Estética de la tragedia. La expresión de la muerte en el arte europeo del siglo XX | Punto de Vista Editores
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Estética de la tragedia. La expresión de la muerte en el arte europeo del siglo XX

Dimensiones: 15×24 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-47-1
Nº de páginas: 240

22,90 

En una sociedad donde prima el consumismo, la muerte no goza de un debate intelectual-creativo a la altura de su presencia diaria en las noticias, las series, las películas, los videojuegos o las novelas. Escribir o crear sobre algo tan incomprensible como la muerte se convierte casi en una amenaza para dicho sistema de vida al tiempo que somos desensibilizados por su elevada exposición. Aun así, la inquietud y el misterio que la rodean son los leitmotivs más poderosos y recurrentes en la historia del arte europeo, especialmente durante el siglo XX.

Germán Piqueras indaga sobre la experiencia de la muerte en la expresión artística. Mediante diarios personales, entrevistas y otros textos, este ensayo describe, casi a modo de relato, la vida de dieciocho artistas —Edvard Munch, Käthe Kollwitz, Oskar Kokoschka, Charlotte Salomon, Felix Nussbaum, Francis Bacon, Juan Muñoz o Marina Abramović, entre otros— para quienes la muerte tiene un significado trascendental. Así, temas como el duelo, la destrucción, la guerra, el cuerpo, la moral y la memoria se abren paso a través de dibujos, pinturas, fotografías, esculturas y performances que nos ayudan a comprender la vida y la historia europeas del siglo XX.

«Mi percepción de la muerte me ha ayudado a escribir sobre el sentido de una época en la que desaparece la ilusión en la posibilidad de cambio y donde la idea de muerte se siente como algo definitivo, sin concesiones ni esperanza en la mayoría de los casos. La muerte como fin. Un mundo en el que se pasa de una ferviente fe a la desaparición no ya de la creencia religiosa, sino de la propia fe, en cuestión de pocas décadas». Germán Piqueras

Introducción

Para el occidental contemporáneo, incluso cuando se encuentra bien, la idea de la muerte constituye una especie de ruido de fondo que invade el cerebro cuando se desdibujan los proyectos y los deseos. Con la edad, la presencia del ruido aumenta; puede compararse a un zumbido sordo, a veces acompañado de un chirrido. En otras épocas el ruido de fondo lo constituía la espera del reino del Señor; hoy lo constituye la espera de la muerte. Así son las cosas.
Michel Houellebecq

