Historia del Perú contemporáneo | Punto de Vista Editores
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Historia del Perú contemporáneo

Dimensiones: 15×24 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-36-5
Nº de páginas: 432

24,90 

En el presente libro, Carlos Contreras y Marcos Cueto analizan el pasado y el presente de Perú, desde las guerras de independencia hasta el segundo decenio del siglo XXI, y nos brindan una mirada crítica de las políticas desarrolladas durante este periodo.

Cuatro grandes proyectos políticos, cada cincuenta años, han modificado el perfil histórico del país durante esta etapa. El primer proyecto, el de los libertadores, se conformó alrededor de las ideas reformistas que caracterizaron a los gobernantes del último periodo borbónico. El segundo proyecto, el del civilismo, buscaba modernizar una nación mayoritariamente analfabeta que satisfacía sus necesidades mediante el autoconsumo, y donde no existía una mínima infraestructura física ni institucional. El tercer proyecto, el del nacionalismo, buscó integrar a la población indígena a la vida nacional mediante la industrialización y la castellanización, convirtiendo al campesino analfabeto en un obrero consumidor de una economía de mercado. Finalmente, el cuarto proyecto, el del neoliberalismo, recogió muchas ideas de las corrientes liberales existentes desde el siglo XIX para abrir el país a la economía internacional y la inversión extranjeras como vías para el crecimiento económico.

Este es un texto de referencia para entender cómo las crisis económicas, la inestabilidad política y los innumerables conflictos sociales de Perú responden a las reformas que se impusieron a lo largo de los años, interpretando los patrones de la sociedad peruana, las motivaciones de los personajes más importantes de su historia y los cambios que afianzaron su democracia.

Prefacio. Propósito y propuesta de este libro

I. El desafío de construir un nuevo Estado (1821-1899)
1. La revolución de independencia
2. Aprendiendo a ser libres: entre Bolívar y Castilla
3. La república del guano
4. Guerra y reforma (1879-1899)

II. Búsqueda de la integración nacional (1899-1948)
5. El Perú de la República Aristocrática (1899-1919)
6. El Oncenio de Leguía y la crisis de 1930-1933
7. El militarismo y sus resistencias

III. Desafíos de la modernización (1948-2018)
8. La restauración oligárquica
9. El Estado corporativo y el populismo (1968-1990)
10. El neoliberalismo y los retos del siglo XXI

