Fernando VI y la España discreta. El reino (ebook) | Punto de Vista Editores
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Fernando VI y la España discreta. El reino (ebook)

Los españoles de los tiempos del reinado de Fernando VI no se libraron de las opresivas estructuras impuestas por la Iglesia y la nobleza, pero vieron en el Catastro una oportunidad y confiaron en un gobierno que intentó hacer política interior. Una Corte festiva y teatral, escritores y científicos secundando la acción del gobierno, un babel de ingenieros y artesanos, una nueva sociabilidad en ciernes, ofrecen el contraste con la resignación de la mayoría, aunque, en el análisis de José Luis Gómez Urdáñez, se muestra siempre un espacio para la esperanza.

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El Catastro ponía en evidencia la esencia de un régimen de ociosos rentistas, exentos de contribuir al Estado, que no dejaban más que lo justo en manos del campesino, incapaz por tanto de mejorar. Igual ocurría con el comercio, todavía limitado por las trabas de peajes en los señoríos, de aduanas interiores en las fronteras de los reinos, de estancos y monopolios desde hacía siglos, de precios tasados por los ayuntamientos oligárquicos. Tampoco los artesanos podían superar las trabas gremiales y las rutinas de su oficio, salvo en las grandes ciudades como Barcelona, Madrid, o Cádiz, donde llegaron muchos maestros extranjeros, igual que a las reales fábricas, o a los arsenales. Estas fábricas protegidas, que caracterizan el reinado y fueron la gran esperanza, como las compañías privilegiadas, pronto se vieron condenadas al fracaso, pues falló la demanda y el Estado no pudo sostenerlas.

Los españoles no dan el tono alegre que reina en los palacios reales, o en las casas de los ricos, pues los pobres no dejan de aumentar, especialmente en Madrid, pero lejos de mostrar descontento, se muestran resignados. La Iglesia sigue haciendo misiones, la Inquisición mantiene el control social y la ortodoxia; la pluma sigue al servicio de una serena Ilustración, tal y como quiere el gobierno y complace a los reyes. Florecen pausadamente las artes; hay avances en la ciencia, en la técnica y la medicina. Se hacen obras públicas y se disfruta de la paz, que ahora no es fruto de la victoria, sino del arte de la diplomacia… es la España discreta del rey Pacífico.

El autor
Prólogo

1. El reino de Fernando VI
1. El reino. Paz y gobierno
De la guerra y la paz
La siembra de las semillas del progreso
Los benéficos deseos y la tozuda realidad
Con la Iglesia “no” hemos topado… todavía
2. El reino y los amados vasallos
La España isidoriana y la España real
Las tierras cansadas, las ciudades creciendo
Que los españoles inventen por sí
3. Casi diez millones de españoles…
La engañosa despoblación general
Más hombres, más contribuyentes
Catastrar las Castillas, conocer el país

2. Labranza, industria y comercio
1. El trabajo y las oportunidades
Buscarse la vida
Hombres y recursos: la necesidad del equilibrio
La atracción de la ciudad
2. Los frutos de la naturaleza
La mirada inmóvil, los trabajadores en movimiento
Proteger y producir, abastecer
La preocupación por el equilibrio ecológico
El obligatorio plato cuaresmal
3. La renovación dirigida de la industria
Vencer el atraso, labor del gobierno
Las reales fábricas fernandinas
Los diferentes “modelos” y el “caso catalán”
4. La planificación estatal
El siglo del gran arsenal del rey
Ensenada, más que un ministro de Marina
Un gran empresario ensenadista en Guarnizo
Los altos hornos cántabros y vascos

3. Viejos privilegios y nueva sensibilidad
1. Viejos y nuevos privilegios
Nobleza de sangre, nobleza de bien
El noble cobijo de la sombra regia
La sorprendente “debilidad” del clero
Una religiosidad de tonos pastel
Abandono, mundanización e incultura
2. Los privilegios y la realidad material
Sin ruido, callar y hacer
Riqueza y pobreza de la Iglesia
Aristócratas ricos, nobles pobres, hidalgos arruinados

4. La nueva sociabilidad
1. La España discreta y cosmopolita
El renacer de la autoestima
Aprender y viajar: ilustrar
El “grand tour” al revés
2. La España histórica y lo español
Servir a la patria, servir al rey, servir a España
Lo español y lo de fuera. Europa más cerca
Inventar la España histórica
3. La España fernandina y la nueva sociabilidad
Ellas por delante
Enredos, cortejos y… penitencia, mucha penitencia
Amores arrebatados… al Corazón de Jesús

