Carlomagno y la Europa medieval | Punto de Vista Editores
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Carlomagno y la Europa medieval

Dimensiones: 14×21 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-15930-42-6
Nº de páginas: 122

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Carlomagno es el artífice del nacimiento de una identidad común en Europa occidental lograda gracias a la creación del imperio Carolingio, al establecimiento del catolicismo como religión oficial y a su labor como promotor del llamado renacimiento Carolingio. Por todo esto, es considerado el «padre de Europa». A su muerte, la unidad política del imperio solamente podía ser preservada, no sin dificultades, por su hijo Ludovico Pío, pero el patrón religioso y cultural promovido por Carlomagno constituyen su auténtico legado que ha sobrevivido al paso de los siglos facilitando la gestación del Occidente medieval, origen, a su vez, de los distintos estados europeos modernos.

Con un estilo ameno y directo, David Barreras y Cristina Durán, nos transportan al medievo para explicarnos el papel fundamental que supuso para la construcción de Europa la figura del emperador Carlomagno.

1. Francos y Merovingios
Clodoveo
La dinastía Merovingia

2. El ascenso Carolingio
Los mayordomos de palacio
Pipino el Breve

3. Carlomagno rey
Ducados rebeldes
El ejército franco

4. Las conquistas
Norte y sur: sajones, turingios y lombardos
Las marcas hispánica y ávara; los pueblos eslavos

5. Carlomagno emperador
¿Quién impera en Roma?
Un gigante con pies de barro

6. ¿Cómo gobernar tan vasto imperio?
Condes
Otros vasallos del rey

7. La partición del Imperio
La sucesión de Carlomagno
Las guerras civiles

Apéndice. El legado de Carlomagno

Bibliografía

Francos y Merovingios

Clodoveo

Entre los siglos iii y v, las fuentes romanas nos informan de la presencia de un belicoso pueblo, a cuyos miembros denominamos francos, que estaba instalado a lo largo del río Rin. En esta área geográfica quedará localizada dicha tribu germánica durante los últimos siglos de existencia del Imperio romano de Occidente. Los francos, con el beneplácito de las autoridades romanas, emplearon a sus guerreros para frenar el empuje invasor que otros bárbaros ejercían sobre esta frontera, en latín limes. Un ejemplo de la colaboración entre romanos y francos es la batalla de los Campos Cataláunicos, que tuvo lugar en el 451 cerca de Châlons, en el norte de la actual Francia. Este enfrentamiento armado se dio entre el ejército imperial y sus aliados germánicos, incluidos los visigodos, contra los combativos hunos del mítico rey Atila. A finales de la quinta centuria, una vez caída definitivamente la autoridad romana en Occidente, los francos se encontraban localizados en la misma región, en la actual Renania. A pesar de continuar con su actividad bélica, su pequeño ejército seguía sin haber realizado hazaña militar alguna digna de mención, al menos en la que sus tropas fueran las que llevaran la iniciativa. Pero esto pronto cambiaría: los francos comenzarán a escribir su historia con letras de oro una vez que Clodoveo ascendiera al trono.
Corría el año 481, tan solo un lustro después de ser depuesto el último emperador romano, Rómulo Augústulo, cuando el joven Clodoveo, de quince años de edad, recibía el trono de los salios, agrupación tribal franca localizada en torno a la ciudad de Tournai, en la actual Bélgica. Esa corona y ninguna más portaba por el momento en su cabeza el nuevo rey. Los francos carecían de un único líder, aunque pronto Clodoveo parecería hacer gala de la naturaleza mitológica de su familia —era nieto de Meroveo, quien, según una leyenda, fue engendrado por un monstruo marino—, y pondría solución a este asunto al unificar al pueblo franco, en torno a un estado que se acabaría conociendo como Austrasia. Debido a ello, poco tardaría en someter a los francos que tenían como capital la ciudad de Colonia, conocidos como ripuarios, así como a otra agrupación de esta misma etnia que se ubicaba entre los ríos Mosela, afluente del Rin, y Mosa, cuyo curso transcurre a lo largo de las actuales Francia, Bélgica y Holanda.
La clave de su rotundo éxito no la hallamos, evidentemente, en los orígenes míticos de su dinastía Merovingia, es decir la que desciende del rey Meroveo, ni tan siquiera en las raíces de su ancestral paganismo sino, más bien, en lo acertada que fue su decisión de convertirse al catolicismo; aunque no por ello debemos despreciar la valía militar del rey y su ejército por la época. El bautismo de Clodoveo se produciría a finales del siglo v, a instancias de su esposa Clotilde, princesa burgundia que era católica, y sería seguida de la masiva conversión de los súbditos del rey Merovingio. Buen ejemplo de esto será el paso por la pila bautismal de tres mil nobles francos junto a su rey. Es por ello que este monarca pronto gozaría del respaldo del clero, la nobleza y los súbditos galorromanos, que representaban, como en el caso de todos los reinos germánicos surgidos en el seno del antiguo Imperio romano, a la mayor parte de los habitantes de los nuevos