario. En la segunda parte se abordan las simpatías y antipatías políticas y sociales del autor.

Nota sobre Paul Cloché
Nota sobre el manuscrito
Prefacio

Primera parte

1. La vida de Isócrates, su actividad docente
y sus obras
2. Las obras del logógrafo Isócrates
3. Las ideas filosóficas, religiosas, morales y pedagógicas de Isócrates
4. El talento literario de Isócrates

Segunda parte

5. El Panegírico (385-380)
6. Del Panegírico al congreso helénico de Esparta (380-371)
7. Del congreso helénico de Esparta a la víspera de la expansión macedónica (371-357)
8. Las ideas políticas y sociales de Isócrates
9. Del comienzo de la expansión macedónica a la publicación del Filipo (357-346)
10. Del Filipo al fin de Isócrates (346-338)

Conclusión. Balance de la obra de Isócrates
Bibliografía
Índice onomástico

La vida de Isócrates, su actividad como docente y sus obras

Sobre la existencia y la personalidad de Isócrates no tenemos más que informaciones poco numerosas, suministradas sea por las alusiones de Isócrates a su persona, sus sentimientos o sus actos, sea por las biografías que le dedicaron algunos antiguos. El autor desconocido de las Vidas de los Diez Oradores, inexactamente atribuidas a Plutarco, ha redactado una Vida sobre Isócrates, y el retórico Dionisio de Halicarnaso colocó este texto a la cabeza de su «examen» sobre el escritor. Diversos manuscritos de Dionisio incluyen también una biografía anónima, de mediocre valor e incluso inferior a la del Pseudo-Plutarco. He aquí, al menos, lo que se podría conservar de las afirmaciones incluidas en estas obras.
Nacido hacia el 436, Isócrates tuvo por padre a un fabricante de flautas, cuya fortuna debió ser lo suficientemente considerable como para asegurarle a Isócrates una instrucción excelente. El sofista Pródico de Ceos le enseñó filología y gramática; además, Isócrates aparece entre los oyentes de Sócrates, y puede haber sufrido —lo veremos cuando estudiemos sus ideas morales— el influjo del así llamado «fundador de la ciencia del Bien». Más certera y profunda aún fue la influencia que ejerció sobre él uno de los más hábiles y exhaustivos artesanos de la frase griega, el ilustre retórico leontino Gorgias, cuya costosas lecciones parece haber seguido en Tesalia en el curso de la guerra de Decelia (414-404). Apenas alcanzada o superada la treintena, volvió al Ática, hacia el fin de la guerra del Peloponeso o poco después; las hostilidades lo habían despojado del patrimonio, pero su estudiosa adolescencia le dio los medios para remediar los efectos del desastre e incluso adquirir una fortuna muy envidiable. Las bellas lecciones de elocuencia que recibió de Gorgias le habrían permitido, en principio, lucirse en la vida política, cuyos conflictos, veremos, lo apasionaron siempre; pero su voz era demasiado débil para poder ocupar seriamente la tribuna de la Pnyx, y su extremada timidez, colmada de orgullo, lo apartaron por completo. Durante algunos años, renunció a ejercer un derecho que todo ciudadano poseía, y se resignó a practicar la fructuosa profesión en la que se destacaba, en Atenas, más de un extranjero residente (el meteco): la de redactar discursos judiciales para otros. Durante un tiempo bastante largo, Isócrates iba a hacer obra de «logógrafo», reconstruyendo y aumentando su fortuna y conquistando una reputación bastante luciente, y gracias a la cual el antiguo discípulo de Gorgias, aproximadamente una decena de años después de la restauración de la democracia, iba a llegar a ser a su vez maestro de elocuencia. Ganó de esta manera, según la biografía del Pseudo-Plutarco, «más dinero que ningún sofista, al punto de ser trierarca»; el mismo texto le atribuye «aproximadamente cien oyentes», entre los cuales cita al célebre estratega Timoteo, hijo de Conón, a los futuros historiadores Teopompo de Quíos y Éforo de Cime, el futuro poeta trágico Teodectes de Fasélide, los oradores Licurgo y Leodamas de Atenas, así como, «según algunos», Iseo e Hipérides, el atidógrafo Androción, hijo de un antiguo partidario de Terámenes, Andrón, etc. Sus discípulos le aportaron mil dracmas (al menos durante el comienzo de su carrera), y muchos de ellos lo gratificaron con importantes obsequios. Transformado así en un excelente profesor de retórica y habiendo definitivamente renunciado a aquella elocuencia de abogado de la cual había vivido y sacado provecho durante tantos años, y que le iba a inspirar en 353 reflexiones muy severas, Isócrates pudo, durante medio siglo y un poco más, componer una multitud de obras, destinadas en gran parte a sus ricos y célebres oyentes, en las cuales trató —especialmente bajo la forma de «discursos ficticios»— de temas particularmente elevados y serios, referidos en distinto grado a filosofía, pedagogía, moral, instituciones, diplomacia y política. A esta copiosa producción literaria y «oratoria» se agregó una abundante obra epistolar, consistente especialmente en cartas a diversos hombres de Estado y que trataban en primer lugar del destino de las ciudades griegas más considerables y de sus relaciones con una multitud de reinos e imperios bárbaros, incluyendo el del Gran Rey.