5. La promoción política de la ciencia y la cultura
1. La estrategia y las dificultades
Administrar la Ilustración: las academias
La utilidad contra la tradición
La inservible universidad
Las aplicaciones técnicas. La España hidráulica
2. Ciencia y espionaje
Un espía en la “ría” de Londres
El eficaz contraespionaje inglés
El gran viaje de Antonio de Ulloa
Un plan reglado de ampliación de estudios en Europa
3. Las artes. La renovación de la teoría
El buen gusto contra el depravado barroco
Los laboratorios de la nueva arquitectura
El Palacio Nuevo y las Salesas
Ventura Rodríguez y los avanzados
4. Escultura y pintura: el peso de la tradición
Amplia demanda, mucha técnica… e italianos
Los artistas españoles
La periferia, la tradición, Salzillo
5. Los inciertos espacios literarios
La necesaria y abrupta labor de desbrozar
La creación es un pacto con la soledad
“El Gerundiazo”

Conclusiones
Un insoportable sesgo historiográfico
Lo que esconde la neutralidad fernandina
El beneficio de la paz, el ilustrado fruto del buen gobierno
Bárbara y Fernando VI, el símbolo de la España discreta
El reinado de las letras y las artes
Del Rey al Reino

Cronología
Bibliografía

1. El reino. Paz y gobierno
 
De la guerra y la paz
Dice Antonio Domínguez Ortiz que “los españoles no protestaban de que hubiese guerras” y que llegaron a asumirlas “como las periódicas hambres y las epidemias”, incluso como coste de su destino de gran potencia amenazada por sempiternos enemigos exteriores; en efecto, aunque así fue durante mucho tiempo, a la llegada de Fernando VI al trono, las guerras exteriores ya no se podían justificar como el precio de la grandeza de la monarquía y los ministros hubieron de producir un giro espectacular que pronto fue estimado popularmente.

Desde Patiño, los intelectuales eran conscientes de que la guerra frenaba los urgentes proyectos de reforma interior, y la idea se había divulgado; pero en el largo y belicoso reinado de Felipe V, en un reino que salía de una guerra civil y no acababa de terminar las muchas internacionales, tuvieron que callar y servir. El mismo acto regio de reunir las secretarías de Guerra y Hacienda era la evidencia de que las demandas bélicas de la monarquía estaban por delante de su “criada” la Hacienda, compleja maquinaria de la que el propio Ensenada decía que no entendía una palabra: “nunca creí que hubiese suficientes fondos para la guerra, ni sé cómo los hubo, ni cómo los hay ahora”, declaraba en 1751. Lo que este ministro de Hacienda y de Guerra, y además de Marina e Indias, llamaba hasta la paz de Aquisgrán (1748) el Real Servicio era exclusivamente pagar la guerra.

Pero todo cambió cuando llegó el rey Pacífico. Aunque continuaba la guerra en el Atlántico y en Italia, los reyes demostraron desde el primer día una condición natural que los ministros explotaron: no querían guerra con nadie. La Hacienda seguiría siendo el Real Servicio por excelencia, pero ahora su destino iba a ser muy diferente.

Fernando VI no tenía ninguna formación en esa “mecánica [que] sólo pueden entender los que están criados en ella y que es muy repugnante al entendimiento del Monarca”, pero al menos comprenderían que –en palabras de Ensenada– “con pingüe erario tendrán efecto las altas ideas de Vuestra Majestad para que sean felices sus reinos, y sin él será inútil cuanto se discurra y emprenda, porque el fundamento para todo es el dinero”.
En eso se empeñaron los ministros: paz y gobierno, es decir, diplomacia y economía. El rey debía aceptar una España más discreta como marco de los proyectos ministeriales de reforma interior, ya convencido por sus ministros de que también así se mantenía el prestigio exterior de la monarquía y de que no había renuncia, sino paz a la espera: “honor, porque no le pierdan los estandartes de España –exigirá Ensenada al comienzo del reinado–, que conozcan las potencias extranjeras que hay igual disposición en el Rey para empuñar la espada que para ceñir las sienes con oliva”.

