Horca | Punto de Vista Editores
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Horca

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-69-3
Nº de páginas: 280

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18,90 

Extraviada en medio del desierto, una mujer lucha contra el territorio descomunal que se extiende ante ella. En una búsqueda continua por escapar de ese espacio inexorable, reconstruye un pasado de viejos tormentos a través de los objetos que va encontrando y que la ayudan a mantenerse con vida. El desierto, así, se convierte en un territorio de soledad, pero también en un terreno donde los recuerdos y las palabras se transforman en una posible salida.

Horca nos deleita con un lenguaje poético, filosófico y cargado de metáforas mediante el cual no solo transitaremos por un desierto implacable, sino que acompañaremos a la protagonista en su autoexploración y en la revelación de su intimidad más trágica.

Libro ganador del «Premio Centroamericano Monteforte Toledo de novela en 2021»

«Adentrarse en los libros de Guillermo Barquero significa ingresar en un purgatorio espiritual en el que el aprendizaje siempre va de la mano del despojo».
Carlos Fonseca, La Nación

1

Hay algo de homuncular en el desierto. Es una plancha sólida que, sin embargo, no resiste al peso del menor de los pasos. Entonces, para atravesarlo no solo se puede usar el deambular lento de un camello y sus patas resistentes al hundimiento de la plancha. Pero tampoco las plantas de los pies sirven para pasar del punto A al punto B del desierto. Las plantas se hunden, y las temperaturas impiden el avance. Cerca del mediodía es inimaginablemente caliente. Cerca de las dos de la madrugada, indeciblemente frío. Es como estar pisando hielo. Y cuando uno pisa hielo imagina que está majando huesos enfriados después de una quema.

2

Llegué a la mitad exacta del desierto, a la mitad topográfica a partir de la cual hay zonas geométricamente equivalentes por todos lados. Estoy, pues, equidistante con respecto a todos los confines desérticos, si es que estos confines pueden medirse, y si es que en la medición de estos confines se puede encontrar un verdadero límite.

3

Nos depositaron acá de noche, después de pasar carreteras bordeadas, primero, por árboles enormes de fronda redondeada como cabezas enfermas de hidrocefalia y, después, por paisajes cada vez menos prolijos, más tendientes a lo plano, hasta irse transformando en tierras de plantitas y, más adelante, en tierras negras sin ningún tipo de elevación que rodeaban a izquierda y a derecha la serpiente que era la carretera sobre la cual íbamos. Nos depositaron, digo, porque somos varios, aunque no podamos vernos unos a otros. Nos dosificaron como infecciones que entran en un cuerpo comedidamente y escogen para su maduración todos los sitios posibles que entre ellos no tienen contacto, hasta que el estado natural de la enfermedad hace que se junten en una enorme infección que extingue. Adivino, pues, así, de forma poco menos que aproximativa, que nos encontraremos y seremos uno solo, cuando en el desierto nos movamos a rastras o con los brazos abiertos o describiendo eses como hacen los animales marinos que pasan de lo claro a lo abisal.

4

El desierto de noche es una especie de mar que no es ni líquido ni sólido: es un coloide lleno de plancton e inundado de los peces de la fauna pelágica. Pataleo, nado de perrito y avanzo unos centímetros, hasta que el frío hace una coraza en la arena y no puedo seguir, la sensación punzante en la piel es tal que continuar es lacerar, obliterar, desgarrar. Pero el desierto, viéndolo de esa forma, es desgarro. Cuando uno se mueve en línea recta por ese coloide, va perdiendo capas de pellejo y se va entregando a las sangres más diversas, o a la linfa que sale de todos los tejidos blandos. El cuerpo, adivino, tiene una densidad menor que la densidad media del desierto, y por eso parece flotar en ese mar de coloide. De noche, como la noche en la que nos depositaron acá, la densidad parece ser aún menor (la del cuerpo), por lo que se siente un flotar, una desanimación o un ahuecamiento de todas las partes, y después se siente volar, se siente que un peso se arranca de cuajo, se siente la sangre convertida en hoyo, se siente tan poco, pero hay que llamarlo tanto. Siempre, a todo, hay que llamarlo tanto: el desierto, la sangre, el cuerpo, el tiempo. Todo eso se expande. Uno siente que vuela hasta que de nuevo llega al mundo, después de las noches gélidas abarrotadas de hielo.

5

Un día, había tres espejos. No sé, en realidad, si los vi sin haberlos. El calor del desierto produce ciertos sopores que parecen alucinaciones. Parecen, digo, a falta de más palabras. Son, imponen, impelen, obligan. Y muchas palabras más para describir el efecto de esos espejos encima de la superficie del desierto. A veces cuesta percibirlos, y a veces hay (veo que hay) diez, quince espejos. Pero los llamo espejos, aunque están más cerca de ser lagunas. Llamarlos lagunas es una estupidez, eso sí, porque el calor del mediodía secaría una laguna en dos minutos, en cambio los espejos no pueden secarse. Los espejos son objetos que duran milenios en el planeta, que no se pudren, que no se modifican. Los espejos son, en ese sentido inmarcesible, como huesos. Los huesos también parecen lagunas, a veces. Un día me encontré con una osamenta entera. Abría la boca con algo que asocio con el pavor, aunque las osamentas de animales que he encontrado aquí y allá todas llevan ese mismo grito de miedo en sus hocicos. Entonces, puede ser que el pavor se clave en los huesos siempre que llega la muerte, sin importar los mecanismos finales que se efectúan, o puede ser que lo que parece pavor no sea más que un fenómeno configuracional físico, como el acomodo de los átomos en una molécula orgánica, de esas complejas. Puede ser que la boca abierta sea un sello de indeterminación, una marca de anulación, una forma final de obliteración.

6

El desierto es una nieve, dije.
El desierto es una especie de nieve que cubre el mundo, dije. Lo dije porque hacía un calor tremendo de esos que despellejan, y la imagen del desierto como nieve pretendía aliviarme. Claro está, la nieve también quema.
El desierto, entonces, es pantano, dije.
El desierto es uno de los mayores pantanos, dije.
Me fui hundiendo, me dolía la espalda, el pellejo quemado, sentía que los ojos se me iban a salir de las cuencas, pero eso pasa en el desierto, en los pantanos, en la nieve.
El desierto no es pantano, dije.
El desierto lleva su propia muerte en su propia forma, dije, como para empequeñecerlo.
Hablaba sola.

Guillermo Barquero (Costa Rica, 1979) es fotógrafo y escritor. Autor de los libros de relatos Metales pesados (2009, Premio Áncora de cuento en 2010) y Anatomía comparada (2017, Premio Nacional Aquileo J. Echeverría en la rama de cuento), así como de las novelas El diluvio universal (2009, Premio Áncora de novela en 2010), Combustión humana espontánea (2015), Tierras raras (2019) y Horca, con la que obtuvo el Premio Centroamericano de Mario Monteforte Toledo, en 2021. Compiló, junto con Juan Murillo, la antología Historias de nunca acabar: antología del nuevo relato costarricense, en 2009. Codirige, con Murillo, Ediciones Lanzallamas. Varios de sus cuentos han sido traducidos al francés, portugués y alemán.

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