Heptalogía de Hieronymus Bosch | Punto de Vista Editores
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Heptalogía de Hieronymus Bosch

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-10-5
Nº de páginas: 702

29,90 

En una de las obras más conocidas de Hieronymus Bosch, Mesa de los pecados capitales, se evidencian con originalidad los vicios humanos condenados por el cristianismo. Ahora bien, ¿es posible traducir los elementos que componen dicha obra al lenguaje dramático y a la representación escénica? Spregelburd lo consigue a través de la reescritura y actualización de la tabla del pintor flamenco.

En este libro se reúnen por primera vez las siete piezas teatrales que ilustran cada uno de los pecados capitales, pero también se centran en temas que lindan con problemas metafísicos, cuestionamientos morales e indagaciones ontológicas, adornadas de humor y parodia. Así, se nos muestran estampas de nuestra vida cotidiana donde resulta fácil reconocer los deseos y vicios perversos que dominan al hombre contemporáneo. Spregelburd nos muestra, mediante multitud de recursos estilísticos, como voces en off, diálogos simultáneos, voces de locutores de televisión, etcétera, cómo el individuo de nuestra época vive inmerso en una angustia y una preocupación permanentes.

«La edición completa de la monumental Heptalogía de Hieronymus Bosch es para mí –sin duda– uno de los mayores acontecimientos en la dramaturgia y el teatro hispánicos».
Jorge Dubatti

Prólogo de Eduardo del Estal. La Mesa de los pecados del Bosco

Obras
La inapetencia (Lujuria)
La extravagancia (Envidia)
La modestia (Soberbia)
La estupidez (Codicia)
El pánico (Pereza)
La paranoia (Gula)
La terquedad (Ira)

Diálogos con Jorge Dubatti (2007-2021)

La inapetencia

1

Marido y Señora Perrotta sentados a la mesa. Comen poco, o han terminado de comer. Un televisor encendido acentúa las pausas con su letanía de ozono.

SRA. PERROTTA. ¿Te conté lo de ayer?
MARIDO. Creo que sí.

Pausa.

SRA. PERROTTA. Creí que no te lo había contado.

Pausa.

SRA. PERROTTA. Llegué cansada.

Pausa.

SRA. PERROTTA. Anoche salí. Por eso quería saber si ya te lo había contado. ¿No pensaste nunca en adoptar?
MARIDO. Sí.
SRA. PERROTTA. Podríamos tener un hijo. Tener un hijo sin complicaciones. Últimamente pienso en adoptar.
MARIDO. Como quieras.
SRA. PERROTTA. Claro. El padre siempre prefiere tener un hijo, uno de verdad.
MARIDO. Me da lo mismo.
SRA. PERROTTA. ¿Querés discutirlo? Después de todo, creo que soy la madre, y que tengo derecho a decir dos o tres cosas.
MARIDO. No me importa cómo sea. Puede ser adoptado.

Pausa.

MARIDO. Bueno. Decí lo que ibas a decir.

Pausa.

SRA. PERROTTA. Ya se me va a pasar. Me entusiasmé tontamente. Por un instante. La idea de la adopción, los trámites, todo eso. Cuando uno adopta, por ejemplo, puede elegir el sexo del chico. Podríamos tener una nena, qué bendición sería. Pensé que podríamos discutirlo.
MARIDO. Bueno.
SRA. PERROTTA. No, dejá. ¡Tengo un hambre!
MARIDO. No, si es que pensamos diferente, hay que hacerle frente. En algún momento. Algo en lo que yo pienso que sí y vos que no, y eso. No estoy de ánimo como para postergar nada.
SRA. PERROTTA. Qué excentricidad. No quiero llegar a un divorcio.
MARIDO. No es necesario tanto. No exageres. Una pareja debe necesariamente discutir ciertas cosas. Es normal. Aunque sean dolorosas, digo. Después de todo estamos hablando de adoptar un hijo y no de la guerra de Bosnia, ¿no?
SRA. PERROTTA. Dijiste que te daba lo mismo.
MARIDO. No. Dije que estaba bien. Incluso admití que muchas veces pensé en adoptar.
SRA. PERROTTA. ¿Entonces? ¿De qué estás hablando?

