Fernando VI y la España discreta. El rey (ebook) | Punto de Vista Editores
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Fernando VI y la España discreta. El rey (ebook)

El reinado de Fernando VI, injustamente condenado por mediocre, es el marco de la acción de un gobierno decidido a aprovechar el beneficio de la paz para intentar la recuperación de un país postrado por el derroche en hombres y dinero que provocó la guerra permanente en el reinado anterior. José Luis Gómez Urdáñez expone las claves políticas que explican el triunfo del despotismo ilustrado con un rey que dejó hacer y ministros capaces como Ensenada, Carvajal y Wall.

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El reinado de Fernando VI, el primer Borbón nacido en España, ya no es en la historiografía una antesala donde esperar al “más ilustrado” de Carlos III. La paz, el deseo más sentido del monarca tras las incontables guerras emprendidas por su padre, se logró dos años después de su proclamación, lo que permitió, en palabras del destacado ministro fernandino José de Carvajal, “hacer prodigios si supiéramos”. En eso estaba ya desde el reinado anterior otro gran ministro, el marqués de la Ensenada, que solo esperaba dejar de pagar soldados para emplear el dinero en construir barcos, puertos, canales y caminos. A la vez, emprendía la reforma de la Hacienda, que debía hacer rico al rey sin empobrecer a los súbditos.

A través de esta contextualización político social, el autor profundiza sobre las implicaciones de uno de los reyes más controvertidos y desconocidos de la historia de España. Desde las controvertidas decisiones económico y sociales, hasta la locura del final de su vida, este ensayo constituye un análisis fluido y bien documentado por uno de los episodios más interesantes de la historia del país.

El autor
Prólogo
Introducción

1. Historiografía
Mediocridad y consenso
El rey eclipsado por sus ministros
Los reyes versión “feliz pareja ante la adversidad”
El rey español y el siglo menos español
Carvajal versus Ensenada
Los nuevos viejos enfoques

2. Fernando, un heredero rodeado de infantes
1. El infante Fernando y la madrastra Isabel de Farnesio
La numerosa prole Borbón
El infante huérfano y la madrastra dominante
Isabel contra la veleidad de la fortuna
Las estrategias políticas y los matrimonios regios
2. De infante a Príncipe de Asturias
El niño Fernando en la corte
El cuarto del infante y el compromiso portugués
La corte de Bárbara en Madrid
Badajoz, de boda
El deslumbrante encuentro en Caya
3. Los príncipes de Asturias
Un cuarto de espera
El príncipe niño en el despacho regio
El “dulce” aislamiento de los príncipes
Soledad del príncipe y euforias farnesianas
La prevención de Fernando ante Francia
Fernando, en el ineluctable camino del trono

3. Fernando VI, rey de España
1. El fin del Babel farnesiano
Al fin, un rey popular
El palacio de los Afligidos
La espectacular caída de los afligidos farnesianos
La exhibición de los nuevos poderes
El restaurador de la monarquía de origen histórico
2. Los hombres del rey
El ministerio bifronte
Las hechuras zenonicias y la soledad de Carvajal
3. El rey pacífico. Primeros pasos, primeras impresiones
Simbolismo y despacho
La entereza del rey ante la política francesa
Aquisgrán y el orgullo regio

4. La plenitud de la monarquía española
1. Su Majestad se muestra
Los arcanos del rey
El pendón en Barcelona y el “día grande” en Navarra
La entrada regia en Madrid
Fiestas, mercedes regias y… pago al contado
La domus regia y el país
2. Salud y rutina
La corte musical
La siempre inquietante salud de los reyes
Días festivos y días “de pelotera”
Los viajes a los Sitios Reales
3. Paz y proyectos. El rey benéfico
El cenit del reinado
La solidez del proyecto ensenadista
Roma y París: las preocupaciones del rey
Ensenada, “secretario de todo”.
4. Los aparentes éxitos carvajalistas de Fernando VI
Tratados, prestigio, neutralidad
Un acuerdo local con graves consecuencias
El efectista tratado con los ingleses
Paz en Italia y tensiones con los hermanastros… italianos

