Historia de Occidente | Punto de Vista Editores
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Historia de Occidente

Dimensiones: 14×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-15930-96-9
Nº de páginas: 259


Nota: Gastos de envío gratuitos a nivel mundial.

17,90 

Las sociedades occidentales languidecen en nuestros días adormecidas por el poderoso narcótico de la opulencia. El desarrollo económico, que fue posible gracias, entre otras cosas, a la extensión de los valores que han hecho de Occidente lo que es, puede ahora causar su destrucción. Y no porque riqueza y libertad sean incompatibles, sino porque la riqueza ha tenido como efecto colateral e indeseable minar las bases de la libertad.

En efecto, Occidente, como de algún modo le sucedió a Roma en los últimos siglos del Imperio, parece haber perdido la fe en sí mismo. Una prueba evidente es el descrédito de la democracia y sus instituciones. Tanto en los Estados Unidos como en Europa disminuye el interés de los ciudadanos en la política; la participación en las consultas electorales es baja; la afiliación a partidos y sindicatos, exigua; la dificultad para percibir diferencias entre las opciones, creciente.

Europa utilizó su superioridad técnica y demográfica para someter al mundo a sus dictados e imponerle sus creencias y valores. Formamos parte de una cultura que propugna como principios básicos la dignidad del ser humano y los derechos inalienables del individuo; una cultura que ha inventado la democracia y que ha logrado que una parte de la humanidad haya alcanzado cotas de progreso como nunca antes se habían conocido. Estos logros constituyen las señas de identidad de Occidente. Conocer la historia del Occidente y reflexionar sobre la manera en que ha llegado a ser como es hoy, desde los albores de la sociedad hasta el presente, es el propósito de Luis Enrique Íñigo, doctor en Historia y profesor de instituto.

PRIMERA PARTE: LAS RAÍCES

1 Polvo de estrellas
La primera vez del mundo
El alba de la humanidad
Piedra sobre piedra
2 La primera revolución
Entonces formó Dios al hombre de barro de la tierra…
El paraíso perdido
3 Reyes y dioses
El engañoso Edén
La extensión de la servidumbre

SEGUNDA PARTE: EL NACIMIENTO

4 El alba de Occidente
La estirpe de Occidente
La eclosión de las ciudades
El retorno de los reyes
5 El florecimiento de la civilización occidental
Dido frente a Rómulo
De la ciudad al imperio
El cenit de Occidente
El crepúsculo de la civilización
6 De Júpiter a Cristo
Los dioses de la ciudad
…que obedezcan a la fe todos los pueblos
Las raíces de Occidente

TERCERA PARTE: LA CRISIS

7 La Edad de las Tinieblas
Quando cadet Roma, cadet et mundus
Disputas por una herencia
Del Imperio romano al Imperio cristiano
Balance de una época
8 Luz en la oscuridad
Tiempos de zozobra y esperanza
Permanencias y cambios
Aires de libertad
Occidente renacido
9 El otoño de la Edad Media
El ángel de la muerte vuela sobre Europa
El crepúsculo de los dioses
Llanto y crujir de dientes
¿La Edad de las tinieblas?
CUARTA PARTE: EL REENCUENTRO
10 Descubriéndonos de nuevo
La primera expansión europea
Consecuencias de la expansión
La era de los reinos
Occidente se reencuentra
11 Crisis de identidad
El giro al norte
La era del absolutismo
Crisis de conciencia
La naturaleza de la crisis
12 Occidente frente al espejo
El Gran Siglo
Una economía en crecimiento
Una sociedad en transformación
Un intelecto que despierta
Un Estado que crece
Un continente en equilibrio

QUINTA PARTE: LA LUCHA

13 Revolución o muerte
Tiempo de cambios
La revolución industrial
La revolución de la burguesía
La primavera de las naciones
La revolución del proletariado
El mundo y el Occidente
14 Las espadas en alto
Occidente en 1900
La Gran Guerra
De la inconsciencia a la angustia
El último asalto
Dios mío, ¿qué hemos hecho?
15 El triunfo de Occidente
Un nuevo Occidente
La última amenaza
¿El fin de la historia?
El nuevo despertar de Europa

SEXTA PARTE: LA DUDA

16 ¿Qué es, entonces, Occidente?
Choque de civilizaciones
La duda

CAPÍTULO PRIMERO

Polvo de estrellas

“¿Qué hay en una estrella? Nosotros mismos. Todos los elementos de nuestro cuerpo y del planeta estuvieron en las entrañas de una estrella. Somos polvo de estrellas.”

