(Preventa) Bullying y ciberbullying. El acoso escolar en el teatro | Punto de Vista Editores
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(Preventa) Bullying y ciberbullying. El acoso escolar en el teatro

Prólogo de Nando López

Dimensiones: 15×23 cm
Encuadernación: Rústica con solapas
ISBN: 978-84-16876-92-1
Nº de páginas: 160

 

Nota: Gastos de envío gratuitos solo para España.

18,00 

El tema del acoso y el maltrato dirigido a los niños, adolescentes y jóvenes, en definitiva la violencia de los adultos, es una materia dramática de amplio recorrido en el teatro español en los inicios del siglo XXI. Son numerosos los dramaturgos que lo han abordado desde muy diferentes puntos de vista y con técnicas teatrales también muy diversas. Desde la pederastia, el acoso sexual a menores, a las víctimas de las guerras, pasando por el maltrato psicológico, la marginación social, el maltrato por razones de género, básicamente hacia las mujeres, por racismo y por homofobia. Además, han abordado las secuelas del acoso y el maltrato en la edad adulta. Miguel Ángel Jiménez propone el estudio de una serie de obras que recogen estas temáticas de autores como Carmen F. Villalba, Tomás Afán Muñoz, Alberto Casso, Joan Sors, Antonia Bueno, Jesús Campo, Diana I. Luque, Juana Escabias, José Padilla, Enrique Torres Infantes, Luis Fernando de Julián, Paco Bezerra y Nando López.

«Este exhaustivo ensayo de Miguel Ángel Jiménez no solo es una investigación necesaria y ampliamente argumentada sobre el tratamiento de temas como el bullying y el ciberbullying en la dramaturgia actual, sino también la constatación de la existencia de toda una generación de voces teatrales que, desde nuestros diferentes ámbitos, estéticas y lenguajes, buscamos vías para dar respuesta a esa fractura entre el escenario y el público más joven, con la voluntad de convertir sus conflictos en materia dramática que exceda los límites de las campañas escolares, y se convierta en objeto de debate y polémica entre espectadores de cualquier edad.
La violencia no admite silencio. Ni neutralidad. Ni equidistancia. La violencia exige denuncia, compromiso y una actitud firme y beligerante. Una lucha en pie de orgullo por conquistar la propia identidad sin tener que ceder ante quienes, por el motivo que sea, pretenden limitarla. Y el teatro, ese espacio por excelencia de resignificación personal y colectiva, no solo se convierte en un lugar donde alzar la voz contra la injusticia, sino en un espacio –necesario, libre y compartido– de empatía.»
Del prólogo de Nando López

«Lo que nos es familiar se convierte en invisible.»
Joan Sors, Mr. Bullying

Prólogo. Luz en las sombras, de Nando López

Prefacio

Introducción

Definición
Clasificación
Factores
Contextos
Roles
Victimización
Obras a analizar

1. El bullying en el teatro español

Dora, la hija del Sol, Carmen F. Villalba (2005)
Por si acoso (un respeto), Tomás Afán Muñoz (2009)
Lo que no se enseña, Alberto Casso (2013)
El pequeño poni, Paco Bezerra (2016)
Mr. Bullying, Joan Sors (2016)
La edad de la ira, Nando López (2017a)
Las trampas del silencio, Nando López (2017b)
Iván, Javier de Dios López (2017)
Isa, Vane y los neurotípicos, Antonia Bueno (2017)
Al salir de clase, Antonia Bueno (inédita)

2. El ciberbullying en el teatro español

Naufragar en Internet, Jesús Campos (2001)
Tras la puerta, Diana I. Luque (2011)
Hojas de algún calendario, Juana Escabias (2011)
Grooming, Paco Bezerra (2012)
Haz clic aquí, José Padilla (2014)
Mándame un whatsapp, Nando López (2014)
WhatsApp, Juana Escabias (2015)
#malditos16, Nando López (2017c)
Youtuber, Enrique Torres Infantes (2017)
Ese sonido, Luis Fernando de Julián (2017a)