estados bárbaros. Así, se estima que, en la Galia de la sexta centuria solamente un dos por cien de la población era de origen franco. La uniformidad religiosa de la Galia de Clodoveo le permitió unificar la legislación para la totalidad de los habitantes de su reino, ya fueran estos francos o galorromanos. En cambio, sus antecesores en el trono o los soberanos de otros pueblos bárbaros, ya fueran estos paganos o arrianos, debían aplicar dos códigos jurídicos diferentes, esto es, uno germánico y otro romano. Esta homogeneidad jurídica y religiosa facilitaría, desde una época temprana, la progresiva fusión entre las aristocracias de las dos etnias, movidas a unirse para establecer fructíferas alianzas familiares. Debido a ello debemos desplazarnos hasta el siglo viii para hallar ya una total integración entre francos y galorromanos, en una época en la que surgirán también elementos prefeudales cada vez más evidentes, producto de la unificación entre ambas sociedades. No cabe ninguna duda de que ello actuaría como catalizador a la hora de provocar, finalmente, la aparición de un sistema feudal tan arraigado en la Francia medieval.
Una vez que los guerreros francos tuvieron una corona unificada, Clodoveo pudo aspirar a emprender campañas bélicas más allá de los dominios de su etnia, movimientos estratégicos que le servirían para aumentar el territorio bajo su égida. ¿Qué posibilidades de expansión tenía el reino de Clodoveo cuando el siglo v llegaba a su fin? Tras las conquistas de Soissons (486 d.C), dominio del antiguo general romano Siagrio que acabaría conociéndose como Neustria en el norte de la actual Francia, y del territorio de los alamanes (496 d.C), otra tribu germánica que se localizaba entre lo que hoy son la región francesa de Alsacia y Suiza, Clodoveo se lanzaría sobre el mayor poder asentado en la Galia: el reino visigodo de Tolosa, que dominaba el vasto territorio de lo que después se convertiría en el ducado de Aquitania, en el suroeste de la actual Francia, así como la costa mediterránea de la Galia. Antes se encargaría de asegurar la retaguardia mediante un pacto con los burgundios, pueblo gérmanico asentado al nordeste de Tolosa (Toulouse), hoy Francia, al que pertenecía su esposa Clotilde y cuyos monarcas se habían convertido en títeres dominados por los francos. Esta alianza con el vecino país germánico facilitaría la victoria de Clodoveo en la batalla de Vogladium, o Vouillé, en el 507. Este logro militar se acabaría convirtiendo en una especie de cruzada del catolicismo frente al arrianismo visigodo, la cual, además, pondría en bandeja a Clodoveo el control de aproximadamente un tercio del territorio de la actual Francia. Por contra, el reino de Tolosa desapareció tras esta derrota y tras la muerte en combate de su monarca Alarico II. Los visigodos perdieron su papel hegemónico en la Galia, en beneficio del nuevo poder en ciernes, y bascularon hacia el sudoeste. Por este motivo, Hispania pasaría a ser su principal dominio, lugar donde acabarían instalando su nueva capital: la ciudad de Toledo. Sin embargo, por suerte para los visigodos, las tropas francas y burgundias pudieron ser detenidas al año siguiente en Arlés, donde, con la ayuda de los ostrogodos de Teodorico, suegro de Alarico II, consiguieron derrotar a Clodoveo y con ello mantener en la Galia una pequeña franja de territorio costero en el sudeste, región conocida como Septimania.
Los días de Clodoveo llegarían a su fin en el año 511, momento en el que cedería a su descendencia tanto los territorios por él heredados como los conquistados. No obstante, el territorio que bajo su reinado había permanecido unificado quedaría, tal y como era costumbre entre los francos, dividido entre sus hijos. Por desgracia para los Merovingios, esta tradición germánica, muy arraigada en el caso de los francos, acarrearía graves consecuencias para los monarcas que sucedieron a Clodoveo e impediría que un estado franco centralizado pudiera construirse. El problema, como iremos desvelando a lo largo de esta obra, no fue exclusivo de la dinastía de Meroveo, ya que la familia real que le sucedió, la de los Pipínidas o Carolingios, continuaría exhibiendo un escaso o nulo conocimiento de la noción de estado, tal y como podemos entender este concepto en la época actual, que sería acompañado por un fuerte aprecio del patrimonio personal, o privado, en detrimento de los bienes públicos.

David Barreras (París, 1976) es licenciado por la Universidad Politécnica de Valencia. Sus líneas de investigación se centran en la expansión mediterránea de la Corona de Aragón y la transición entre la Antigüedad tardía y la Edad Media. Ha publicado La cruzada albigense y el Imperio aragonés (Madrid, 2007) y, junto a Cristina Durán, el resto de su obra.

Cristina Durán
(Ferrol, 1976) es licenciada en Historia por la Universidad de Santiago de Compostela. Ha publicado, junto a David Barreras, Breve historia del Imperio bizantino (Madrid, 2010), Breve historia de los cátaros (Madrid, 2012) y la novela El grial Cátaro (Madrid, 2014).

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