Las ideas del marqués de la Ensenada no fueron idealistas ni menos pacifistas, por más que esté detrás la tozudez del utópico Carvajal. Tanto la guerra como la “paz armada” o “paz a la espera” –su antesala, la diplomacia– se habían hecho más técnicas; la guerra próxima emplearía menos contingentes humanos, mientras en su preparación “sorda” se iba desarrollando la industria y la intendencia, que a la vez se convertían en motores de fábricas y ocupación de brazos. La nueva guerra ya no es un ritual monárquico —la “actividad más noble del rey”, según la concepción de P. Goubert sobre la monarquía francesa—, sino una empresa tecnificada, precisa y meditada, muy alejada de la “mitología rimada, grabada, esculpida, pintada y cantada del rey caballero, del rey que caracolea a la cabeza de sus tropas”.

La aparición de la guerra comercial, que localizaba las hostilidades y las alejaba de los países europeos –así iba a ser en parte la guerra de los Siete Años, como previó Ensenada–, estimularía todavía más el desarrollo técnico, sobre todo en el mar; también haría los conflictos más frecuentes, menos generalizados y más mediatizados por las políticas gubernamentales –y por el apoyo de los financieros– y la diplomacia, cuyo desarrollo futuro sobrepasaría los asuntos noticiosos de las cortes para abordar problemas comerciales y de transferencia de información científica y técnica por medio de prácticas de claro espionaje industrial. “La guerra se había convertido en una carga ordinaria, no mas pesada que las posteriores paces armadas, y la economía europea del siglo XVIII se mostró capaz de soportarla”, concluye con razón Domínguez Ortiz. El precio, sin embargo, fue un desarrollo nacional dispar: Inglaterra conquistaba mercados para la revolución industrial, mientras España perdía posibilidades, incapaz de resolver el problema que los nuevos tiempos estaban planteando en el comercio europeo con América.
La siembra de las semillas del progreso

También la nueva guerra producía un efecto de muy larga duración: el ejército se convertía en un cuerpo tecnificado, destino de científicos y técnicos que expulsan a la vieja nobleza ignorante, mientras el nuevo Estado deposita en estos “funcionarios” cada vez más atribuciones en el proyecto interior de articulación nacional. No sólo la recluta extranjera contribuía a dejar a los labradores en los campos, para que se casaran, procrearan y fueran útiles, como querían expresamente Ensenada y Carvajal, sino que la tecnificación –navíos, armamentos, estrategias– por un lado y la recluta mediante levas de vagos y pobres por otro cambiaban la milicia y su imagen ante el pueblo. Por primera vez se vería a los militares, especialmente marinos e ingenieros, contribuir al progreso material y a la renovación científica, aplicados a la utilidad pública. A Ensenada le preocupaba la poca marinería que tenía, pero más aún que “en punto de mecánica somos ignorantísimos, sin conocerlo, que es lo peor”.

La larga paz daría pronto sus frutos en el interior del Reino. Las reformas interiores comenzaron a tener envergadura a partir de 1749-1750, en un momento de grandes esperanzas y de una gran confianza de los españoles en su nuevo rey y en sus ministros, la que nunca habían demostrado al distante y afrancesado Felipe V y mucho menos al enfermizo Carlos II. Seguramente, los años centrales del siglo fueron el tiempo en que los españoles sintieron más sosiego y más confianza en su gobierno desde hacía mucho, preparando así el clima de quietud y aceptación con que se recibió el despotismo ilustrado.

“Sé que el régimen que hay ahora –escribía Feijoo en la dedicatoria a Fernando VI de sus Cartas eruditas– es el que nunca hubo. Así se ven los efectos del cual en España nunca se vieron”. Y añadía retóricamente: “Pero ¿cómo se hace todo esto? ¿Con qué caudales? Esta es la grande maravilla del reinado de Vuestra Majestad”. Al paternalismo del rey y a los ministros eficaces y trabajadores no había por qué frenarlos con las viejas fórmulas políticas populares, Cortes, fueros, libertades, etc. Tras la caída de Ensenada, se notarían aires de pesimismo durante el gobierno de Wall, pero de nuevo renacía la esperanza en un nuevo rey que llegaba a España cubierto ya de la mejor prensa posible, mientras se olvidaba rápidamente al pobre moribundo. Trece años parecen haberse borrado ante una nueva esperanza, el rey al que se le allanan todos los caminos de la gloria.

Pero las condiciones de vida de los españoles habían cambiado muy poco objetivamente durante el reinado de Fernando VI y así seguirían en lo fundamental hasta años después. Muchas de las reformas emprendidas, tanto por los ministros de Fernando VI como por los de Carlos III, sólo tenían por objeto reforzar el absolutismo monárquico y el sistema económico y social, el de los privilegios, en que se apoyaba: en el Reino, decía Ensenada, “hay sus jerarquías u órdenes y a ninguna es negada la virtud y la conciencia”.

