Historia de una campeona | Punto de Vista Editores
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Historia de una campeona

Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-66-2
Nº de páginas: 192

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17,90 

«¿Para esta mierda me has hecho levantar hoy?», le soltó su padre a Erika cuando esta perdió su primera final de full contact. Esa pregunta cargada de desprecio fue uno de los impulsos que Erika necesitó para encaminar su vida a la victoria. El menosprecio de sus padres, la incomprensión de sus hermanas, el enfermizo acoso de su pareja, la indiferencia de sus vecinos y la soledad son escenarios contra los que Erika debe luchar en variosasaltos, como si de un torneo de supervivencia se tratase. Y es que en Historia de una campeona asistimos no solo al ascenso de una deportista entregada a su pasión, sino también a la historia de una mujer que combate la frialdad de una sociedad que parece estar en su contra.

«La obra de José Ángel Mañas se caracteriza […] especialmente por la introducción de la lengua coloquial y el argot, por los juegos con la ortografía y por un estilo que rehúsa cualquier preciosismo, presentándose en cambio crudo y directo».
Eva Navarro Martínez

«El lenguaje ágil, natural, actual y cercano de sus personajes fluye como si él mismo fuera parte de una de sus novelas».
F. Javier Girela

El combate de Torrelodones (I)

Muchas veces, la gente que no me conoce pregunta qué se siente antes de salir al ring.
Te debes sentir muy nerviosa, me dicen. Se piensan que voy a estar jiñando en el baño o algo parecido. Y no digo que cuando empecé no tenía ese tipo de nervios, todo el mundo los tiene. Pero con los años se me han quitado. No sé cuándo, pero en algún momento, sencillamente, se me quitaron. Hay siempre un puntito de estrés, de adrenalina, que no permite que te relajes. Pero la sensación es, al final, casi de paz. Te aseguro que hace bastante tiempo que, cuando me toca combatir, consigo mantener la calma. Probablemente, porque sé que no hay nada que hacer.
Llegado a un punto, el trabajo o ya está hecho o no lo está. Si lo está, no hay nada más que hablar y puedes tener la conciencia tranquila. Y, si no, ya es demasiado tarde y tampoco ganas nada poniéndote nerviosa. Con lo cual, todo lo que hay que hacer es respirar hondo, procurar relajarse y, lo más difícil, disfrutar.
A mí me ha costado, pero hoy lo consigo. Te puedo decir que raro es el día que no duermo bien la víspera, y rara también es la ocasión en la que no tenga la sensación de que voy a ganar el combate. Supongo que haber sido siete veces campeona de España ayuda. A lo que me obligo, en esos instantes, es a visualizar los momentos de triunfo, la cara de la gente que me quiere, y me repito que soy la mejor boxeadora en la historia de este país. Eso basta para meterme en el estado de ánimo que necesito. Mi confianza en mí misma, hoy en día, es absoluta.
No obstante, reconozco que lo del combate de Torrelodones fue desde el principio una excepción.
Durante la noche previa, me había encontrado nerviosa como hacía años que no me sucedía. Me costaba conciliar el sueño. No hacía más que dar vueltas en la cama. Eso molestaba a Chimo, mi marido, que además se quejaba de que cada vez tiraba de la sábana y dejaba su lado al descubierto: las típicas pejigueras de pareja. El caso es que me removía tanto que Chimo terminó por chasquear la lengua y encendió la lamparilla de noche: «No puedes ponerte así, Erika. Esto no es normal». A él también le daba mala espina. Se acercó al cuarto de baño a por unas pastillas de valeriana que a veces tomo para tranquilizarme.
—Toma —dijo, según me las traía junto con un vaso de agua.
Y luego, al día siguiente, ya por la tarde, tras empezar los combates en el casino, mientras otro de los chicos del gimnasio, un peso pluma peruano que lo está petando en su categoría, iniciaba su pelea, cuando me encerré en una habitación con Koldo, él también intuyó que algo iba mal y no paraba con los consejos.
—Erika, no estás escuchando a tu entrenador… Te veo descentrada.
