Diarios completos | Punto de Vista Editores
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Diarios completos

Dimensiones: 15×24 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-24-2
Nº de páginas: 448

23,90 

Existen muchas razones por las cuales un escritor comienza a escribir un diario: un ejercicio de catarsis y liberación de sus propios demonios, una necesidad imperiosa de plasmar recuerdos o pensamientos, o una manera de recordar y hacer duraderos los eventos vividos.

Manuel Rico nos presenta en sus diarios un testimonio revelador de dos etapas históricas para España. La primera, durante los años 80, donde el optimismo sin límites se enfrenta a la realidad de una sociedad pacata y miedosa sacudida por el 23F, el paro y las grandes bolsas de marginación. Mientras, en los 2000, asistimos a un inicio dramático de este nuevo siglo marcado por el terrorismo internacional y la profunda transformación de las ciudades. Un periodo tormentoso y extraño, vivido entre la perplejidad de los cambios y la satisfacción de los logros personales.

Escritos con honestidad y sencillez, el autor traza en sus Diarios un recorrido por las mutaciones políticas, culturales y sociales de un país que durante estos años construye y afianza la democracia. Su dedicación política y la literatura marcan su trayectoria vital. Como autor y como crítico literario asistimos a la escritura de sus novelas y de su poesía mientras reflexiona sobre el proceso de creación literaria y sobre las lecturas que marcaron su formación como escritor.

A modo de prólogo

Son muchas las razones por las cuales un escritor comienza a escribir un diario. No menos, seguramente, que las que hacen que un buen día ese hábito desaparezca dando paso a un período de estiaje que, a su vez, deriva, pasados los años, en un retorno al diario. Esa casuística es lo que refleja este libro: en la primera parte, mis diarios de los años ochenta, escritos entre marzo de 1985 y noviembre de 1991; y, en la segunda parte, los diarios cuya escritura inicié en julio de 2000 y finalicé en los compases últimos de la década. En medio, diez años de sequía «diarística» solo explicable por la escasez de tiempo y por la ocupación del poco de que dispuse en un ensayo sobre poesía —escribí en esos años varias ediciones críticas y un libro sobre la poesía de Manuel Vázquez Montalbán— y tres novelas. Se presenta aquí, por primera vez, la edición completa y definitiva, en un solo volumen, de todos mis diarios.
Los años ochenta y mi peculiar «movida»
Comencé las primeras notas de los correspondientes a los ochenta en la lejanísima primavera de 1985 por una motivación puramente funcional: casi un año antes había iniciado la escritura de mi primera novela, Mar de octubre (Fundamentos, Madrid, 1989), y esa tarea se había convertido, a lo largo de muchos meses, en una experiencia dura, casi tortuosa. Hasta entonces solo había escrito poemas y algún que otro relato, por lo que carecía de familiaridad con la prosa narrativa. Pensé que necesitaba dominarla con soltura y adquirir el hábito de la continuidad si quería perseverar en mi recién nacida vocación de novelista. Dicho de otro modo: «Hacer pluma». Así, a partir del 4 de marzo de 1985 y a lo largo de algo más de cinco años, fui desgranando la colección de juicios, confesiones, análisis, recuerdos, estampas, reflexiones y testimonios que se despliegan en la primera parte de este libro. Aunque en principio fueron meros ejercicios retóricos, experiencias secretas de un aprendizaje narrativo, no tardaron en convertirse en parte de una necesidad: explicarme el sentido y la finalidad de mi escritura, entender la relación de esta con mi actividad política, entonces febril, y recapitular sobre mi vida cotidiana, sobre cuanto leía, sobre una experiencia literaria que sentía tan poderosa como incumplida. Todos esos apuntes, mecanografiados unos y manuscritos otros, los fui guardando en una vieja y raída carpeta con el convencimiento de que habían cumplido con creces su papel y de que solo saldrían del escondrijo, algún día, para satisfacer una íntima curiosidad retrospectiva o para ilustrar a mis hijos sobre mis preocupaciones de entonces.
Fue hace algo más de dos décadas, a principios de 1999, mientras intentaba reordenar mi cuarto de trabajo, deshacerme de papeles inservibles y seleccionar varios lotes de libros para trasladarlos a la casa del valle del Lozoya, cuando me reencontré con la vieja carpeta. Aquel reencuentro tuvo mucho de sorprendente. También de resurrección. Leí algunos folios sueltos y me sentí atrapado por lo que el hombre de poco más de treinta años que yo era entonces había dejado escrito con motivo de un paseo por el casco viejo de Madrid en un día muy frío de 1986. Me llevé la carpeta al salón y comencé a leer las notas desde el principio. Entré en un mundo que sentía mío y a la vez ajeno. Entonces decidí pasar aquellos textos a un archivo digital, corregirlos estilísticamente y dejarlos en stand-by por si algún día consideraba oportuno publicarlos.