Ernesto Cardenal, Cántico Cósmico.

La primera vez del mundo

Desde tiempos muy remotos, enfrentado a la inmensidad de la noche sin más compañía que la tenue luz de las hogueras, o atemorizado por la fuerza desatada de los elementos, el hombre dio en pensar en el porqué de su existencia y la de cuantos seres, animados o inertes, observaba a su alrededor.

Sus primeras respuestas, aún por descubrir el frío lenguaje de la razón, nos encandilan con la candorosa ingenuidad del mito. La humanidad, incapaz de entender todavía las misteriosas leyes que gobiernan el universo, construyó orbes imaginarios regidos por la voluntad caprichosa de dioses hechos a imagen y semejanza de cuanto la rodeaba, rostros humanos o animales para las potencias naturales que la sometían bajo su yugo. Y los hombres hicieron de esos dioses la causa primera y el fin último de sus desvelos. Cada clan, cada pueblo, cada cultura acuñó su propia leyenda sobre la creación.

Todas esas leyendas se parecen mucho, aunque no resulta muy difícil descubrir en ellas los elementos característicos del entorno en el que se gestaron. Así, los egipcios, que todo lo debían al benefactor Nilo, colocaban a su dios creador Atum sobre una colina que emergía del océano primordial, como sus aldeas lo hacían cada año tras la crecida estival que inundaba sus feraces tierras de labor. El Popol Vuh de los mayas nos enseña, sin embargo, que, tras fracasar en sus intentos de valerse de otros materiales, como el barro o la madera, los dioses hicieron al hombre de maíz amarillo y blanco, el cereal al que debían su sustento los pueblos del Nuevo Mundo. Y un hermoso mito de creación de los inuit, sempiternos habitantes de las gélidas regiones árticas, narra cómo, hace mucho tiempo, un hombre, despechado por la negativa de su hija a aceptar el matrimonio que había concertado para ella, la arrojó al mar desde su canoa. Cuando la muchacha se agarró a la borda para no ahogarse, el padre fue cortando pedazos de su cuerpo, que se convirtieron, uno tras otro, en animales marinos, los mismos que, generación tras generación, han alimentado a los inuit.

Así imaginaban los pueblos primitivos la primera vez del mundo, como gustaban de llamarla los egipcios. Pero, para desgracia de los románticos incorregibles, la realidad es mucho más prosaica. Hoy sabemos con alguna certeza, toda la que la ciencia, siempre sujeta a revisión continua de sus conclusiones, puede ofrecernos, que el universo nació hace miles de millones de años con una súbita explosión, el Big Bang. Allí, en ese mismo instante, tuvieron su origen el tiempo y el espacio, y la materia y la energía, antes concentradas en un punto sin dimensiones, iniciaron una expansión que ya nunca se detendría.

Poco a poco, la materia primigenia fue concentrándose. Surgieron primero los átomos más simples, los de hidrógeno, y la gravedad fue acercándolos entre sí hasta que su extrema proximidad y las colisiones incesantes entre ellos empezaron a unirlos para crear elementos más pesados, generando en el proceso una luz cegadora y un inmenso calor. La gravedad y el calor se compensaron y dieron lugar a objetos de forma más o menos esférica. Así surgieron las estrellas.

Como los seres vivos, las estrellas nacen, envejecen y mueren. De sus restos surgen otras nuevas, más calientes y densas, y los átomos que producen, sencillos y ligeros al principio, van haciéndose más complejos y pesados. Junto al hidrógeno y el helio surge el oxígeno, el carbono, el hierro… Así, en esos hornos colosales, se cuecen los ladrillos con los que la naturaleza construye todos los seres que conocemos, vivos o no.