El despotismo ilustrado fue ante todo un régimen de consolidación de los poderes, pero era por ahí por donde los déspotas pensaron que tenían que empezar: por afianzar el poder de la Corona, fuente de su propio poder. Ensenada, probablemente el primer ministro ilustrado y sin duda el reformador más pragmático del siglo, no movió un dedo para alterar la realidad social, sin embargo, por el simple hecho de introducir reformas en la administración y en la fiscalidad, dotando de sentido utilitario a la política, rozó los límites del sistema y cambió para siempre la concepción tradicional del poder en España. Quizás el siguiente texto de su representación de 1751 lo expresa mejor que ningún otro: “las quejas y los lamentos de los vasallos pobres por tanto veredero, receptor y comisionado que los acosa y disipa me han persuadido al concepto de que carecen enteramente los pueblos de gobierno, policía y economía y al de que, mientras no se reglen estas materias, no es posible promover en el reino la población, cultivo y comercio, sin cuyas circunstancias, el erario no puede ser pingüe, ni haber ejército ni marina proporcionados a la extensión de la Monarquía”.

Pero, en realidad, Ensenada hizo lo que hicieron todos los ministros del XVIII: reformar para conservar lo inmutable del Antiguo Régimen, “modernizar” el sistema para eliminar defectos que algunas evidencias ponían de manifiesto, pero sin tocar sus pilares fundamentales. Ni las ideas sugerían otra cosa ni probablemente era posible. La luego idealizada revolución no era un estímulo para ningún reformador sino un freno, pues revolución a mediados del siglo era sinónimo de anarquía y caos (incluso para los enciclopedistas). Se pedía gobernar aceptando las ideas ilustradas que todavía eran menos “filosóficas” que técnicas y pragmáticas; la “desviación” de la Ilustración vendría luego y con ella la prevención gubernamental.
 

Los benéficos deseos y la tozuda realidad
La ilustración que se pedía al gobierno a mediados de siglo era la disposición a adoptar medidas pragmáticas: “De gobierno, policía y economía de los pueblos no entendían sus ministros [los del Consejo de Castilla], porque siendo materias que las enseña la práctica, carecían de ella en su carrera de toga”, escribía Ensenada en 1751. La práctica del gobierno exigía una base racional –“formar proyectos valiéndose de personas que lo entiendan” –añadía el ministro–, proyectos y medidas probados en el campo de la técnica y la administración –de ahí la política de viajes pensionados, la constante mirada hacia las realizaciones de Francia– y, como mucho, inspirados por un concepto de lo justo emanado de la necesidad de preservar el orden social y la autoridad.

“Estableciéndose con justicia el gobierno y orden […] se verifique más prontamente que Dios ha destinado a Vuestra Majestad para restablecer la opulencia y el antiguo esplendor del dilatadísimo imperio español”, de nuevo en palabras de Ensenada, que bosquejaba así su idea central sobre el gobierno ministerial: “Dejar el Consejo de Castilla con sólo lo de justicia civil y criminal, patronato y cuidado de la jurisdicción real, repartiendo el gobierno, policía y economía de los pueblos con ordenanzas entre ministros que respondan inmediatamente a Vuestra Majestad”.

Es evidente que los súbditos son agentes y comienzan a ser destinatarios, pero necesariamente secundarios en el proceso de modernización que empieza por la racionalización del poder. Veamos casos concretos. El crecimiento demográfico, que ya se notaba en tiempos de Fernando VI, exigía producir más alimentos, pero la estructura de la propiedad de la tierra era intocable. Había conciencia de los males que causaba la despoblación y estaban claras sus causas, por lo que los gobiernos de Fernando VI acudirían al problema con ideas más que suficientes. “Oigo decir –escribía el padre Sarmiento– que el Ministerio, seriamente, piensa promover la agricultura y la población”.

La solución sería fomentar tímidamente el aporte técnico agrario, el regadío, la roturación, remover los obstáculos –el lema del siglo–, sí, pero en el proyecto fernandino se empezaba abiertamente por las barreras que dependían del propio gobierno, que no eran pocas, por ejemplo, la supresión de aduanas interiores, la supresión de las rentas provinciales, el proyecto de la Única Contribución –“remedio del necesitado, polilla del hacendado”, llamaba un pasquín al catastro–, y planes a largo plazo contra la propiedad eclesiástica e ideas sobre la repoblación directa –Carvajal ya pensaba en atraer extranjeros “colonizadores”–: era más que lo que el arbitrismo o el proyectismo venían divulgando desde hacía más de un siglo.

