Españoles, Franco ha muerto – Impreso | Punto de Vista Editores
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Españoles, Franco ha muerto – Impreso

Dimensiones: 14 x 20 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
Ilustraciones: Sí, en blanco y negro
ISBN: 978-84-15930-75-4
Número de páginas: 288

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16,00 

La política no siempre es un juego de suma cero. A veces ganamos todos y a veces vemos hundirse nuestros ideales. La vida política es sumamente imperfecta, pero quien ha vivido lo peor o lo más triste sabe qué es lo aceptable, lo tolerable, lo medianamente adecuado. Cuando muere Franco, todo se abre, todo es posible, todo es factible, en un país rezagado cuyos habitantes protestan y se aúpan.

Españoles, Franco ha muerto es una obra escrita y pensada para Punto de Vista Editores. No es una historia del franquismo, menos aún de la economía, la política o la cultura bajo el franquismo, tampoco es un estudio sobre la transición democrática. Pero tiene algo o bastante de esos períodos y tiene mucho de ensayo en el que aparecen películas, novelas o procuradores en Cortes. Un ensayo no es el género de la arbitrariedad. Es, por el contrario, la escritura del rigor, como decía Robert Musil, justo cuando no contamos con todos los medios para liquidar un objeto. Está escrito con ironía y con humor (¡a ver qué remedio!).

Sumario

Introducción
1. Historia y memoria
2. Vieja y nueva política
3. Parada cardíaca como final del curso de su shock tóxico por peritonitis
4. Franco, Franco, Franco
5. El franquismo. Fantasías animadas
6. Epílogo
Agradecimientos
Referencias bibliográficas básicas

El tiempo entre conjuras

La transición a la democracia en España es un proceso histórico que debemos examinar. No es preciso santificar o sacralizar lo que nuestros antepasados hicieron. Incluso nosotros, hoy en día, emprendemos acciones bien intencionadas que serán objeto de chanza o vilipendio por nuestros nietos. Ya los veo: ah, estos ancianos de 2015 parecían muertos de miedo. De hecho, cualquier cosa en la que se aventuraban era patéticamente cobarde. ¿Cobarde? ¿Cobardes?

A nuestros nietos sólo les pediremos, si es que estamos en condiciones de solicitar algo, un poquito de compasión, simpatía por los viejos diablos (sympathy for the devil) que cargaron con la maldad de los otros, con la perfidia de un régimen inicuo, la dictadura, el franquismo; y con un error frecuente en el que incurrimos: las cosas se pueden pactar, convenir. Llegaremos a un punto insatisfactorio, pero ese lastre podremos sobrellevarlo con honra. Algunos reprochan a las izquierdas y a la socialdemocracia sus abdicaciones y sus fantasías. No está mal. Deberían aplicárselo en primera instancia: muchos fueron novísimos maoístas de pro, cosa que no censuro; y otros fueron después bolivarianos, partidarios de Hugo Chávez.

Los jovencitos de la Transición pudimos errar con porfía, con obstinación, con mala fe incluso, en 1978 o en 2015, pero nuestra intención no era ciertamente angelical. Por favor que no nos tomen por tontos y por tantos. Nuestra actitud era mundana, sublunar. No aguardábamos la salvación. Nos conformamos con sobrevivir brava, llanamente, a y en un país equiparable a los del entorno, estados que estaban librando la Guerra Fría, naciones que respiraban malamente, con estertores: con conspiraciones, conjuras y fabulaciones sin cuento.

Podemos debatir sobre el principio de la Transición (1973 o 1975); podemos discutir sobre su final (1978 o 1982), sobre el curso de los acontecimientos, sobre el sentido que les damos. Ahora, eso sí: frente al revisionismo desnortado que hoy tanto abunda, fruto frecuente de la ignorancia o de la hostilidad, el historiador ha de observar los devenires ya pasados con gran cautela. Un historiador no es un archivero (profesión y facultativos a los que debemos casi todo).