Pausa.

MARIDO. Bueno, me pareció una discusión posible.
SRA. PERROTTA. Sí.

Pausa.

SRA. PERROTTA. ¿En Bosnia o en Servia?

Pausa.

SRA. PERROTTA. Perdonáme. Entonces estamos de acuerdo y podemos adoptar.
MARIDO. Sí.

Pausa.

MARIDO. ¿No te quedaste con hambre? ¿Qué dijiste?
SRA. PERROTTA. Me comería un niño de Dios.
MARIDO. Puedo preparar unos fideos. O un poco más de omelette.
SRA. PERROTTA. No, dejá. Comí demasiado.
MARIDO. Yo también.
SRA. PERROTTA. Eso es Yugoslavia, ¿no?

Pausa.

SRA. PERROTTA. Hay naranjas.
MARIDO. Mmh, qué bueno. Ex-Yugoslavia.
SRA. PERROTTA. ¿Querés?
MARIDO. No, no, está bien. Después me compro un chocolate.
SRA. PERROTTA. Hay.
MARIDO. Mmh.

Pausa.

SRA. PERROTTA. ¿Cuándo pensaste en adoptar?
MARIDO. Pienso en muchas cosas.
SRA. PERROTTA. ¿Cuándo?
MARIDO. Y entre esas cosas me imaginé esta casa con uno o dos chicos, de contextura pequeña. Menuditos. Que van al jardín, que se reciben, que nos cuidan cuando estamos viejos. Y que nos dan de comer.
SRA. PERROTTA. Yo todavía soy joven.
MARIDO. Claro. También pensé en otras cosas.
SRA. PERROTTA. Vos tendrías que hacer algún deporte. Tenis, alguna cosa. Por eso pensás tanto. Porque no hacés nada útil.

Pausa.

MARIDO. ¿Vas a salir?

La Señora Perrotta lo mira sorprendida y en silencio. Luego de un rato:

SRA. PERROTTA. Voy a salir. Salgo. Muy bien. Salgo.

2

La Señora Perrotta, en una oficina.

UN EMPLEADO. ¿Quiere sentarse?
SRA. PERROTTA. Me da lo mismo.
UN EMPLEADO. ¿Usted quería verme?
SRA. PERROTTA. Sí. Fíjese esta boleta. Es de ustedes.
UN EMPLEADO. Sí.
SRA. PERROTTA. Bueno, eso.
UN EMPLEADO. No entiendo.
SRA. PERROTTA. Entiende perfectamente bien.
UN EMPLEADO. (Cierra la puerta.) Me dijeron que hizo un escándalo en ventanilla. Pero esta boleta es correcta.
SRA. PERROTTA. ¡Ya sé que es correcta! Démela, por favor, no vaya a ser que se pierda. (La guarda en la cartera.)

Pausa.

UN EMPLEADO. ¿Y bien?
SRA. PERROTTA. Eso. Aquí estoy.
UN EMPLEADO. No hubo sobrefacturación, la dirección coincide, su nombre es correcto… usted es la Señora Perrotta.
SRA. PERROTTA. No importa mi nombre. Prefiero el anonimato, en estos casos.
UN EMPLEADO. ¿En qué casos?
SRA. PERROTTA. No lo haga más difícil. Yo ya sé quiénes son ustedes, y entonces usted ya debería saber lo que quiero.
UN EMPLEADO. ¿Nosotros?
SRA. PERROTTA. No voy a hablar más. Si estuviera equivocada ya me podría haber echado a la calle. Quiero experimentar. Sé que aceptan nuevos miembros.
UN EMPLEADO. ¿Por qué no dice lo que quiere?
SRA. PERROTTA. No, no voy a hablar más. Por pudor. Espero que me diga qué debo hacer. Supongo que no tendrán el lugar acá mismo, en la oficina.
UN EMPLEADO. ¿Quiere un café?
SRA. PERROTTA. Sí.
UN EMPLEADO. (Llama por conmutador.) Sara. (Se sienta con los brazos cruzados sobre el escritorio y la cabeza apoyada sobre los brazos.)

Pausa.

SARA. Hola.
SRA. PERROTTA. Hola.
SARA. Yo soy Sara.
SRA. PERROTTA. Encantada.

