De las cenizas a la vida. Mis memorias del Holocausto | Punto de Vista Editores
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De las cenizas a la vida. Mis memorias del Holocausto

Traducción de Alfonso Marín Guallar y Lola Porras García
Dimensiones: 13,5×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-18322-72-3
Nº de páginas: 272

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19,90 

Este libro bien podría ser una novela, pero es la historia real de Cecilie. En 1933, cuando Lucille Eichengreen (Cecilie) solo tiene ocho años, ya es testigo de la persecución que sufre su familia por los nazis. Después de sobrevivir al doctor Mengele en Auschwitz, y conocer los campos de Neuengamme y Bergen-Belsen, gracias a su coraje e ingenio, será capaz de construir una nueva vida en Estados Unidos.

Lucille Eichengreen nos acerca a un cruel y descarnado relato de persecución, odio y muerte donde somos partícipes de la capacidad de superación de una joven judía que lo pierde todo y que acaba convirtiéndose en una testigo de excepción en los juicios de posguerra contra los nazis.

«De extraordinaria autoridad, golpea al lector con su total autenticidad y uno sabe al momento que no hay nada impostado. Todo lo que aparece se ha experimentado, visto, olido, sufrido, soportado… A mí me provoca una punzada todo ello: el afán de sincerisdad, la sobriedad, ese chillido moral que se adivina».
Cynthia Ozick, autora de El chal

«El Holocausto consistió en la ejecución de seis millones de judíos, ya fueran hombres o mujeres. Pero la ideología nazi, al ver a las mujeres como generadoras de esa raza indigna qeu había que extirpar, construyó para ellas un universo concentracionario distinto, más cruel que el masculino».
Daniela Padoan, escritora, El País

