Espartanos: los hombres que forjaron la leyenda – Impreso | Punto de Vista Editores
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Espartanos: los hombres que forjaron la leyenda – Impreso

Dimensiones: 14×20 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-15930-60-0
Nº de páginas: 192

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16,00 

Es este un ensayo histórico que narra la vida y obra de los seis espartanos más destacados de la historia. Desde su fundador Licurgo hasta su último gran rey, Agesilao II, el autor realiza una trayectoria a lo largo de las biografías de una serie de reyes y soldados espartanos cuyas hazañas fueron comparables a la realizada por el rey Leónidas en la batalla de las Termópilas. Un punto de inflexión en el conocimiento de la historia de Esparta que, por su estilo fácil y accesible, permitirá dar una visión más amplia de lo que supuso la cultura espartana dentro de la Grecia clásica.

El título del libro, Espartanos: los hombres que forjaron la leyenda, anticipa todo su contenido. Una obra original, a medio camino entre la literatura comercial y el trabajo científico, sobre uno de los mitos contemporáneos más de moda en nuestra sociedad: Esparta. Sin duda, se trata del libro que muestra todo lo que el cine y el cómic olvidaron acerca de una de las culturas más apasionantes de la historia.

INTRODUCCIÓN
LICURGO
Sus viajes
La conformación del nuevo sistema
Educación y matrimonios
En la edad adulta y en la guerra
El juicio de Plutarco
El juicio de la historia
CLEÓMENES I
Nacimiento y ascenso al trono
Intervención en Atenas. La tiranía de Pisístrato y el papel de Clístenes
Una visita inesperada
Egina, Argos y el dominio sobre el Peloponeso
LEÓNIDAS I
499-492 a.C. Atenas llama la atención del Imperio
480 a.C: la hora de Leónidas y sus 300
BRÁSIDAS
El estallido de la guerra
La Gran Guerra
Brásidas, el joven
La campaña de Tracia: la hora de Brásidas
El plan
La marcha
La última aventura de Brásidas
La batalla final
LISANDRO
Alcibíades y Tisafernes: enemigos de Lisandro, enemigos de Esparta
El nombramiento de Lisandro y su alianza con Ciro
Lisandro y el poder
La vuelta de Lisandro
La victoria en Egospótamos y el final de la guerra del Peloponeso
El ocaso de Lisandro
AGESILAO II
El rey sin corona
El ascenso al trono
La campaña de Asia
Distanciamiento entre Agesilao y Lisandro
La frustración del proyecto asiático y el retorno a Grecia
La vuelta a casa
El rey vuelve a Esparta
La paz del rey y el fin del imperio espartano
Tebas: el nuevo aspirante
Epaminondas: el azote de Agesilao
EPÍLOGO

INTRODUCCIÓN

El presente libro recoge seis de los personajes históricos más destacados de la historia de Esparta. Son aquellas que se circunscriben al ámbito del siglo V a.C., probablemente aquel durante el cual la ciudad laconia obtuvo su mayor prestigio gracias a la victoria en la guerra del Peloponeso sobre Atenas y a la expansión de su imperio.

Es evidente que Esparta alumbró a muchos otros nombres propios que también son merecedores de recordar. Sin embargo, el testimonio escrito acerca de la historia de los espartanos es escaso, si bien nos hemos valido de la obra de historiadores clásicos no espartanos como Plutarco, Jenofonte o Heródoto para conocer algo más acerca de sus vidas.