Pero la vida no podría existir en la superficie de unos astros tan calientes. Por fortuna, a veces las estrellas no están solas. Cuando nacen, en la intimidad de las nubes de gas y polvo cósmico, algunas vienen al mundo acompañadas de un séquito de objetos más pequeños y oscuros, privados, a diferencia de ellas, del don de producir luz y calor. Atraídos por su masa, inician al punto una danza eterna a su alrededor. Condenados a errar para siempre, merecen sin duda el nombre que les dieron los antiguos griegos: planetas, esto es, vagabundos.

Sabemos que en al menos uno de esos planetas, el que nosotros llamamos Tierra, la materia inerte dio origen a la vida. En un océano inhóspito, hace miles de millones de años, algunas moléculas complejas se aislaron de su entorno mediante una membrana protectora, aprendieron a tomar de él las sustancias que requerían y, en fin, hallaron la forma de hacer copias de sí mismas. Así comenzó la vida.

Fue sólo el principio. Con el transcurrir del tiempo, la naturaleza impuso sus leyes inclementes, forzando a los seres vivos a cambiar sin cesar para adaptarse al entorno y obligándolos a desaparecer cuando no lo lograban. Sus experimentos biológicos, bajo la forma de caprichosas mutaciones, terminaban a veces en vía muerta. Pero en otras ocasiones el azar producía individuos superiores, especies nuevas, más aptas para sobrevivir en un entorno siempre cambiante, y la vida se extendía por doquier, conquistando desde los desiertos más áridos a las selvas más impenetrables, desde el fondo de los océanos a las más elevadas cumbres.

Y al fin, después de cientos de millones de años de evolución, apareció sobre la faz de la Tierra una especie distinta de todas las demás, aunque sometida a sus mismas leyes. Una especie cuyos individuos eran capaces de erguirse sobre sus extremidades inferiores, liberando así las superiores para crear y manipular objetos. Una especie cuyos miembros poseían un cerebro enorme en relación con su tamaño, y tan complejo que no sólo podía concebir entes que no se veían ni se tocaban, sino que incluso podía darle un nombre a las cosas, los sentimientos y las acciones y, valiéndose de sonidos reconocibles, trasmitirlo a los otros individuos, haciendo así posible un grado de cooperación impensable para cualquier otro género de seres vivos.

Y esa especie miró un día al cielo y se preguntó qué podían ser aquellos puntos brillantes que titilaban en la oscuridad de la noche. Tardamos mucho en entenderlo, aunque muy poco en intuirlo. Sin duda acertaba Vincent van Gogh, un espíritu tan genial como atormentado, al decir que cuando sentía una terrible necesidad de religión salía al campo de noche y pintaba las estrellas. En ellas se halla el origen de todo lo que conocemos y de nosotros mismos. No es, pues, exagerado afirmar que somos polvo de estrellas.

El alba de la humanidad

Pero ésta no es una historia de las estrellas, sino una historia de la humanidad o, al menos, de una gran parte de ella. De modo que, por mucho que nos duela, debemos apartar nuestra vista del cielo y fijarla con atención en la tierra, ya que en ella encontraremos, marcadas sobre el barro endurecido por el paso del tiempo, las primeras huellas de nuestra especie.

Nuestros primeros antepasados, parientes cercanos de los grandes simios, eran muy diferentes a nosotros, tanto que no los consideramos todavía humanos. Sabían ya, eso sí, alzarse sobre sus extremidades inferiores, e incluso caminaban con ellas, sin necesidad de apoyarse de tanto en tanto en sus brazos, como aún hoy hacen nuestros primos los chimpancés y los gorilas. Pero es todo lo que podían hacer. Que sepamos, carecían por completo de la capacidad de fabricar objetos y, desde luego, eran incapaces de producir un lenguaje articulado con el que transmitir pensamientos complejos. Quizá no les hacía falta. El medio en el que vivían, los frondosos y húmedos bosques del continente africano, les ofrecía comida en abundancia, así que no tenían razón alguna para abandonarlo ni un motivo que les impulsara a cambiar. Se alimentaban de frutas, brotes, tallos tiernos e incluso hojas frescas. Su cuerpo era frágil y pequeño, al igual que su cerebro, todavía poco evolucionado, y su vida, tranquila, siempre que se mantuvieran en la espesura, a salvo de los carnívoros depredadores. Tenían, por tanto, poco con lo que impresionar a los científicos que descubrieron sus restos, que, quizá por ello, los denominaron Australopitecos, es decir, simios meridionales.