Preludios
Hamburgo, 1933-1938

Nubes

Papá se inclinó sobre mi cama y me besó en las mejillas.
—Hora de levantarse, Cecilie.
—Por fin —suspiré aliviada.
Había echado de menos el acostumbrado viaje a Sambor, en Polonia, a casa de la extensa familia de mi madre. En lugar de eso, esta vez habíamos pasado todo el verano en Bad Schwartau porque tenía que tomar baños y medicación para tratarme la grave afección de garganta que me había tenido casi todo el invierno en cama. Llegamos a principios de junio y ya estábamos a finales de agosto. Habían sido tres largos meses.
Bad Schwartau no estaba lejos de Lübeck y era un lugar frecuentado sobre todo por personas mayores. Yo no lo podía soportar. Karin, mi hermana, se sentaba con frecuencia en mi cama y me hacía compañía mientras que yo tenía que estar allí, descansando. Pero la compañía de una niña de tres años, cinco menos que yo, no me resultaba suficientemente entretenida. Lo único bueno de aquella estancia en Bad Schwartau fue que el aburrimiento me empujó a leer. Leía todo lo que caía en mis manos. A pesar de ello, estaba harta, quería ir a casa, ver a mis amigas y volver al colegio.
Me senté sonriente en la cama. Papá estaba feliz. Él sabía las ganas que tenía de regresar a nuestro hogar.
—¿Cuando coloque todas mis cosas en la cama, mamá y tú las pondréis en la maleta? —le pregunté.
Papá asintió. Al mediodía estaban ya todas las maletas en la entrada.
—Listo —dijo papá—. ¿Tomamos por última vez un café en el jardín? Así le damos las gracias al señor Becker por su amabilidad al alquilarnos la casa este verano.
Mamá, que llegaba en ese momento con su traje de viaje de lino azul, estuvo de acuerdo. Karin y yo nos peinamos rápidamente, nos lavamos las manos y bajamos al jardín.
El señor Becker era el propietario y administrador de la casa, el jardín y los establos. También se dedicaba a la cría de caballos. Cuando se dio cuenta de que me interesaban estos animales me permitió, de vez en cuando, montar una yegua marrón muy mansa. Él trataba con mucha ternura a los caballos y me explicaba con paciencia cómo debía colocar la silla, sujetar las riendas y utilizar los estribos.
El señor Becker era pequeño, corpulento y muy alegre. Tenía la cara colorada, ojos azules y escaso pelo rubio. Yo le caía bien y él me mostraba su cariño pellizcándome las mejillas cuando me veía. Aunque me disgustaba notar sus dedos en mi piel, nunca me atreví a quejarme. Pero esta vez no me importó ir al jardín a despedirnos de él; pensé que, al fin y al cabo, al día siguiente estaríamos en casa.
La mesa redonda estaba bajo un sauce, cubierta con un mantel rosa sobre el que había un servicio de café de porcelana y, en el centro, un plato con una tarta de fresas. El sol brillaba, soplaba una ligera brisa y yo me sentía feliz. El señor Becker estaba allí esperándonos. Cuando llegamos, se levantó y nos pidió que nos sentáramos. Atento y sonriente, con el rostro más sonrojado de lo habitual, se le veía entusiasmado y desprendía muy buen humor. Al pellizcarme las mejillas, me estremecí y le miré como si le viera por primera vez. Su cuello se hundía entre los hombros y la corbata parecía estar ahogándole. Llevaba una chaqueta estrecha. El sudor le caía por la frente; tenía el pelo ralo desordenado y los ojos muy saltones. Se notaba que no estaba cómodo con ese traje. Además, olía a cerveza. Realmente ofrecía un aspecto muy desagradable para cualquier persona que lo viese y en especial para una niña de ocho años. En ese momento experimenté un fuerte sentimiento de rechazo hacia él, pero no me atreví a decir nada.
—Muchas gracias por el alquiler de la casa y por habernos permitido ser sus huéspedes durante estos tres meses —comenzó a decir mi padre.
El señor Becker contestó muy locuaz:
—Eso espero, señor Landau, que usted y su familia hayan estado aquí a gusto y que regresen el próximo año.
—Sí, lo consideraremos. Ahora tenemos las maletas preparadas y nos vamos ya.
El señor Becker asintió. Se notaba que quería decir algo más.
—Señor Landau —se animó finalmente—, ¿no cree usted que desde la llegada de Hitler al poder a principios de este año, la situación en Alemania ha mejorado?
Silencio absoluto. El señor Becker hizo una pregunta que papá pasó por alto y no contestó. El señor Becker continuó hablando.
—La economía va mejorando, el paro está disminuyendo y nuestros servicios sociales han aumentado. Además, Hitler se va a ocupar especialmente de los judíos.
Silencio otra vez. Solo se escuchaba nuestra respiración. Papá parecía indignado. Se levantó y se apoyó tan fuertemente en el borde de la mesa que sus nudillos se volvieron blancos.
—Señor Becker —dijo papá muy tranquilo y frío—, yo soy judío. Nosotros somos judíos.
La indignación de papá me asustó, pero no entendía de qué estaban hablando. El señor Becker se quedó mudo, no sabía qué decir. Su cara se puso de color rojo oscuro.
—Sí, claro —tartamudeó—, no me refería a usted, por supuesto que no, yo hablaba de los otros judíos. Ustedes no son como ellos…
Mi padre no le permitió continuar hablando. Nos cogió a Karin y a mí de la mano y, dirigiéndose a mi madre, abandonamos con prisa el jardín; recogimos rápidamente el equipaje y enseguida llegó un taxi para llevarnos a la estación.
Poco después, ya sentados en el tren que nos llevaba a Hamburgo, escuché en la conversación de mis padres una palabra que nunca antes había oído: antisemitismo.