5. La neutralidad fernandina
1. El Madrid neutral y las intrigas
Las primeras provocaciones
La pericia inglesa: cazar con miel
Extrañas impresiones
2. La embajada de Duras y el escenario de la crisis
El elefante en la cacharrería
La “paz astuta” ante la guerra inevitable
La trama se despeja
3. Luz y sombras: de la escuadra del Tajo al arresto de Ensenada
La falta de Carvajal, un peligroso vacío de poder
Falúas, jebeques, óperas y… cañonazos
Adán (nada), la Gran-nada, el Gran mogol
La lengua de las mariposas
La extraña calma otoñal
4. El impacto de la crisis de julio y el “segundo gobierno”
Tres en lugar de uno
La ufanía del rey solicitado desde Versalles
La guerra al fin, pero sin España
5. Europa en guerra, Fernando VI neutral
Incidentes, trampas y zozobras
La difícil “indiferencia” en medio de la guerra
La escalada de la tensión angloespañola

6. Muerte en palacio
1. La muerte de la reina
El rey podría casarse de nuevo
Un cáncer de útero
El “bárbaro testamento” y la impopularidad de Bárbara
2. La corte fúnebre de Villaviciosa de Odón
Una funesta decisión
Se sabe que el rey está muy enfermo
El comienzo de la parálisis del gobierno
3. La muerte del rey loco
Soledad y depresión
Observaciones y partes médicos
A rey muerto…

7. España con rey y sin rey

Cronología
Bibliografía

Las referencias a los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza en la historiografía suelen ser tan escasas como previsibles. Los pocos estudios que reparan en los monarcas, en su labor política y en su vida, comienzan todavía hoy lamentado su desconocimiento y terminan con lo más divulgado: la locura de un rey que no pudo vivir una vez muerta su mujer. Por lo demás, son tantas las referencias a su reinado como antesala del siguiente, el más brillante, más largo e infinitamente más estudiado de Carlos III, que no hay forma de superar la nota de mediocridad que definitivamente acompaña al reinado del primer Borbón nacido en España (hágase la excepción de su hermano Luis I por la brevedad de su reinado tutelado).

Sin embargo, para ser sólo una sala de espera, el reinado de Fernando VI fue bastante… confortable. Gozó del beneficio ilustrado de la paz y del prestigio internacional de España, se gobernó por mano de ministros tan tenaces y leales como Carvajal, Ensenada, Arriaga y Wall, sin duda ilustrados, es decir, partidarios del robustecimiento del Estado, de las reformas y de la fundamentación técnica de sus proyectos políticos. Aunó en el sostén de la nueva monarquía –una España de origen histórico– a los intelectuales, desde Feijoo, Mayans y Piquer –más que un simple médico– a Jorge Juan, Ulloa y Luzán –más que un poeta–, pasando por un padre Isla, un Sarmiento, un joven Campomanes o un inclasificable Torres Villarroel. En fin, sostuvo un renacer de la autoestima de España como hacía tiempo no se conocía.

Sin duda, la de Fernando VI fue una España cosmopolita y confiada: todavía no había miedos a las filosofías parisinas y sí una enorme confianza en que la Ilustración, la que quería conseguir expresamente el padre Flórez a comienzos del reinado, era un horizonte de aplicación del saber al progreso y a una nueva moral del optimismo, opuesta a la decadencia española y al funesto barroco de la vida es sueño.

Es cierto que el rey fue débil e hipocondríaco, y que en España había todavía clérigos y plumillas como el padre Calatayud –incluso como el padre Rávago, cuando su genio se tornó al final sombrío y huraño–, que agigantaban las amenazas de tantas novedades como se veían –desde el chichisveo al escándalo del Gerundiazo–, pero la labor del gobierno era evidente y hasta Feijoo se admiraba de cómo iban las cosas. El rey no fue un lince y, ciertamente, se “afligía con papeles largos”, pero nunca, hasta su postrera y cruel enfermedad, se despreocupó del gobierno, entre otras causas porque fue celosísimo de su prestigio y de su imagen pública, lo que la reina Bárbara, culta y tolerante, alimentó.

Sólo cuando faltó la reina, muerta cuando quedaba un año para que terminara el reinado, aparecieron de nuevo las conocidas tintas negras sobre la corte española, pero durante los doce años anteriores los embajadores ya se habían acostumbrado a dar cuenta de que también aquí había luces y progreso. Es el mejor teatro de Europa, diría Keene del que veía en Madrid; Ulloa ha aislado el platino (por más que los franceses le disputaran el descubrimiento); Ensenada ha logrado construir más barcos en seis años que en todo un siglo; Mayans se jacta de que la cultura española es conocida en Europa por sus obras: es el siglo del Quijote a juzgar por sus traducciones; Rávago dice ante las obras del camino del Guadarrama que son como las de los romanos; Fernando VI, carta tras carta, se mantiene firme en la neutralidad ante Luis XV y ante el emperador, mientras Ensenada dice cuando va a emprender el catastro y la reforma de los impuestos que los soldados han de estar en los campos, trabajando y procreando.