La habitación que nos tenían reservada estaba llena de sillas amontonadas malamente en una esquina. El sitio no era nada adecuado para el evento. Ver tantas sillas patas arriba a mí me descentraba porque siempre me molesta el desorden dentro de todo lo que tiene que ver con los combates, soy tan maniática con eso como caótica con el resto, y además porque de repente me parecía que aquellas patas eran como lanzas listas para empalarme. Encima, la luz del lugar era demasiado blanca: tampoco me gustaba. De hecho, todo lo que veía a mi alrededor me molestaba. Estaba más irascible que de costumbre, y eso que había logrado dormir una buena siesta, por la tarde, para recargar pilas. Pero todo lo que normalmente eran los trámites para la preparación de la pelea no estaba yendo como de costumbre.
—¡Coño, déjame en paz! Qué pesaditos estáis todos.
—O sea que no soy el único que se ha dado cuenta. ¿Quién más te lo ha notado?
—Chimo me ha venido dando la lata durante el camino en coche desde Paracuellos.
Koldo meneaba la cabeza: algo no iba como debía. No estábamos llegando al combate en las condiciones de tranquilidad que se necesitan para pensar con claridad y dar el cien por cien. Aun así, me cogió por los hombros para motivarme. Los dos llevábamos semanas analizando los movimientos de mi rival y habíamos trazado toda una estrategia para el combate que él me había refrescado a lo largo de la tarde. Pero ahora se trataba de otra cosa. Tras menear la cabeza, sin dejar de mirarme a la cara, dijo:
—No olvides lo que siempre decimos en el gimnasio. No es peligroso el perro que ladra más, sino el que más ganas tiene de pelear. Ahora, ¡vamos!
Koldo me había repetido las últimas consignas mientras hacíamos unos pocos guantes en el rellano de las escaleras. Aquello es como un baile ritual que realizamos juntos siguiendo pautas que ambos conocemos de memoria. Yo le veo delante, con las manoplas puestas, y golpeo con precisión a medida que él las mueve marcando los ritmos. Pero lo de los consejos continuó mientras me vendaba las manos con el cuidado de costumbre. Sus palabras eran casi lo de menos. Con el estrés, me pasaba como los perros: que entienden la emoción, pero no el sentido de lo que les dices. A mí su tono de voz suave y comedido era lo que me iba tranquilizando poco a poco. Yo era como una cobra peligrosa escuchando a un flautista. Es curioso, porque Koldo tiene aspecto de duro. Pero detrás de ese careto de boxeador que se come el mundo a golpes, siempre se ha escondido un tipo que se pasa las noches leyendo libros de sicología y que vive para entrenar a sus luchadores.
—Erika, Erika, bonita. Hoy tienes una cita con la historia. Tienes que despertar, perlita —me murmuró al oído—. Piensa, por favor, en todo el trabajo que hemos hecho para llegar hasta aquí…
Koldo siempre se había involucrado al cien por cien conmigo y conoce el mundo de las dieciséis cuerdas mejor que nadie. Por eso generalmente sabía qué teclas había que tocar para colocarme en el estado mental adecuado. Él ha vivido desde dentro el boxeo y ha tenido una trayectoria profesional que hace que, cuando te habla, siempre le escuchas con un respeto que pocos entrenadores consiguen. Él se ha pasado toda una vida procurando que sus boxeadores seamos deportistas limpios y formados a base de esfuerzo y técnica.
—Erika, bonita. Sé lo que llevas dentro… La gente de ahí fuera aplaude, pero ninguno entiende lo que pasa por nuestra cabeza cuando salimos al ring. Los dos sabemos lo duro que es ganarse el respeto en un barrio chungo. Los dos sabemos lo que es crecer rodeados de jeringuillas y ver cómo se mueren tus mejores amigos por la droga y la mala vida. Sabemos lo que cuesta imponer los valores del deporte, el sacrificio, el trabajo duro y honesto… Y tú eres una pionera del boxeo femenino… Venga, perlita, no jodas en un día lo que has tardado toda tu vida en construir. Sal ahí. Pelea con pasión, no con rabia, y demuéstrales a todos quién eres. No te menosprecies a ti misma —dijo, queriéndome transmitir una energía positiva—. Y, ahora, quítate esa sudadera.
Era una típica charla de Koldo, quien al cabo de quince años juntos se había convertido, además de en mi entrenador, en amigo y terapeuta. Como me conocía mejor que nadie, le preocupaba ese nerviosismo inhabitual que encima se duplicó al bajar a la sala cuando todavía desde el pasillo, por detrás de la pequeña cortina aún corrida, pude ver cómo aparecía por otra de las puertas mi rival, la inglesa a la que habíamos bautizado como la Rubia desde que supimos que me tocaba pelear contra ella: en el boxeo motejamos por sistema.
