Escritor a la espera (Diarios de los 80) | Punto de Vista Editores
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Escritor a la espera (Diarios de los 80)

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-56-3
Nº de páginas: 254


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

18,90 

Si en la década de los años 20 París, para Hemingway, «era una fiesta», en los años 80 Madrid no lo era menos. Un optimismo sin límite, una pulsión más provocadora que revolucionaria, un afán vanguardista e irreverente, una explosión estética que se reflejaría en multitud de revistas culturales y mestizas, en exposiciones, en el orgullo gay, en el primer cine de Almodóvar, de Trueba o Colomo. La mayor parte de los libros y documentos que aluden a la época nos muestran una sociedad recién nacida a la democracia, disfrutando de lo que el franquismo había prohibido o relegado, impulsando nuevos movimientos culturales alrededor de los nacientes gurús del rock (Nacha Pop, Alaska), de la estética punk, de locales que acabarían mitificándose como el Rockola.

Pero esa no era la sociedad real. La que hacía frente cada día a la vida cotidiana era una sociedad todavía no del todo convencida del éxito de la transición, asustada por el intento de golpe de estado del 23F y el terrorismo de ETA, sacudida por el paro, con grandes bolsas de marginación. España avanzaba lentamente en el proceso de construcción democrática y el viejo sueño progresista comenzaba a tener visos de realidad.

Nos dice Manuel Rico en el prólogo: «el valor de estas páginas no es el del diario de un literato, o de un escritor maduro, sino el de un escritor en formación, el de un hombre lleno de dudas respecto al futuro de su vocación, de un escritor a la espera al que, a la luz del paso del tiempo, descubro sorprendentemente lúcido.»

Mis años ochenta (Tentativa de prólogo)
1985
1986
1987
1988
1989-1990-1991
Índice onomástico

Mis años ochenta (Tentativa de prólogo)

I

La mayoría de las miradas restrospectivas que hacia la década de los años ochenta del pasado siglo proyectan medios de comunicación de toda índole, escritores, analistas o recopiladores de usos y costumbres, suele concentrarse en la convulsión estética que en medio de la propia década ya se conocía como la «movida». Madrid, Vigo, en parte Barcelona fueron los centros emisores de una nueva respiración cultural protagonizada fundamentalmente por quienes, jóvenes entre los veinte y los veinticinco años de edad, procedían de la explosión demográfica del baby boom: es decir, jóvenes nacidos entre 1960 y 1965. La mayor parte de los libros y documentos que aluden a la época nos muestran una sociedad recién nacida a la democracia, disfrutando de lo que el franquismo había prohibido o relegado, impulsando nuevos movimientos culturales alrededor de los naciente gurús del rock (Nacha Pop, Alaska), de la estética punk, de locales que acabarían mitificándose (Rockola especialmente) casi del mismo modo que en los sesenta se habían mitificado, por la gauche divine, bares como Boccacio en Barcelona u Oliver en Madrid.
Si en la década de los veinte París, para Hemingway, «era una fiesta», en los años ochenta Madrid no lo era menos. Un optimismo sin límite, una pulsión más provocadora que revolucionaria, un afán vanguardista e irreverente, una explosión estética que se reflejaría en multitud de revistas culturales —quizá la más emblemática fuera La luna de Madrid— y mestizas, en exposiciones, en el orgullo gay, en el primer cine de Almodóvar , de Fernando Trueba o Fernando Colomo.