Bibliografía
Índice onomástico
Índice analítico

Prefacio. Propósito y propuesta de este libro

Contar con una imagen de su pasado es una necesidad vital, tanto para los individuos cuanto para las sociedades. Tal imagen influirá decisivamente en la identidad, así como en la explicación acerca de las características más tenaces, buenas o malas, que marcan a una persona o a una comunidad. De dicha imagen brotarán las estrategias y la convicción con que se enfrenten los retos que salen al paso y, en el caso de las sociedades, de ellas emanarán los sentimientos de solidaridad entre sus miembros, consiguiéndose la cohesión necesaria para mantenerlas unidas, incluso en épocas de crisis y de cambios, como las que vivió el Perú en diversos momentos de su historia.
Interpretar el pasado de una comunidad nacional en un país en vías de desarrollo es quizás el tipo de análisis social más complejo, ya que se trata de sociedades que de ordinario integran decenas de millones de hombres, repartidos en territorios amplios y con frecuencia mal comunicados, y de una gran diversidad cultural, social y étnica en el origen de sus miembros. Es complejo porque, en el caso de una nación nacida de una situación colonial, la población es, culturalmente hablando, híbrida y diversa; incluyendo, entre otros, a los descendientes de quienes se establecieron como colonos, de quienes fueron colonizados y de aquellos que fueron traídos por los colonos para trabajar como esclavos en sus casas y empresas, así como a los inmigrantes que llegaron desde diferentes continentes. La relación entre estas clases fue, desde luego, tensa y hasta de abierto conflicto, pero también de un proceso dinámico de interacción cultural, con las lógicas repercusiones que ello tiene en la conciencia de las personas a lo largo del tiempo.
Con la idea de brindar una imagen del pasado de la nación peruana durante su fase más reciente —el periodo recorrido desde la Independencia—, fue que escribimos la primera versión de este libro hace ya más de una década. Casi no existían, por entonces, libros de este tipo; así, la enseñanza superior se apoyaba en textos monográficos sobre aspectos históricos específicos, que partían de perspectivas interesantes pero necesariamente parciales, por tratarse de trabajos orientados a un público de investigadores más que de estudiantes. Ello hacía también que se recurriese a ensayos de pensamiento político y sociológico en los que, más que contar una historia, el autor se proponía persuadir de una idea o introducir una tesis, que en su momento fue novedosa o audaz. Nuestro propósito no fue desplazar estas lecturas, siempre valiosas y enriquecedoras, sino acompañarlas con un libro de referencia que proporcionase un marco interpretativo general y que no se limitase a un ensayo, sino que diese cuenta de los hechos y de qué manera ellos, junto con las estructuras o patrones sociales y los personajes de la historia, iluminan nuestra comprensión del presente. Hoy en día existen otros nuevos y buenos textos generales de historia peruana de los cuales hemos aprendido mucho, y solo queremos que nuestro trabajo sea una contribución a este esfuerzo por examinar el desarrollo general del país desde el punto de vista profesional de los historiadores.
El surgimiento de visiones generales del pasado se debe, en parte, a que la profesionalización de las ciencias sociales, y de la historia en particular, es relativamente reciente en el país. Entre los años setenta y noventa del siglo xx, una multitud de trabajos publicados como el fruto de investigaciones metódicas en archivos esclarecieron facetas confusas o poco conocidas sobre las que, por lo mismo, habían circulado versiones prejuiciosas, sesgadas o maniqueas. Primero fueron las monografías de historia económica y social que dieron cuenta, sobre todo, del acontecer en los sectores de exportación, así como de la organización de los trabajadores y del impacto social que la nueva economía orientada hacia afuera tuvo entre la población. Dos de los aportes más importantes de esta historia fueron que empezó a concentrarse en la interpretación de los hechos y en lo que se consideraba esencial de los patrones del desarrollo. Después vino el turno de la «nueva historia política», que escarbó en las prácticas y las ideas sobre el poder que fueron desarrollándose entre los peruanos al calor de las guerras, las revoluciones, las dictaduras y la sencilla vida cotidiana. Esta historia mostró que no todo podía ser explicado por lo que hicieron los presidentes y generales, sino que había que tomar en cuenta los movimientos sociales rurales y urbanos, la evolución de las mentalidades y las concepciones sobre la sociedad, la aparición de las clases medias y volver a analizar con detalle y críticamente la biografía y las ideas de los líderes políticos.
Los años finales del siglo xx fueron, por otro lado, el escenario de grandes transformaciones en el mundo, llamadas a cambiar tanto la historia como las ideas con que la estudiamos. Se vino abajo el Muro de Berlín y desapareció la Unión Soviética, poniendo fin a la llamada Guerra Fría, durante la cual nuestra generación se había educado. Tanto estos acontecimientos, cuanto los propios sucesos internos del país, que había sido sacudido por una terrible guerra interna entre el Estado y los grupos subversivos, para sufrir después los efectos de un régimen autoritario, produjeron una revaloración de la democracia entre los peruanos. Todos estos factores: la ausencia de libros de texto para la enseñanza superior de la historia, la acumulación de una masa suficiente de nuevos estudios sobre la historia peruana que invitaban a una labor de cuestionamiento y de síntesis del Estado-nación, así como de la comunidad peruana, y los cambios que habían ocurrido en el Perú y en el mundo durante las últimas décadas del siglo xx, nos convencieron de la necesidad y la posibilidad de elaborar una nueva evaluación integral de nuestra historia independiente.
Los proyectos políticos nacionales
