El libro de las palabras robadas (ebook) | Punto de Vista Editores
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El libro de las palabras robadas (ebook)

Entre la intriga y la novela negra, página a página vamos descubriendo la fascinante vida del padre de Elio, el protagonista de la historia, el enigmático personaje de Dalila Beniflah, los viajes a Tetuán y a otras misteriosas ciudades, qué significa Tánger para ellos, el pasado errático y misterioso de Arturo Kozer, los intereses ocultos de Joan Gilabert qué significan Marco y Sara, el hijo y la mujer de Elio, en la vida del protagonista y el verdadero secreto de El libro de las palabras robadas, un codiciado y misterioso manuscrito, hasta llegar a un desenlace imprevisible. Con gran maestría el autor de esta novela teje una historia de intrigas y misterios que hará las delicias de los amantes del género.

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Entre la intriga y la novela negra, página a página vamos descubriendo la fascinante vida del padre de Elio, el protagonista de la historia, el enigmático personaje de Dalila Beniflah, los viajes a Tetuán y a otras misteriosas ciudades, qué significa Tánger para ellos, el pasado errático y misterioso de Arturo Kozer, los intereses ocultos de Joan Gilabert qué significan Marco y Sara, el hijo y la mujer de Elio, en la vida del protagonista y el verdadero secreto de El libro de las palabras robadas, un codiciado y misterioso manuscrito, hasta llegar a un desenlace imprevisible. Con gran maestría el autor de esta novela teje una historia de intrigas y misterios que hará las delicias de los amantes del género.

BIOGRAFÍA DEL AUTOR
ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS
ARTURO KOZER
FRANCESCA
UN LIBRO MISTERIOSO
LA AMENAZA
LA FOTO DE TETUÁN
NO HAY NADA ESCRITO
LA CARTA ANÓNIMA
UN DETECTIVE JUBILADO
TODOS TENEMOS SECRETOS
LA VERDAD SEGUÍA SEPULTADA POR EL LODO
TRANSFUSIÓN DE RECUERDOS
LA HABITACIÓN 606: LA CAJA DE PANDORA
DALILA Y EL RUBIO
ATANDO CABOS
TODOS LOS LIBROS PERDIDOS
LA HERMANDAD
LA SUPLANTACIÓN
HUYENDO DEL PASADO
LA ÚLTIMA DEUDA

ÁGATA Y EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS

Moses Shemtov estaba de pie dándome la espalda con las manos metidas en los bolsillos y las piernas entreabiertas, su figura achaparrada silueteada contra el ventanal. Presumí que, desde la privilegiada atalaya de su consulta, sus ojos se perdían en el boulevard: el mirador con los viejos cañones vigilando el mar, la boca del puerto, su pasado glorioso. Apenas me había dirigido unas palabras pero yo sabía que mi inesperado regreso le había alegrado.

−Dime, ¿quién era ese cuarto espectro que viste tras tu madre? −preguntó quedamente al girarse.

Nos miramos. No iba a decírselo y él lo sabía. Cuando sacó el móvil, dejé de respirar unos segundos como si mi sangre se hubiera congelado, y noté que algo en mi vida llegaba a su final, que ya no habría vuelta atrás. Pero hasta ese momento las cosas no habían sido tan fáciles.

Comencé a hablarle por primera vez del asunto varias semanas después de que Sara sugiriera que lo visitase, cuando ella comprendió que, pese al códice, si no hacía algo al respecto nuestro pequeño mundo podría llegar a quebrarse en cualquier momento. En esos instantes mi relación con Sara parecía naufragar sin remedio, y yo, por supuesto, no estaba dispuesto a que las circunstancias nos vencieran, quería luchar por ella, tenía que vencer por ella. Merecía la pena, era lo único que realmente merecía la pena porque ya sabía entonces que Sara lo significaba absolutamente todo para mí.

Las sesiones anteriores habían servido para tantearnos, para que Moses Shemtov se hiciera una idea de con quién bregaba. Le costó trabajo ganarse mi confianza, pero una vez que lo hubo logrado mi incontinencia verbal fue mi válvula de descompresión. Era un hombre listo, experimentado, aunque me resultaba extraño que siguiera ejerciendo en la ciudad. No había podido librarse de su embrujo, supongo, y con setenta y tres años seguía ahí, al pie del cañón, pese a las habladurías.

Le conté a Moses que había encontrado a mi madre recostada en un diván de cuero, con un vago aire de melancolía, vestida tan solo con unas enaguas blancas de encajes bordados a mano y con una fina medalla de oro al cuello. Y que también la había visto en ropa interior, arrebatadora. Le conté que siempre llevaba el cabello suelto y lacio sobre sus hombros desnudos, como una modelo de los sesenta que posara para David Hamilton. En las ocasiones en las que ella había aparecido, lo había hecho con no más de veinticuatro años, la edad con la que me tuvo. La sensación que me producía era como la de estar observándola mientras se movía en el interior de un diminuto acuario. Si me hablaba, jugueteaba con el pelo enredando las puntas entre sus dedos, que luego se deshacían solas. También le confesé que, en todas esas veces que la había descubierto en el interior del espejo de mi dormitorio, había tenido la sensación de que mi madre tenía la piel más blanca de como la recordaba, quizá porque ahí era más joven, y que sus labios irradiaban una sensualidad excesiva. Fuera como fuese, lo cierto es que, salvo la primera vez que sucedió, cuando terminábamos de hablar no me planteaba si podía tratarse de una alucinación o no, simplemente era algo que ocurría, sin más; y esos encuentros dejaban un sabor dulce en mi boca.

