Cuando deje de llover. Las cosas que sé que son verdad | Punto de Vista Editores
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Cuando deje de llover. Las cosas que sé que son verdad

Traducción de Jorge Muriel

Dimensiones: 13,5×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-86-0
Nº de páginas: 216


Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

19,90 

Cuando deje de llover es la historia de cuatro generaciones de una misma saga familiar que se mueve por Europa y Australia entre 1959 y 2039. Presenta una anatomía de las relaciones paterno filiales en la que nueve personajes se enfrentan a los misterios de su pasado para poder entender el futuro. Una obra que explora cómo los patrones de la traición, el abandono, la destrucción, el perdón y el amor pasan de unos a otros sin remedio. Es un potente drama que viaja al corazón de los lazos familiares y muestra una inmensa empatía hacia el ser humano y su complejidad, con sorprendentes toques de humor, poesía y esperanza.

Las cosas que sé que son verdad presenta a Bob y Fran, una pareja que ha trabajado duramente toda su vida para ofrecer a sus hijos las oportunidades que ellos nunca tuvieron. Ahora que sus hijos tienen su propia vida es el momento de relajarse y disfrutar. Pero el cambio de las estaciones del año, como metáfora de las transformaciones que ocurren en la vida, traerá verdades ocultas que nos harán cuestionarnos si quizás en las familias el amor que se da es excesivo.

«Cuando una vez me preguntaron por qué alguien debería venir a ver Cuando deje de llover, respondí: “porque esta obra habla de ti”. Ahora, hago lo mismo. Las cosas que sé que son verdad habla de cada uno de los espectadores que vendrán a verla. De sus padres, madres, hermanos y hermanas, amantes, maridos y mujeres, hijos, hijas. De sus terrores, sus frustraciones, su amor incondicional.»
Julián Fuentes, director de teatro

«La obra de Bovell es magnífica. Su complejidad argumental y escénica no le resta un ápice de belleza, ni de intensidad y poesía.»
José-Miguel Vila, Diario crítico

«Un drama articulado, poético y conmovedor sobre los círculos familiares.»
The Telegraph (sobre Las cosas que sé que son verdad)

