Inframundo | Punto de Vista Editores
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Inframundo

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-63-1
Nº de páginas: 232


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

18,90 

Eugenio Casasola lleva una vida tranquila: tiene un empleo rutinario, disfruta de una relación romántica e incluso los contactos con el más allá han cesado. Sin embargo, la desaparición de un libro maldito relacionado con el astrónomo de Hernán Cortés hace peligrar esta calma. Sociedades secretas y una puerta capaz de unir el pasado con el presente ponen a nuestro protagonista como epicentro de una trama en la que descenderá, literalmente, al inframundo.

El autor, Bernardo Esquinca, se distingue por fusionar lo sobrenatural con lo policiaco en una serie de narraciones protagonizadas por Casasola, reportero de nota roja. Punto de Vista Editores ya ha publicado su anterior novela, Carne de ataúd.

«Su estilo es directo, sencillo, profundo y acogedor. Cada enigma será resuelto en su momento. Se percibe que aspira a la perfección y esto lo convierte en un novelista de respeto.»
Elmer Mendoza, El Universal

«Esquinca posee una imaginación más ardiente que la de J. G. Ballard.»
Rodrigo Fresán

«Me atrevería a decir que Carne de ataúd es uno de los pocos libros genuinamente originales que puede encontrar uno en las librerías.»
Andrés Barrero, Libros y Literatura

«Carne de ataúd resulta una terrible pesquisa criminal, una reflexión sin contemplaciones de lo difícil que es para los humanos pretender comprender la realidad que les rodea, y de paso también hace un cruento relato de las brutales prácticas que una dictadura ejerce para mantenerse en el poder.»
José María Sánchez Pardo, Revista Prótesis

«Divertidísimo relato policiaco ambientado a comienzos del siglo xx en Ciudad de México. Mucho oficio al servicio del entretenimiento.»
[Sobre Carne de ataúd] Ana Cañellas y Paco Goyanes, de la librería Cálamo de Zaragoza en El País

Prólogo

Ciudad de México-Tenochtitlan, 30 de junio de 1520

Jugó a ser Dios y ahora Dios lo había abandonado.
Llovía. No solo agua: también flechas, piedras. Gritos de guerra y dolor saturaban el aire. Las patas delanteras de su caballo se doblaron; el hocico de la bestia se hundió en el fango de la calzada. Cuando el animal se inclinaba, moribundo, hacia el costado izquierdo, Blas Botello saltó para evitar que su pierna quedara atrapada bajo el costillar. Miró al frente: oscuridad, niebla. Detrás de él estaba el canal que acababa de cruzar pisando los cadáveres de soldados y caballos caídos. Eran tantos que habían terminado por rellenar el foso. Pensó en la ironía: Cortés mandó construir un puente portátil de madera, pero ahora eran sus mismos hombres muertos los que permitían la huida.
Un rayo iluminó las orillas de la calzada, mostrando otro horror: cientos de canoas tripuladas por furiosos guerreros aztecas. Recordó lo que había escrito en su libro de adivinaciones horas antes: Si me he de morir aquí en esta triste guerra en poder de estos perros indios. El libro. No se podía marchar sin él. Buscó su petaca en los costados del caballo pero había desaparecido. Se asomó al canal y allí la vio, flotando entre un amasijo de cabellos, crines, ojos cegados y bocas abiertas que parecían querer tragarse aquel lago maldito. Botello no lo pensó dos veces y se arrojó al foso. Tomó su petaca, intentando conservar el equilibrio. Cruzar aquel puente de cuerpos con su caballo había sido sencillo; a pie resultaba precario, azaroso. Se dio la vuelta para enfilar de nuevo hacia la calzada. Miró las tinieblas de Tlacopan: hacia allá debía dirigirse, a la seguridad de la tierra firme. Su pierna se atoró con algo; miró hacia abajo y descubrió la causa: una mano que emergía entre el nudo de miembros le sujetaba la bota. Se la quitó de una patada solo para ver cómo otros dedos salían del agua y lo jalaban de la pernera del pantalón. Antes de que pudiera reaccionar, numerosas manos comenzaron a tirar de él con desesperación. Era tal el deseo de salir de los soldados que se ahogaban, que lo arrastraban consigo. Sin soltar su petaca buscó asirse de la montura de un caballo; el agua ya le llegaba al cuello, sus pies no encontraban asidero.
Las adivinaciones de la víspera acudieron a su mente.
No morirás.
Sí morirás…