Un historiador busca el sentido de hechos que no parecían tener conexión. Examina datos brutos que no nos satisfacen: es más, datos brutos que muy frecuentemente nos avergüenzan. Nacimos en un país lleno de cargas y de defectos, de servidumbres de paso. La ventaja de los llorones es que siempre pueden reprochar a otro el mal infligido. A nosotros, los peatones españoles, no nos queda más que caminar para llegar a una meta aceptable, nada egregia, y eso: española, qué quieren. Poca cosa.

Los investigadores miran los hechos principales de los que queda vestigio, en este caso los protagonistas de la democracia de 1978 (cuando se aprobó una Constitución que no nos avergonzaba)…, y algo aún más importante: los historiadores ponen el significado en el contexto en que las acciones humanas tienen lugar. No es ninguna broma. Es la tarea fundamental del analista.

Evaluar, aprobar o condenar fuera de contexto nos deja efectivamente ignorantes de la complejidad de las decisiones y realizaciones. Pero también nos impide averiguar lo que los propios protagonistas desconocían. La transición democrática española fue, por supuesto, una meta compartida desigualmente por numerosos agentes, por individuos de procedencias muy diversas. Ahora bien, el resultado no es exactamente el previsto.

Ni su motor fue el miedo, como indica alguien aventurándose con mucha arrogancia. La transición democrática no fue una cosa generacional, un compadreo, como algunos abuelos o jovencísimos reprochan. Fue una obra de gran finura, teniendo en cuenta la calidad de los recursos, la fatiga de los materiales para una arquitectura tan frágil y la inocencia de los recién llegados. Detrás estaba la CIA, claro. Eso se dice como cargo o reproche. Conclusión: no somos capaces de nada si no nos asisten los Servicios Secretos de Estados Unidos, de Francia, de Alemania y de Marruecos. No me pregunten por qué, por qué somos tan faltos, cortos, escuetos. Yo viví creyendo que el MI5 y el MI6 eran cosa de ficción. ¿Es entonces su existencia fruto de la conspiración?

Justo Serna (1959) es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia. En su dilatada trayectoria docente e investigadora se ha dedicado a áreas diversas, pero sobre todo ha trabajado en la historia social y cultural y en la historiografía, a menudo con su colega Anaclet Pons.

Dentro de tal colaboración destacaremos La ciudad extensa, un libro ya clásico que analiza el grupo social dominante en la ciudad de Valencia a mediados del siglo XIX. De cariz parecido es una obra más reciente Los triunfos del burgués. Estampas valencianas del Ochocientos (Tirant Lo Blanc, 2012).

En cuanto a los estudios de historiografía, hemos de citar Cómo se escribe la microhistoria (Cátedra, 2000) y La historia cultural. Autores, obras, lugares (Akal, 2013, segunda edición). Asimismo, también con Anaclet Pons, ha traducidos varios libros: como por ejemplo la conocida biografía de Fernand Braudel que elaboró Giulana Gemelli (Pasión por la historia), una larga entrevista con Natalie Zemon Davis, la versión catalana de El queso y los gusanos, de Carlo Ginzburg, así como la edición de ¿Qué es la cultura popular?, de Antonio Gramsci (PUV, 2011).

En el campo de la historia cultural es autor en solitario de varias obras como: Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004); Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (PUV, 2008); La imaginación histórica. Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos (Fundación Lara, 2012) y Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos (Fórcola, 2014).

Además, Justo Serna tiene numerosas publicaciones sobre la cultura de masas. Es autor o coautor de volúmenes sobre la vida del Ochocientos y Novecientos. Ha sido comisario de distintas exposiciones. Para Punto de Vista Editores escribe la serie CoolTure, con Alejandro Lillo. De momento tres volúmenes la integran: Young Americans (2014), Todo es falso (2014) y Más acá hay monstruos (2015).

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