Hazme sonreír: música para vivir (ebook) | Punto de Vista Editores
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Hazme sonreír: música para vivir (ebook)

Hazme sonreír: música para vivir es una recopilación de 24 artículos de El Mundano, el blog de Adrian Vogel. Punto de Vista los recupera y los entrega en formato digital… 24 canciones que hacen historia. Una canción puede vender muchos ejemplares, ser un hit, pasar de moda… pero la criba de la autora no engaña: hay pepitas de oro entre tanta música. Estas 24 canciones seguirán para siempre en la memoria y en el corazón de muchos.

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El siglo XX vio nacer el rock and roll y, sobre todo, la industria de la música pop. Podemos decir que en 1955, Bill Haley & the Comets inauguraban la escena con Rock Around The Clock y Elvis Presley ponía de moda ser joven.

Las raíces eran el soul, el blues, el folk… pero lo que interesa en Hazme sonreír… es el futuro, cómo la música pop marcó la segunda mitad del siglo XX con canciones inolvidables. Y cómo una serie de poetas y músicos supieron combinar su arte para marcarnos a fuego un estilo de vida que, aún hoy, practicamos.

Porque la música es uno de nuestros mejores amigos. (No, no es el único, pero sí de los mejores.)

Runaway

Una pequeña gran joya del pop sedujo a toda una generación desde 1961. El falsete, el musitron y el riff de Del Shannon cantando un desamor.

Música para oídos de todo tipo

En 1961, yo vivía en Buenos Aires y tenía 5 años. Como casi todos los niños de ciudad, el tiovivo era mi gran adicción. Ponían música de todo tipo. Pero un día pusieron una canción especial, alguien hacía “A wawawawawonder” y sonaba un organito delicioso que me acompañó hasta en mis sueños.

Argentina era un país muy moderno: Runaway, de Del Shannon, acababa de ser un hit en Estados Unidos, y como tal se reflejaba en casi todo el mundo. Mi tiovivo, tal vez por encontrarse en un barrio exclusivo, tal vez porque fuera la canción de moda, no iba a ser la excepción. Runaway empezó a sonar a diario, varias veces al día. Los niños estábamos fascinados.

Qué duda cabe, una canción pop que enamora a una niña de 5 años tiene todas las papeletas de convertirse en un éxito mundial. La música fácil −que no por fácil es barata− sabe llegar muy pronto a los corazones y a las endorfinas de la gente.

Runaway era una de esas canciones que estaba destinada a triunfar, en todas partes, en todos los estratos y edades, en el recuerdo. Porque era una canción con un gancho tremendo.

Del Shannon, Crook y el musitron

Charles W. Westover, de Michigan (Estados Unidos), cantaba y tocaba la guitarra en su banda, The Big Little Show Band, cuando conoció a Max Crook, en 1959. Crook ya tenía experiencia como músico y había grabado varios temas.

Westover también había escrito varias canciones: casi todas hablaban de lo mismo, del desamor. Según sus propias palabras, temía al amor y a la pena que implica un corazón destrozado. Por eso se consideraba a sí mismo un runaway, un ‘fugitivo’ del amor.

Y tenía una manera particular de tocar los acordes y una voz especial, capaz de llegar a notas muy altas.

Crook había inventado un instrumento único: el musitron. Un órgano electrónico a base de un clavioline (órgano electrónico portátil de dos cuerpos) mejorado y perfeccionado con una cámara de eco. Max era un genio de la electrónica. Su musitron conseguía notas que el oído humano no podía captar. Además, un vibrato eléctrico daba el toque definitivo a ese sonido distinto. La cara B del single, Jody, está considerada como un tema experimental y futurista, pionero en su sonido. Este instrumento se utilizó en el órgano Hammond posteriormente.

Es curioso el hecho de que Crook nunca haya podido registrar el musitron como un instrumento propio: al estar compuesto de varios aparatos ya registrados, le queda tan sólo el honor de haber sido quien creó ese sonido.

Muchos intentaron imitarlo: The Tornados usaron un clavioline en Telstar. Berry Gordy usó un musitron para discos de las Marvelettes. Ennio Morricone lo utilizó en El Bueno, El Malo y el Feo. Incluso la ELO lo empleó en algunas de sus grabaciones.