Como hilo conductor escogimos los grandes proyectos políticos que animaron la historia del Perú a partir de su independencia. Cada cierto tiempo, que suele contener un lapso de dos o más generaciones, cobra forma una nueva idea política. Suele nacer de un descontento con la situación vigente, de un desacuerdo entre las fuerzas políticas y sociales que son hegemónicas, y de una percepción de que la organización de la sociedad y del Estado no es la adecuada para responder a los nuevos retos. De esta manera nacerá una crítica contrahegemónica, cada vez más acerva, hacia el régimen imperante; hasta que de la crítica se pasa a la propuesta de un programa de reforma, o a lo que se anuncia por sus impulsores —con o sin razón— como una revolución del Estado y de la sociedad. En ocasiones, estos programas nunca logran emerger por completo, o no consiguen el consenso suficiente; esas corrientes quedan en la historia como promesas que no cuajaron. Pero circunstancias varias, que pueden tener que ver con hechos externos, provenientes por ejemplo de la coyuntura internacional, pueden ayudar a que el nuevo programa sea aceptado entre la población y se abra la posibilidad de su aplicación o vigencia por un periodo más prolongado. Por supuesto que esta no será fácil. Habrá de enfrentarse a la oposición de quienes sacaban beneficio del régimen pasado, o a la de quienes simplemente temen el cambio de las condiciones a las que ya estaban adaptados.
Proponer que estos proyectos políticos existieron en el Perú fue una idea polémica cuando lanzamos la primera edición de este libro. ¿No había sido este el país sin clase dirigente ni proyecto que lo orientase? ¿No había sido la nación peruana marioneta de poderes extranjeros que, después de la Independencia, habían instaurado un orden neocolonial? ¿No había sido una república sin ciudadanos que efectivamente ejercieran su derecho de disentir? Aun cuando aceptamos que el poder del comercio internacional y de la política de las grandes naciones capitalistas ha ejercido un papel importante y, en ocasiones, decisivo, sobre el curso de la historia del país, y que había existido una oligarquía que concentró el poder político y económico, consideramos que las interpretaciones de la historia nacional como el reverso de la dominación extranjera o el producto de los deseos de una pequeña élite empobrecían la comprensión de las alternativas que había enfrentado la nación. Existía una dinámica propia en la que confluían procesos mundiales y locales que, a su vez, revirtieron en la historia global, así como formas de participación política de la población excluida de los canales formales. Esta dinámica había sido estudiada parcialmente en diversos textos, pero necesitaba ser congregada en un análisis de conjunto claro y profundo.
El libro está organizado, así, alrededor de cuatro grandes proyectos políticos nacionales, a saber: i) el de los libertadores, ii) el del civilismo, iii) el del nacionalismo, y iv) el del neoliberalismo. El primero se conformó alrededor de las ideas reformistas y de liberalismo inicial que caracterizaron a los gobernantes del último periodo borbónico. Esta generación criticó el despotismo de la administración colonial y de la monarquía borbónica, las restricciones que se imponían al comercio de los virreinatos y la poca participación política que tenía la fracción más ilustrada de la población. Su gran logro fue, sin duda, la separación del Perú del imperio español y la sustitución del régimen monárquico por uno republicano. Sin embargo, la audacia de estas transformaciones se comprobó con las enormes dificultades con que topó el nuevo régimen para adaptar las claves del nuevo orden en el Perú y la de construir un Estado nacional, a pesar de sus intenciones de implementar medidas proteccionistas o intervencionistas. Las elecciones para designar a las autoridades y los representantes políticos o no eran respetadas, o no se organizaban, sucediéndose guerras civiles, revoluciones y «pronunciamientos» que sumergieron a la nación en lo que Jorge Basadre llamó la anarquía de los inicios de la república.
El segundo proyecto nació, precisamente, de la crítica a los resultados del proyecto anterior. Hacia los inicios de la segunda mitad del siglo xix era evidente que la promesa de los libertadores —una república ordenada, próspera y culta— no se había cumplido. La solución podía ser volver hacia atrás, como sugirieron los así llamados conservadores: recuperar el principio de autoridad cobijándose bajo una poderosa monarquía que podía, o no, ser la española, renunciando a los sueños republicanos que, para ellos, eran solo una mala copia del régimen político de los Estados Unidos. O podía ser la «huida hacia adelante»: un relanzamiento del proyecto republicano liberal, como propusieron los hombres del Partido Civil, fundado en 1871. Finalmente, fue este proyecto el que se impuso, al conseguir el control del Estado en los años de 1870, permaneciendo en él por varias décadas por delante, incluso después de la catástrofe de la guerra del salitre de la que muchos, con razón, responsabilizaron a la élite en el poder.
Sin duda, la tarea que los hombres del Partido Civil se propusieron resultaba hercúlea: extender la ciudadanía y el respeto a la ley en una nación donde la mayoría de hombres eran analfabetos y satisfacían sus necesidades no mediante el comercio, sino a través del autoconsumo; donde no existía una mínima infraestructura física (caminos, puertos, ferrocarriles, telégrafos) ni institucional (educación pública, periódicos, sistema fiscal idóneo) que integrase a la nación, y donde ni siquiera se hablaba una lengua común, o los habitantes compartían una cultura y un conjunto de valores comunes, resultaba una aspiración que solo podría concretarse en el largo plazo y siempre que se tuviese lo que le faltó a muchos proyectos: la persistencia.
Las guerras civiles e internacionales que sacudieron al Perú durante el último tercio del siglo XIX, junto con el origen social oligárquico de los civilistas más destacados, obstaculizaron y distorsionaron el programa inicial. De cualquier manera, el país de los años veinte no era el de medio siglo atrás. Su economía era más estable y próspera, en parte gracias a una apertura económica al mercado internacional, que fue más intensa de la que ocurrió en otros países latinoamericanos; el territorio comenzaba a gozar de una mayor integración y se habían iniciado programas de educación y salubridad nacional que debían poner en el futuro las bases de una república como la soñaron los civilistas: basada en el respeto a la ley, confiada en que el progreso, así como la asimilación de la ciencia y tecnología europeas eran inevitables, y donde la libertad de los hombres fuese ejercida sin menoscabo del bien común.