El regente Pausanias, vencedor en Platea, el rey Arquidamo, con quien comenzó la guerra contra Atenas, el rey Agis II, durante cuyo reinado el signo de la guerra se inclinó a favor de Esparta, y un largo etcétera que bien podría habernos conducido hasta muy entrado el siglo III a.C. Es posible que algún día considere elaborar otro volumen con todos estos nombres. Dicho esto ¿cuál es entonces el motivo por el que han sido estos seis y no otros los elegidos? Además de tener en común que su período de actividad es el siglo V (a excepción hecha de Cleómenes y Agesilao, que desbordan las orillas de dicho siglo), todos ellos tuvieron en común el hecho de querer engrandecer a la ciudad a la que amaban. Licurgo, “fundador” de la Esparta militar, dotó a la ciudad de una serie de leyes o retras que trataron de organizar el modo y manera de los espartanos instaurando un sistema político que se mantuvo la nada desdeñable cifra de 300 años. Por su parte, el resto de protagonistas (cuya existencia sí está acreditada) trataron de dar un paso más elevando a Esparta hasta un statu quo superior a aquel que le había concedido el sistema licurgueo. Cleómenes, el primer gran rey de Esparta del que se tiene abundante información, logró someter a la península peloponesia bajo su control derrotando a su gran competidor por entonces, Argos. El siguiente en la lista, Leónidas, es el rey y, casi diría, el espartano más famoso de la historia. Su heroica actuación en el desfiladero de las Termópilas no solo le valió la muerte sino también la inmortalidad por haber encarnado el espíritu propio de unos guerreros espartanos cuyos ideales de abnegación, cooperación, valor y entrega son fácilmente identificables y apreciados en el imaginario colectivo. Nunca alguien del que solo se cuente una hazaña tuvo probablemente más repercusión que el rey Leónidas. A ello han ayudado en buena medida tanto el cómic como el cine, capturando a través de sus fotogramas un hecho que, por sus tintes dramáticos, bien podría haber surgido de la pluma más creativa de Hollywood. En tercer lugar, el general Brásidas que, al contrario que los dos primeros no fue rey y, sin embargo, protagonizó una azarosa vida que con la guinda de su muerte, hubiera podido ensombrecer la magnánima hazaña de Leónidas. El hecho de cruzar Grecia de sur a norte a través de los más de 700 kilómetros que separan las cálidas temperaturas del sur con el extremo y áspero paisaje del norte a la cabeza de un ejército no de espartanos sino de esclavos y mercenarios, hace que su hazaña repunte hasta las cotas más altas de dignidad y prestigio, solo silenciado indigna e injustamente por el inexorable olvido de la memoria humana. Después de él, Lisandro, otro héroe sin corona que consiguió escalar hasta las esferas más altas de su popularidad y al que se puede considerar como auténtico creador y fundador del imperio espartano. Con él, Atenas conoció el amargo sabor de la derrota y contempló el ocaso de su otrora exitoso imperio al tiempo que era testigo de cómo la renovada y agresiva Esparta encabezaba ahora el liderazgo más poderoso que habían conocido los griegos en su país. Sin embargo, para desgracia de Lisandro, la pluma de Plutarco no caló la tinta para inmortalizar sus hazañas. Muy al contrario, el historiador le culpó de haber violado los principios fundamentales de la constitución espartano-licurguea y le acusó de ser el auténtico instigador de los males que arrastraron a Esparta a su desgracia y caída en Leuctra (371 a.C.). Le señaló por haber corrompido las virginales y puras mentes espartanas introduciendo las monedas de oro y plata, así como el gusto por la opulencia y el afán desmedido de conquista y prestigio, fomentando las envidias y las luchas internas. En mi opinión y con permiso de Plutarco, considero que la figura de Lisandro debe ser revisada y creo que, en general, es merecedora de un trato mucho más amable del que la historia le ha dispensado. Frente a una casta política inmovilista y carente de ideas, totalmente dependiente de Alcibíades, Lisandro tomó el relevo del ateniense y orientó a sus políticos hacia el rumbo que la política espartana debería tomar toda vez que Alcibíades les había abandonado y las relaciones con el imperio persa, que era quien realmente sostenía al ejército espartano, se estaban deteriorando. Logró sellar el acuerdo de colaboración más importante con Ciro el persa, arrancándole una suculenta financiación para las tropas que hizo afluir a Esparta el dinero y los recursos evitando, de paso, la huida en masa de soldados y remeros. Además, llevó la guerra hacia el teatro principal de operaciones en el que tendría lugar el auténtico desenlace de la contienda: el mar. Con unas finanzas saneadas, logró rearmar una flota capaz de competir con la de los atenienses en el que había sido durante años su medio por excelencia y arrebatárselo. Una vez logrado no se detuvo allí sino que extendió la hegemonía de Esparta por toda Grecia a través de los harmostas, gobernadores militares espartanos, instaurados en diferentes ciudades y apoyando gobiernos oligárquicos pro espartanos para asegurarse su sometimiento a la metrópoli y el control de su política exterior. En definitiva, toda una serie de medidas que cimentaron la creación de un vasto imperio que bien podría haberse desarrollado normalmente de haber existido una corriente de pensamiento más profunda y reformista en el seno de la política espartana que hubiera tratado de flexibilizar el rígido sistema social y económico que existía en la ciudad y que, por otra parte, había contribuido a la concentración de la riqueza en pocas manos condenando a la miseria a un buen número de ciudadanos que perdieron sus derechos políticos a causa de la pobreza. Precisamente, la caída en desgracia de Lisandro permitió que, ahora sí, otro rey, se alzara no solo con un gran prestigio sino con el favor de todos aquellos que escribieron sobre él, especialmente Jenofonte, que fue su protegido. Agesilao tuvo un reinado largo y enérgico que llevó las fronteras del imperio espartano hasta donde nadie antes había imaginado, Asia. Su proyecto asiático y la menor dependencia de las finanzas persas, hicieron posible que los espartanos se vieran en aquellas lejanas tierras a donde Cleómenes un siglo antes se había negado a viajar. Y, en verdad, el balance comenzaba a ser prometedor cuando, por circunstancias del destino, las noticias de una sublevación en el interior de Grecia por parte de una serie de ciudades entre las que se encontraba Atenas, obligó al rey a retornar inmediatamente, abandonando precipitadamente su gran proyecto de invasión de Asia. Aquella empresa que a punto estuvo de mutar la bandera del imperio persa por la griega en las mismísimas tierras de Asia no pudo ser completado por un hecho que indignó hasta al mismísimo Plutarco, quien no tuvo inconveniente en criticar lo inoportuno de aquellas ciudades para rebelarse perjudicando un proyecto que, seguramente habría sido beneficioso para todos ellos como griegos que eran. Sin embargo, a partir de entonces, una política excesivamente agresiva y expansionista, sustentada en una filosofía de “guerrear por guerrear” terminó por arruinar no solo las arcas espartanas, sino también, aquel sueño que había comenzado a calar entre los griegos de pertenecer a un proyecto único común que comenzaba a dar señales de poder expandirse por todo el mundo conocido: el llamado y, también cuestionado, panhelenismo. Sin embargo, aquel anhelo no sería posible, al menos hasta la llegada de Alejandro el Grande y el helenismo.

José Alberto Pérez Martínez (Madrid, 1981) es licenciado en Geografía e Historia por la UNED (2006). Ha investigado sobre el ejército espartano y obtenido por ello el Diploma de Estudios Avanzados (2012). Prepara la defensa de su tesis doctoral basada en el colapso económico y social de Esparta en el siglo IV a.C.

Funcionario de carrera, su trabajo literario se extiende también a la reciente publicación de su primera novela, Amos del Mundo” (2014), y la publicación de diversos artículos de historia en revistas científicas. Muy vinculado al mundo de la salud y el fitness, fue campeón de Madrid de taekwondo (promoción, 2010) y ha trabajado como entrenador personal durante diez años. Además ha colaborado con diversos blogs del mundo del deporte como Puntofape y Efeblog, publicando más de cincuenta artículos.

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