Durante cientos de miles, incluso millones de años, apenas hubo cambios. Después, el clima fue haciéndose menos lluvioso. El bosque húmedo dejó paso al bosque seco y luego, simplemente, retrocedió, y nuestros antepasados tuvieron que adaptarse a un nuevo entorno. La sabana, rica en hierba y matorrales, pero no en árboles, ofrecía menos comida y mucha menos seguridad. La naturaleza ensayó respuestas diferentes ante los nuevos retos. Probó primero a fortalecer el aparato masticador de los homínidos, haciéndolo apto para triturar sin dificultad raíces y frutos más duros. Pero este camino de la evolución, que dio origen a los robustos Parantropos, resultó ser un callejón sin salida. No eran las mandíbulas, sino el cerebro, el órgano que debía incrementar su tamaño.

Fue un crecimiento lento. La primera especie humana, el denominado Homo habilis, apenas contaba con un cerebro un poco mayor que el de sus antecesores. Pero se trataba de un cerebro mejor. Su corteza, el lugar donde reside la capacidad de comunicación, se hallaba mucho más desarrollada, lo que le permitía alcanzar un grado de cooperación entre individuos impensable para los Australopitecos. No fue el único avance. La alimentación del modesto Homo habilis incluía ya la carne, quizá robada de las fauces de voraces depredadores, o con mayor probabilidad simplemente obtenida de las carroñas que estos abandonaban tras sus festines, pero sin duda presente en su dieta, y con ella las proteínas que garantizaban alimento a un cerebro que no dejaría ya de crecer.

No es, empero, por su cerebro ni por sus preferencias gastronómicas por lo que este pequeño antepasado nuestro tiene el honor de ser considerado el primer hombre. La razón está en sus manos. Con ellas era ya capaz de fabricar herramientas de las que se valía para hacer más sencillas sus tareas cotidianas. No se trataba todavía de útiles muy complejos, sino de modestos cantos trabajados mediante golpes para obtener un filo cortante. Tampoco parece que el Homo habilis fuera capaz de concebir en su mente la forma que después daba a la piedra. Pero era un paso fundamental que ninguna otra especie ha dado jamás. Dos millones de años antes del presente, el hombre, que había inventado la tecnología, se preparaba para someter a la naturaleza.

El crecimiento del cerebro, la mejora de la dieta y el progreso de la técnica caminaron ya siempre de la mano. Los sucesores del Homo habilis aprendieron a cazar, de modo que la carne se convirtió en un alimento cada vez más abundante. Mejor nutridos, gozaron de un cerebro más grande y un cuerpo más fuerte. Más inteligentes, se mostraron capaces de desarrollar útiles más especializados, un lenguaje más rico y una organización social más compleja. Más seguros frente a sus enemigos, vivían más tiempo y podían reproducirse más, colonizando una tras otra nuevas regiones hasta que la mayor parte del planeta fue suyo.

Pero el hombre hubo de recorrer un camino tortuoso y lento para lograrlo. Varias especies humanas tuvieron su oportunidad y todas ellas terminaron por extinguirse. El africano Homo ergaster y Homo erectus, su heredero asiático, que vivieron hasta hace unos doscientos mil años en los espacios abiertos del Viejo Mundo, eran ya capaces de concebir previamente en su cerebro los pesados bifaces que tallaban después en sólida y afilada piedra; conocían el fuego, que usaban para cocinar la preciosa carne de los animales que habían aprendido a cazar, y poseían lenguaje simbólico y conciencia individual, aunque su aspecto, todavía simiesco, se nos antoja demasiado primitivo para avances de tal magnitud. Por el contrario, el Homo antecessor, que suponemos nacido en la misma cuna africana que sus predecesores, de faz mucho más parecida a la nuestra, menos plana y de mandíbula no tan robusta, se hallaba más atrasado en su progreso técnico, que no le permitió nunca pasar de unos pocos cantos trabajados con tosquedad, no mucho mejores que los que producía el menos evolucionado Homo habilis. Pero este abuelo tan humilde trajo al mundo nietos muy brillantes. Serían dos descendientes suyos, europeo uno, africano el otro, los llamados a protagonizar el mayor salto evolutivo de la humanidad.