A la Rubia la acompañaban como entrenadores dos negracos musculosos y pelados como bolas de billar a los que yo ya había visto en vídeo. Parecían sus guardaespaldas. Uno medía cerca de dos metros. Era como un jugador de baloncesto. Me hacía pensar en Yordan. El otro no era tan alto, pero tenía una anchura de espaldas espectacular. Eran como dos armarios con las puertas abiertas, y su mera vista impresionaba. La Rubia jugaba con ello. Los tres daban a entender que no estaban en Madrid para pasar el rato y me miraban con una cara retadora.
—Que no te impresionen… —murmuró Koldo, a mi lado—. Tú eres mejor que ella, Erika. Lo sabes. Ahora, sal y demuéstraselo —añadió, señalando con la barbilla hacia el ring. Y descorrió la cortina de golpe.
Asentí un par de veces con la cabeza y me abrí paso entre la gente instalada en las sillas de los graderíos a uno y otro lado. La sala estaba totalmente entregada. Nada más verme, me acogieron con un rugido.
—¡Estamos en casa, Erika! ¡Es tu público! —me animó Koldo. Él me acompañó a subir a la lona. Iba con pantalones militares y una camiseta negra ceñidísima le marcó sus músculos mientras reclamaba con sus gestos el apoyo del público.
Pero los clamores no hacían sino ponerme más tensa y agarrotarme. Es lo peor que le puede pasar a un boxeador, por mucho que lo intente camuflar. Mis piernas parecían de Blandiblup mientras daba pequeños saltitos como de costumbre. Por supuesto intenté ocultarlo detrás de una mirada fiera y abrí mucho la boca un par de veces, tanto para enseñarle los dientes a mi rival como para quitarme el agarrotamiento. Pero los boxeadores somos como perros: si hay una cosa para lo que estamos entrenados, es para olfatear el miedo. Mientras me observaban los dos negracos y la Rubia, los tres percibieron mi temor. Y ya según me instalaba en mi rincón y me puse el protector dental, al ver cómo evitaba su mirada, la Rubia siguió los consejos que le daban sus entrenadores: nada más sonar la campana arrancó el asalto como un tornado y sin dudarlo ni un instante me arrinconó con una total vehemencia.
La Rubia dejó claro desde los primeros compases que no quería perder el tiempo. Empezó a golpearme sin piedad. Ella pesaba más que yo. Su corpulencia era natural, mientras que yo, para combatir en su categoría, tuve que ganar peso. La Rubia sabía que yo era mejor técnicamente. Si el combate se alargaba, eso iría a mi favor. Ella necesitaba arrancar con contundencia. Y, si por una casualidad conseguía dejarme KO de entrada, miel sobre hojuelas. Por eso salió con el cuchillo entre los dientes.
Desde el primer momento presentó sus credenciales. Y la estrategia le funcionó porque, entre las ganas que tenía y el peso de sus golpes, antes de que hubiera transcurrido el minuto uno, de repente sentí que perdía pie bajo una lluvia furiosa de puños. Ahí llegó el primer susto cuando una derecha impactó brutalmente en mi cara. Por un instante, besé la lona. Y, entonces, según caía —fue como un flash—, me acordé de un golpe parecido que me había dado en su día Mediahostia, mi primer novio. Todo iba muy rápido, porque de repente me encontré en la lona con el árbitro contando a mi lado.
—Uno, dos, tres, cuatro…
—¡Erika, ponte en pie! —exclamó Koldo desde el rincón. Él también estaba acojonado. No podía creer lo que estaba sucediendo. Todo el trabajo hecho a lo largo de semanas se acababa de venir abajo, como un castillo de naipes.
Aturdida y con la cara magullada, escuché sus gritos, aunque sin descifrarlos del todo, y también los que me dirigía mi Chimo desde las primeras filas.
—¡Vamos, gorda, que te quiero! ¡Te queremos todos!