—¿Qué significa esa palabra? —pregunté.
—¿Qué palabra? —dijo mi padre.
—Antisemitismo —repetí con esfuerzo.
La respuesta de mi padre fue breve, casi abrupta:
—Solo la gente estúpida es antisemita. Odian a los judíos sin ninguna razón para ello.
No entendí nada, pero papá volvió a su periódico, dejándome claro que no quería seguir hablando del tema. Yo no lo entendía. Sabía que nosotros éramos judíos, que teníamos tradiciones judías y que yo iba a un colegio judío. Debía haber alguna relación… pero qué tenía que ver ese odio con nosotros. Quería seguir preguntándole. Me acerqué más a mi padre y le tiré de la manga. Por fin reaccionó.
—Por favor, lee tu libro —me pidió—, eres demasiado pequeña para entenderlo y ya te he dicho todo lo que tú debes saber.
Nunca antes había visto a mi padre tan alterado. El antisemitismo debía ser algo horrible, pero ¿por qué? ¿Qué significaba que «Hitler quisiera ocuparse de los judíos»?
—Por favor, habla conmigo —le pedí. Papá me besó en la cabeza.
—Algún día —dijo él— serás lo suficientemente mayor para entenderlo. Poco después mi madre se me acercó y me abrazó.
—Ahora que Karin está dormida —me dijo en voz baja— te quiero contar lo que yo recuerdo del antisemitismo. Tú sabes que yo nací y crecí en Sambor, y que tenía cuatro hermanos y tres hermanas, todos mayores. Yo tendría entonces tu edad, quizás un poco menos, cuando un día escuché a los vecinos que gritaban a través de las puertas abiertas: «¡Un nuevo pogromo! ¡Rápido, esconded a las niñas!».
—¿Qué es un pogromo? —pregunté.
—Se llama pogromo cuando algunas personas se juntan para hacer daño a los judíos. Destrozan y queman sus casas, hieren a gente inocente. Mis hermanos y hermanas sí sabían lo que era un pogromo. Se acordaban de que ya había ocurrido otras veces. Yo era demasiado pequeña para acordarme. Entonces, mi madre me ordenó enérgicamente estar callada y me escondió en el horno de la cocina. Tuve que quedarme allí mucho tiempo, hasta que los alborotadores se fueron.
—¿Quiénes eran los alborotadores?, ¿esa gente que hacía eso? —pregunté.
—Son gente mala, a veces son soldados, otras veces son granjeros, gente que odia a los judíos y quiere matarlos. A ese odio se le llama antisemitismo.
Durante un rato estuve pensando en ello para intentar comprenderlo.
—Debía ser verano, pues te pudiste esconder dentro del horno —expliqué con la sagacidad de una niña de ocho años.
—Sí, Cecilie. Tienes razón. No me había dado cuenta de ello.
Eso fue todo lo que mi madre me quiso explicar. A mí no se me ocurrían más preguntas, aunque no entendí muy bien lo que me había contado.
Durante las semanas siguientes me olvidé de toda la historia de los pogromos y del antisemitismo. Regresé a mi vida de colegio, a estudiar y a jugar con mis amigas. Pero a mediados de curso, en 1934, volví a acordarme de la historia de mi madre, del señor Becker y de la palabra antisemitismo.
Era algo extraño. Niños a los que conocíamos desde hacía años y con los que siempre habíamos jugado nos gritaban de pronto: «¡Sucios judíos!». Escuchábamos estas expresiones por todas partes: en el parque, en las tiendas, en la calle. Incluso niños que no conocíamos nos gritaban también de forma ostensible e intencionada cosas como «cerdos judíos», «muerte a los judíos» o «judíos comunistas». Los vecinos no judíos aparecían con el uniforme marrón de las SA o con el uniforme negro de las SS, marchaban con sus botas negras con paso firme por las calles. Bebían mucho, gritaban «Heil Hitler» y vociferaban contra los judíos. Ahora ya no nos decían «buenos días» ni «buenas noches». ¿Era esto a lo que el señor Becker se refería con lo de que «Hitler se ocuparía de los judíos»?
Cambiaron las banderas de nuestra calle y también las de la Lindenallee, donde estaba la tienda y el almacén de mi padre. En muchas ventanas del vecindario aparecieron banderas con la cruz gamada. Antes, lo normal en nuestro barrio era ver las banderas nacionales (negra, roja y dorada) y, en algunos barrios obreros, las banderas rojas con la hoz y el martillo. Cuando una vez pregunté por qué habían cambiado, me explicaron que era la única permitida por las autoridades. Si ondeaba una de las banderas antiguas, les multaban.
Cada vez se percibían más señales de hostilidad hacia los judíos. Yo fui desarrollando un sentimiento permanente de miedo difuso. Incluso en nuestro entorno más cercano, con familiares y amigos, había un ambiente tenso y sombrío. Sin embargo, como niña aún había muchos días en que la vida me parecía feliz y me olvidaba de los insultos. Hasta que de nuevo me encontraba gente en la calle que me humillaba y me gritaba «¡judía!». Incluso mi camino al colegio, a través del parque de Sternschanze, de la calle Rentzel, hasta llegar al número 35 de la calle Carolin, se me hacía cada vez más largo e incómodo.
Pronto el colegio dejó de ser para mí un refugio. También allí empezaron a ser insoportables las muestras diarias de nuestra excepcional situación. Nuestros profesores nos pedían constantemente que permaneciéramos callados en los autobuses y los tranvías, que evitáramos hablar con los niños de nuestro barrio, que en ningún caso entráramos en peleas e intentáramos llamar la atención lo menos posible. Estas advertencias me hacían pensar que debíamos ser invisibles. ¿Por qué? ¿Porque éramos niños o porque éramos judíos? Nunca estuvo claro para nosotros y nunca nos contestaron a estas preguntas. Al final, nos adaptamos inevitablemente a estas nuevas reglas. Pero yo nunca pude dejar de hacer preguntas. ¿Por qué nos insultaban los vecinos? ¿Por qué nos escupían? ¿Por qué nos odiaban? ¿Por qué tenía yo que ir al colegio judío que estaba lejos cuando en mi barrio había otro colegio?