La historia de la vida de Isócrates ha sido sobre todo —dejando de lado sus años de oscura formación y de exhaustiva y bastante triste labor de acusador o abogado asalariado— «la de su actividad literaria», como tan justamente se ha dicho. Isócrates parece no haber abandonado el Ática más que muy rara vez: el único suceso que señalan los textos a este respecto es el viaje que realizó de la mano de uno de sus más queridos discípulos, el estratega Timoteo, durante una de sus expediciones que acabaron en victoria (hacia 375-374); parece haber contribuido en esa circunstancia en los méritos de la actividad naval de Timoteo, gran artesano, entre otros, de los progresos de la Segunda Confederación de Atenas: efectivamente, el autor anónimo de las biografías de los «diez oradores» nos muestra a Isócrates «visitando muchas ciudades» con Timoteo y «redactando las cartas» que Timoteo «dirigía a los atenienses», razón por la cual Timoteo «le dio un talento proveniente del dinero de Samos» (que Timoteo iba a someter en 366-365). Más favorable aún a los recursos del brillante retórico fue la carta-discurso que envió hacia 370 al rey de Chipre, Nicocles, hijo de Evágoras, por la cual el príncipe lo gratificó con una suma de veinte talentos; este rico presente, además, parece haber suscitado la envidia de los conciudadanos del escritor, y haberle valido que lo designen tres veces para ejercer las onerosas funciones de trierarca, lo que le significaba grandes gastos. Un percance análogo —si no directamente relacionado con este asunto— fue aquel que le sobrevino a Isócrates cuando, hacia 356, fue demandado por un cierto Megaclides en un proceso de antidosis a propósito de una trierarquía.
En varias ocasiones, Isócrates había apelado a la «debilidad» de su salud para eximirse de la trierarquía. A partir de 365-360 aproximadamente, los procesos que lo involucran, justificados o no, se multiplican, pero no es sino hasta 342 (tenía por entonces 94 años) que sus fuerzas parecen sufrir una grave disminución: Isócrates no logrará terminar antes de 339 su último «discurso», el Panatenaico, que había empezado dos o tres años antes. En efecto, Isócrates muere algunos meses más tarde, «durante el arcontado de Carondas» (338-337), a la edad de 98 años; según una cierta tradición, cuya exactitud no es segura, se habría abstenido de toda alimentación durante cuatro días, después de haber sido informado del desastre ateniense en Queronea, lo cual destruía también su esperanza de una alianza y colaboración entre su patria y Macedonia. Fue enterrado en la tumba donde descansaban su padre Teodoro y su madre, cerca de Cinosargo, y donde será también depositado el cuerpo de su hijo adoptivo, Afareo, hijo del retórico Hipias. Cerca de la tumba existió una estela que mostraba a poetas y maestros del ilustre difunto, entre ellos Gorgias contemplando una esfera; «de él también existe en Eleusis, delante del pórtico de entrada», agrega su biógrafo, «una estatua de bronce, dedicada por Timoteo, con esta inscripción: Timoteo, admirando el trato agradable y la inteligencia de Isócrates, ha consagrado a las diosas esta estatua. Obra de Leocares».
Dejaba, como hemos visto, una producción abundante y diversa. El capítulo siguiente examina la parte más antigua y, según una opinión muy extendida, quizás excesiva, la más desprovista de interés.

Paul Eugène Charles Louis Cloché (1881-1961) fue profesor de Historia antigua en la Facultad de Letras de Besanzón (Francia). Algunos de sus libros publicados son: Étude chronologique sur la troisième guerre sacrée (París: E. Leroux, 1915); Démosthènes et la fin de la démocratie athénienne (París: Payot, 1937); Le siècle de Périclès (París: PUF, 1949); Alexandre le Grand (París: PUF, 1954); Le monde grec aux temps classiques (París: Payot, 1958) y el póstumo Isocrate et son temps (París: Les Belles Lettres, 1978).
Ignacio Etchart (traductor) nació en 1988 en Buenos Aires. Es Licenciado en Filosofía por la Universidad del Norte Santo Tomás de Aquino y ha traducido al español el libro Protagoras and Logos, de Edward Schiappa (Protágoras y el logos, 2018).

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