El tabú de la muerte en nuestra sociedad actual. Esa es la razón principal que me impulsó a escribir sobre la expresión de la muerte en el arte. La temporalidad y la zona geográfica que aparecen en el título fueron sencillas de elegir, ya que yo nací en dicho siglo y en esa zona concreta del mundo en la que tantos sucesos trágicos acontecieron en el siglo XX. Pero, como decía, es el tabú de la muerte lo que propició este ensayo que cuenta, casi como si se tratase de pequeños relatos, la trayectoria artística de dieciocho artistas para los que la muerte tiene un significado especial. Mi propia experiencia como artista y las recomendaciones de profesionales del ámbito académico artístico, en mi época de estudiante, de que no representase determinados aspectos relacionados con la muerte en mis obras personales, así como la continua desaprobación de la sociedad, en general, para el simple diálogo sobre este tema, que a todos nos concierne, fueron determinantes para estudiar sobre él. De hecho, en las siguientes páginas se puede comprobar algo evidente: la muerte, así como la inquietud y el misterio que la rodean, es uno de los leitmotivs más poderosos y recurrentes en la historia del arte. Todo gran artista que se precie se ha interesado en algún momento de su trayectoria por ella e, incluso, algunos la han convertido en el hilo conductor de su carrera. Además, como bien dice el filósofo francés Vladimir Jankélévitch en su imprescindible obra La muerte, la finitud es el principio de la fecunda inquietud que empuja al espíritu creador a expresarse a través de sus obras. Debemos ser conscientes, por tanto, de nuestra caducidad, ya que solo así podremos vivir una vida plena. La muerte existe, aunque no sepamos qué es, y tener conciencia de ella forma parte de nuestro proceso vital, pero quizás lo que nos da miedo no es la muerte en sí misma, sino su desconocimiento sobre ella.
Mi interés particular se ha centrado en investigar la influencia que tienen la vivencia y la experiencia de la muerte en la expresión artística mediante autores referentes, así como a través de los diarios personales, entrevistas y demás textos firmados por los propios artistas, con el fin de sustentar y argumentar las obras mostradas. Estas citas, literales en muchas ocasiones, no dejan de ser imágenes compuestas por palabras, de ahí la importancia de recuperarlas tal cual las expresaron. Y es que, todos sabemos qué es un cuerpo sin vida, pero no tanto qué es la muerte. De ahí que estemos ante una fuente inagotable de misterios y reflexiones, pues como dice el artista Christian Boltanski: «No hay respuestas, sino preguntas que provocan otras preguntas». La muerte nos enseña que una respuesta puede ser otra pregunta, y que no todo tiene réplica o solución. Por lo que, más que responder a lo que no tiene respuesta, se razonan y argumentan las preguntas que todo ser humano se ha hecho en algún momento de su vida. Comprender esto es clave para adentrarnos en este escrito, pues no debemos esperar de él una conclusión, sino una forma de entender el arte. Incredulidad, impotencia, traumas, recuerdos, dudas y verdades en variadas formas: cuadros, acciones o esculturas, que dan fe de todo aquello de lo que se compone el ser humano. Toda pieza artística nos habla aquí de este, pero desde otro prisma, uno que ha permanecido más oculto, pero que no por ello es menos real.
Hoy más que nunca, la muerte está presente en nuestra sociedad todos los días del año, a todas horas, en todos los medios. Sin embargo, el debate intelectual-creativo sobre ella no está igual de bien visto, quizás porque su forma no es la de un medio de comunicación de masas, que a su vez, y debido a las masivas imágenes de la muerte que muestran en conjunto, consiguen una desensibilización del tema por parte de la gente. También es comprensible que, en una sociedad donde prima el consumismo y el materialismo, no interese hablar sobre la muerte, tal vez porque esta se entiende como la pérdida de todas nuestras posesiones aparentemente más preciadas. El consumismo atroz ha suplantado a la espiritualidad. El ocio, casi como forma de vida, se ha convertido en la prioridad de muchas personas. Escribir o crear sobre algo tan lejano e incomprensible como la muerte se convierte casi en una amenaza para dicho sistema de vida. Reflexiona Knausgård, de manera lúcida, que escribir es sacar de las sombras lo que sabemos. Sus palabras pueden ser ampliadas también a cualquier campo artístico. Cuando un creador tiene fe en su trabajo, suele recurrir a su verdad para representar su particular universo personal y en este solo tiene cabida lo que existe, de alguna forma, en su mente. Las historias que nos cuentan, con diferentes recursos materiales (esta cuestión queda en un segundo plano en este sentido), les sirve no tanto para describir un acontecimiento trágico, sino para liberarse de él. Habría que preguntarse, por tanto, qué encierra más oscuridad: si crear sobre la muerte o si hacerlo evitándola. ¿Son verídicos los pintores que solo pintan cielos azules y flores en primavera? Por supuesto; pero, si solo representan esa realidad, se podría decir que esta no es completa. Foucault no tiene dudas cuando enfatiza que la muerte es el mayor tabú que existe en el mundo contemporáneo, cuyo origen debería buscarse dentro de la profunda transformación de los mecanismos de poder que se produjo a partir del siglo XVIII. El también filósofo francés sostiene que si la muerte se ha convertido en un tabú en nuestra sociedad es por el protagonismo creciente que ha ido adquiriendo la biopolítica (término acuñado por él mismo y que nos habla de cuando el poder se ejerce sobre la vida de los individuos y no territorialmente), ya que, cuando la gestión misma de la vida deviene el objeto principal del poder, la muerte se convierte en un ámbito incómodo. Otras palabras que nos hacen repensar en la hipótesis del tabú de la muerte son las que escribe el sociólogo Jesús M. de Miguel cuando afirma lo siguiente:

Se prohíbe la idea de la muerte. Es un hecho que ocurre solo a personas muy viejas, en el hospital o una residencia de ancianos, en estricto secreto, sin que otras personas se enteren demasiado. Se suprime, además, todo aquello que recuerda a la muerte propia. Pensar en la propia muerte es una experiencia mórbida, representa incluso un síntoma de enfermedad mental. Hablar de la muerte en público es de mal gusto. La muerte no se enseña en las universidades, no se investiga, no se publica apenas en España sobre el tema.

Son palabras escritas en el año 1995, pero que podrían pertenecer a la actualidad. En las páginas que continúan se analizarán a varios artistas, todos ellos casos paradigmáticos, que han abordado la expresión artística de la muerte, así como la violencia que tuvo lugar en la Europa del siglo XX. A algunos de estos artistas, el arte les ayudó no tanto a superar hechos funestos, sino a aprender a convivir con ellos de una manera más óptima. Asimismo, todas las obras tienen el valor histórico de contar la crónica del siglo desde ese otro lado, el de la sombría y desconocida muerte. Eugenio Trías tiene claro que no puede darse efecto estético sin que lo siniestro esté presente, aún presentido, en la obra artística, entre otras razones porque lo sublime es una ambivalencia entre dolor y placer. Lo bello necesita a lo siniestro para mostrar con toda plenitud su fuerza y vitalidad. En el mismo ensayo, se refiere a lo siniestro como aquello que causa espanto porque no es conocido o familiar y que a su vez nos produce incomodidad. También algo que resultaba familiar y ya no lo es, cuestión que se puede interpretar como el paso de la vida a la muerte o como aquello que debía permanecer secreto, pero se ha revelado. Y es en el arte contemporáneo donde, según Freud, se introduce lo siniestro en la propia reflexión de las obras, inscribiéndose a través de la categoría antropológica de lo inconsciente. La obra artística es, para Trías, un hiato entre lo oculto y su formalidad atractiva, y esta definición es óptima para las expresiones artísticas de la muerte mostradas a continuación, puesto que en todas ellas se establece un diálogo entre la muerte, entendida como algo que no se puede entender (desde puntos de vista muy diferentes), y el pulimiento formal estético y bello. Adorno defiende que el arte tiene la verdad como apariencia de lo que no tiene apariencia. Y es en este punto donde hay que tener en cuenta la representación del mundo interior de cada uno de los artistas: lo que nos muestran es su propia verdad. Explícita o implícitamente, la referencia de la muerte ha sido uno de los principales motivos para la creación artística durante el siglo XX en el arte europeo, pasando la idea de la muerte a formar parte de la propia vida, así como de la naturaleza artística.
El libro se ha estructurado en cinco capítulos, cada uno de ellos agrupa a unos determinados artistas en función de unas nociones distintas: las vanguardias trágicas, estéticas de la destrucción, duelo y sentimiento trágico, cuerpo y ritual y, por último, memoria y ausencia. Un conjunto de historias que, en el fondo, son una sola narración, y que hará comprender al lector cómo el grito pintado por Munch se transforma en el silencio que emanan las figuras de Juan Muñoz. También hay que aclarar que se incluyen obras pertenecientes al siglo XXI de artistas que iniciaron su trayectoria y que ya eran referentes en el siglo XX, caso este de Nitsch, Abramović, Helnwein, Boltanski y Muñoz. Las obras de los dieciocho artistas son legado y testimonio, y nos ayudan a comprender nuestro devenir histórico y cultural, enmarcadas en un camino que inició Francisco de Goya, claro e inequívoco referente en relación con el tema tratado. Sin la moderna mirada del genio aragonés, quien asoció la muerte violenta más con la miseria del ser humano y como resultado del fracaso de la razón que con los actos heroicos, seguramente los derroteros del arte hubiesen sido otros. A lo largo del libro se verá hasta qué punto su obra condicionó el arte del siglo xx.
Mi percepción de la muerte me ha ayudado a escribir sobre el sentido de una época en la que desaparece la ilusión en la posibilidad de cambio y donde la idea de muerte se siente como algo definitivo, sin concesiones ni esperanza en la mayoría de casos. La muerte como fin. Un mundo en el que se pasa de una ferviente fe a la desaparición no ya de la creencia religiosa, sino de la propia fe, en cuestión de pocas décadas. El tabú de la muerte se constata cuando se comprueba que no existen apenas estudios que abarquen la creación artística desde esta perspectiva. Sin embargo, el goce estético que siente este selecto grupo de artistas al crear alrededor de la muerte como referente evoca al término de lo sublime que empleaba Trías y sugiere en el lector una pregunta: ¿hablan de la muerte a través del arte o del arte a través de la muerte? Esta pregunta abierta deja constancia de la cantidad de lecturas que se pueden aplicar a este ensayo, pues cada una de ellas ofrece un debate distinto. Lo importante del arte aquí mostrado es su verdad, y no el grado de realismo con el que se lleva a cabo, pues algo supuestamente abstracto puede contener más sinceridad que una pintura realista impostada.
La muerte, como fuente de inspiración y reflexión del acto mismo de vivir.