La antesala fernandina se completa con la tertulia del Buen Gusto que dirige en su casa la cuñada de Carvajal, a la que acuden los rabiosos jóvenes literatos que décadas después impondrán la nueva estética europea –eso era el buen gusto, el Neoclásico–, mientras la Academia de San Fernando paga a jóvenes artistas su estancia en París o en Roma, y Ensenada y Ulloa amplían su plan de pensionar estudiosos de cualquier materia útil en París. Carvajal, suscrito a la Enciclopedia, Ordeñana –el brazo derecho de Ensenada–, políglota e interesado en cuanto de política se había escrito –de Grocio a Puffendorf o a Voltaire–, Jorge Juan haciendo que la matemática no sea una ciencia forastera en España, son la esencia de la antesala, que, evidentemente, no puede seguir siendo en la historia de España sólo un espacio a decorar.

Lo que se resume en esta obra es un conjunto de pistas para conocer realmente un reinado injustamente marginado. Primero se ofrece la justificación historiográfica del olvido del reinado mediocre; luego, la vida de unos príncipes de Asturias arrinconados por la todopoderosa madrastra Isabel de Farnesio; después, la plenitud de la nueva monarquía, al final, sólo al final, asaltada por la enfermedad, la locura y la muerte. En una segunda parte, aparece el reino de Fernando VI, una España más amplia y menos uniforme que lo que el denominado centralismo borbónico –un concepto muy moderno– ha permitido hacer pasar tópicamente a la opinión pública española. Pues no fue así. Los españoles de mediados de siglo rivalizaban ante todo por presentar a su lugar de origen, su patria, como la que había producido más glorias a España. Todos, desde los embajadores a los escritores –Nipho o Cadalso–, dejaron testimonios del orgullo que mostraba el español al hablar de su tierra. Feijoo hubo de saltar ya ante el exceso.

Porque, en efecto, la España de Fernando VI es variada y plural. Ensenada mira siempre a Cataluña, a la que hay que acercar al amor del amo, dirá; los diputados vascos rivalizan para que no se les prive del privilegio de ser los primeros en dar guardia a las personas reales; Madrid es corte, sí, pero también un enano que se agiganta día a día recibiendo contingentes de gallegos, cántabros, riojanos, después de que ha sido una esponja sobre todo lo que había a 200 kilómetros a la redonda. Cádiz es un hervidero de negociantes procedentes de toda la península y de las grandes casas comerciales europeas. En fin, la meseta cerealera, con tantos páramos y desiertos –los que más ven los viajeros extranjeros– es completamente diferente a la España costera de la pesca y el comercio, de las naranjas y el aceite, de los puertos –Barcelona, Bilbao, Cádiz, Valencia– y la burguesía.

Una última mirada a la sociabilidad –al contraste entre los viejos privilegios y los nuevos usos sociales–, al arte, la música, la literatura, ayudará a comprender al lector que sólo la corte permite el encumbramiento de la sensibilidad y la inteligencia, pero que en tiempos de Fernando VI todavía se podía resistir con la pluma en la mano en la periferia: hay está Feijoo en su Oviedo, Mayans en su Valencia, Sarmiento en su Pontevedra. Pues hay academias y círculos ilustrados en Barcelona, en Sevilla, en Valladolid, en Cádiz, en Zaragoza. En Azcoitia, Peñaflorida ya ha empezado las primeras reuniones de lo que pronto será la Vascongada, la primera Sociedad de Amigos del País.

En suma, el avisado lector podrá ver en las páginas que siguen un rey y un periodo de la historia de España que probablemente le haga reflexionar sobre viejos conceptos siempre sometidos a revisión en un país que se prepara para dar la bienvenida al cuarto siglo borbónico y que todavía no ha acabado de ver claro lo que ya fue objeto de debate en tiempos de Fernando VI, en esa España que hemos llamado España discreta. Esta nueva edición, actualizada de la primera de 2001, conserva el buen tono de la España feliz en la que se escribió, cuando parecía que los españoles empezábamos a superar el viejo fatum, las ideas negativas sobre nuestro pasado; hoy, el fantasma de la frustración ha vuelto, España de nuevo se ha desorientado en el mundo, pero su historia no debe volver a ser el valle de lágrimas, ni el campo de batalla de sentimientos y agravios. Pues, como hubo una España con esperanza en el siglo XVIII, ha de haberla en este triste presente y en el futuro. La historia de España sigue siendo antes de nada un proyecto social.