Moses me miraba ahora sentado frente a mí, con las piernas cruzadas, sus ojos caídos protegidos por la montura de las gafas, moviendo entre los dedos su bolígrafo de oro. Hasta ese día no había conseguido nada en absoluto salvo mis confusas divagaciones, pero ahora todo era diferente.

−¿No crees que sería conveniente que comenzaras por el día en el que la viste por primera vez? Quiero decir por el día en el que te reencontraste con ella… −añadió frunciendo el ceño.

−Me parece bien –dije, asintiendo con la cabeza. Y me puse a hablar…

Ágata (nunca la llamamos mamá) resurgió el mismo día en el que su marido, mi padre, amenazó a una mujer con robarle el bolso y se presentaba mi tercera novela. Fue un día de enero, desapacible, con las nubes bajas y encapotadas en un cielo gris. Había una especie de tristeza natural que deslucía el color de los edificios, y las calles aparecían inusualmente solitarias. Recuerdo que habíamos llegado a la consulta del doctor Cascales cinco minutos antes de la cita fijada, aunque no entramos hasta una hora después. El tiempo se nos echaba encima.

Mi padre no paró de protestar desde que llegamos y se mostró especialmente inquieto con algo que yo no era capaz de adivinar. Cuando le preguntaba qué le ocurría, se limitaba a refunfuñar y a mirar para otro lado.

Yo tenía que estar a las ocho y media en la Librería Proteo, no podía fallar a la presentación de mi propia obra, así que también me pasé buena parte de la espera mirando al reloj. Damián no me acompañaría, no lo había hecho con las dos primeras novelas así que tampoco podía esperar un cambio a estas alturas. Mi padre no me perdonaba que para firmar mis libros hubiese eliminado su apellido… Él se llamaba Damián Urrea… En fin, yo prefería utilizar el de Ágata: Vázquez. Cuando comencé a hacerlo pensé que era un bonito homenaje a mi madre y a su mujer, pero él nunca supo apreciarlo.

La cita con el oculista la había concertado mi hermana Silvia mucho antes de que supiéramos que ese mismo día El libro de las palabras robadas comenzaría a dar sus primeros pasos, de manera que había decidido cumplir con el trámite del especialista y luego marcharme de inmediato al acto. A eso de las siete menos veinte llegó por fin nuestro turno.

Me incorporé, dejando la gabardina junto a mi padre, para seguir a la enfermera por el corredor. Damián vio cómo me alejaba alzando apenas los ojos de la revista de decoración que ojeaba sin interés desde hacía una hora. Me di cuenta de que él clavaba sus ojos en las piernas de la mujer que estaba sentada en el otro sillón de la sala de espera, con tal fijeza que ella se removió en el sillón. También intuí que le había dedicado alguna palabra entre dientes, pero lo vi hundir de nuevo su mirada en el mobiliario de las casas americanas de la Florida.

El caso es que, cuando el doctor Cascales terminaba de comprobar mi visión, y ya me guardaba en el bolsillo de la camisa la cartulina con mis nuevas dioptrías, la puerta se abrió de golpe y la enfermera asomó la cabeza visiblemente alterada.

−Señor Urrea, venga enseguida…

La alarma en su voz hizo que yo diera un salto, convencido de que algo le había ocurrido a mi padre. Pero en cuanto llegué a la sala de espera, lo encontré cómodamente sentado con la misma revista entre las manos. La única variación que aprecié a vuelo pluma fue que ahora ocupaba el sillón en el que antes estuviera sentada la mujer que había dejado aguardando su turno.

Sergio Barce (1961) es licenciado en Derecho. Toda su infancia transcurrió en Larache (Marruecos), y desde 1973 vive en Málaga.
Ha publicado los libros de relatos Últimas noticias de Larache y otros cuentos (Aljaima, Málaga, 2004) y Paseando por el Zoco Chico (Ediciones del Genal, Málaga, 2015). Y ha participado en varios libros colectivos también de relatos: Sesión continua (2013), Animales en su tinta (2013), Último encuentro en BiblioCafé (2014) y Por amor al arte (2014), todos ellos publicados por Jam Ediciones/Generación BiblioCafé, de Valencia; El Protectorado español en Marruecos: la historia trascendida (Iberdrola, Bilbao, 2013) y La narrativa tenía un precio (Ed. Playa de Ákaba, Almería, 2016).
Barce es autor de varias novelas, entre ellas: Sombras en sepia (Pre-Textos, Valencia, 2006), que fue galardonada con el Primer Premio de Novela Tres Culturas de Murcia; Una sirena se ahogó en Larache (Círculo Rojo, Almería, 2011), con la que fue finalista del Premio de la Crítica de Novela de Andalucía 2012, o La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal, Málaga, 2015), novela finalista tanto del Premio Vargas Llosa 2012, como del Premio de la Crítica de Novela de Andalucía 2016.
Colabora igualmente en revistas culturales y literarias tanto de España como de Marruecos.

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