De todas las voces en la sala era la única a la que estaba sintonizada. Chimo siempre está presente en los combates. De vez en cuando me gritaba consignas y muchas veces sabía cómo iba el combate por lo que decía. En cuanto gritaba: «¡Ya la tienes, gorda, el combate es tuyo!», es que había ganado. Pero ese día había una nota inhabitual de alarma en su voz. Él también se daba cuenta de que algo sucedía. Y estoy segura de que no me habría levantado de no ser porque todavía medio grogui me vino a la mente mi primera final de full contact, la única que perdí, cuando mi padre me espetó, pitillo en boca: «¿Para esta mierda me has hecho levantar hoy?». Fue la única vez que se dignó a venir. Nunca lo olvidaré. Él siempre odió que me dedicase al deporte de contacto. Siempre me despreció por ello. Por eso, desde que empecé con el boxeo, cada vez que gano un título, lo primero que hago es enviarle un recorte de prensa a su casa. Todavía hoy lo sigo haciendo: es como una tradición. Si no lo hago, me siento como si no hubiese ganado. El caso es que al acordarme de su expresión mientras decía aquello, con su bigote, su rostro anguloso, moreno, curtido por el sol, y un gesto de hombre al que la vida no ha regalado nunca nada y que no cree que nadie se merezca algo diferente, el pundonor me puso en pie… aunque fuese para recibir una nueva tunda de golpes y aguantar, todavía no sé cómo, el resto del asalto.
—¡Que no te saque del ring, Erika!
Cuando sonó la campana, la sala había enmudecido. Me dejé caer como un peso muerto en la silla. Me quité el protector de dientes. Escupí algo de sangre con la boca tremendamente seca. Koldo me tenía delante de él, con la arcada izquierda destrozada. Su cara estaba a un palmo de la mía mientras me hidrataba y me secaba el sudor de la cara. Me costaba descifrar lo que me decía. La luz de los focos me tenía medio cegada, de manera que no veía a nadie cerca.
—¡Qué cojones te pasa, Erika! ¡Mira qué ojo te ha puesto! ¡Te ha zurrado bien esa zorra! ¡Hasta te ha pegado en el hígado cuando el árbitro ha querido separaros! ¡La tía viene a por todas! ¡No puedes dejar que te casque así! ¡Piensa en todo lo que has sufrido para llegar aquí, por Dios, Erika! ¡Piensa en que esto es el campeonato de Europa! ¡Es el título más importante que has tenido nunca! ¡Es tu primer título internacional y tienes que ganarlo si quieres aspirar a campeona del mundo! ¡A tu edad no puedes esperar más! ¡Tienes treinta y cuatro años, perlita! ¡Es ahora o nunca!
Koldo me estaba agobiando con su verborrea. Pero por una vez yo no atendía a lo que decía. Ya digo que estaba como grogui, fuera de mí, noqueada. Asentía, pero no entendía nada ni tampoco era capaz de seguir las consignas.
Por primera vez en mucho tiempo, la estrategia que habíamos trabajado tan cuidadosamente durante las últimas semanas se estaba yendo totalmente al garete. Yo en esos momentos era un zombi sudoroso. Y ya, según me levanto de nuevo, oigo la voz penetrante de Chimo entre el público.
—¡Vamos, Erika! ¡Saca todo el trabajo, olvídate del resto, no pares de moverte! ¡Vamos, Erika! ¡Te quiero! ¡Te queremos todos! ¡Piensa en Lupe!
Eso me activó. Koldo me odiaría si lo digo. Pero no fue ninguna estrategia lo que me permitió recuperar pie, sino imaginarme que algo horroroso les iba a pasar a Lupe y a Chimo si perdía. Ese escenario tonto, infantil, que me pongo en los momentos de emergencia, fue el que me llevó poco a poco a sacar la fuerza interior necesaria para encarar a mi oponente y mirarle otra vez de frente.
Supongo que todos los que hayáis visto la pelea en directo o por televisión os habréis dado cuenta de que todavía tardé otro asalto más en meterme en el combate y que estuve a puntísimo de no hacerlo. Estuve en un tris de no comerme el chuletón de kilo ochocientos y esa palmera de chocolate que me trae siempre Chimo después de cada victoria.
Los golpes del boxeo son duros, sí. Pero yo siempre sostendré que los de la vida son mil veces peores.
Esto que vas a grabar es mi historia.

José Ángel Mañas (Madrid, 1971) es narrador, guionista, articulista e historiador. Es licenciado en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid. Colabora habitualmente como articulista en varios medios culturales como Tintalibre, Zenda Libros y Pliego Suelto. En 1994 quedó finalista del premio Nadal con su primera obra, Historias del Kronen. Esta novela tuvo una gran repercusión y abrió las puertas a una nueva era de escritores que se agruparon bajo el nombre de Generación Kronen. La novela, seleccionada entre las 100 mejores obras españolas de todos los tiempos, fue llevada a la gran pantalla y recibió un Goya a mejor guion. Entre sus obras más reconocidas se encuentran Mensaka (1995), Soy un escritor frustrado (1996), La pella (2008), Todos iremos al paraíso (2016), La última juerga (2019, Premio Ateneo de Sevilla) y ¡Pelayo! (2021).

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