II

Pero esa no era, en lo esencial, la sociedad real. La sociedad real, la que hacía frente cada día a la vida cotidiana era una sociedad todavía no del todo convencida del éxito de la transición, asustada por el intento de golpe de estado del 23-F, sacudida por el paro, temerosa de perder lo que con tanto dolor y sacrificio se había plasmado en la Constitución de 1978. Era una sociedad en la que, todavía, en las ciudades se mantenían grandes bolsas de marginación, en la que el chabolismo se extendía en sus periferias, en la que el paro era un fenómeno que se mostraba imparable (todavía duraban los efectos de la crisis del petróleo de 1973) y mes tras mes las cifras de desempleados ascendían. El terrorismo de ETA —también del GRAPO— golpeaba con saña con asesinatos de altos mandos militares que, lejos de alentar supuestas vías de liberación del pueblo vasco, acrecentaba las tentaciones golpistas en los cuartos de banderas y un miedo incierto al porvenir en grandes segmentos de la población. España —Madrid también— avanzaba lentamente en el proceso de construcción democrática y el viejo sueño progresista y regenerador comenzaba a tener visos de realidad gracias al primer gobierno socialista después de cuarenta años y al pacto de la izquierda en el conjunto de los ayuntamientos de España.
Pasear por los barrios periféricos de Madrid en los años ochenta suponía encontrar una realidad desoladora. Los polígonos industriales nacidos en los años 60, con el desarrollismo, sufrían de manera brutal la crisis económica y las fábricas y naves cerradas y medio demolidas formaban parte de un paisaje en decadencia, difícilmente emparentable con la democracia recién nacida. La droga, sobre todo la heroína —con la compañía del sida a partir de la mitad de la década—, que hacía mella en el mundo cultural, tuvo consecuencias desoladoras en los barrios deprimidos de Madrid. No era infrecuente la noticia de muertes de jóvenes por sobredosis y recuerdo todavía cómo un grupo de conocidos de barrio e inquietudes con los que compartí actividades y proyectos quedó reducido a la mínima expresión en menos de un lustro: casi todos sus integrantes murieron muy jóvenes a causa de la heroína en unos casos, en otros de alguna dolencia misteriosa que hoy, a la luz del tiempo transcurrido, yo identificaría con el sida.
También estaba la reconversión siderúrgica, y naval, y minera, y la nacionalización de Rumasa para hacer frente a la quiebra de una de las más extendidas estructuras empresariales de los últimos años del franquismo. Y el nacimiento del estado autonómico en medio de un mar de incomprensiones.

No todo era, ni mucho menos, movida madrileña. Ni optimismo inconsciente. Ni revolución estética.

III

Comencé a escribir las primeras notas de este diario, en la lejanísima primavera de 1985, no por gusto ni por necesidad de fijar sobre el papel mis obsesiones, sino por una motivación puramente funcional: casi un año antes había iniciado la escritura de mi primera novela, Mar de octubre (Fundamentos. Madrid, 1989), y esa tarea se había convertido, a lo largo de muchos meses, en una experiencia dura, casi tortuosa. Hasta entonces solo había escrito poesía y algún que otro relato, por lo que carecía de familiaridad con la prosa narrativa. Pensé que necesitaba dominarla con soltura y conocer sus secretos si quería perseverar en mi recién nacida vocación de novelista. «Nada mejor», me dije, «que escribir cada día un par de folios sobre lo que me pase por la cabeza». Así de simple fue la decisión.
De ese modo, a partir del 4 de marzo de 1985 y a lo largo de algo más de cinco años, fui desgranando esta colección de juicios, confesiones, análisis, recuerdos, estampas, reflexiones y testimonios a la que, siguiendo las convenciones y usos literarios, no dudo en calificar, hoy, de diario. Porque si en principio los textos fueron meros ejercicios retóricos, experiencias secretas de un aprendizaje narrativo, no tardaron en convertirse en parte de una necesidad: explicarme el sentido y la finalidad de mi escritura, entender la relación de esta con mi actividad política, entonces febril —era diputado, comunista, en la Asamblea de Madrid—, y recapitular sobre mi vida cotidiana, sobre cuanto leía, sobre una experiencia literaria que sentía tan poderosa como incumplida. Todos esos apuntes, mecanografiados unos y manuscritos otros, los fui guardando en una vieja y raída carpeta con el convencimiento de que habían cumplido con creces su papel y de que solo saldrían del escondrijo, algún día, para satisfacer una íntima curiosidad retrospectiva o para ilustrar a mis hijos sobre mis preocupaciones de entonces. Ni remotamente pensé, en aquellos años, en su publicación, por lo que la desidia, la edición de mis primeras novelas, el comienzo de mis colaboraciones como crítico literario en la prensa y el apremio de otras ocupaciones, factores decisivos para que las notas quedaran interrumpidas en 1991, ayudaron a que sobre la vieja carpeta se fueran acumulando otras carpetas con otros materiales muy distintos.
Fue hace casi dos décadas, a principios de 1999, mientras intentaba reordenar mi cuarto de trabajo, deshacerme de papeles inservibles y seleccionar varios lotes de libros para trasladarlos a la casa de Gargantilla, cuando me reencontré con la vieja carpeta. Habían transcurrido nueve años y una mudanza desde que dejara de estar visible en un lado de la mesa y el paso del tiempo había hecho que me olvidara por completo de su existencia. Por ello, aquel reencuentro tuvo mucho de sorprendente. También de resurrección. Leí algunos folios sueltos y me sentí atrapado por lo que el hombre de poco más de treinta años que yo era entonces había dejado escrito con motivo de un paseo por el casco viejo de Madrid en un día muy frío de 1986. Me llevé la carpeta al salón y comencé a leer las notas desde el principio. Entré en un mundo que sentía mío y a la vez ajeno. Entonces lo decidí: me empeñaría durante algunos meses en pasarlas a un archivo de ordenador, las corregiría estilísticamente y, si algún día lo consideraba oportuno, las publicaría.
Todo ello ocurrió en 1999. La pregunta que cabe hacerse ahora, a finales de agosto de 2018, es la siguiente: ¿Por qué decido revitalizar unos escritos que nacieron en 1985 con la finalidad meramente utilitaria descrita al principio? Por una razón: en ellos respira un tiempo doble. De un lado, el tiempo colectivo de una década cruzada por grandes mutaciones políticas, culturales, sociales en un país que estaba construyendo y consolidando la democracia; de otro, el tiempo íntimo (mi tiempo) de un escritor que se debatía entre la dedicación política y la literatura y que solo había publicado un libro de poemas. Por tanto, el valor de estas páginas no es el del diario de un literato, o de un escritor maduro, sino el de un escritor en formación, el de un hombre lleno de dudas respecto al futuro de su vocación, de un escritor a la espera al que, a la luz del paso del tiempo, descubro sorprendentemente lúcido.