1. Historiografía
Mediocridad y consenso

La imagen que la historiografía ha trasmitido de Fernando VI y de Bárbara de Braganza ha gozado en todas las épocas de amplio consenso, lo que equivale a decir que la “feliz pareja” y su reinado han suscitado poco interés. Los historiadores no suelen discutir sobre unos reyes eclipsados por la imagen resplandeciente de su sucesor Carlos III y que, como mucho, venían a ser un eslabón entre el belicoso y extraño Felipe V –y su enérgica y poderosa mujer Isabel de Farnesio– y el ilustrado hermanastro, un rey de España que viene precedido por su fama napolitana y que ha gozado de biógrafos, panegiristas y, tras su muerte en 1788, de una desmesurada cohorte de profesionales del elogio fúnebre que ha llegado a nuestros días.

El conde de Fernán Núñez, embajador y primer biografiador de Carlos III, sería el primero en difundir con éxito de público los grandes logros del reinado ilustrado por antonomasia, inaugurando la línea historiográfica que ha convertido al XVIII español en un siglo demediado, absolutamente desproporcionado. Desde entonces, su segunda mitad, agigantada, es ocupada en solitario por el rey ilustrado mientras todo lo anterior permanece bajo el dominio de una ilusionada espera. Inevitablemente, Fernando VI y su reinado quedaron convertidos en un contraste más a la espera de que Menéndez Pelayo, un siglo después, lo sentenciara por mediocre.

La poquedad del rey pacífico, todavía más acentuada para la posteridad por su penosa y larga agonía, por carecer de sucesión y por consentir el bárbaro testamento de su esposa a favor de Portugal, domina el “poco interesante” reinado. El rey era “hombre de bien”, “muy amante de su familia”, “esencialmente pacífico y propenso a llamarse amigo de todos”, escribía Antonio Ferrer del Río en 1852 en su divulgada Historia del reinado de Carlos III en España publicada cuatro años después; pero, siguiendo la corriente general, el historiador reparaba en la reina, “de inteligencia limitada”, que “influía en todas las determinaciones”, y destacaba la hipocondria y la tendencia a la melancolía del regio matrimonio, causas de que rey y reina “languidecieran” al margen de los asuntos políticos, confortándose mutuamente y mitigando sus afecciones con los fastuosos espectáculos dirigidos por Farinelli.

En el balance final, resaltaban los logros de la paz fernandina y las pruebas de que mantenerla fue fruto no tanto de la tenacidad del rey como de su debilidad o, al menos, de su propensión natural. Así lo sentenciaba ya Ferrer del Río: “Satisfecho de reinar sosegadamente sobre los dominios que las guerras anteriores no habían segregado de su corona, supo acallar los afectos de hombre, cumplir las obligaciones de rey, ser insensible a los halagos, cauto contra las asechanzas y, siempre digno y al nivel de tan alto puesto como el trono, sacar ilesa de continuas acometidas y triunfante y fecunda en bienes la neutralidad española”.

Con una óptica bien distinta, Wiliam Coxe había publicado en Londres en 1813 una obra basada en la documentación de los embajadores británicos que tendría gran difusión. Vertida al castellano en 1846 en la conocida edición popular España bajo el reinado de la casa de Borbón, Fernando VI aparecía como hombre débil, “frugal y económico” –lo que luego quedaría empañado por la codicia de la reina–, amante de la paz y cumplidor escrupuloso de su palabra. Afectado de “hipocondria”, era todavía “más irresoluto que su padre” y, “a pesar de la docilidad natural de su carácter, experimentaba violentos arrebatos de cólera y de impaciencia”. Finalmente, llegó a estar “persuadido de su incapacidad natural”.