Otro caso: la conciencia sobre la injusticia social, compartida por buena parte de la élite social, era todavía moderada pero se dejaba sentir en círculos restringidos. Solución: un Estado de orden, de policía, utilitario, ejemplarizante, benéfico y justo, es decir, severo. No ha llegado todavía Beccaria ni Voltaire se ha hecho notar en este terreno, pero sí hay demanda de información de las medidas adoptadas por Francia, Prusia Inglaterra o Portugal, atención a sus códigos legales y su práctica jurídica. Carvajal y Ensenada están al corriente de cualquier novedad y planean una difícil reforma de los tribunales contra los legistas y sus corruptelas. Ensenada soñaba ya con la Recopilación, lo que llamaba “Código Ferdinandino”, “para imitar también al gran Luis XIV, cuyo código fue el que dio a la Francia la justicia que la faltaba”.

En fin, un último ejemplo: la Inquisición, arma tradicional del control social, seguía funcionando aunque de manera un tanto atemperada, más porque no había tanto que perseguir –ya no había moriscos, ni judíos, ni luteranos– que porque hubiera cesado el brío de los inquisidores y la universalizada mentalidad inquisitorial, quizás el gran logro del Tribunal: “la Inquisición incluye en su fuero –decía Ensenada en 1751– muchos individuos que, exentos de cargas concejiles de los pueblos, hacen considerable daño a los demás vecinos”. Carvajal y Wall miraron para otro lado, mientras el padre Rávago, al final de su actividad cortesana, escribiría algunos textos apocalípticos sobre los progresos del ateísmo y de la masonería, que prohibió mucho antes de que se hubiera establecido en España.
Sin embargo, Ensenada fue directo al asunto: “soy de dictamen que este tribunal lo mantenga y sostenga Vuestra Majestad con toda autoridad, pero bajo los límites de su institución”. No era opuesto al “respeto y amor a este Santo Tribunal –seguía el marqués en su gran representación de 1751– el que se extermine un abuso y un descuido sobre el que han sido y son reiteradas las representaciones de los Consejos”, para acabar clamando contra la red de familiares –“tenga la Inquisición los subalternos que sea menester, pero no más”– y contra el abuso de “cargar con los bienes de los reos” que daba pie a las murmuraciones: las que Fernando VI debía “cortar por el pie”.

Interesaba al gobierno reforzar instrumentos de control social, incluso de autocontrol, susceptibles de ser presentados sin la mala prensa de que gozaba el Santo Oficio, “para que queden confundidos y avergonzados los enemigos de la Inquisición”, debía añadir Ensenada ante un rey pusilánime que podía ver cualquier reforma del Tribunal como una más de las guerras de religión que detestaba. Pero la Corona debía intervenir –Macanaz ya había escrito que el rey era el “maitre de la Inquisición”– y cortar los abusos, terminando, según proponía Ensenada, devolviendo al fisco los bienes embargados a los reos y vendiéndolos luego públicamente. Los propios inquisidores, según Ensenada, aprobarían esta medida, “quejándose solamente los subalternos que malversan la mayor parte de este producto y que apetecen el fuero para libertarse de la justicia ordinaria”. En fin, eran éstas unas ideas –poco divulgadas por la historiografía– que esperaban oportunidades favorables: la Iglesia, después de la expulsión de los jesuitas, no las proporcionaría y los ministros de Carlos III, incluso los más regalistas, sólo se atreverían a comentarlas entre ellos.
 

Con la Iglesia “no” hemos topado… todavía
El Concordato de 1753, probablemente la obra más regalista del siglo, era un instrumento añadido a las ideas de Ensenada, expuestas dos años antes de su firma, sobre la regulación fiscal de la Iglesia española. El ministro manifestaba que “perjudica mucho al Estado el excesivo número que hay de regulares y aún de clérigos” y alguna medida había tomado abiertamente contra ellos, sin ruido, como pensaba hacer también con las contribuciones eclesiásticas. “Se convengan los eclesiásticos –decía– a satisfacer la cuota equitativa que acuerde para ayudar a sostener las cargas del Estado, en que ellos son tan interesados”. El tildado de filojesuita conseguiría algo más que un Concordato regalista: dejaría a la vista que la Iglesia era la parte más débil del sistema de privilegios.