Germán Piqueras (Requena, 1984) es docente en la Universidad Internacional de Valencia (VIU). Doctor (mención cum laude), licenciado en Bellas Artes por la Universitat Politècnica de València (UPV) y cuenta con un máster en Patrimonio Cultural por la Universitat de València (UV). Su investigación académica se centra en la vivencia y la expresión artística de la muerte, concretamente en las representaciones del arte europeo del siglo XX. De manera habitual, escribe artículos para revistas como Descubrir el Arte y Herejía y Belleza. Asimismo, ha impartido clases en escuelas superiores de arte como ESAT y en distintos centros culturales de Madrid. También ha participado en diversos congresos en la Universidad Complutense de Madrid y en la Universidad Miguel Hernández de Elche.
En su faceta de artista, ha ilustrado para el semanario de sucesos El Caso (2016), y para editoriales como Tirant lo Blanch. Además, ha sido seleccionado por el maestro Antonio López para pintar en cuatro de sus cátedras.

Introducción

1. Las vanguardias trágicas
La muerte como episodio de la vida. Edvard Munch
Asumir la muerte. Käthe Kollwitz
El drama de la existencia humana. Max Beckmann
Destrucción física y moral. Oskar Kokoschka
La muerte como finalidad de la guerra. Otto Dix
El placer de la destrucción. George Grosz

2. Estéticas de la destrucción
La pintura del silencio. Felix Nussbaum
Paisajes de cadáveres. Zoran Music
¿Vida? ¿O teatro? Charlotte Salomon
Traumas y secuelas. Andrzej Wróblewski

3. Duelo y sentimiento trágico
Una cuestión de fe. Josefa Tolrà
El drama de la carne. Francis Bacon
Relecturas conceptuales. Manolo Millares

4. Rehacer la muerte. Cuerpo y ritual
En el límite de los sentidos. Hermann Nitsch
El estigma de la muerte. Marina Abramović

5. Memoria y ausencia
Infancia y sacrificio. Gottfried Helnwein
Entre la memoria y el olvido. Christian Boltanski
La presencia de la ausencia. Juan Muñoz

Bibliografía

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