La mayor parte de los libros y documentos que aluden a la época nos muestran una sociedad recién nacida a la democracia, disfrutando de lo que el franquismo había prohibido o relegado, impulsando nuevos movimientos culturales alrededor de los nacientes gurús del rock (Nacha Pop, Alaska, Gabinete Caligari), de la estética punk, de locales que acabarían mitificándose (Rock-Ola especialmente) casi del mismo modo que en los sesenta se habían mitificado, por la gauche divine, bares como Boccacio en Barcelona u Oliver en Madrid. Si en la década de los veinte para Hemingway París «era una fiesta», en los años ochenta Madrid no lo era menos. Un optimismo sin límite, una pulsión más provocadora que revolucionaria, un afán vanguardista e irreverente, una explosión estética que se reflejaría en multitud de revistas culturales —quizá la más emblemática fuera La luna de Madrid— y mestizas, en exposiciones, en el orgullo gay, en el primer cine de Almodóvar, de Fernando Trueba, o de Fernando Colomo.
Pero esa no era, en lo esencial, la sociedad real. La sociedad real, la que hacía frente cada día a la vida cotidiana, era una sociedad todavía no del todo convencida del éxito de la Transición, asustada por el intento de golpe de Estado del 23F, sacudida por el paro, temerosa de perder lo que con tanto dolor y sacrificio se había plasmado en la Constitución de 1978. Era una sociedad en la que, todavía, en las ciudades se mantenían grandes bolsas de marginación, en la que el chabolismo se extendía en sus periferias, en la que el paro era un fenómeno que se mostraba imparable (todavía duraban los efectos de la crisis del petróleo de 1973) y mes tras mes las cifras de desempleados ascendían. El terrorismo de ETA —también del GRAPO— golpeaba con saña con asesinatos de altos mandos militares que, lejos de alentar supuestas vías de liberación del pueblo vasco, acrecentaba las tentaciones golpistas en los cuartos de banderas y un miedo incierto al porvenir en grandes segmentos de la población. España —Madrid también— avanzaba lentamente en el proceso de construcción democrática y el viejo sueño progresista y regenerador comenzaba a tener visos de realidad gracias al primer gobierno socialista después de cuarenta años y al pacto de la izquierda en el conjunto de los ayuntamientos. Mientras tanto, los polígonos industriales nacidos en los años sesenta, con el desarrollismo, sufrían de manera brutal la crisis económica, y las fábricas y naves cerradas y medio demolidas formaban parte de un paisaje en decadencia, difícilmente emparentable con la democracia recién nacida. La droga, especialmente la heroína —con la compañía del sida a partir de la mitad de la década—, que hacía mella en el mundo cultural, en los barrios deprimidos de Madrid, tuvo consecuencias desoladoras. No era infrecuente la noticia de muertes de jóvenes por sobredosis, y recuerdo todavía cómo un grupo de conocidos de mi barrio quedó reducido a la mínima expresión en menos de un lustro: casi todos sus integrantes murieron muy jóvenes a causa de la heroína en unos casos; en otros, de alguna dolencia misteriosa que hoy, a la luz del tiempo transcurrido, yo identificaría con el sida. No todo era, ni mucho menos, movida madrileña. Ni optimismo inconsciente. Ni revolución estética.
En los diarios de entonces respira un tiempo doble. De un lado, el colectivo de una década cruzada por grandes mutaciones políticas, culturales, sociales en un país que estaba construyendo y consolidando la democracia; de otro, el tiempo íntimo (mi tiempo) de un escritor que se debatía entre la dedicación política y la literatura y que solo había publicado un libro de poemas. Por tanto, el valor de esas páginas no es el del diario de un literato, o de un escritor maduro, sino el de un escritor en formación, el de un hombre lleno de dudas respecto al futuro de su vocación, de un escritor a la espera al que, a la luz del paso del tiempo, descubro sorprendentemente lúcido.

Manuel Rico (Madrid, 1952) es poeta, narrador y crítico literario. Licenciado en Periodismo, ha colaborado en diversos diarios y revistas (El Mundo, Cuadernos Hispanoamericanos, Ínsula, Letra Internacional, Mercurio, Turia, entre otros). Ejerce la crítica de poesía en Babelia, del diario El País. Es autor de los libros de poemas La densidad de los espejos (1997), Donde nunca hubo ángeles (2003), Fugitiva ciudad (2012), Los días extraños (2015) y Cuaderno de historia (Pre-Textos, 2021). Sus últimas novelas son La mujer muerta (2000), Los días de Eisenhower (2002), Verano (2008) y Un extraño viajero (2016). Es autor del ensayo Memoria, deseo y compasión (2001), sobre la poesía de Vázquez Montalbán, y de los libros de viajes Por la sierra del agua (2007) y Letras viajeras (2015). Actualmente, dirige la colección de poesía de Bartleby Editores, y escribe sobre política y cultura en el diario digital Nueva Tribuna. Ha obtenido, entre otros, el Premio Hispanoamericano de Poesía Juan Ramón Jiménez (1997) y el Premio Internacional Miguel Hernández (2012).

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