IV

A lo largo de los tres o cuatro meses que dediqué a pasar a ordenador los textos manuscritos, me di cuenta de que, de manera muy sutil, las anotaciones evolucionan desde la exhaustividad en la descripción de mundos diversos en el primer año (el barrio, mi experiencia cotidiana, la realidad social, literaria, política…) hacia la omnipresencia de la dedicación literaria, con la consiguiente preocupación por el futuro editorial de mis escritos, en los más recientes. Ese proceso se acompaña, también, de una paulatina pérdida de la regularidad con que, en el primer tramo, de marzo a diciembre de 1985, llenaba las páginas del cuaderno. Es como si a la par que me familiarizaba con la prosa, tanto en la escritura de nuevas novelas como en la de artículos y críticas, la función utilitaria con que nació el diario se hubiera ido perdiendo. El lector puede, así, observar que mientras las anotaciones correspondientes a 1985 ocupan casi la mitad del libro, las de 1986, 1987 y 1988, juntas, tienen una extensión similar a la de aquel año. No es casual, por ello, que el último apartado, el que abarca el período comprendido entre 1989 y 1991, alcance a duras penas las veinticinco páginas.
La revisión del diario después de tantos años me ha obligado a forzar la memoria y a revisar mis caóticos archivos para aclarar no pocos extremos dudosos (para quien esto escribe, es obvio, pero mucho más para el lector) de mi relato. Para evitar confusiones y, sobre todo, para aclarar el sentido de algunas referencias, he incorporado una serie de notas a pie de página. Contribuirán, de seguro, a completar esta fragmentaria y subjetiva crónica de un tiempo tan emocionante y enriquecedor como extraño.

M. R.

Manuel Rico (Madrid, 1952) es poeta, narrador y crítico literario. Licenciado en Periodismo, ha colaborado en diversos diarios y revistas (El Mundo, Cuadernos His- panoamericanos, Ínsula, Letra Internacional, Mercurio, Turia…). Ejerce la crítica de poesía en Babelia, del diario El País. Es autor, entre otras obras, de los libros de poe- mas La densidad de los espejos (1997 y 2017), Donde nunca hubo ángeles (2003), Fugitiva ciudad (2012) y Los días extraños (2015). La mujer muerta (2000 y 2011), Los días de Eisenhower (2002), Verano (2008), y Un ex- traño viajero (2016) son sus últimas novelas. Es autor del ensayo Memoria, deseo y compasión (2001) sobre la poesía de Vázquez Montalbán y de los libro de viajes Por la sierra del agua (2007) y Letras viajeras (2015). Dirige la colección de poesía de Bartleby Editores y es- cribe sobre política y cultura en el diario digital Nueva Tribuna. Ha obtenido, entre otros, los premios de poe- sía Hispanoamericano Juan Ramón Jiménez de 1997 y Premio Internacional Miguel Hernández de 2012. Sus poemas han sido traducidos al inglés, al rumano, al búlgaro, al italiano y al alemán. Desde 2015 preside la Asociación Colegial de Escritores (ACE).

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