Conclusiones

Epílogo. Otras formas de acoso y maltrato infantil y juvenil

Bibliografía

Prólogo. Luz en las sombras

No sé si la literatura puede ayudarnos a cambiar la realidad, pero lo que es seguro es que se trata de una herramienta imprescindible para cuestionarla.
Y el teatro, diálogo siempre abierto entre quienes habitan la escena y quienes la rodean, no solo contribuye a interpelarnos, sino que también nos permite tratar de entender, gracias al espejo en que nos miramos, vidas y situaciones tan complejas como las que protagonizan los títulos que forman parte de este ensayo. Una rigurosa y meditada investigación que bien puede servir de celebración de cómo el género teatral, que durante demasiado tiempo parecía considerar al público adolescente como un interlocutor menor —desatendido tanto por iniciativas públicas como privadas—, ha puesto al fin su mirada en esas nuevas generaciones de jóvenes, con la voluntad de retratar su contexto combinando temas atemporales —la búsqueda de la identidad, la rebeldía o la vehemencia…— con motivos urgentes y contemporáneos, como la incorporación de las redes sociales a su realidad cotidiana.
Este exhaustivo ensayo de Miguel Ángel Jiménez no solo es una investigación necesaria y ampliamente argumentada sobre el tratamiento de temas como el bullying y el ciberbullying en la dramaturgia actual, sino también la constatación de la existencia de toda una generación de voces teatrales que, desde nuestros diferentes ámbitos, estéticas y lenguajes, buscamos vías para dar respuesta a esa fractura entre el escenario y el público más joven, con la voluntad de convertir sus conflictos en materia dramática que exceda los límites de las campañas escolares, y se convierta en objeto de debate y polémica entre espectadores de cualquier edad.
Por este motivo, se podría afirmar que, si hay un rasgo que une a todas las obras que se mencionan en estas páginas, es que sus autores hemos tratado, con mayor o menor fortuna, de acercarnos al tema de la violencia, del acoso, del aislamiento y de la marginación desde una perspectiva regida, fundamentalmente, por tres principios:
El primero, evitar la moralina y, lejos de un didactismo obvio, permitir que sea el público quien tome las decisiones con respecto al conflicto del que está siendo testigo. Nuestra labor no es ofrecer respuestas, sino tratar de formular las preguntas adecuadas. O, por lo menos, las más incómodas.
El segundo, rehuir cualquier forma de condescendencia, indagando en estructuras y planteamientos formales diversos que no solo supongan un reto para el espectador con menor edad y experiencia, sino que también logren interesar y atrapar la atención del público más avezado. Ni la edad del protagonista ni el espacio donde se desarrolla el conflicto, ya sea un aula o un edificio de oficinas, deberían disuadir al público de asomarse a una función teatral. Y no solo porque sintamos curiosidad sobre cómo son los jóvenes y niños que nos rodean, sino porque nosotros también lo fuimos, y quizá sea hora de admitir que gran parte de las cicatrices que llevamos como adultos nacen de las heridas de cuanto vivimos entonces.
Y el tercero, abordar la problemática del mundo infantil y adolescente desde una mirada que nos ayude a redimensionar y, cuando es preciso, subrayar la verdadera trascendencia del problema. Obras como las aquí citadas parecen gritarnos, gracias a la contundencia de sus diálogos y al dolor de sus protagonistas, que no podemos seguir conformándonos con repetir tópicos tan peligrosos como «son cosas de niños» o «ha pasado siempre», ni mensajes falsamente esperanzadores, como aquellos que insisten en que «del sufrimiento de entonces nace el éxito de ahora», pues estos solo consiguen romantizar una experiencia cruel y, para quienes la sufren, devastadora.
Frente a esa peligrosa banalización, el teatro actual ha optado por abordar estos conflictos con crudeza, subiendo a escena temas que, hasta ahora, apenas se habían visto en nuestro teatro —como las autolesiones, el ciberacoso o el suicidio adolescente—, lo que nos ha exigido a sus autores una lucha y un compromiso férreo para vencer ciertos prejuicios que no hacían que fuera fácil estrenar esas historias.
Por suerte, durante estos últimos años han surgido muchos cómplices en ese camino, cómplices igualmente implicados y conscientes de la necesidad de tender puentes entre la educación y la cultura, dos territorios muy próximos y, sin embargo, aquejados de un diálogo insuficiente y, por desgracia, precario. En mi caso, sin esa complicidad, habría sido imposible que La edad de la ira o #malditos16 vieran la luz: la primera, gracias a la labor pionera de La Joven Compañía, que es hoy —sin duda alguna— uno de nuestros mayores referentes teatrales en el trabajo con y para jóvenes; la segunda, gracias a la apuesta conjunta del Centro Dramático Nacional y Coarte Producciones, que se atrevieron a aunar esfuerzos para que rompiésemos el silencio contribuye a que los intentos de suicidio sigan alcanzando unas cifras alarmantes entre nuestros adolescentes.