Durante el dominio del proyecto civilista (grosso modo entre 1870-1930) la nación ganó en integración, pero ello mismo hizo más evidente la desigualdad entre los peruanos. La brecha entre la élite empresarial de la capital y las ciudades de la costa, y los campesinos autárquicos que vivían en las punas altoandinas no se reducía a índices de bienestar material, sino que involucraba el ejercicio de derechos políticos y sociales elementales. El historiador Jorge Basadre utilizó en los años treinta la expresión de un «Perú oficial» y un «Perú profundo» para referirse a esta dualidad. No hubo consenso por entonces acerca de cómo cerrar esa brecha, pero muchos pensaron que para ello debía reforzarse la acción del Estado y asimilar a poblaciones consideradas marginales, como la mayoría de indígenas, afroperuanos e inmigrantes asiáticos, ya que la historia había comprobado que la acción civil o de los hombres de negocios no bastaba para ello.
Los cambios económicos e institucionales ocurridos durante los inicios del siglo XXalumbraron nuevos sectores sociales que, poco después, hicieron su ingreso en la vida política. Élites provincianas con educación, militares de origen mesocrático, así como profesionales e intelectuales emergidos de familias distintas de la oligarquía llegaron a la universidad, a la prensa y al Parlamento nacional, trayendo consigo críticas a la poca apertura política de la oligarquía y proclamando la necesidad de un nuevo programa económico. Este debía reivindicar los intereses nacionales, poniendo límites a la rapacidad de las empresas extranjeras, y volver más equitativas las relaciones entre el capital y el trabajo. Estas ideas se dieron la mano con nuevos planteamientos artísticos y culturales como el indigenismo, que revaloraron la cultura quechua y el papel de los indígenas en la historia peruana.
Surgió así un tercer proyecto, con hegemonía entre 1930 y 1990, pero en el que la oligarquía no llegó a perder todo el control, puesto que dentro de sí misma supo reconvertirse y presentar a figuras como el presidente Manuel Prado o los generales Óscar Benavides y Manuel Odría, que funcionaron como eficaces puentes entre sus intereses y las nuevas ideas sociales. Estos buscaron la cooptación de segmentos de la población a los limitados beneficios que podía ofrecer el Estado en cuanto a servicios sociales como la educación. Este proceso se realizaba también como una manera de neutralizar a fuerzas sociales y políticas contrahegemónicas como los sindicatos y el Partido Aprista, que demandaban una ampliación de los derechos sociales y políticos. El proyecto nacionalista es quizás menos nítido que los otros, porque tuvo muchos afluentes y actores. Entendieron que la única forma de integrar a la población indígena a la vida nacional era mediante la industrialización y la castellanización, que convertiría al campesino analfabeto en obrero industrioso y obediente que participase como consumidor en una economía de mercado. El logro de la industrialización exigía infraestructura vial y un aparato estatal más robusto, capaz de sostener un programa ambicioso de educación y salud públicas. Las Fuerzas Armadas funcionaron durante este proyecto como interlocutores y guardianes del poder civil; con frecuencia, tomaron el control del Estado para suplir la falta de liderazgo civil.
El proyecto nacionalista debió bregar con la explosión demográfica que enfrentó el país durante la segunda mitad del siglo XX. Más que logros, podríamos decir que su tarea fue la de los bomberos, tratando de contener las urgentes demandas sociales de una población creciente que, egresada de la masificada educación pública, aspiraba a una vida urbana con las comodidades del mundo moderno. Probablemente el terreno económico fue su mayor fracaso, porque la industrialización fue muy pequeña para todo el esfuerzo que se invirtió en ella, e insuficiente para absorber el aluvión demográfico que soportaron las ciudades, pero debe reconocerse que en el nivel social y político consiguieron mejorar al alfabetismo de la población y la ampliación del cuerpo electoral de la república.
El momento del relevo de un nuevo proyecto ocurrió durante el último decenio del siglo pasado. El fracaso económico del nacionalismo se volvió manifiesto y arrastró a una crisis política que se volvió acuciante con el estallido de una cuasi guerra civil entre el Estado peruano y grupos insurgentes que, mediante acciones terroristas, procuraban derrotarlo y reemplazar el «viejo orden». Emergió entonces un cuarto proyecto, que podríamos llamar neoliberal, en el sentido de que recogió muchas ideas de las corrientes liberales existentes desde el siglo XIX. El neoliberalismo arrió las banderas del nacionalismo económico anterior y postergó para las calendas griegas la búsqueda de una sociedad donde existiese igualdad de oportunidades, abriendo el país a la economía y la inversión extranjera como vía para el crecimiento económico. Se propuso una reconversión del aparato del Estado, el que debía abandonar el rol de promotor y director de la producción, para ceñirse al papel de árbitro y controlador del cumplimiento de las leyes y regulaciones. Quienes permanecían aún excluidos del modelo económico, que volvió a basarse, como en la segunda época, en la exportación de materias primas, debían ser atendidos por el gasto social focalizado del Estado, aunque se procuraba que este apoyo fuese solamente temporal y que la responsabilidad sobre la mayoría de los servicios sociales fuese sobre todo individual y familiar.
Es prematuro evaluar los resultados de este cuarto proyecto por hallarse aún en marcha y no llevar sino un cuarto de siglo de vigencia, aunque empiezan a ser claras sus implicancias para la conflictividad y la equidad sociales.