Cuando deje de llover

Empecemos con… Un sonido de lluvia constante. Gabriel York con un chubasquero, de pie, y debajo de un paraguas negro. Gente se cruza con él. Van de un lado a otro. Sin parar, de un lado a otro. Como Gabriel, llevan paraguas y chubasqueros. Están cabizbajos para evitar la incesante lluvia y para evitar sus incesantes vidas. Van de un lado a otro. Una y otra vez. Hasta que todos a la vez se paran. Gabriel abre la boca y grita. Una mujer cae de rodillas en la calle. Un pez cae del cielo. Cae a los pies de Gabriel. Oscuro.
Habitación de Gabriel York. Alice Springs, Australia. Año 2039. Gabriel York está de pie con el pez en las manos.
GABRIEL. No creo en Dios. Y no creo en los milagros. Así que esto no me lo explico. Todo empezó con una llamada telefónica. El viernes por la noche. Serían como las diez. Cosa rara. Porque a mí nunca me llaman por teléfono, y menos a esas horas. Estaba leyendo. Como hago todas las noches antes de dormir. Historia. La decadencia y caída del Imperio americano: 1975-2015. Me fascina el pasado. Lo que quizá pueda explicar, al menos en parte, esto del pez. Hacía muchos años que no veía un pez como este. Desde que era un niño. Había visto fotos de peces, pero nunca uno real. Están, bueno, o al menos eso dicen, en extinción. Aunque he oído rumores de que todavía se pesca alguno, de vez en cuando, y que los sirven, en secreto, en los restaurantes selectos, pero solo para la élite y para aquellos que pueden pagarlo. Porque si yo tuviera que comprar este pez, si comprar un pescado como este todavía fuera posible en los mercados, me costaría el salario de un año. Ni en sueños podría comprar semejante manjar. Eso suponiendo que un manjar como este todavía existiera, claro. (Mira al pez.) Lo que, aunque parezca raro, así es. (Deja el pez encima de la mesa.) Antes de coger el teléfono, dudé. Pensé que se habrían equivocado de número. Seguro. ¿Quién me iba a llamar a mí? ¿A esas horas? Era mi hijo, Andrew. El nombre lo eligió su madre. A mí me hubiera gustado llamarle Joe. Por alguien que conocí con ese nombre. Este Joe era buena gente. Una vez me contó que la única vez en su vida que había dicho un taco fue cuando conoció a mi madre. Siempre estaba perdiendo el sombrero. Le gustaba caminar. Y un día se fue a dar un paseo y ya nunca más regresó. Así que seguramente fue buena idea llamarle Andrew y no Joe. No había visto a Andrew en años. Me fui de casa cuando él era un niño. Fui muy cobarde, lo sé. Pero no estaba preparado para ser padre y, para ser del todo sincero, pensé que el chico estaría mejor sin mí. Le enviaba dinero, eso sí. Cuando podía. Y alguna postal. De vez en cuando. Los primeros años. No me siento orgulloso de ello. Bueno, y ahí estaba… Andrew, mi hijo, al teléfono, a las diez de la noche, un viernes. «¿Hola? ¿Puedo hablar con Gabriel York? Soy Andrew. Tu hijo. Espero que no te importe que llame así, de repente. Espero que no sea una molestia. Es que estoy por aquí. Y me preguntaba si podría verte. ¿Papá?» Bueno, en realidad, fue más así: «¿Hola… puedo hablar con… Gabriel York?… Soy Andrew… Tu hijo… Espero que no te importe que te llame así, de repente… Espero que no sea una molestia… Es que… Estoy por aquí… y… me preguntaba… si podría verte… ¿Papá?». La cabeza empezó a darme vueltas, intenté mantener la calma, intenté escuchar cada palabra que me decía y, para mi sorpresa, las iba procesando estupendamente, pero cuando dijo «Soy Andrew» y luego dijo «Tu hijo», entonces me quedé sin habla, y cuanto más tiempo estaba callado, más difícil me era decir algo, articular algún sonido, así que colgué. Y volví a mi libro. La decadencia y caída del Imperio americano… 1975-2015. No quiero ni imaginar lo que debió pensar de mí. Intenté concentrarme en la página que estaba leyendo, pero leía la misma línea una y otra vez, sin enterarme de lo que leía, hasta que noté algo salado en la comisura de los labios y me di cuenta de que estaba llorando. Las lágrimas me resbalaban desde los ojos, por las mejillas, hasta llegar a la comisura de los labios. Y por supuesto sabía que estaba llorando por él, por haber oído su voz, la voz de un adulto, cuando yo lo único que recordaba era al niño, pero también sabía que lloraba por muchas otras cosas. Así que descolgué el teléfono y llamé al número que me acababa de llamar. «¿Andrew?… Lo siento. Lo que he hecho es imperdonable.» Y él no dijo nada. Y me di cuenta entonces de que él también estaba llorando y me pregunté si sus lágrimas sabrían tan amargas como las mías. Deseé que no… «Lo siento —dije—. Me gustaría mucho verte. ¿Por qué no vienes a comer mañana?» Tan pronto como le di mi dirección y colgué el teléfono me di cuenta de que había cometido un error. ¿A comer? ¿En qué estaba pensando? ¿Qué le iba a dar de comer? Si apenas puedo alimentarme a mí mismo, pues imagínate a un hijo que no has visto, ¿en cuánto tiempo?, ¿veinte años? ¿Qué se prepara para comer en una situación así? Vamos, que la comida es lo de menos. Pero de todas formas, ¿qué iba a pensar de mí? ¿De mí? Me refiero: ¿Qué va a pensar de la ropa que llevo? ¿De mi traje? Que de lejos da el pego, pero que cuando te acercas está viejo y ya no se lleva. Es de segunda mano. O