A finales de 1960, Crook y Westover consiguen un contrato con la discográfica Blue Top Records, que venía de Twirl Records, un sello de Detroit fundado por Harry Balk. Ahí grabaron Johnny and the Hurricanes, Little Willie John o Freddie & The Parliaments.

Y Westover pasaría a llamarse Del Shannon.

Fueron a Nueva York a grabar en los estudios Bell Sound, donde probablemente pensaron que sería uno más de tantos singles.

No contaban con la magia de ese explosivo mix: falsete y electrónica.

Prólogo

Introducción

Runaway

Days

La Poupée Qui fait Non

Á Quoi Ça Sert L’Amour?

Wild World

Wild Horses

Somebody To Love

Let’s Live For Today

Chanson Pour L’Auvergnat

Piece Of My Heart

The Sounds Of Silence

He Hit Me (And It Felt Like A Kiss)

La balsa

Comment Te Dire Adieu

To Love Somebody

L’Accordéon

Who By Fire

In My Life

Perfect Day

Try a Litlle Tenderness

There But For Fortune

Positively 4th Street

Theme For An Imaginary Western

Make Me Smile (Come Up And See Me)

Elena Gabriel (Buenos Aires, 1955) es periodista free-lance y traductora. Se crió en Buenos Aires, hija y nieta de franceses, rusos, españoles, argentinos y judíos, un producto muy típico del melting-pot porteño. Estudió en el Collège Français y en el Lycée Jean Mermoz, en Buenos Aires, y terminó sus estudios en Paris en 1975. Empezó la carrera de Bellas Artes e hizo dos años de Filología Oriental (Idioma ruso) pero, en 1976, en la primera primavera sin Franco, vino a Madrid a ver a su familia, se enamoró de un español y todo cambió. Tras recoger piso, dejar novio, trabajo y estudios en Francia y con la “Licence” de ruso que no serviría de mucho, se instaló en Madrid.

En cuestión de días vio un anuncio en el Star, donde pedían “chicas que dibujaran comics”. Se presentó con su carpeta en el sitio indicado y la recibieron varios jóvenes que estaban montando un colectivo de fanzines: Premamá (Prensa Marginal Madrileña). Entre ellos estaba Fernando Márquez, el Zurdo.

Por la oficina de la calle Augusto Figueroa empezó a pasar todo tipo de gente: una joven de 12 años que pedía “traduzco el Melody Maker a quien quiera traducirme el Rock&Folk”. Era Olvido, futura Alaska; entre revistas marginales, ofertas del Star, Ozono o Ajoblanco, Premamá duró un año. En 1977 se convierte en Laboratorios Colectivos Chueca, Lacochu (con el Zurdo a la cabeza) y sus miembros se dedican a managear a los grupos de música que surgen. Pronto Salvador Bustamante tomaría las riendas.

Surge una amistad con Manolo Campoamor, Carlos Berlanga, Enrique Sierra y otros que deciden formar Kaka de Luxe y la nombran manager honorífica. Leño, Kaka de Luxe, Moris, Tequila, Ñu, Asfalto, Nacha Pop, Toss, Burning, Ramoncín y todo lo que se hacía en el ambiente musical madrileño pasó por ahí.

Para vivir, Elena traduce todo tipo de libros, guiones, revistas y artículos monográficos. Al poco tiempo se marcha otra vez a Paris por cuestiones personales y regresa a Madrid en 1981, a tiempo para ver eclosionar lo que se llamó la Movida. Colabora en muchas revistas musicales con Radio El País, trabaja como redactora en la RCA, pasa a formar parte del equipo de los programas televisivos La Edad de Oro y de FM-2, ambos para TVE, y posteriormente se dedica a colaborar con revistas femeninas y a las traducciones de guiones para festivales cinematográficos.

Actualmente trabaja en otros campos pero sigue escribiendo sobre música, y colabora con El Mundano, de Adrian Vogel.

Hazme sonreír: música para vivir es su primer escrito en forma de libro.

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