—Bah, todo esto pasará —intentó tranquilizarme mi padre—. Igual que los pogromos en Rusia. Y tu colegio es mucho mejor que los colegios de nuestro barrio. Te gustará.
Pero sus respuestas no me tranquilizaban. Al año siguiente, en 1935, empeoraron mis notas escolares. No me podía concentrar en el estudio y me preocupaba, sobre todo, lo que la gente pensara o dijera de mí. En casa, mis padres hablaban muchas veces entre susurros o en polaco, de manera que no entendía lo que decían. Pregunté si podría aprender polaco, pero mi padre dijo que con inglés y francés ya era suficiente.
Empecé a llorar cada vez con más frecuencia y sin motivo aparente. En ocasiones, cualquier pequeño comentario me hacía estallar en lágrimas. Yo sabía que mis padres estaban disgustados por mis malos resultados escolares. En un intento por ayudarme me proporcionaron clases particulares que apenas mejoraron mis calificaciones. El problema no radicaba en mis capacidades, sino en la pérdida de confianza en mí misma. Estaba atrapada por el miedo, las preocupaciones y la imposibilidad de comprender lo que estábamos viviendo. Ese mismo año, mi hermana Karin comenzó el colegio. Ella también vino a la escuela judía. A este centro escolar venían cada día niños de barrios muy lejanos, incluso de otras localidades. La escuela se encontraba situada en un barrio pobre, habitado por familias de clase obrera que nos trataban con bastante antipatía. Algunos vecinos de las casas que daban a nuestro patio se asomaban con frecuencia a las ventanas para gritarnos frases obscenas que siempre terminaban con la palabra judíos.
A partir de 1936, viajamos de vacaciones a Dinamarca y nunca más a los lugares alemanes que antes frecuentábamos, como Duhnen o Wyk auf Föhr. Aunque era niña, me daba cuenta de la gran diferencia que había entre Dinamarca y Alemania. Los daneses eran mucho más amables con nosotros. Se reían con más frecuencia, tenían una comida rica y abundante y, sobre todo, había helado. Volver a Alemania, en ese ambiente oscuro de rechazo, se me hizo cada vez más difícil, pero al final nos acostumbramos a esa vida cotidiana, o eso creíamos.
Mientras tanto, nuestros viajes regulares a Polonia a visitar a la familia de mi madre habían propiciado una relación muy cariñosa y de confianza entre mi abuela y yo. Aunque apenas comprendía sus palabras en yidis, me fui encariñando más y más con ella. Tenía una tienda y me encantaba escucharla hablar con los clientes. La seguía a todas partes como un perrito. Cuando yo me quedaba mirando el escaparate con los caramelos rojos, ella se daba cuenta y me daba dos o tres mientras se ponía el índice en los labios, indicando que debía quedar como un secreto entre nosotras. Ella sabía que mi madre no me permitía comer dulces entre las comidas. Detrás de la tienda, mi abuela tenía un huerto magnífico, enorme, con largas hileras de verduras. Y junto al huerto había enormes campos llenos de amapolas rojas. Me encantaba arrancarlas, poner las semillas en la palma de mi mano y comérmelas.
A veces, de forma casual, escuchaba a mi abuela hablar con mis padres. No podía comprender todas las palabras, pero sí me daba cuenta de que mi abuela nos envidiaba porque vivíamos en Alemania, un país con buenos colegios y condiciones de vida confortables. No se podía comparar con la pobreza de los judíos polacos.
—¿Pero qué me dices del antisemitismo? —preguntó mi padre.
Ahí estaba de nuevo esa palabra. Escuché con atención la respuesta de mi abuela con la esperanza de, por fin, poder entenderla.
—Es algo que siempre ha estado allí —empezó a decir—, no conocemos otra cosa. Ya os acostumbraréis y os daréis cuenta de que se puede vivir con ello.
La abuela sonaba segura y convincente. Y a mí me surgían nuevas preguntas. ¿Por qué es normal el odio a los judíos en Polonia? ¿Por qué nos tenemos que acostumbrar a ello en Alemania? Preguntaba y preguntaba y siempre obtenía la misma respuesta: «¡Ese no es un tema para niños!». Pero sí era un tema para mí, pues no dejaba de pensar en ello. El antisemitismo se había metido en nuestra vida.
[…]

Lucille Eichengreen (Hamburgo, 1925-Oakland, 2020), cuyo nombre original es Cecilie Landau, es reconocida por ser una superviviente de la persecución nazi contra los judíos. A partir de 1941 su vida cambiaría cuando, tras la muerte de su padre, fue deportada junto con su madre y su hermana pequeña al gueto de Lodz; posteriormente, fueron recluidas en los campos de concentración y ella fue la única en sobrevivir al Holocausto. Tras la liberación, comenzó una nueva vida en los Estados Unidos de América, en donde trabajó como agente de seguros. Su obra From Ashes to Life: My Memories of the Holocaust (De las cenizas a la vida, Punto de Vista Editores, 2022) se ha convertido en un testimonio fundamental para conocer los trágicos sucesos ocurridos durante la Segunda Guerra Mundial.

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