El primero de ellos, hallado por vez primera en un yacimiento del valle alemán de Neander, del que tomó su nombre, es conocido como Hombre de neandertal. Nunca se le ha encontrado fuera de Oriente Medio y Europa, donde apareció hará unos seiscientos mil años, por lo que parece lógico considerarlo fruto de la evolución en nuestra tierra del Homo antecesor. No muy alto, rara vez superaba los ciento setenta centímetros, debía ofrecer, empero, un aspecto impresionante. Sus pesados huesos, la amplitud de su caja torácica, la fortaleza de su poderosa musculatura, su prominente mandíbula y su huidiza frente sin duda permitirían, como ha escrito Arsuaga, identificarlo con escaso margen de error en el metro de Nueva York. Pero su primitivismo es engañoso. El cerebro del neandertal, que alcanzaba sin problemas los 1.500 centímetros cúbicos, incluso supera al nuestro en tamaño. Su tecnología, basada como las de sus predecesores en la talla de la piedra, ha alcanzado ya una notable perfección técnica, que le permite obtener útiles precisos y variados. Dueño de unos pulmones inmensos y de unas profundas fosas nasales, se encuentra perfectamente adaptado al frío ambiente de la Europa de las glaciaciones. Capaz de una cooperación social sin precedentes, no halla problema en capturar presas varias veces mayores que él, alimentándose de su nutritiva carne. Y, en fin, dotado de una avanzada inteligencia simbólica y al menos el principio de una conciencia moral, entierra a sus muertos entre elaborados ritos y no duda en dedicar energías a proteger y cuidar a los individuos que no pueden ya valerse por sí mismos.

No sería, sin embargo, esta especie la llamada a enseñorearse del planeta, sino la nuestra, el Homo sapiens sapiens. A primera vista, resulta sorprendente que así fuera. Nacida en la cuna africana no parecía mejor dotada que el Hombre de Neandertal para la supervivencia. De mayor altura, sus individuos eran, no obstante, mucho menos robustos, y sus fosas nasales, mucho más pequeñas, no eran las más adecuadas para el gélido clima de la Europa glaciar.

Sólo una ventaja tenía el Homo sapiens en la lucha por la vida, pero esta ventaja resultó ser crucial. Su cara más corta le hacía sin duda más propenso al enfriamiento, pero también le permitía albergar una laringe mucho más apta que la de su primo neandertal para producir sonidos articulados. Su lenguaje, en consecuencia, podía ser mucho más rico y su cooperación social, por tanto, mucho más intensa. Gracias a ello, los individuos de nuestra especie, que por separado sin duda eran inferiores, creaban grupos más eficaces. Así, cuando en su eterno peregrinar el Homo sapiens alcanzó las tierras asiáticas, la convivencia con el Homo erectus terminó por desplazar a éste. Y en Europa, la presencia de su nuevo vecino resultó también fatal para los neandertales. Hace unos treinta mil años, una sola especie humana, la nuestra, caminaba sobre la faz de la tierra. La responsabilidad de lo que ocurrió después nos corresponde en exclusiva a nosotros.

LUIS ENRIQUE ÍÑIGO (Guadalajara, 1966) es doctor en Historia y ha sido durante dieciséis años profesor de instituto. En la actualidad ejerce como inspector de Educación. En los últimos años ha desplegado una intensa labor como escritor, en la que ha tenido cabida la investigación con Melquíades Álvarez: un liberal en la Segunda República y La derecha liberal en la Segunda República española; la divulgación histórica con Breve Historia de España, Breve Historia del Mundo, Breve Historia de la Segunda República española, Breve Historia de la Alquimia, Breve Historia de la Revolución Industrial, Breve Historia de la batalla de Trafalgar y Breve Historia de la batalla de Lepanto; la biografía Francisco Franco. La obsesión por durar; el ensayo histórico España: historia de una Nación inacabada y La España cuestionada: historia de los orígenes de la Nación española; y la novela con El Plan Malthus, La Conspiración Púrpura, La Profecía del Juicio Final y Liber Hyperboreas.

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