Pausa.

SARA. Bueno, ¿y?
UN EMPLEADO. No sé. Ella…
SRA. PERROTTA. No es fácil para ninguno de los tres hablar de esto. Lo cual me tranquiliza un poco. Venía con mucho miedo. Yo soy una mujer normal. Como todos ustedes, supongo. Yo vivo con mi marido. Y mi familia. Y a veces salgo de casa. Tengo amigas. También son normales. Todos tenemos pudor. Mis amigas también están casadas, y a veces les han sido infieles a sus maridos. No hemos tenido sexo grupal. Mi marido es un poco reacio. Perdonen, pero alguien tenía que empezar a hablar de esto.
SARA. No, por favor, siga.
SRA. PERROTTA. Sin embargo, somos muy independientes. Y también criamos a nuestros hijos con mucha independencia, para que ellos elijan lo que está bien y lo que está mal. Además, cuando se trata del deseo…
SARA. Del sexo, dígalo, no hay problema.
SRA. PERROTTA. Sí, de eso. Uno no puede afirmar: esto está bien, esto está mal.
UN EMPLEADO. ¿Cuántos hijos tiene?
SRA. PERROTTA. Sí. Hay datos que mejor no… En caso de que… ustedes entienden. También puedo ahora mismo agarrar mi bolso y salir por esa puerta tal como entré, y nunca nos hemos visto. Yo ni siquiera sé como se llaman ustedes.
SARA. Sara.
SRA. PERROTTA. Eso dice usted. ¿La puedo tutear?
UN EMPLEADO. Su nombre está en la factura, señora Perr…
SRA. PERROTTA. No lo diga, por favor. No arruine la cosa. Un apellido es un apellido. Algunos apellidos ni siquiera son eso, son apellidos de casada, cosas de otros.
SARA. Seamos pacientes. ¿Qué es lo que quiere decir?
SRA. PERROTTA. Yo sé que aquí organizan… esas prácticas…
SARA. ¿Sadomasoquistas?

Pausa.

SRA. PERROTTA. Mis amigas han tenido sexo entre ellas, incluso con desconocidos y desconocidas. Y lo hemos discutido mucho. Cuando nos reunimos a charlar. Y está bien.
SARA. ¿Y ellas le dijeron que venga aquí?
SRA. PERROTTA. Yo hubiera preferido venir con mi marido. Pero él no quiso. Seguramente le da vergüenza. Le da vergüenza estando yo presente. Ya hace tiempo que no mantenemos relaciones normales. Uno nos ve de afuera y puede pensar que somos un matrimonio muy feliz. Hoy tuvimos una discusión terrible, durante el almuerzo. Hablamos de temas dolorosos, de cosas de muchos años. Él insinuó que yo me avejentaba mucho más rápido que él. Y es cierto. Él hace deporte, incluso supongo que mantiene una vida sexual muy activa, extramatrimonialmente, claro. Yo, en cambio, no hago nada. Salvo las reuniones con mis amigas.
SARA. ¿No trabaja?
SRA. PERROTTA. Trabajaba. Pero después quedé embarazada del primero y tuve que dejar, después vino el segundo, más rápido de lo que yo pensaba, y ustedes se imaginarán. Me fui quedando en casa, salvo las reuniones con mis amigas. Magalí, Romita. Quiero probar el sexo duro, quiero que me aten a la mesa y me muerdan el sexo. Quiero vestirme de cuero y empuñar el látigo. Quiero disciplinar a hombres y mujeres, con y sin dolor. Tengo muchas fantasías al respecto.
SARA. ¿Desde cuándo?
SRA. PERROTTA. Ah, buena pregunta.
UN EMPLEADO. ¿Quiere un vaso de agua?
SRA. PERROTTA. Sí. Por favor.
UN EMPLEADO. (En el conmutador.) Virgilio.
SRA. PERROTTA. ¿Y usted? ¿Tenés familia?
SARA. Sí, vivimos en las afueras, camino a Ezeiza.
SRA. PERROTTA. Sí. Mi casa no es gran cosa, de todos modos, pero nos alcanza por ahora.

Entra Virgilio.