Este clima fue evidente durante el gobierno de Ensenada –al que, en verdad, poco le interesaron las “disputas de frailes”– pero el “segundo gobierno” de Fernando VI y la enfermedad postrera del rey paralizaron buena parte de los proyectos, dejando el reinado de trece años reducido en la memoria a unos cuantos buenos años que el ensenadismo siempre recordó con nostalgia. Los avances de la ciencia y la técnica se empezaban a difundir en España –frecuentemente por militares y marinos cosmopolitas– y las referencias culturales se ampliaban, mientras cada vez era más sentida la necesidad política de que el Estado asumiera más competencias en materia que hoy llamamos económica y social.

Se empezaba a exigir a los gobernantes que atendieran a la “felicidad pública”, que consiguieran “derribar los obstáculos” que se oponían al progreso y que impulsaran una conciencia pública de aplicación al trabajo como servicio a la “patria” o a la monarquía y la “nación”. Sólo esas palabras, cada vez más usadas, denotan el gran cambio producido en la década cosmopolita de la neutralidad. Es indudable que los aires de la Ilustración, que todavía no soplaban en exclusiva desde París, estaban siendo difundidos en España, donde se sentía generalizada la conciencia de atraso no sólo en comparación con Francia o con Inglaterra sino buscando referencias en su propia historia, en los siglos en que Ensenada decía que los españoles habían enseñado a los países de los que ahora se necesitaba para que sus sabios enseñaran a los españoles. La innovación historiográfica que espera al reinado de Fernando VI en los próximos años será de enorme trascendencia para comprender el siglo. Las ideas de F. Sánchez Blanco abrieron un camino lleno de sugerencias.

En definitiva, la España de Fernando VI vivió un periodo de paz, de grandes expectativas de futuro y de relativa prosperidad sólo sacudida por cíclicas crisis de hambre, muy diferenciadas regionalmente, producidas por las dificultades comerciales –se ahogaban en trigo en Valladolid y había que importarlo en Sevilla– y, evidentemente, por los bajos rendimientos, las sequías, las malas cosechas que se aceptaban con la tradicional resignación cristiana y se paliaban con el socorro que se atribuía al rey benéfico. Como éste era corto, funcionaban entonces los mecanismos de la caridad cristiana –justificación de los diezmos, que también mermaban en tiempo de carestía– y todavía se apelaba a la divinidad mediante rogativas, novenas, procesiones; pero, también se empezaba a solicitar la intervención del gobierno y la aplicación de las máximas de la economía que ya era una ciencia reconocida, aquella que ya llamaba así Sancho de Moncada más de un siglo antes. Ensenada se ocupó personalmente de hacer llegar grano a Andalucía en la terrible hambruna de 1750, pero también de dictar medidas políticas sobre precios, acaparamiento de granos, pósitos. Haría falta el gran pánico de 1766 en cuanto a las subsistencias para que se tomaran medidas más drásticas.

Muchas de las despreciadas tesis de los arbitristas del XVII –que ya se empiezan a publicar antes de que lo haga Campomanes– se ven corroboradas con prácticas incipientes que han sido puestas al día por los proyectistas, algunos de los cuales dispondrán del gobierno para llevarlas a cabo, por ejemplo Campillo, aunque brevemente. Que España sea lo que tiene que ser era una preocupación en alza desde los últimos gobiernos de Felipe V, pero será con los ministros de Fernando VI cuando se abra camino la idea de España como referencia de la nueva monarquía y de sus benéficas intenciones, una autoestima necesaria. La realización de un mapa de España que está impulsando Ensenada, mucho más que una simple carta geográfica, es probablemente el símbolo más representativo del interés por el país de los nuevos hombres del rey.

José Luis Gómez Urdáñez (Murillo de Río Leza, La Rioja, 1953) es catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja e investigador titular del Instituto universitario Feijoo de estudios del siglo XVIII (Universidad de Oviedo). Experto en la figura de Zenón de Somodevilla y Bengoechea, marqués de la Ensenada, ha publicado, entre otros, los libros El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001). Es autor de numerosos trabajos sobre Olavide, Jorge Juan, Aranda, Superunda y Feijoo y otros personajes de la historia del Siglo de las Luces. Sus publicaciones y actividades pueden seguirse a través de la web: www.gomezurdanez.com A finales de 2016 ha sido nombrado académico correspondiente de la Real Academia de la Historia.

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