Había jugado a ser Dios, pero ahora, mientras se hundía junto a los despojos de un ejército vencido, comprendió que Dios no existía. No en esa tierra donde gobernaban monstruos descoyuntados, ataviados con falda de serpientes.
Un caballo apareció en la calzada y de un salto cruzó el foso. Blas Botello estiró los brazos en una última súplica, pero el jinete no alcanzó sus manos, solo la petaca, que desapareció junto con el animal, al otro extremo del camino.
El nigromante Blas Botello cerró los ojos, abrió la boca y se resignó a que las aguas se lo llevaran al inframundo.
Los sobrevivientes reposaban, exhaustos, en el pueblo tlaxcalteca de Hueyotlipan. Unos se lavaban las heridas, otros curaban a los caballos. Los que podían comer devoraban ayotes. Cortés repartía entre los soldados parte del botín de joyas y piedras que habían logrado salvar.
Junto a una fogata se alzaba la pila de objetos rescatados durante la huida: armas, ropa, botas, monturas. El capitán Alonso de Ávila se acercó a revisarla. Reconoció la petaca de Blas Botello: era su compañero de habitación en las casas viejas de Moctezuma. La abrió. Dentro había un talismán con forma de falo y un libro de adivinaciones. Ávila recordó la profecía que Botello le dijo la víspera y que influyó en el ánimo de los soldados, quienes presionaron a Cortés para abandonar Tenochtitlan: «Esta noche no quedará hombre de nosotros vivo si no se tiene algún medio para poder salir». A él le debían la vida. Perdieron a la mitad de la tropa, también el tesoro arrebatado a Moctezuma. Sin embargo, podían volver. Había un tesoro aún más grande esperándolos: toda la tierra que pisaban sus pies y que se repartirían si resultaban vencedores.
Alonso de Ávila devolvió el talismán a la petaca y se quedó con el libro. Era valioso: en sus páginas se podía adivinar el futuro. Uno que ya vislumbraba de grandeza para él y su descendencia.
Cortés advirtió: «No caigan en agüeros». Pero el libro de Botello era mágico. Lo necesitaban en aquella tierra poblada de demonios.

Bernardo Esquinca (Guadalajara, México, 1972) cuenta con un amplio reconocimiento por parte de la crítica y los lectores en su país. Su obra se inscribe en la llamada «ficción de lo extraño» (Weird fiction), mezclando los géneros policiaco, fantástico y de terror. Es autor de las novelas Belleza roja (FCE, 2005), Los escritores invisibles (FCE, 2009), La octava plaga (2011), Toda la sangre (Almadía, 2013) y Carne de ataúd (Punto de Vista Editores, 2018), las tres últimas pertenecientes a la saga Casasola. Ha publicado Trilogía de Terror, conformada por los volúmenes de cuentos Los niños de paja (2008), Demonia (2012) y Mar Negro (2014). Junto a Vicente Quirarte, realizó la antología Ciudad fantasma. Relato fantástico de la Ciudad de México (XIX-XXI) (Almadía, 2013). Ha publicado en diarios, revistas y suplementos como La Jornada Semanal, Letras Libres, Milenio, Nexos, Reforma y Tierra Adentro. Entre sus autores de referencia se encuentran Stephen King, Cormac McCarthy, Alan Moore, Rubem Fonseca, John Connolly y su favorito, J. G. Ballard. Su trabajo está fuertemente influido por la cultura pop, el cine, las series de televisión, la novela gráfica y la nota roja.

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Ficha del libro: Descargar

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