El Grial cátaro (ebook) | Punto de Vista Editores
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El Grial cátaro (ebook)

La obra empieza en Octubre de 2014, cuando un guardia aparece degollado en medio del yacimiento arqueológico donde se desarrolló la batalla de El Puig en el siglo XIII. Este evento sirve de punto de partida para lo que sigue. Javier Claramunt, director de la excavación y Mario Tejedor, se verán envueltos en una serie de acontecimientos que no solo están relacionados con el crimen, si no también con una misteriosa reliquia cristiana.

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La obra empieza en Octubre de 2014, cuando un guardia aparece degollado en medio del yacimiento arqueológico donde se desarrolló la batalla de El Puig en el siglo XIII. Este evento sirve de punto de partida para lo que sigue. Javier Claramunt, director de la excavación y Mario Tejedor, se verán envueltos en una serie de acontecimientos que no solo están relacionados con el crimen, si no también con una misteriosa reliquia cristiana. La novela narra de forma paralela las aventuras de los arqueólogos para resolver el misterio y las aventuras del caballero Pedro Pertusa. Esta búsqueda les acabará conduciendo hacia la verdad que encierra la excavación, y quien sabe, quizá de ellos mismos.

Madrugada del miércoles 8 al jueves 9 de octubre de 2014

En la localidad de El Puig la noche se presenta oscura, a pesar de que hay luna llena, dado que el cielo se halla completamente cubierto de nubes. La madrugada es además fría, un húmedo viento de Levante provoca que cualquiera se quede congelado, la sensación térmica se sitúa incluso unos cuantos grados centígrados por debajo de la temperatura real, algo muy común en el litoral valenciano.

En las proximidades de las ruinas del castillo medieval del municipio, los primeros volúmenes de tierra de lo que es una excavación arqueológica aparecen amontonados en un recinto rudimentariamente vallado que acota la zona de trabajo donde se pretende desenterrar más pistas sobre lo que realmente ocurrió allí a mediados de agosto de 1237. En esta localización tuvo lugar un sangriento combate que enfrentó a dos ejércitos muy diferentes: las huestes de la Cruz contra los infieles musulmanes. El campo de batalla se llenó aquel día de cadáveres. Se trataba sobre todo de jinetes islámicos, el grueso de la caballería de la taifa de Valencia, que allí yacieron incluso con sus cabalgaduras.

Y otro muerto más se añadiría a los ya presentes. Éste tardaría en llegar, pero llegaría, concretamente setecientos setenta y siete años después. Y moriría exactamente en ese mismo lugar, aunque en pleno siglo XXI. Caería en la zanja, abierta por el equipo de arqueólogos del yacimiento, sin yelmo, cota de malla, ni espada. En su lugar una gorra, un uniforme, una porra y una pistola que de poco le servirían.

Un extraño en la noche viste un grueso abrigo claro. Se trata de un individuo de aproximadamente cincuenta años de edad, alto, de unos ciento ochenta y cinco centímetros, y de complexión robusta. Pasea sigilosamente por las afueras del pueblo, bien protegido del frío ¿No lleva demasiada ropa si tenemos presente que estamos en octubre? Refresca, pero tampoco es como para ir cubierto hasta los tobillos ¿Es un abrigo? No, más bien parece un manto o túnica, es más, casi podría afirmarse que se trata de una especie de hábito.

Mientras tanto, Félix se enciende un cigarrillo que acaba de liar.

−Me queda nada para acabar el turno −debe pensar−. Con lo ciego que voy paso de hacer otra ronda más, no me tengo en pie ¡Y me estoy meando! −estas dos últimas frases las pronuncia en voz alta.

Es entonces cuando se quita hasta el cinturón, lo deja por ahí tirado y se marcha hacia un montículo de tierra, lugar que no le queda demasiado lejos. Menos mal, pues su estado de embriaguez no le permite caminar demasiado. En esos momentos comienza a orinar para dar salida a las cervezas que todavía no ha evacuado. Tiene la boca seca después de tanto porro de marihuana y, en el fondo, es normal que haya bebido algo. En el estado en el que está no es de extrañar que no llegue a escuchar nada cuando alguien se le aproxima por la espalda y le corta la garganta con un afilado cuchillo. No obstante, antes de caer a la zanja ensangrentado y prácticamente sin vida este hombretón de más de cien kilos de peso aún tiene tiempo para aferrarse con fuerza a una de las mangas de la extraña indumentaria del asesino, la cual finalmente se desgarra y cae junto a Félix en su improvisada tumba. Un silencio sepulcral rodea la excavación y al municipio entero. Nadie ha reparado en lo que le ha pasado al desgraciado Félix ¡Era un buen día para dejar de fumar! Al menos podría haber evitado meterse en el cuerpo esos “cigarritos de la risa” que hacen que uno no esté en lo que tiene que estar.

Dan las cuatro y media de la mañana.

Cristina Durán y David Barreras, nacidos en Ferrol y París, respectivamente, son licenciados, ella en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela, él en Tecnología de Alimentos por la Universidad Politécnica de Valencia. David es además ingeniero en Industrias Alimentarias, aunque, no obstante, ha podido dedicarse desde 2007 a lo que es su gran pasión: la historia. Si Cristina se ha especializado en historia antigua, David lo ha hecho en historia medieval. Han colaborado conjuntamente en distintos proyectos de historia, en varios de los cuales se encuentra muy presente el periodo de transición que se sitúa entre la Antigüedad tardía y la Alta Edad Media. Son coautores de cuatro libros (Breve historia de los cátaros, por ejemplo, o Breve historia del feudalismo) y varios artículos, para la escritura de los cuales han aprovechado sus numerosos viajes por buena parte del ámbito mediterráneo.

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