de tercera. Desde luego, nuevo no lo compré. Y mis zapatos, rozados por la puntera y desgastados en el tacón. ¿Y se dará cuenta de que no llevo calcetines? No si no cruzo las piernas al sentarme. Si me quedo de pie, mi hijo no se dará cuenta de que no llevo calcetines. ¿Y qué va a pensar de mi casa? No es gran cosa. Es un cuchitril. Un estudio en un duodécimo piso. No es el tipo de casa en la que viven los padres. Eso por descontado. Y necesita una capa de pintura y las alfombras están viejas. Y está sucio. Mira, para ser honesto, es un asco. En las esquinas y en las ventanas y en los techos hay capas de polvo y de mugre y de insectos muertos. Años de abandono. ¿Y va a notar el olor? El olor de un hombre que vive solo. A ver, yo lavo. Claro que lavo las cosas. Pero no con frecuencia. No he tenido necesidad de hacerlo. No hasta ahora. Así que empecé a limpiar. La habitación. Esa misma noche. Con un cubo de agua caliente y una pastilla de jabón. Lavé las paredes, los techos, incluso froté los contadores de la luz. Lavé los pomos de las puertas y los enchufes y hasta por detrás de los muebles. Fregué la mesa y los suelos y saqué brillo a los cristales de las ventanas. Limpié el polvo de los libros y de la pantalla de la lámpara e incluso le di con un cepillo de dientes a las juntas de los azulejos. Y por la mañana, cuando por fin había acabado, miré alrededor y parecía que no había hecho nada, todo estaba igual. Así que encontré en un armario un bote viejo con restos de pintura. Blanca. Bueno, blanco hueso. Blanco blanco es demasiado frío. Como de hospital. Y moví todos los muebles al centro de la habitación y los cubrí con sábanas. Quité los cuadros de las paredes. Saqué los libros de las estanterías. Y me puse a pintar. Y a pintar. Y a pintar. Y cuando acabé y miré alrededor, aún parecía que no había hecho nada. Todo estaba igual. Solo que más blanco. Así que empecé a enfadarme. ¿Para qué habrá llamado? ¿Por qué lo hace? ¿Qué es lo que quiere? ¿Dinero? ¿Es eso? ¿Se pensará que estoy forrado? ¿O se pensará que le debo algo? Y al tiempo que me preguntaba todo eso, también me decía a mí mismo lo horrible, irracional, estúpido, absurdo y vergonzoso que era tener esos pensamientos. Y es que doy vergüenza ajena. Soy lo peor. ¿Cómo puedo ser así? Y luego me di cuenta de que era sábado. Que iba a llegar en una hora y que no tenía nada preparado para comer. Y quería que fuera algo especial. Quería darle de comer a mi hijo algo copioso. Algo nutritivo. Algo que compensara todas esas comidas que nunca llegué a darle. Y no tenía nada en la nevera. Así que me fui a la calle. Y estaba lloviendo. A cántaros. Lleva lloviendo días. Aún llueve. El río ha crecido mucho y está a punto de desbordarse. Ya han cerrado dos de los puentes. Y ni siquiera sabía si iba a poder llegar a las tiendas, ni lo que iba a comprar si llegaba. Así que eso ya fue demasiado. Me sobrepasó la situación. No podía cuidar de él cuando era pequeño. Y seguía sin poder hacerlo. Simplemente, no puedo. Y entonces grité. Me puse a gritar. Abrí la boca y grité y entonces un pez calló del cielo, justo a mis pies. Y todavía huele a mar. Yo no creo en Dios. Y no creo en los milagros. Así que no me puedo explicar cómo un pez puede caer del cielo en una ciudad rodeada de desiertos. No lo entiendo. Pero es sin duda la cosa más asombrosa que me haya pasado nunca… Y ahora todo lo que tengo que hacer es poner el pescado en el horno y esperar a que llamen a la puerta. Yo sé por qué viene. Mi hijo. Sé lo que quiere. Quiere lo que todo hombre joven quiere de su padre. Quiere saber quién es. De dónde viene. Cuáles son sus raíces. Y de mi vida no sé ni qué voy a contarle. Porque, aunque sobre la decadencia y la caída del Imperio americano sé bastante, mi pasado se me escapa. Todo lo que tengo son algunos recuerdos, algunas cosas que encontré en una maleta vieja después de que mi madre muriera. Pero no sé lo que significan. No sé darles un sentido. Y dejé de intentarlo hace años. El pasado es un misterio. (Gabriel mira el pescado.) Aunque quizá es más fácil de explicar que esto del pez.

Andrew Bovell (Australia, 1962) ha escrito para teatro, cine, radio y televisión. Entre sus obras teatrales se incluyen Las cosas que sé que son verdad y Cuando deje de llover, producida en Londres y en Nueva York, donde fue nombrada mejor obra nueva del año por la revista Time. Otras obras destacadas son: Anthem (2019), Holy Days (2001), Who´s afraid of the Working Class? (1998) y Speaking in Tongues (1996). Ha estrenado sus obras en Asia, América y Europa. Las dos obras que presentamos han tenido excelentes críticas tanto en Madrid como en Londres y Nueva York.
Jorge Muriel (Madrid, 1975) es director, actor y traductor. Ha cursado estudios de cine en la New York Film Academy y posteriormente en la Escuela TAI de Madrid. Ha dirigido tres cortometrajes: Zumo de limón (2009), nominado a los premios Goya en 2011; El jardín de las delicias (2014), Primer Premio en el Festival de cine de Lebu (Chile); y El niño que quería volar, nominado a los Premios Goya 2019. Actualmente trabaja en el desarrollo de su siguiente cortometraje, Lo efímero (2019).

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