El pasado no existe | Punto de Vista Editores
Cart 0
elpasado-510x652

El pasado no existe

Dimensiones: 14×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-15930-33-4
Nº de páginas: 230

Cómpralo en digital


Nota: Gastos de envío gratuitos a nivel mundial.

17,90 

¿Qué es la historia? En algún momento del tiempo se llegó a pensar que era una disciplina inútil, como si solo fuera un saber ornamental. Investigar acerca del pasado reciente o remoto no es un pasatiempo, es una actividad práctica que ayuda al individuo y a la colectividad. Pero la historia no es, no puede ser, como la mala medicina, que le dice al paciente solo lo que él quiere escuchar. El pasado es inerte, fatal, algo que no se puede reproducir. El pasado no existe pero quedan vestigios, restos de acciones, huellas pretéritas que se rememoran con un sentido actual, no siempre coincidente con el que tuvieron.

Justo Serna, historiador cultural y catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia, hace en este libro una defensa del oficio de historiador como docente y de la historia como disciplina, ya que la adquisición de una cultura histórica ayuda a saber la clase de individuos que somos o aspiramos a ser.

Primera parte. El pasado no existe
El espejo del mar
Una persona educada
El túnel del tiempo
Un hombre en la oscuridad
El siglo XX explicado a los jóvenes
El historiador Antoine Roquentin
Leer
Escribir
Una buena historia
El pasado es un país extraño
Paradiso
La historia no es una disciplina inútil
Aténgase a los protocolos
La historia y los artificieros
Historia y memoria
La magdalena de Proust
El investigador no se resigna
El refugio de la memoria
Pluralismo

Segunda parte. ¿Qué es la historia?
La historia depende. ¿De qué depende?
Ni pintoresca ni fatal
Pasado y porvenir
El historiador, otra vez
Cultura, documento y contexto
El historiador que sabe
¿Qué es la historia?
Robinson en contexto
El jerarca inverosímil
Sobre la utilidad y abuso de la historia
¿Hay que festejar el día nacional?
El dolor por los muertos
Presente continuo

Tercera parte. El historiador se confiesa
Defensa del oficio
Lo que me queda de Marx
El historiador entrevisto
Por qué han de opinar los historiadores…
Auparse a la columna
Historia e imaginación
Por qué todo tiene que acabar
El malentendido
Finalmente, soy historiador
Agradecimientos y referencias bibliográficas

Primera parte
El pasado no existe

El espejo del mar

Decimos de alguien que es una persona educada cuando vemos que respeta las formas, cuando el individuo se muestra cortés, cuando desarrolla sus propias facultades o cuando se forma en un saber refinándose con esfuerzo. Ahí lo vemos reflejado en un espejo. Si aceptamos esa descripción, podríamos añadir que la educación puede medirse. Hay gente mejor o peor educada, gente que se vale de recursos o gente que se abandona. Y hay gente, en fin, que carece de principios y de conocimientos.

Los principios, que son valores con los que nos guiamos, nos los inculcan; los conocimientos, que son datos operativos con los que emprendemos esta o aquella actividad, nos los transmiten. De entrada, esos principios y conocimientos son comunes, fruto de la experiencia colectiva, y, por tanto, son producto de la instrucción que se nos da en casa y en la escuela, de las lecciones que nos imparten en la familia y en la academia.

Pero inmediatamente hay que precisar que los principios y los conocimientos varían de acuerdo con las experiencias y con las expectativas personales. Los individuos que reciben la misma educación pueden responder de modo diferente. Además, esos principios y conocimientos varían, pues acaban dependiendo de las culturas, de los contextos siempre mudables: lo que en un país puede ser una falta de urbanidad o una desastrosa decisión, en otro es un gesto de amable cordialidad o una opción sensata; lo que en un tiempo puede ser un mal hábito, en otro es una rutina aceptada.