Sin embargo, W. Coxe resaltaba ya las realizaciones del reinado y atribuía al rey las virtudes más estimadas por el pragmatismo inglés; así, el rey se habría interesado por “un cuidado exquisito en cuanto podía contribuir a la mejora de la agricultura nacional”, a la vez que era uno de los que más habían protegido “con mayor liberalidad las artes y la ciencias”. En cuanto a la política exterior fernandina, Coxe incrementaba las filias inglesas de algunos ministros como José de Carvajal y Wall –por contraposición al afrancesamiento general–, dejando un terreno abonado para las controversias que han dominado la segunda mitad del XIX y buena parte del XX.
 

El rey eclipsado por sus ministros

Empleando a veces las mismas palabras y expresiones de Ferrer del Río, Modesto Lafuente (1806-1866) llevaba las líneas maestras del primer panegirista carolino al tomo XIX de su Historia General de España publicado en 1857, sólo un año después del texto de Ferrer. La obra de historia general más conocida del XIX demostraba que su autor había pasado por encima al historiar el periodo fernandino. Le interesó más Carlos III, ya convertido en guía de progresistas, por lo que el liberal Lafuente le tributaba el tópico homenaje haciendo de los reinados anteriores una mera antesala: “feliz y provechosa preparación”, “cimientos y bases”, que “allanaron grandemente el camino para el más ilustrado y más próspero reinado de Carlos III”.

Pero Lafuente reforzaba y ampliaba las ideas de Ferrer en un aspecto de gran interés para el futuro: los ministros de Fernando VI, Carvajal y Ensenada, eran presentados como hombres de opuestos caracteres, brillantes ambos aunque enfrentados en sus concepciones y prácticas políticas. La idea ha llegado así a nuestros días, sin embargo, los dos historiadores españoles atribuían a Fernando VI y Bárbara de Braganza la habilidad de “balancear el poder y el favor de los ministros” y el “propósito” de “sostener al uno contra el otro”.

Poco tardó en abrirse paso la idea contraria: a medida que se iba conociendo la labor de los ministros se eclipsaba aún más la imagen del rey en materia política, por lo que a fines del XIX eran del dominio público su abulia ante el trabajo de leer papeles y los esfuerzos que debían hacer el confesor, la reina, Farinelli y Ensenada para evitar que los asuntos se paralizaran a causa de las manías regias. W. Coxe ya lo había esbozado: Fernando VI “creía haber cumplido con sus deberes de soberano tan luego como había confiado a sus ministros el peso de la administración”.

A sostener esta idea contribuyó la excelente biografía de Ensenada que Antonio Rodríguez Villa publicó en 1878, el libro más útil y documentado sobre el periodo. Con profusión de documentos, el archivero abonaba la idea de que los ministros pudieron actuar con más decisión precisamente por el desinterés de Fernando VI, mientras la reina y al padre Rávago quedaban como intermediarios terapéuticos. Rodríguez Villa introducía el binomio rey abúlico-ministro eficaz y encaminaba los estudios históricos hacia el análisis de las realizaciones del reinado y el conocimiento de sus verdaderos responsables, concluyendo por ello que “el reinado de Fernando VI es el más extraordinario, pacífico y singular de nuestra historia”.

En 1924, Miguel Mozas Mesa completaría la apología de los ministros fernandinos con su obrita editada en Jaén sobre la figura de don José de Carvajal, el mismo año en que M. Ferrandis publicaba un Equilibrio europeo de don José de Carvajal. En las dos, el ministro aparecía como el gran nauta de la política de equilibrio. A diferencia de Ensenada, cuya fama se agigantó en la Restauración, don José de Carvajal no había merecido una biografía –todavía hoy falta la que amplíe los apuntes de Mozas y Ferrandis–, por lo que fue conocido sobre todo por su labor como jefe de la diplomacia. Su contribución a la política interior siguió siendo casi desconocida, aunque Miguel Mozas destacaba ya la labor del ministro culto como protector de la Real Academia y de la fernandina de Bellas Artes.

José Luis Gómez Urdáñez (Murillo de Río Leza, La Rioja, 1953) es catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja e investigador titular del Instituto universitario Feijoo de estudios del siglo XVIII (Universidad de Oviedo). Experto en la figura de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, ha publicado, entre otros, los libros El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001). Es autor de numerosos trabajos sobre Olavide, Jorge Juan, Aranda, Superunda y Feijoo y otros personajes de la historia del Siglo de las Luces. Sus publicaciones y actividades pueden seguirse a través de la web: www.gomezurdanez.com A finales de 2016 ha sido nombrado académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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