Lima y Río de Janeiro, junio de 2018
Carlos Contreras y Marcos Cueto

Carlos Contreras (Lima, 1957) es profesor principal de Historia Económica en la Pontificia Universidad Católica del Perú y miembro del Instituto de Estudios Peruanos, en donde estuvo a cargo de la Dirección de Publicaciones durante varios años. Es presidente de la Asociación Peruana de Historia Económica. Recibió su doctorado en El Colegio de México luego de publicar varios trabajos acerca de la historia del Perú colonial y republicano. Entre sus publicaciones destacan El aprendizaje del capitalismo (2004), La economía pública del Perú después del guano y del salitre (2012) y El aprendizaje de la libertad. Historia del Perú en el siglo de su Independencia (2015).
Marcos Cueto (Lima, 1957) es doctor en Historia por la Universidad de Columbia (EE. UU.). Ha sido director del Instituto de Estudios Peruanos, del cual es investigador principal. Además, es profesor principal de la Universidad Peruana Cayetano Heredia y profesor visitante en el Instituto Fiocruz de Río de Janeiro (Brasil). Entre sus publicaciones destacan El regreso de las epidemias. Salud y sociedad en el Perú del siglo xx (1997) y Cold War Deadly Fevers: Malaria eradication in Mexico, 1955-1971 (2007).

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