La época contemporánea es el momento de la educación. Eliminadas las barreras estamentales del Antiguo Régimen e instaurados los derechos jurídicos, políticos y sociales tras una larga lucha, el saber y el mérito fueron factores de ascenso y de movilidad. Uno podía esperar lo mejor si era aplicado y si se le daban las mismas oportunidades. De su afán, de su diligencia, podía sacar provecho para el día de mañana. Había posibilidades más o menos confirmadas: quienes mejor educados estaban, más expectativas de progreso y prosperidad albergaban.

Hasta hace poco las cosas funcionaban así. La educación se recibía en la familia y en la escuela y los objetos de la transmisión eran datos y reglas, informaciones y normas. Servían para entender el mundo y para descubrir el papel que nos correspondía: servían para conducirnos. En todo el sentido de la expresión, nos permitían gobernarnos sabiendo cuál era nuestra posición y cuáles nuestras posibilidades. Nos permitían averiguar cuál era nuestra facultad y cuáles nuestras habilidades.

Nos adaptábamos, nos ajustábamos y a la vez el patrimonio recibido nos valía para aventurarnos, esperando quizá esa mejora; por ejemplo, superar a nuestros mayores. En parte, vivir era eso: aprovechar algo de lo que nos legaban para emprender el propio camino, para experimentar. Pero el marco estaba claro, las posibilidades eran más o menos ciertas y, salvo extravío, terquedad o mala suerte, el individuo educado se hacía su vida recibiendo además un pago inmaterial: la recompensa de las cosas bien hechas.

Todas estas cosas la explicó muy bien Joseph Conrad en El espejo del mar. Allí narra sus experiencias a bordo de distintos veleros. El marino del ochocientos aprendía un lenguaje y una práctica, se enfrentaba con destreza adquirida a los azares del oleaje y los vientos. Era el suyo un saber técnico y práctico, algo en lo que había sido instruido: principios y conocimientos con los que gobernar la nave y con los que gobernarse.

El mar parecía ciertamente inmenso y caprichoso, y la tripulación tenía que aplicarse para sobrevivir, para llevar a su destino la mercancía. O, en otros términos, para completar el negocio. Cada uno tenía su papel y, por supuesto, había expectativas: se podía ascender hasta comandar un navío. En cualquier caso, añadía Conrad, el buen marino esperaba algo más, algo que no se podía medir; es decir, la satisfacción del trabajo bien hecho.

«Hay un tipo de eficiencia, sin fisuras prácticamente, que puede alcanzarse de modo natural en la lucha por el sustento», indicaba. «Pero hay algo más allá: un punto más alto, un sutil e inconfundible toque de amor y de orgullo que va más lejos de la mera pericia; casi una inspiración que confiere a toda obra ese acabado que es casi arte, que es el arte», concluía Conrad. Hablaba, sí, de la recompensa material y hablaba del esmero: si sabemos hacer bien las cosas, ¿para qué hacerlas mal, apresuradamente, sin amor ni orgullo? Si podemos gobernar un velero con las artes marineras, ¿para qué hacerlo desmañada, incompetentemente?

Joseph Conrad tenía toda la razón cuando decía lo que decía y la metáfora del mar era para él la ilustración de la vida. El problema es que cuando Conrad nos cuenta todo eso, hacia 1906, el mundo estaba cambiando: el velero es ya una circunstancia del pasado y la educación de los marinos no sirve para la navegación de los vapores, que se imponen en el negocio mercantil.

Siglo y pico después, nuestra situación es tan desconcertante como la de Conrad. Los mayores aprendimos a manejarnos en un mundo en el que los conocimientos y las técnicas se transmitían con jerarquía y orden, en el que los saberes se conservaban y valían, en el que los datos duraban, en el que la experiencia era un patrimonio creciente. Teníamos capitanes que comandaban ese aprendizaje y que vigilaban el trabajo de la tripulación. Hallábamos, además, puertos seguros. ¿Que había marinos díscolos o malas singladuras? ¿Que había fatalidades y derrotas erróneas? Cierto, pero el mar bravío, lo real, aún podía entenderse con la educación.