UN EMPLEADO. Ah, Virgilio, pase, pase.
SRA. PERROTTA. Hola.
UN EMPLEADO. Bueno, nosotros mejor los dejamos un segundo. Cualquier cosa que necesite nos llama. Vamos a estar al lado.
SARA. Chau, hasta luego.
SRA. PERROTTA. Chau, Sara. Hasta luego.
UN EMPLEADO. Nos vemos enseguida.

Salen Sara y un empleado. Virgilio queda parado, frente a la Señora Perrotta, sentada en su sitio.

SRA. PERROTTA. Así que Virgilio, ¿eh? Me han hablado mucho de usted. Quizás ya haya conocido a mi marido. Es un señor muy amable, de unos cuarenta y cinco años. Anteojitos. Un metro setenta. Muy elegante en el vestir. Justamente esta mañana me dijo: «Si lo ves a Virgilio, o si te lo presentan, dale mis saludos y decíle que le conseguí lo del otro día». No, «que lo del otro día quedó en casa de Horacio». Horacio es un amigo de él, que tiene una casa quinta cerca de Lomas. Él va mucho ahí porque tiene la cancha de tenis. Bueno, supongo que usted ya sabrá quién es Horacio, ya se conocerán todos, ustedes, digo. ¡Y cómo! Yo no sé si podría pasar una semana ahí… no sé… siendo la primera vez, quizás fuera mejor un fin de semana largo. Ahora en junio hay dos fines de semana largos. Yo digo, por el tiempo. Como durante la semana trabajo en escuelas. Es para probar, ¿no? Quizás no me guste nada. ¿A mi hijo mayor lo conoce? Debe haber estado alguna vez, acompañando a mi marido. Yo hace tiempo que no hablo mucho con él. Tontamente. Nos fuimos separando, digo. Como toda madre, supongo que lo juzgué mal, me metí con cosas que no tenían nada que ver conmigo. Bueno, esa manía de los padres de hacerse cargo de la moral de sus hijos. Como si no fuéramos todos seres independientes, ¿no? Pero con los hijos es más difícil. Tengo dos varones. Al menor no creo que lo conozca. Nunca. Ojalá jamás los hubiera tenido. ¿Usted no tiene hijos, no Virgilio? ¿Usted está esterilizado? Perdone que lo pregunte, no tiene nada que ver, pero se me acaba de ocurrir que de alguna manera está relacionada esta pregunta con otras que sí tienen que ver con el asunto, y que sería descortés preguntarle de entrada por cosas mucho más atrevidas, o detalles de todo eso. Bueno, igual, si algún día decide tener un hijo y no puede, digo, siempre le queda la otra opción. (Pausa larga.) Siempre hay otra opción, Virgilio. (Apagón.)

Rafael Spregelburd (Argentina, 1970) es actor, dramaturgo y director. Ha dictado clases de dramaturgia y actuación en la Universidad de Antioquia; la Universidad Nacional Autónoma de México; las universidades nacionales de Rosario, Tucumán y Córdoba en Argentina; la Casa de América de Madrid; entre otras instituciones de renombre. Entre sus obras figuran Destino de dos cosas o de tres (1990, Primer Premio Nacional de Dramaturgia), Remanente de invierno (1992, Premio Argentores 1996), La tiniebla (1993), Entretanto las grandes urbes (1995, Tercer Premio en el Concurso Nacional de Dramaturgia), Bizarra, una saga argentina (2008) y Todo. Apátrida, doscientos años y unos meses. Envidia (2011). Asimismo, algunas de sus obras han sido antologadas en los libros Nuevo teatro argentino (2003) y Panorama teatral (2014). A lo largo de su carrera, sus textos dramáticos han sido traducidos al inglés, francés, alemán, checo, sueco, eslovaco, catalán, griego y portugués; además, han sido estrenados por prestigiosos directores, como Luca Ronconi, Roberto Rustioni y Manuela Cherubini (en Italia), Marcial Di Fonzo Bo (en Francia), el grupo Transquinquennal (de Bélgica), Christian von Treskow, Tom Kühnel, Friederike Heller, Patrick Wengenroth, Burckhard Kosminski (en Alemania), entre otros.

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Ficha del libro: Descargar

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