Como escritor, la lectura de este ensayo me ha recordado lo afortunado que soy por compartir este momento creativo con tantas autoras y autores que hemos decidido que el dolor de quienes viven el acoso y la marginación debe ser denunciado. Y no desde una óptica morbosa o moralizante, sino desde la esencia misma del hecho teatral: convirtiendo el conflicto de la función en un espejo donde vemos nuestras propias miserias y que nos obliga a preguntarnos hasta qué punto somos cómplices —por acción o por omisión— de esa violencia. Nombres como Javier de Dios, Juana Escabias, Diana I. Luque, José Padilla o Luis Fernando de Julián, entre otros muchos, forman parte de esa nómina de voces que seguimos empeñados en arrojar luz sobre las zonas más oscuras de esa realidad de la que son víctimas nuestros menores.
Y como profesor —pues, aunque son ya unos cuantos años los que llevo en excedencia, sigo sintiéndome docente—, no puedo evitar emocionarme al comprobar cómo continúa creciendo un repertorio dramático que constituye una herramienta pedagógica de primer orden. No solo por los temas que se abordan en estas obras, sino por la calidad literaria de las mismas. De poco serviría hablar de motivos tan complejos como el alcance de las redes sociales si no se encontrara un mecanismo teatral tan eficaz como el que nos plantea José Padilla en su brillante Haz clic así. Ni nos dolería tanto la violencia que nace de las desigualdades sociales y económicas si no se abordase en una obra con unos personajes tan sutil e inteligentemente perfilados como Iván, de Javier de Dios.
Aunando sus facetas de investigador, profesor y dramaturgo, Miguel Ángel Jiménez no solo nos presenta un estudio en el que se palpa su emoción por el teatro y su pasión por la docencia, sino que también nos ofrece un nutrido repertorio de textos que deberían figurar en cualquier biblioteca escolar. Obras que, además de servirnos como punto de partida para un debate necesario, pueden ayudarnos a crear nuevos públicos y nuevos lectores, a contagiar la pasión por el género dramático y a convencer a nuestro alumnado de que el teatro sigue siendo un punto de reflexión y de encuentro, esa plaza pública a camino entre el ritual y la asamblea política que ya era en sus orígenes y que, en estos tiempos en que parece que hemos sustituido la conversación por el intercambio de likes, resulta más necesaria que nunca. Necesidad que comprobamos con frecuencia quienes tenemos la suerte de escuchar al público adolescente en alguno de los coloquios que suelen seguir a las funciones matinales de muchas de las obras analizadas en este libro. Debates en los que se vive, con esa intensidad que solo parece posible a su edad, una identificación tan plenamente catártica que resulta casi imposible deslindar la ficción de lo que han visto con la realidad que están viviendo. Ambos planos se funden en sus palabras y, en ocasiones, se viven situaciones que acaban rompiendo en una ovación colectiva, o en un abrazo de sus compañeros de clase a la salida, o en un mensaje —la mayoría, cómo no, vía Instagram— donde nos explican a los autores qué es lo que más les ha emocionado de cuanto han visto. Mensajes que, cuando nos llegan, son el mejor recordatorio posible de por qué merece la pena seguir escribiendo.
Por todo ello, el estudio de Miguel Ángel es, además de brillante, profundamente alentador, pues nos invita a no cejar en el empeño de buscar modos de abordar, desde una perspectiva literaria, estas cuestiones. Convertir la palabra en herramienta con la que desbrozar territorios que aún siguen en sombra, heridas a las que aún no les hemos puesto nombre, víctimas que exigen dejar de serlo. Y estas obras, duras y complejas en su mayoría, nos recuerdan la frágil frontera entre quien ejerce, consiente o sufre la violencia y quienes nos ponen frente a nuestra propia ambigüedad, obligándonos a interrogarnos sobre lo que hicimos entonces y lo que, desde nuestro ámbito personal y profesional, estamos haciendo ahora.
La violencia no admite silencio. Ni neutralidad. Ni equidistancia. La violencia exige denuncia, compromiso y una actitud firme y beligerante. Una lucha en pie de orgullo por conquistar la propia identidad sin tener que ceder ante quienes, por el motivo que sea, pretenden limitarla. Y el teatro, ese espacio por excelencia de resignificación personal y colectiva, no solo se convierte en un lugar donde alzar la voz contra la injusticia, sino en un espacio —necesario, libre y compartido— de empatía.
Nando López

Miguel Ángel Jiménez Aguilar (Puente Genil, 1974) es doctor cum laude en Filología Hispánica por la UNED de Madrid. Compagina su labor como profesor-tutor de la UNED de Málaga y profesor en el IES Litoral con la escritura dramática y la investigación teatral. Como autor dramático, fue reconocido con el XV Certamen de Teatro mínimo Rafael Guerrero en 2014, por su obra 88 piedras, y ha publicado diversos textos dramáticos en la Asociación de Autoras y Autores de Teatro (AAT). Como investigador, es académico y miembro, entre otros, del Centro de Investigación de Semiótica Literaria, Teatral y Nuevas Tecnologías (SELITEN@T), de la Asociación Internacional de Teatro del Siglo xxi (AITS21), de la Asociación de las Artes Escénicas de Andalucía (ARESAN) y colaborador del Instituto del Teatro de Madrid (ITEM). Además, ha participado en diferentes congresos y libros colectivos en torno al teatro español actual, y es autor de numerosos artículos de investigación, críticas de teatro y reseñas en diferentes revistas especializadas como Signa, Anagnórisis, Acotaciones o Primer Acto.

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