¿Qué nos encontramos ahora? Un mar sin límites en el que no siempre sabemos aventurarnos. La realidad se nos ha desbordado y la red parece capturarlo todo. Navegamos por internet, un océano sin amarres firmes que además amenaza con anegarnos. Es tal la cantidad, es tal el flujo y es tal el oleaje, que solo con dificultades podemos bracear. Ni veleros ni vapores. Parece que no nos vale el antiguo saber y que la pericia técnica que podemos adquirir pronto será reemplazada por informaciones innumerables, tantos datos que nos ahogan.
En esa circunstancia, la familia se ve desbordada: sus muchachos se lanzan a internet, ese mar incógnito. Y la escuela no puede aportar y aprontar todas las informaciones buenas o malas, esas piezas que ellos atrapan en la red. La tradicional insolencia juvenil parece ahora más extendida e irreparable. Es como si los alumnos tuvieran a un preceptor salvaje dando mal ejemplo o a un proveedor munífico proporcionándoles de todo con largueza: confirmándoles sus caprichos.

La impresión es de derrota, una época desarbolada. Algunos añoran los viejos tiempos, cuando un sencillo bofetón podía frenar el descaro o corregir la mala educación, cuando la autoridad del capitán era indiscutible, cuando los saberes técnicos se aprendían para luego ser aplicados eficazmente. Por supuesto, esa melancolía ni es sana ni es pedagógica. Los azotes no hacían a alguien buen marinero. Tampoco la simple amenaza.

Lo que mejoraba era el ejemplo que el capitán y los oficiales daban, personas dotadas —dice Conrad— «de esa pericia que llega a ser arte gracias a un continuado esfuerzo», gracias a una «suprema, vívida excelencia». Quizá el comandante no lo sabía todo, pero su rectitud y su probidad, los criterios firmes de que se servía, eran el espejo en el que poder mirarse.

Eso es lo que precisan nuestros muchachos y los adultos: el reflejo de lo mejor. Y eso siempre lo han proporcionado los ancianos, los padres, los maestros, los aventureros, todos los que no se resignan a vivir la travesía con impotente amargura. Y para eso está la imaginación, la literatura de aventuras.

Y la historia, la lectura del pasado, de ese pasado ya inerte que aún nos instruye, de ese tiempo ya desaparecido que nos ilustra. Las cosas hechas en tiempos pretéritos no nos ahorran el esfuerzo de afrontar ahora los desafíos. Cada momento es excepcional y solo por analogía podemos compararlo con instantes de otra época. Voy a argumentar esta tesis aparentemente sencilla. Permítaseme desarrollarla en las páginas que siguen.

Justo Serna (1959) es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Valencia. En su dilatada trayectoria docente e investigadora se ha dedicado sobre todo a la historia social y cultural y a la historiografía. Entre sus obras destacamos Cómo se escribe la microhistoria (Cátedra, 2000), La historia cultural. Autores, obras, lugares (Akal, 2005, 2013) y Los triunfos del burgués. Estampas valencianas del Ochocientos (Tirant Lo Blanc, 2011), todas ellas junto a Anaclet Pons. En el campo de la historia cultural es autor de Pasados ejemplares. Historia y narración en Antonio Muñoz Molina (Biblioteca Nueva, 2004), Héroes alfabéticos. Por qué hay que leer novelas (PUV, 2008), La imaginación histórica. Ensayos sobre novelistas españoles contemporáneos (Fundación Lara, 2012), Antonio Muñoz Molina. El tiempo en nuestras manos (Fórcola, 2014) y Antonio Muñoz Molina. La letra pequeña (Sílex, 2016). Además, Justo Serna tiene numerosas publicaciones sobre la cultura de masas. Para Punto de Vista Editores escribe la serie CoolTure junto a Alejandro Lillo. De momento tres volúmenes la integran: Young Americans. La cultura del Rock, 1951-1985 (2014), Todo es falso salvo alguna cosa. Observaciones sobre el mundo contemporáneo (2014) y Más acá hay monstruos. Historia cultural (2015). También ha publicado Españoles, Franco ha muerto (Punto de Vista Editores, 2015).

Cubierta: Descargar

Ficha del libro: Descargar